04 abril 2008

Fútbol norteamericano celebra el sacrificio y el progreso

Gruñidos y discusión en grupo en un juego que destaca la camaradería

 
Kevin Wlater (83) de los Tejanos de Houston cae tras el ataque de Nick Harper (20) de los Titanes de Tennessee en 2007. (© AP Images)
Kevin Wlater (83) de los Tejanos de Houston cae tras el ataque de Nick Harper (20) de los Titanes de Tennessee en 2007. (© AP Images)

El béisbol, el fútbol norteamericano y el baloncesto, los tres deportes más populares en Estados Unidos reflejan de forma única el carácter estadounidense, -- los sueños, ambiciones, logros y pérdidas de Estados Unidos -- y los estadounidenses los suelen ver como retos de moralidad relacionados con sus propias naturalezas conflictivas, dice el escritor y profesor estadounidense Roger Rosenblatt.

A continuación, un extracto del artículo Reflexiones, por qué jugamos el partido, que apareció en el periódico electrónico eJournal USA Los deportes en Estados Unidos.

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Roger Rosenblatt

Si el béisbol representa casi todas las cualidades del país en equilibrio, el fútbol estadounidense y el baloncesto muestran cuando esas cualidades pueden ser exageradas, demasiado acentuadas y, a menudo, deformadas. El fútbol norteamericano y el baloncesto no son juegos bellamente diseñados. Son más caóticos, más sujetos a momentos bárbaros. Con todo, debe observarse que ambos son mucho más populares que el béisbol, lo que puede indicar que los estadounidenses, habiendo establecido las reglas, están siempre tratando de romperlas.

El fútbol norteamericano, al igual el béisbol, es un juego de progreso individual dentro de ciertos límites. A diferencia del béisbol, sin embargo, el progreso individual se obtiene centímetro a centímetro, en forma cruda e indisciplinada. Implica dolor físico. El zaguero o medio zaguero que lleva el balón aguanta golpe tras de golpe a medida que avanza, quizá no más de un decímetro por la vez. A menudo se le empuja hacia atrás. Diez yardas parecen una distancia corta, sin embargo, al igual que en la guerra, con frecuencia significan la victoria o la derrota.

El juego a nivel del suelo lo hace la infantería; los pases, la fuerza aérea. O uno puede ver el juego de alto como función de los "oficiales" del equipo, los que lanzan y agarran el balón, en contraposición a los soldados de cara de perro que permanecen en las trincheras. Estas analogías bélicas son difícilmente una exageración. El espíritu del juego, la terminología, los uniformes mismos, con sus máscaras protectoras y sus cascos, evocan las operaciones militares. Las heridas (bajas) no son una excepción en este deporte, son parte del juego.

Con todo, el fútbol estadounidense refleja nuestras actitudes contrarias frente a la guerra. Generalmente, los estadounidenses son en extremo renuentes a tomar parte en una guerra, aunque nuestros líderes no lo sean. Simplemente, queremos ganar y salir de la situación tan pronto como sea posible. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ocupaba el vigésimo séptimo puesto entre los países del mundo en cuanto a armamentos. Para finales de la guerra ocupábamos el primer puesto, con el segundo puesto perdido en la distancia. Sin embargo, sólo participamos para destruir a los bandidos y acabar de una vez con el asunto. Por tanto, el fútbol norteamericano la guerra en su estado ideal, la guerra en una caja. Se juega en cuatro tiempos. Puede agregarse un quinto en caso de empate y terminar en "muerte repentina" pero, a menos que algo extraordinario ocurra, ningún guerrero muere.

No sólo los jugadores parecen guerreros, los aficionados enrojecen de furia. Los estadounidenses fanáticos del fútbol norteamericanos pueden no ser tan letales como los hinchas del otro fútbol, el soccer; sin embargo, todos los domingos los aficionados se visten como antiguos guerreros célticos con sus caras pintadas y sus cuerpos semidesnudos en pleno invierno.

Aquí no es un deporte de la clase alta. El fútbol estadounidense lo fue solamente en las universidades de la Ivy League en los años veinte y treinta. Actualmente el juego profesional pertenece en gran parte a la clase trabajadora. Es una expresión del estadounidense que trabaja con las manos, que gana sus avances con gran dificultad y a un gran costo. Al juego no le faltan sus finezas; requirió cierto talento inventar un balón cuya forma permite tanto un puntapié como un pase con la mano. Básicamente, sin embargo, este es un juego de gruñidos y de huesos rotos y de planes de batalla (agruparse para planear una jugada) que puede terminar mal. Incluso tiene la falta de claridad de las guerras. Una jugada puede tener lugar pero no es oficial hasta que el árbitro dice que lo es. Las banderas que indican sanciones aparecen tarde, una jugada puede invalidarse, suspenderse y toda la emoción de un triunfo aparente puede ser desinflada por un juicio exterior, desde una perspectiva diferente.

Donde el fútbol norteamericano es expresión esencial de Estados Unidos, sin embargo, es en el papel de la defensa. Mi hijo Carl, ex escritor deportivo de The Washington Post, me señaló que a diferencia de cualquier otro deporte, el fútbol estadounidense depende casi completamente de la habilidad de un solo individuo. En otros juegos de equipo la ausencia de una estrella puede compensarse, pero en el fútbol la defensa es todo. Es el líder estadounidense, el héroe, el general, que no puede ser reemplazado por el trabajo de un equipo. Representa la iniciativa individual y la autoridad individual.

Exactamente como el presidente, el jefe ejecutivo del territorio nacional, tiene más poder que los que se encuentran en otras ramas del gobierno que supuestamente lo mantienen refrenado, la defensa es el presidente del juego. Los aficionados lo adoran o ridiculizan con la misma energía emocional que tratan a los presidentes estadounidenses.

En cuanto a la defensa misma, tiene que ser lo que el individuo estadounidense debe ser para tener éxito, a la vez imaginativo y estable, y debe saber cuándo ser uno u otro. Si los juegos que orquesta son demasiado alocados, improvisados con demasiada frecuencia, fracasa. Si son demasiado predecibles, fracasa. Todos los matices del individualismo estadounidense recaen sobre sus hombros y, al mismo tiempo, demuestra y pone a prueba el sistema en el que el empresario individual cuenta para todo y en exceso.

Roger Rosenblatt es periodista, escritor, dramaturgo y profesor. Como ensayista de la revista Time ha recibido numerosos honores del periodismo escrito, incluso dos premios George Polk, así como premios del Club de la Prensa Extrajera y del Colegio de Abogados de Estados Unidos. Los ensayos que presenta en la red de televisión pública de Estados Unidos le han merecido los prestigiosos premios Peabody y Emmy. Es autor, más recientemente, de la novella Beet (Ecco, 2008).

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(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://usinfo.state.gov/esp)

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