06 julio 2009
Este artículo pertenece al periódico electrónico de julio de 2009 Anatomía de un juicio por jurado. Para consultar los demás artículos de esta publicación haga clic a la derecha.
Un juez necesita explicar a los miembros del jurado que son como jueces delegados, que se han comprometido bajo juramento a actuar con justicia. Ricardo M. Urbina es juez del Tribunal federal de distrito para el Distrito de Columbia en Washington.
Por Ricardo M. Urbina
Cuando un juez se hace cargo de un caso que ha de juzgarse ante un jurado, su misión consiste en organizar, facilitar y supervisar un proceso que culminará en un resultado basado en una evaluación justa e imparcial de las pruebas del caso. Un abogado en representación de cada parte desempeña un papel esencial en la selección de los miembros del jurado, que desempeñarán sus funciones sin prejuicios ni parcialidades. No obstante, el juez es el encargado de velar por la integridad de las diligencias y asegurar que los abogados actúen debidamente sin extralimitarse en el ejercicio de sus funciones.
El juez dictamina en cuestiones planteadas antes y durante el juicio que permiten o impiden al jurado considerar las pruebas propuestas por los abogados. En este aspecto, el juez da a los miembros del jurado instrucciones antes, durante y al final del juicio para orientarle en el proceso de considerar con ecuanimidad los testimonios, documentos y otras pruebas del caso. El juez, con su ejemplo, inspira al jurado a considerar las cuestiones con imparcialidad mientras espera la conclusión del juicio.
Yo les digo a los jurados al principio de un juicio que la libertad que tenemos generalmente de sacar conclusiones antes de tiempo en la vida cotidiana queda ahora, para fines de este juicio, suspendida. En su lugar, los jurados tienen que considerarse “jueces delegados”, que se han comprometido bajo juramento a actuar con justicia, lo mismo que yo. Este alto concepto de sí mismos ayuda a los jurados a comprender la solemne importancia de su labor.
Durante los más de 28 años que llevo ejerciendo la judicatura, he adquirido una gran confianza en la prudencia de los jurados. Los jurados casi siempre llegan a veredictos con los que yo estoy de acuerdo. He aprendido que los jurados, por muy reacios que estén a participar en el proceso al ser seleccionados, muestran un profundo interés y dedicación a la tarea de evaluar las pruebas con un espíritu de justicia.
Por ejemplo, en las causas penales, los jurados se atienen al principio de que a todo acusado se le supone inocente hasta que se demuestre que es culpable más allá de una duda razonable. Además, como exigen las leyes, la Constitución de EE.UU. y las instrucciones del juez, la carga de la prueba de la culpabilidad del reo recae exclusivamente sobre el fiscal. Entienden que el acusado nunca tiene que demostrar su inocencia. Algunas personas que han actuado de jurados en el pasado han accedido a hablar a abogados que están siguiendo un curso académico que yo enseño sobre el jurado estadounidense. Con frecuencia estos jurados explican a la clase que, en su fuero interno, pensaban que el acusado había cometido el delito, pero que de todos modos, votaban a favor de su absolución porque las pruebas presentadas por el fiscal no demostraban los hechos más allá de una duda razonable.
Mantener una actitud neutral
Mantener una actitud neutral hasta que se hayan presentado todas las pruebas suele ser tarea difícil también para el juez. En un caso que yo presidí hace algunos años, el fiscal acusaba a un hombre de tomarse libertades impúdicas con numerosos niños menores de 14 años. Las alegaciones eran especialmente graves porque el acusado estaba infectado con el VIH, pero no utilizaba preservativo durante sus encuentros sexuales con estos niños.
En las vistas preliminares dictaminé que algunas de las pruebas inculpatorias no se podían aceptar porque la policía había violado el derecho constitucional del acusado durante las diligencias que condujeron a su arresto. Este tipo de dictamen debilitaba el argumento del fiscal, pero las pruebas restantes del caso demostraron ser suficientemente contundentes para llegar a una sentencia condenatoria en la mayoría de los cargos.
La selección de un jurado requiere hacer preguntas con el fin de identificar a presuntos jurados que no serán capaces de evaluar las pruebas con imparcialidad y neutralidad. Varios jurados declararon durante el interrogatorio preliminar que la índole de los cargos por sí sola bastaba para predisponerles contra el caso y la inocencia del acusado. Indicaron claramente que no podían considerar inocente al acusado. Otros presuntos jurados se abstuvieron de servir porque ellos mismos, familiares o amigos habían sido víctima de algún tipo de abuso sexual de menores. En cambio otros pensaban que el testimonio que se esperaba oír en el juicio ofendería hasta tal punto su sensibilidad que no les sería posible permanecer objetivos al evaluar el caso del acusado.
El proceso de selección del jurado duró varios días y el juicio se prolongó durante dos meses de presentación de pruebas y otras dos semanas de deliberaciones del jurado antes de que éste llegase a un veredicto de culpabilidad en la mayoría de los cargos. Sin embargo, el jurado no le condenó por todos los cargos. Cuando yo personalmente revisé las pruebas relativas a los cargos de los que se le había absuelto pude constatar que el jurado había hecho un buen trabajo ya que, efectivamente, esos cargos no estaban apoyados por la calidad de las pruebas necesaria para una sentencia condenatoria.
La relación que se establece con frecuencia entre un jurado y el juez presidente es una relación de confianza. El jurado confía en el juez para lo que necesita en materia de derecho y orientación para evaluar el caso con imparcialidad. El juez confía al jurado la responsabilidad suprema de administrar justicia. Al mirar retrospectivamente mis años como juez me doy cuenta de que en más de 95 por ciento de los juicios que he presidido, el jurado ha pronunciado veredictos apoyados por las pruebas.