22 febrero 2008

Inmigrantes trabajan para lograr un mejor nivel de vida

Mucho ha cambiado durante el último siglo, pero no las aspiraciones

 

Washington – Anna, mi tía abuela, vino a este país a inicios del siglo pasado. Hablaba una docena de idiomas porque era de Estanbul, Turquía, centro cultural que enlaza al Oriente con Occidente.

Obtuvo un trabajo como intérprete en Macy’s en la ciudad de Nueva York, donde atendía un mostrador donde los inmigrantes que no hablaban inglés hallaban ayuda para realizar sus compras. Eventualmente, ahorró lo suficiente para traer a sus padres y cinco hermanos. La más joven de sus hermanos fué Frida, mi abuela.

Casi cien años más tarde, una escena similar se desarrolla en los empleos de servicio alrededor de Washington. En esta ocasión, los compradores son los que hablan inglés y muchos de los trabajadores, no lo hablan. En ninguna otra parte, esta comunidad multicultural es más evidente que en el Departamento de Zapatería, en la tienda Nordstrom, en el centro comercial Tysons Corner.

Aquí, los vendedores son de Corea, China, América del Sur y África – todos bien vestidos y esperando por clientes que no titubean en pagar 200 dólares por un par de zapatos, más del salario anual que alguno de esos vendedores ganaría en su país de origen.

El Censo de Estados Unidos indica que nuestra sociedad es cada vez más diversa. En todas partes de Washington, es común encontrar personas que trabajan detrás de mostradores y en gasolineras, luchando por hablar el idioma.

Pienso en mis abuelos: los cuatro llegaron a estas tierras durante su juventud, sin hablar inglés, sin ningún oficio y sin dinero.

Una de mis abuelas nunca fue a la escuela y siempre le avergonzó no poder leer o escribir correctamente. Un abuelo, que era ropavejero, cojeaba al caminar porque prefirió herirse un pie a servir en el ejército del zar. Ninguno lo llegó a comprender, pero ellos pasaron sus sueños a la siguiente generación.  

Mi abuela Frida abandonó la escuela cuando se encontraba cursando el quinto grado; sin embargo, sus dos hijos fueron a la universidad. Mi tía logró ser maestra y, mi padre, periodista. Sus cinco nietos recibieron también educación universitaria, uno es trabajador social, otro fisioterapeuta, una enfermera de sala de urgencias y dos periodistas – mi hermana y yo.

Cuando Frida falleció a los 82 años, cientos de personas acudieron a su funeral para darle el último adiós.

Les digo a mis hijos que quienes llegaron a Estados Unidos de otros países merecen todo el respeto y ayuda que se les pueda brindar. Ellos son la próxima generación de contribuyentes – maestros, médicos, abogados. Y también son nuestros vecinos.

La destreza con los idiomas, la que le ayudó a sobrevivir a mi tía abuela Anna, no la tengo yo. Tan sólo se unas cuantas palabras en francés, español, griego e italiano.

No obstante, tengo una ferviente admiración por las personas que están de pie detrás de los mostradores, con sus pies probablemente adoloridos después de tantas horas. Su inglés puede no ser perfecto, pero se esfuerzan mucho por tener una vida mejor, tal como mis abuelos lo hicieron.

(Judi Hasson es una periodista de Washington. Este artículo apareció por primera vez en la revista The Washingtonian en enero de 2003)

 

El Servicio Noticioso desde Washington es un producto de la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http//usinfo.state.gov/esp)

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