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06 julio 2009

La función del testigo

 

Este artículo pertenece al periódico electrónico de julio de 2009 Anatomía de un juicio por jurado. Para consultar los demás artículos de esta publicación haga clic a la derecha.

La versión de los hechos que presenta el testigo en un caso puede influir en las emociones del jurado. Maurice Possley, periodista galardonado con el premio Pulitzer, trabajó en el periódico Chicago Tribune durante casi 25 años antes de jubilarse en 2008. Es autor de dos libros de prosa no narrativa.

Por Maurice Possley

Las palabras de un testigo figuran entre los elementos de prueba más impactantes que existen en los tribunales estadounidenses. El testimonio de un testigo tiene no sólo el poder de informar, sino también de influir en las emociones del jurado que sigue el procedimiento oral del caso y que, en última instancia, es quien emite el veredicto.

Bien sea que esas palabras provengan de la víctima de un delito en su relato del robo, violación o impacto de bala del que fue objeto, o de una madre cuyo hijo, hermano, hermana o esposo fue asesinado, o que las pronuncie un transeúnte que por casualidad presenció el momento decisivo en que se dispararon las balas o se lanzó el puñal, las palabras de un testigo a menudo cautivan la atención, producen emoción y ofrecen los momentos más espectaculares de un juicio.

En última instancia, el jurado ha de decidir si el testimonio de un testigo constituye la verdad. Al hacerlo, los jurados ponderan las palabras y el comportamiento del testigo, así como su habilidad para soportar el contra-interrogatorio, cuyo objeto socavar dicho testimonio.

Existen muchos tipos de pruebas en un juicio, tanto en casos de individuos acusados de un delito como de compañías acusadas de cometer delitos civiles.

En primer lugar, hay pruebas materiales tomadas del lugar del crimen, como huellas digitales, ADN y cartuchos de balas. Hay también pruebas documentales, tales como los documentos de instituciones financieras, correos electrónicos y decisiones de la empresa, y acuerdos firmados.

Aunque el peso y la importancia de este tipo de pruebas depende del caso, el testimonio de los testigos (ya sean testigos oculares del delito, víctimas o acusados) es a menudo lo que influye más en el jurado.

Hay también distintos tipos de testigos. En las causas penales, los testigos más comunes son agentes de la policía y testigos oculares. Otros testigos pueden ser citados a rendir testimonio sobre conversaciones con el acusado. Los abogados de la defensa pueden citar a testigos para que atestigüen sobre la coartada del acusado. El acusado puede a su vez ser testigo en su propio caso para negar su participación en el delito.

Ensayo

Para cuando el testigo sube al estrado, su testimonio ha sido desmenuzado, estudiado y ensayado numerosas veces con los abogados. A muchos se les prepara con bastante anticipación a su comparecencia ante el tribunal. Algunos testigos incluso han sido sometidos a juicios ficticios, ideados por sus abogados, quienes luego entrevistan a los “jurados” ficticios para averiguar la reacción que produjo el testimonio de estos testigos.

A los testigos se les indica que se sienten erguidos en el banquillo y que se dirijan al jurado, para que éste pueda verle la cara y los gestos y movimientos durante sus respuestas. Esto es igualmente importante independientemente de que el caso lo conozca un juez o un jurado, pero es sumamente importante cuando son los jurados (hombres y mujeres de todas las clases sociales) los que van a decidir el veredicto.

En los casos penales, los testigos de cargo son preparados por la fiscalía que les informa sobre las preguntas que posiblemente les formulen, de modo que sus respuestas sean lo más precisas y exactas posibles. Generalmente a estos testigos se les somete a contrainterrogatorios ficticios para que no se pongan nerviosos y rindan quizá un testimonio erróneo.

En las causas civiles, y en algunas jurisdicciones en casos penales también, se permite que los testigos (excepto los acusados en causas penales) sean interrogados bajo juramento antes del juicio. Ese testimonio puede utilizarse posteriormente para impugnar su testimonio en el juicio si éste es diferente.

En muchos casos, tanto penales como civiles, las decisiones de los jurados y los jueces dependen de su convicción de que los testigos han dicho la verdad, han mentido o, más a menudo, han dicho lo que creen que han visto o recuerdan, hasta donde su capacidad se lo permite.

Durante siglos se consideró que el testimonio de los testigos oculares era la forma más confiable entre los elementos de prueba. No obstante, en los últimos años, muchas investigaciones han revelado que este tipo de testimonio puede ser poco confiable.

Un estudio de casos por el Innocence Project de la ciudad de Nueva York reveló que la identificación errónea por parte de los testigos oculares es la mayor causa de condenas erróneas en Estados Unidos. Más de tres de cada cuatro condenas erróneas descubiertas mediante pruebas de ADN se debieron a identificaciones erróneas por testigos oculares.

He sido testigo

Fui testigo, en representación propia, cuando un ex fiscal me demandó acusándome de difamarlo en un artículo que escribí en el Chicago Tribune en 1999. La demanda fue entablada en 2000 y se me citó al banquillo de testigos en la primavera de 2005, más de cinco años después de haber ocurrido el incidente.

Como testigo se me pidió que prestara juramento y afirmara que diría la verdad al jurado que conocía del caso. Estuve en el estrado durante aproximadamente tres días, contestando preguntas de mi abogado y del abogado que alegaba que lo había difamado.

No podía negarme a contestar las preguntas sin tener una razón constitucional y en mi caso no existía tal razón. Después de cada pregunta, hacía una pausa para considerar mi respuesta y a continuación a los jurados mientras daba la respuesta. Quería que pudieran mirarme a los ojos y juzgar si estaba diciendo la verdad o mintiendo.

Yo sabía la verdad, pero me fue difícil concentrarme mientras estaba sentado en el estrado del testigo frente a un jurado y un juez. En el contrainterrogatorio es fácil perder el hilo de pensamiento y no comprender plenamente la pregunta y posiblemente dar testimonio que no es exacto o veraz.

Como testigo tenía que concentrarme en ser veraz y en contestar las preguntas de la manera más exacta posible, sin importar lo difícil que fueran.

Al final, esperaba que los jurados me creyeran.

Y así ocurrió.

Cuando emitieron el veredicto, que no me condenaba a pagar una indemnización por daños y perjuicios, lloré. Esta experiencia inspiró en mi un nuevo aprecio para personas que son acusadas y para quienes la sanción no consiste en una indemnización monetaria, sino en la pérdida de la libertad.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.

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