09 mayo 2008

Discurso de la secretaria Rice en reunión anual del Consejo de las Américas

La democracia ha modificado el carácter de los países de las Américas, dice Rice

 

Washington – “En años recientes hemos visto una confluencia de ideales e intereses. Entre los países de la región y entre las distintas tradiciones que encarnamos, hemos alcanzado un acuerdo en torno a los principios básicos, es decir, que el camino que conduce a mayores oportunidades y a la justicia social es distinto para cada país, pero las características son las mismas: democracia y Estado de derecho, gobierno responsable y economías abiertas, inversión en la salud y la educación de los pueblos”, dijo la secretaria Rice en un discurso que pronunció el 7 de mayo ante el Consejo de las Américas en el Departamento de Estado.

A continuación la traducción del discurso de la secretaria Rice:

(comienza el texto)

DEPARTAMENTO DE ESTADO DE EE.UU.
Oficina del Portavoz
7 de mayo de 2008

Declaraciones de la Secretaria de Estado Condoleezza Rice
en la 38ª reunión anual del Consejo de las Américas

Auditorio Loy Henderson
Washington, D.C.

SECRETARIA RICE: Gracias. Muchas gracias. Gracias. Bill, gracias por tu maravillosa presentación. Debería dejar que presentes todos mis discursos. Quisiera agradecer también tu gran liderazgo en esta organización, y a todos ustedes aquí presentes por todo lo que hace esta organización.

Le doy una bienvenida especial al presidente Torrijos. Tuvimos una buena reunión poco antes de venir aquí, y además ayer por supuesto se reunió con el presidente. Señor presidente, usted representa el futuro liderazgo de las Américas y nos sentimos muy orgullosos de la manera en que Panamá ha evolucionado y nos sentimos muy orgullosos de poder considerarle nuestro amigo.

Miembros del cuerpo diplomático, distinguidos invitados, damas y caballeros, es un placer estar aquí de nuevo en el Consejo de las Américas aquí en el Departamento de Estado. Ustedes hacen tanto para impulsar nuestros intereses comunes y nuestros valores comunes en todo el hemisferio.

Quiero darles las gracias por estrechar los lazos entre los pueblos, nuestras ONG, nuestros profesores, nuestros estudiantes y nuestras comunidades empresariales. Quiero agradecerles sus infatigables esfuerzos por instruir acerca de nuestro hemisferio e impulsar nuestros intereses comunes.

Esta mañana me di cuenta de que esta será la última vez que hablo ante el Consejo de las Américas como secretaria de Estado. Gracias por reconocer que no se trataba de un comentario para recibir aplausos. [Risas].

Pero hablando en serio, en este momento de la administración se presenta la tentación de mirar al pasado y observar todo lo que hemos hecho juntos. En realidad, no quiero insistir mucho en esto porque nunca ha habido un momento en la historia moderna en que la relación de nuestro país con el hemisferio haya estado más orientada hacia el futuro.

Pero permítanme remontarme en el tiempo y considerar lo que ha acontecido desde el año 2001. Yo diría que en los últimos años hemos presenciado nada menos que una revolución social en gran parte de nuestro hemisferio, y la causa de ello ha sido la democracia. La democracia ha abierto la antigua política, dominada por las élites, a millones de personas al margen de la sociedad: los pobres y los desaventajados, los pueblos indígenas y las minorías. Estos hombres y mujeres por fin se han convertido en ciudadanos democráticos activos y exigen que sus gobiernos trabajen en su favor. Están abordando los problemas históricos de la pobreza, la desigualdad y la exclusión social que se han palpado tanto en nuestro hemisferio. Si pudiera resumir este proceso de cambio diría que se ha vivido un momento de inclusión, un momento en el que la gente se siente en su casa y participa en el destino de sus países.

Esta revolución ha reordenado la política de las Américas. Han surgido nuevos líderes, tanto de la derecha como de la izquierda, líderes democráticos responsables que rechazan las viejas consignas ideológicas y que trabajan en maneras prácticas para ampliar las oportunidades, reducir la pobreza y garantizar la seguridad. Demuestran que el buen gobierno, el Estado de derecho, la democracia y los mercados pueden responder a las expectativas legítimas que tienen los pueblos sobre los gobiernos que han elegido.

Por ejemplo, esta convicción se vio reflejada en el resultado de casi todas las 17 elecciones celebradas en el año 2006. Y esa ha sido la verdadera crónica de la democracia en años recientes: no algún giro a la izquierda, ni tampoco un rechazo populista de los mercados y del comercio, sino más bien la creación de un nuevo consenso hemisférico que, tal como señala nuestra Carta Democrática Interamericana, “la democracia es esencial para el desarrollo social, político y económico de los pueblos de las Américas”.

Esto hace hincapié en algo realmente importante: que con la democracia los pueblos de este hemisferio no solamente se refieren a un mecanismo político para la transferencia del poder, sino que entienden la democracia en amplios términos sociales y económicos, como un sistema en el que todos tienen acceso a las oportunidades y a la movilidad que conlleva.

Sin duda, ha habido excepciones a esta amplia tendencia positiva; en algunos lugares los gobernantes han explotado los temores legítimos, las necesidades y las nostalgias de sus pueblos, para poder ampliar su propio poder autocrático. Estos son retrocesos dolorosos para nuestro hemisferio. Pero que algunos gobernantes hablen a gritos para llamar la atención, no altera el hecho de que están en el lado incorrecto de la historia de las Américas, la historia los está pasando de largo.

La idea principal es la siguiente: la democracia ha modificado realmente el carácter de los países de las Américas. Ha producido gobiernos populares que redefinen sus intereses nacionales, que se comprometen entre sí de nuevas maneras, y que adaptan sus sociedades para que sean competitivas en la economía mundial, todo ello de una forma que hubiera sido impensable hace un par de décadas. En pocas palabras, se nota que en nuestro hemisferio ha tenido lugar una ebullición política y diplomática palpable y abrumadoramente positiva.

También está cambiando la naturaleza del liderazgo en las Américas. Canadá establece nuevas alianzas de largo alcance en esta región, y compromete sus talentos y recursos para impulsar nuestros valores compartidos, no solo en este hemisferio, sino más allá de él, en Afganistán. Brasil, líder en la región, es un protagonista mundial en ciernes que mira hacia afuera como nunca lo había hecho antes. Hemos establecido una colaboración entre Estados Unidos y Brasil que será importante en las próximas décadas. Esta relación, que siempre estuvo definida por su potencial, ahora se define por sus logros. Y cuando las dos democracias más grandes del hemisferio colaboran para impulsar la independencia energética, la erradicación de la malaria en África y la lucha contra el racismo y la intolerancia, el impacto puede ser profundo.

En estos tiempos de enorme cambio, Estados Unidos también ha modificado su papel. Francamente, me parece que a partir del 2001 hemos aprendido a ser mejores socios de esta región. Hemos visto con mayor claridad que la búsqueda de la justicia social es el tema decisivo para la mayoría de los países y la mayoría de los pueblos; que la concreción de sus enormes implicaciones para el éxito de un país significa que Estados Unidos debe posicionarse para ser parte de la solución. Hemos buscado y hemos establecido sólidas relaciones con los gobiernos democráticos de izquierda y de derecha. No hemos cobrado ningún precio ideológico por la amistad de Estados Unidos.

Hemos podido hacer esto porque hemos sido constantes con nuestro compromiso. El presidente Bush ha realizado más viajes a las Américas que ningún otro presidente en la historia de Estados Unidos. En Washington, el presidente ha recibido a más líderes de América Latina y el Caribe que cualquiera de sus antecesores. Y más allá de los gobiernos, nuestro compromiso abarca el espectro completo de nuestras sociedades, nuestros maestros y nuestros estudiantes, nuestras ONG y nuestros grupos religiosos, y por supuesto gente como ustedes en el sector privado. Hemos profundizado los lazos duraderos de la cultura y el comercio, la familia y las amistades. La amplitud del compromiso se hizo evidente en la Conferencia de las Américas en la Casa Blanca el año pasado, a la cual muchos de ustedes asistieron. Les puedo asegurar que, cada vez más, cuando me reúno con jóvenes de la región, como lo hice en fechas recientes, noto que los rostros de las Américas son muy diversos y que esa diversidad por fin está representada por gente que ha logrado acceso a esas maravillosas becas que les permitirán convertirse en líderes de sus países en el futuro.

Creo, por tanto, que en años recientes hemos visto una confluencia de ideales e intereses. Entre los países de la región y entre las distintas tradiciones que encarnamos, hemos alcanzado un acuerdo en torno a los principios básicos, es decir, que el camino que conduce a mayores oportunidades y a la justicia social es distinto para cada país, pero las características son las mismas: democracia y Estado de derecho, gobierno responsable y economías abiertas, inversión en la salud y la educación de los pueblos.

Aquí en este país, entre nuestra administración y el Congreso, y entre nuestros sectores público y privado, creo que hemos forjando un acuerdo, un acuerdo bipartidista, en lo relativo a los principios básicos de nuestra política en las Américas, de que el potencial de nuestro hemisferio es enorme, de que el éxito de nuestros vecinos está estrechamente ligado al nuestro, de que ahora podemos consolidar alianzas arraigadas no solo en los intereses comunes, sino también en los valores comunes, y de que debemos apoyar a los líderes democráticos a encarar los retos de la pobreza, la desigualdad y la exclusión social.

No obstante, eso no quiere decir que no siga habiendo diferencias entre Estados Unidos y nuestros vecinos, entre nuestros vecinos, e incluso posiblemente dentro del propio Estados Unidos. Las hay. Pero dado que compartimos los principios básicos, que estamos comprometidos con el éxito del otro y dado que nos comprometemos unos con otros, nos comunicamos unos con otros, no son las diferencias las que nos definen. De hecho, si se tratan con franqueza y respeto nuestras diferencias nos pueden fortalecer.

La mayor parte de los gobiernos democráticos de nuestro continente, de izquierda, centro o derecha, siguen el curso correcto para ayudar a prosperar a sus pueblos. Han abierto mercados y ampliado las oportunidades, fomentado el comercio y logrado inversiones, combaten la corrupción y refuerzan el estado de derecho. Nosotros respetamos el resultado que están logrando, y tienen nuestro apoyo.

A partir del año 2001, con el presidente Bush y el respaldo del Congreso y de nuestro pueblo, Estados Unidos ha duplicado su ayuda para el desarrollo de América Latina y el Caribe.

Hemos dirigido esfuerzos multilaterales para condonar antiguas deudas que durante demasiado tiempo han frenado el potencial de algunos de los países más pobres de nuestra región. Y por medio de la Cuenta del Desafío del Milenio hemos creado nuevos incentivos para reducir la pobreza, con el bueno gobierno, la libertad económica y la inversión en los pueblos.

Este consenso en lo que ataña al desarrollo reconoce la importancia vital del comercio libre y justo. Cuando los gobiernos invierten en sus pueblos, el comercio puede impulsar la propia transformación económica y social de los países.

Desde el año 2001, en base a NAFTA, nuestra administración ha negociado diez acuerdos de libre comercio con nuestros asociados en las Américas. Si nuestro Congreso aprueba nuestros acuerdos con Panamá y Colombia, tema al que regresaré en un momento, habremos creado, de hecho, una cadena ininterrumpida de naciones dedicadas al libre comercio, desde la punta superior del Canadá hasta el extremo sur de Chile. Estos acuerdos de libre comercio son la plataforma estratégica que permitirá a nuestras democracias extenderse por el Pacífico y competir exitosamente con potencias en auge de Asia.

En su conjunto, estos esfuerzos representan un nuevo enfoque para el desarrollo, arraigado en la responsabilidad mutua y la colaboración. Esto va profundizando la visión común hemisférica de una sociedad justa, una en la cual la mejora propia y la movilidad social está a disposición de todos los ciudadanos, y no sea el privilegio de unos pocos.

El nuevo consenso democrático en nuestro hemisferio también reconoce que nuestro desarrollo económico y social debe ser defendido. Por ese motivo, hemos consolidado alianzas arraigadas, nuevamente, en los principios básicos y la responsabilidad mutua para garantizar colectivamente nuestra seguridad hemisférica.

Canadá, México y Estados Unidos han establecido la Asociación para la Seguridad y la Prosperidad, destacando que las relaciones dentro de América del Norte generan enormes beneficios, como puestos de trabajo, seguridad energética y precios bajos, para los ciudadanos de los tres países. Actualmente la zona económica de América del Norte, con 14 billones de dólares, es sin duda la plataforma para el éxito a largo plazo en el mundo. Y a través de la  Asociación para la Seguridad y la Prosperidad estamos consolidando la capacidad compartida para defender nuestros estilos de vida ante cualquier desafío y para responder ante cualquier emergencia que pueda amenazar nuestro éxito.

También lo estamos haciendo de otras maneras. Por medio de la Iniciativa de Mérida, que ahora está en el Congreso, Estados Unidos, México y las naciones de América Central cooperarán para defender a nuestras sociedades y economías del acecho de las pandillas criminales y de los traficantes de drogas ilícitas. Esto no tiene precedentes. Por primera vez, nosotros y nuestros vecinos elaboramos estrategias regionales de seguridad para combatir amenazas que solamente podremos derrotar juntos.

Hemos mantenido asociaciones para apoyar a que dos democracias ganen sus luchas para conseguir seguridad sostenible.

Por ello, con la tarea de un gobierno y un pueblo valiente y con el compromiso a largo plazo de Estados Unidos, Colombia se ha transformado, pasando de ser un estado en el borde del fracaso, hace menos de siete años, a ser una nación ahora en el umbral del éxito, cuyo gobierno democrático está recuperando su país de las manos de los narcoterroristas y ampliando las posibilidades para su pueblo.

Y en Haití, muchas naciones de las Américas se han sumado para formar una asociación sin precedentes para establecer un estado democrático, vinculando la seguridad y los esfuerzos de mantenimiento de la paz con los esfuerzos de reconstrucción y desarrollo, para tratar de apoyar la creación de instituciones eficaces para el pueblo de Haití.

En su conjunto, nuestros numerosos emprendimientos con nuestros vecinos democráticos representan asociaciones que atenderán a nuestros desafíos actuales y futuros. Y lograr esto ha sido posible porque Estados Unidos ha estado profundamente comprometido. El desafío en los próximos meses y años será fortalecer los puntos prácticos del consenso que define ese compromiso. Y gran parte de ese desafío, francamente, es interno en Estados Unidos.

Tenemos muchos temas difíciles ante nosotros, o que pronto estarán ante nosotros, que pondrán a prueba los principios del compromiso con las Américas. Uno es el comercio, concretamente los acuerdos que hemos concluido con Colombia y Panamá. En las últimas décadas, las administraciones de ambos partidos, junto con mayorías en el Congreso, respaldaron el apoyo bipartidista de Estados Unidos al comercio libre y justo. Pero debo admitir que ese consenso está hoy bajo ataque. El comercio es absolutamente vital para la competitividad de nuestra nación, pero no podemos permitirnos considerar al comercio como solamente un tema doméstico. El comercio es también esencial para nuestra política exterior, nuestros intereses nacionales, la seguridad y prosperidad de nuestros vecinos, y por tanto, la seguridad y prosperidad de Estados Unidos.

La mayoría de los ciudadanos de nuestro hemisferio quieren más comercio, no menos. Y si los líderes del Congreso rechazan los acuerdos de libre comercio con Colombia y Panamá, serán ellos los que están descuidando este hemisferio. Y será la señal de una sola cosa: la renuncia de todo lo que hemos logrado, la renuncia al compromiso a largo plazo de nuestra nación y del liderazgo en las Américas y la renuncia a dos asociados democráticos que quieren y necesitan nuestro apoyo. Les aseguro que quienes más se beneficiarán de una renuncia o retirada serán aquellos quienes menos comparten nuestros valores.

Hay otro desafío que está por llegar: me refiero a la transición en Cuba, el único país de las Américas cuyo gobierno no ha sido elegido por el pueblo. Respetamos la dignidad y el talento del pueblo cubano. Creemos sin equívoco que Cuba merece, no menos que ningún otro país de las Américas, elegir libremente su futuro sin intromisiones externas.

Cualquier intento para facilitar la entrada de Cuba en el siglo XXI, por medio de aperturas económicas pequeñas y altamente controladas, no tendrá resultado a largo plazo. El régimen cubano debe demostrar que tiene confianza en sí mismo, y en su pueblo, para dejar de utilizar a la policía secreta para controlar el discurso político. El régimen tiene y debe eliminar el factor del miedo en la vida política de Cuba.

Queremos apoyar a Cuba y a su talentoso pueblo en la transformación de su sociedad. Queremos entablar un diálogo con Cuba. Queremos entablar un diálogo con su pueblo como ciudadanos libres, no como a sujetos.

Por lo tanto damas y caballeros, cuando reflexiono otra vez sobre este momento se me ocurre una idea básica: qué diferencia puede hacer una década. Qué periodo tan destacado para la consolidación de la democracia orientada por el mercado y comprometida socialmente en toda la región. Las democracias de las Américas ahora se comunican unas con otras y colaboran unas con otras como nunca antes. Están experimentando con una amplia variedad de nuevas ideas para fomentar una mayor integración. Están más activas en el resto del mundo y participan más en la economía mundial, con creciente confianza y éxito.

Nuestros distintos países representan muchas tradiciones diferentes y muchas culturas diferentes, pero hemos definido un futuro común, un futuro común basado en valores comunes: libertad e igualdad, dignidad humana y justicia social. Esos valores son nuestros valores, los valores de América. Esos valores conectan a este hemisferio y arraigan firmemente a Estados Unidos como un elemento firme de este hemisferio orgulloso y libre.

Los pueblos de las Américas están impacientes por una vida mejor, lo cual es razonable. Exigen a sus líderes democráticos normas más elevadas y cada vez más tienen la opción de poder hacerlo. Y quisiera decir unas palabras finales sobre Estados Unidos. Para seguir manteniendo la influencia en nuestro hemisferio, debemos seguir comprometidos, y para seguir comprometidos debemos estar realmente presentes. Tenemos que seguir demostrando a nuestros asociados en el hemisferio que comprendemos sus problemas, que podemos y queremos ser activos en contribuir a resolverlos, y que su éxito es nuestro éxito.

Esto está en consonancia con nuestras tradiciones nacionales. Ya lo ha hecho y seguirá definiendo cada vez más nuestro papel en la región. Confío en que pueda servir de base para un compromiso nuevo y duradero para un hemisferio con democracia, prosperidad y paz.

Muchas gracias.

(termina el texto)

(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://usinfo.state.gov/esp)

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