01 septiembre 2009
Recuerda a Kennedy como “defensor de los que nunca tuvieron defensores”
A continuación una traducción del texto de la elegía que pronunció el presidente Obama en la misa fúnebre del senador Edward Kennedy el 29 de agosto:
(comienza la transcripción)
LA CASA BLANCA
Oficina del Secretario de Prensa
29 de agosto de 2009
DECLARACIONES DEL PRESIDENTE
ELEGÍA POR LA MUERTE DEL SENADOR EDWARD M. KENNEDY
Basílica de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
Roxbury (Massachusetts)
EL PRESIDENTE: Su eminencia, Vicki, Kara, Edward, Patrick, Curran, Caroline, miembros de la familia Kennedy, distinguidos invitados y conciudadanos:
Hoy decimos adiós al más joven de los hijos de Rose y Joseph Kennedy. El mundo recordará durante mucho tiempo a su hijo Edward como el heredero de un legado de peso, el defensor de los que nunca tuvieron defensores; el alma del Partido Demócrata y el león del Senado de Estados Unidos, un hombre cuyo nombre figura en casi mil leyes y que redactó más de 300 por sí mismo.
Pero, para quienes lo amábamos, a quienes nos duele su partida, conocíamos a Ted Kennedy por los demás títulos que ejerció: padre, hermano, esposo, abuelo, tío Teddy o the grand fromage (“el gran queso”), como solían llamarle sus pequeños sobrinos. Yo, al igual que muchos otros en la ciudad donde trabajó durante casi medio siglo, lo conocía como colega, mentor, y por encima de todo, como amigo.
Ted Kennedy fue el bebé de la familia que se erigió en su patriarca; el incansable soñador que se convirtió en su roca. Era el chico alegre y lleno de vida que aguantaba las bromas de sus hermanos, y que aprendió muy rápido a olvidarlas. Cuando lo tiraron de un bote porque no sabía lo que era un foque, Teddy, que entonces tenía seis años, se subió de vuelta y aprendió a navegar. Cuando en una conferencia de prensa un fotógrafo le pidió al recién elegido Bobby que retrocediera porque le estaba haciendo sombra a su hermano más pequeño, Teddy dijo:
“ocurrirá lo mismo en Washington”.
Ese espíritu de resistencia y buen humor le ayudarían a Teddy a superar dolor y tragedia, más de lo que la mayoría de nosotros nunca conocerá. A la edad de 16 años ya había perdido a dos hermanos. Vio a otros dos ser desgajados violentamente en un país que los amaba. En los días finales de su vida le dijo adiós a su querida hermana Eunice. Sobrevivió por poco un accidente de avión, vio a dos hijos bregar contra el cáncer, enterró a tres sobrinos y sufrió reveses personales de la manera más pública posible.
Es una cadena de de acontecimientos que habría quebrado a uno menos hombre. Y para Ted le habría sido fácil hacerse amargo y duro, rendirse a la autocompasión y al pesar; retirarse de la vida pública y pasar sus años en tranquilidad. Nadie lo habría culpado por ello.
Pero ése no era Ted Kennedy. Como nos dijo: “…los defectos y las debilidades individuales no son excusa para rendirse ni tampoco son una exención de la obligación común de dar de nosotros”. Está claro que Ted era el “guerrero feliz" al que se refería el poeta Wordsworth cuando escribió:
Cuanto más tentado; más capaz de resistir,
Cuanto más expuesto al sufrimiento y a la angustia
También, por ello, más atento a la ternura.
Con su propio sufrimiento, Ted Kennedy se volvió más atento a las dificultades y sufrimientos de los demás: los niños enfermos que no podían acudir al médico, la joven soldada a la que le niegan sus derechos por su apariencia, por amar a quién ama o por su procedencia. Las trascendentales leyes que defendió, como la Ley de Derechos Civiles y la Ley de Estadounidenses con Discapacidades, la reforma inmigratoria, el seguro médico infantil, la Ley de Permiso Médico y Familiar, tienen todas un hilo común. El trabajo de Kennedy durante su vida no fue defender las causas de los ricos o poderosos o los que tienen contactos especiales, sino que fue darle voz a quienes no eran escuchados, agregar un peldaño a la escalera de la oportunidad; hacer realidad el sueño de los fundadores. Tuvo el don de contar con el tiempo que sus hermanos no tuvieron y que él utilizó para impactar la mayor cantidad de vidas y corregir la mayor cantidad de defectos posibles en los años que tuvo.
Todavía podemos escuchar su voz retumbando en la cámara del Senado, con la cara enrojecida y golpeando el podio con el puño, una verdadera fuerza de la naturaleza, en apoyo a la atención de la salud, a los derechos de los trabajadores o a los derechos civiles. Y sin embargo, como ya se ha dicho, a pesar de que las causas que defendía eran sumamente personales, sus desacuerdos nunca lo fueron. Si bien sus detractores más encarnizados lo consideraban un pararrayos partidario, ese no es el prisma con el que Ted Kennedy veía el mundo, ni tampoco era el prisma con el que sus colegas miraban a Ted Kennedy. Fue el producto de una época en que la dicha y la nobleza en la política impedían que las diferencias de partido, de plataforma y de filosofía se convirtieran en obstáculos a la colaboración y el respeto mutuo, una época en que los adversarios aún se consideraban unos a otros como patriotas.
Fue así como Ted Kennedy se convirtió en el legislador más grande de nuestros tiempos. Lo hizo acatando principios, sí, pero también buscando el compromiso y la causa común, no sólo mediante arreglos y tomas y dacas, sino también por medio de la amistad, la bondad y el humor. Una vez se acercó a Orrin Hatch para conseguir su apoyo para el Programa de Seguro Médico Infantil, haciendo que su secretario general le diera una serenata al senador con una canción que el mismo Orrin había compuesto; o la vez que repartió galletas con forma de trébol en un plato de vajilla para endulzar a un malhumorado colega republicano; o la famosa anécdota de cómo se ganó el apoyo de un texano que era presidente de una comisión, para un proyecto de ley de inmigración. Teddy llegó a la reunión con un sobre de papel manila y solo le mostró al presidente de la comisión que estaba lleno con sus cigarros preferidos. Cuando las negociaciones iban bien, le acercaba el sobre un par de centímetros. Cuando iban mal, lo retraía. Al poco tiempo se logró hacer el trato.
Hace apenas unos años, el Día de San Patricio, Teddy me arrinconó en un salón del Senado para conseguir mi apoyo de una ley que se iba a someter a votación. Me comprometí a hacerlo, aunque le señalé que no creía que fuera aprobada. Cuando concluyó la votación nominal, el proyecto de ley había conseguido los votos necesarios, e incluso algunos más. Miré atónito a Teddy y le pregunté cómo lo había logrado. Se limitó a darme una palmadita en la espalda y me dijo: “es la suerte del irlandés”.
Está claro que la suerte tenía poco que ver con el éxito legislativo de Ted Kennedy, y él lo sabía. Hace pocos años su suegro le comentó que posiblemente él y Daniel Webster fueran los dos grandes senadores de todos los tiempos. Sin vacilar un instante Teddy le contestó: “¿Qué hizo Webster?”
Aunque lo que recordaremos de Teddy será el histórico cúmulo de logros, lo que extrañemos será su corazón bondadoso. Fue el amigo y el colega que siempre era el primero en levantar el teléfono y decir: “lamento mucho tu pérdida” o “espero que te sientas mejor” o “¿en qué te puedo ayudar?”. Era un jefe tan querido por sus empleados que más de 500, abarcando cinco décadas, se presentaron a la fiesta para celebrar sus 75 años. Era el hombre que enviaba felicitaciones de cumpleaños y notas de agradecimiento, e incluso sus propias pinturas, a tantos que nunca imaginaron que un senador de Estados Unidos de semejante estatura se tomara el tiempo de acordarse de alguien como ellos. Yo tengo uno de esos cuadros en mi estudio privado de la Oficina Oval, un paisaje marino de Cape Cod que fue un regalo para un legislador principiante que acababa de llegar a Washington y que casualmente lo admiró cuando Ted Kennedy lo recibió en su oficina. Ese, por cierto, es el segundo regalo de parte de Teddy y Vicky, después de nuestro perro Bo. Y al parecer casi todos tienen un relato parecido, esos que a menudo comienzan con: “no te vas a creer quién me llamó hoy”.
Ted Kennedy fue un padre que no solo se preocupó de cuidar sus tres hijos, sino también los de John y Bobby. Los llevó de acampada y les enseñó a navegar. Se divirtió y bailó con ellos en los cumpleaños y las bodas; lloró y se condolió con ellos en las tragedias; y transmitió ese mismo sentido de servicio y desinterés que sus padres le habían instigado. Poco después de que Ted acompañara a Caroline al altar, recibió una nota de Jackie que decía: “a ti, el despreocupado hermano menor, le cayó una carga que un héroe habría rogado librarse de ella. Todos saldremos adelante porque siempre estuviste ahí con tu amor”.
El clan Kennedy no solo salió adelante gracias al amor que demostró Ted, sino que él también salió adelante gracias a los suyos, especialmente gracias al amor y la vida que encontró con Vicki. Después de tantas pérdidas y de tanto dolor no le sería fácil a Ted arriesgar de nuevo su corazón. El que lo hiciera es un testamento a cuanto amó a esta excepcional mujer de Luisiana. Ella no solo le devolvió ese amor. Como Ted solía reconocer frecuentemente: Vicki lo salvó. Ella le dio fuerzas y un propósito, alegría y amistad, y estuvo a su lado siempre, especialmente en los días finales, los más duros.
No tenemos certeza del tiempo que tenemos aquí. No podemos vaticinar las pruebas y las desgracias que nos pondrán a prueba a lo largo del camino. No podemos saber cuál es el plan de Dios para nosotros.
Lo que sí podemos hacer es vivir nuestra vida de la mejor manera posible, con propósito y con amor y alegría. Podemos utilizar cada día para demostrar a quienes tenemos cerca que nos preocupamos por ellos y que tratamos a los demás con la amabilidad y el respeto que queremos para nosotros mismos. Podemos aprender de nuestros errores y aprender de nuestros fracasos. Y podemos insistir a toda costa en hacer un mundo mejor para que, algún día, si estamos bendecidos con la posibilidad de mirar atrás y ver nuestro tiempo aquí, saber que lo utilizamos bien; que hicimos una diferencia; que nuestra fugaz presencia tuvo un impacto duradero en la vida de los demás.
Es así como Ted Kennedy vivió su vida. Ése es su legado. Una vez dijo, como ya se ha dicho, que su hermano Bobby no necesitaba ser idealizado ni engrandecido en la muerte porque para eso estuvo en la vida, y me imagino que él diría lo mismo de sí mismo. Aunque a Ted Kennedy le cargaron en los hombros grandes expectativas porque él era lo que era, las superó todas por lo que llegó a ser. Hoy no lloramos por él por el prestigio que tiene su nombre o su cargo. Lo lloramos porque amamos a este amable y tierno héroe que perseveró en el dolor y la tragedia, no por ambición o vanidad, riqueza o poder, sino solo por el pueblo y el país al que amó.
En los días posteriores al 11 de septiembre, Ted se preocupó de llamar personalmente a cada una de las 177 familias de su estado que perdieron a un ser querido en el atentado. Pero no se detuvo ahí. Siguió llamando y preocupándose por ellos. Peleó para superar los escollos y conseguir que les dieran ayuda y asesoramiento para su condolencia. Los invitó a navegar, jugó con sus hijos y en el aniversario de ese terrible día escribía una carta a cada familia. A una viuda le escribió lo siguiente:
“Como bien sabes, el paso del tiempo nunca sana realmente el trágico recuerdo de tan enorme pérdida, pero seguimos adelante, porque tenemos que hacerlo, porque nuestros seres queridos habrían querido que así fuera y porque todavía queda una luz que nos guía en el mundo, que proviene del amor que nos dieron”.
Nosotros seguimos adelante.
Ted Kennedy se ha ido a casa, guiado por su fe y por la luz de aquellos a los que amó y perdió. Por fin está una vez más con ellos, dejando a quienes nos duele su muerte con los recuerdos que nos dejó, con el bien que hizo, el sueño que mantuvo vivo y una sola y duradera imagen: la imagen de un hombre en un barco, con el cabello revuelto y una sonrisa dibujada en la cara, listo para cualquier tormenta que se avecina, yendo hacia algún nuevo y maravilloso lugar más allá del horizonte. Que Dios bendiga a Ted Kennedy y le conceda el descanso en la paz eterna.
(termina la transcripción)
(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://www.america.gov/esp )