29 octubre 2007
Algunos candidatos ganan, otros llaman la atención a temas importantes
Portland (Oregón) – “Prefiero estar en lo cierto que ser presidente”, dijo una vez Henry Clay, un estadista estadounidense del siglo XIX. Muchos de los candidatos que se quedan rezagados con respecto a quienes llevan la delantera en la carrera presidencial de 2008 pueden consolarse con esas palabras al pensar en su situación.
Nunca es divertido quedarse atrás en una carrera presidencial, y puede ser particularmente difícil para quienes están acostumbrados al éxito, como los senadores y gobernadores, destacados líderes militares y dirigentes empresariales. Para estas personas puede ser especialmente mortificante quedarse a la zaga, incapaces de recaudar los fondos necesarios para atraer atención.
En un debate reciente entre los candidatos demócratas, el ex senador Mike Gravel, a quien el moderador le dirigió pocas preguntas, se quejó de que se sentía como “un objeto decorativo” en el escenario. En una situación similar, el representante Dennis Kucinich respondió lo siguiente cuando se le preguntó acerca de Dios: “Llevo aquí 45 minutos rezándole a Dios para que usted me haga una pregunta”.
¿Qué es lo que impulsa a algunos hombres y mujeres a someterse al escrutinio público, recaudar fondos de manera ininterrumpida, seguir un programa de actividades agotador y un circuito interminable de cenas en salones de hoteles para una pugna en la que no llevan las de ganar?
Una de las razones es que un candidato que va a la zaga en las encuestas políticas pueden aún captar la imaginación del público y ganar la candidatura de su partido.
“Los candidatos que tienen escasas probabilidades de ganar la candidatura abrigan diversas esperanzas”, explica Bill Lunch, profesor de ciencias políticas de la Universidad Estatal de Oregón. Agrega que se necesita tener un ego fuerte para presentarse como candidato a presidente y que algunos de estos candidatos que van a la zaga “puede ser que piensen que tienen posibilidades razonables [de ganar]”.

Un segundo motivo por el que un candidato puede continuar la campaña a pesar de las malas perspectivas, podría ser parte de un plan a largo plazo. Según Lunch, incluso una campaña que fracasa puede ser “una buena manera de establecer contactos a nivel nacional y generar la organización para una futura candidatura. Para algunos de estos candidatos, este proceso edifica una base”. Por ejemplo, las campañas de 1968 y 1976 del ex presidente Ronald Reagan fracasaron, pero en 1980 fue designado candidato presidencial de su partido y a continuación ganó la presidencia.
Lunch también indica que algunos candidatos que van a la zaga en la carrera presidencial puede que orienten su candidatura a la vicepresidencia como un premio de consolación aceptable y como elemento esencial de una campaña futura. Desde 1960, cuatro vicepresidentes en funciones o ex vicepresidentes se han convertido en presidente, y otros cuatro han sido los candidatos de su partido.
Incluso si un candidato no tiene ninguna posibilidad de ganar la designación como candidato presidencial o vicepresidencial de su partido, ni la probabilidad de presentarse como candidato en otra campaña, la pugna puede ser aún significativa. Al presentarse como candidato a presidente, los candidatos dan a conocer sus posturas firmes en los debates nacionales y esperan influir en la opinión pública.
El representante Tom Tancredo de Colorado ha quedado actualmente muy rezagado en la campaña del Partido Republicano. Sin embargo, cuando el Servicio Noticioso le preguntó al portavoz de Tancredo Alan Moore lo que el congresista esperaba aún lograr de su campaña, su respuesta fue muy clara:
“El congresista Tancredo entró en un principio en la carrera presidencial porque ningún otro candidato presentaba un perfil fuerte en materia de reforma de la inmigración. Si el candidato, quienquiera que sea, se compromete a asegurar nuestras fronteras y a hacer cumplir la ley, entonces se habrán cumplido sus objetivos al entrar en la carrera”, dijo Moore.
En realidad, es rara la campaña en que los candidatos principales no adoptan algunos de los puntos de vista de quienes han quedado rezagados. A lo largo de la historia de Estados Unidos, muchas campañas que iban perdiendo han marcado la diferencia, en especial cuando uno o dos de los principales partidos políticos del país buscan una nueva dirección.
Tancredo y otros que se han presentado a la actual carrera presidencial pueden animarse al recordar que la derrota de Reagan en 1976, en su intento por conseguir la designación como candidato presidencial del Partido Republicano, no sólo le encaminó en 1980 hacia la designación como candidato y a la presidencia, sino que estableció el trayecto del Partido Republicano durante una generación. La campaña de 1968 del senador Eugene McCarthy, si bien infructuosa, reveló la intensidad de la oposición a la Guerra de Vietnam dentro del Partido Demócrata e influyó en la decisión del presidente Lyndon Johnson de no buscar la reelección.
Los candidatos con una perspectiva histórica pueden encontrar inspiración en la campaña presidencial de 1924 del senador Robert La Follette, quien abandonó el Partido Republicano y se postuló como candidato del Partido Progresista. Aunque perdió por mucho, ganando sólo el 17 por ciento del voto, su campaña desató tal debate nacional sobre los derechos de los consumidores, el control directo del votante y otras reformas, que los dos principales partidos políticos adoptaron muchas de sus posturas y promulgaron leyes al respecto. Aunque nunca llegó a ser presidente, La Follette resultó estar en lo cierto en el plano político.
Tan grandes fueron sus logros que un grupo de historiadores estadounidenses más tarde eligieron a La Follette como uno de los dos senadores más importantes de la historia de Estados Unidos, empatando con Henry Clay.
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