06 julio 2009
Este artículo pertenece al periódico electrónico de julio de 2009 Anatomía de un juicio por jurado. Para consultar los demás artículos de esta publicación haga clic a la derecha.
La carga de probar, más allá de toda duda razonable, la culpabilidad de un acusado ante un jurado es tarea harto difícil. Si bien es cierto que existe la posibilidad de que una persona culpable de un delito sea puesta en libertad al concluir el juicio, no hay sistema que iguale el del jurado popular. A continuación se presenta el relato verídico de un juicio por asesinato, aunque el autor ha optado por cambiar los nombres de las partes afectadas. D. Graham Burnett es catedrático de Historia en la Universidad de Princeton y editor de la revista Cabinet, en Brooklyn (Nueva York). Es autor de varios libros, entre ellos A Trial By Jury, y de publicación más reciente, Trying Leviathan.
Por D. Graham Burnett
¿Cómo es la experiencia de prestar servicio en un jurado? Millones de estadounidenses pueden dar respuesta a esta pregunta, cada uno de forma distinta. Sin embargo, que cada una de estas personas sea capaz de responder a esta pregunta —que hayan atravesado el umbral de un juzgado, presenciado el desarrollo de un juicio y juzgado a uno de sus conciudadanos— revela mucho sobre los ideales de democracia y transparencia a los que aspiramos en Estados Unidos.
Estados Unidos no es de ningún modo un país perfecto, ni tampoco posee el sistema jurídico perfecto, pero nuestra tradición de jurados compuestos por ciudadanos presenta una oportunidad única al ciudadano ordinario para participar de forma directa e interesante en el fortalecimiento del estado de derecho y la consolidación de una sociedad justa.
No se debe idealizar esta institución (es importante recordar que la gran mayoría de las causas judiciales en Estados Unidos no se resuelven por jurado) y siempre existe el peligro de que el énfasis exagerado en las cualidades atractivas del aspecto cívico de la administración de justicia por un jurado desvíe nuestra atención de otras importantes características estructurales y administrativas del ejercicio del derecho en Estados Unidos (como por ejemplo las negociaciones de los cargos y la condena entre los abogados de la defensa y de la parte acusadora). Sin embargo, cualquier persona interesada en saber cómo se aplican las leyes en Estados Unidos deberá examinar el jurado y reconocer su función en los tribunales y en la vida de los estadounidenses, tanto en la de los acusados de delitos como en la de los jurados que deciden la suerte de los anteriores.
Soy historiador y enseño historia en una universidad estadounidense. Mi competencia profesional es en el campo de la historia de la ciencia y la tecnología desde el siglo XVII hasta el siglo XX, y no tengo ninguna educación formal en el campo del derecho. Sin embargo, hace diez años escribí un breve libro sobre mi experiencia como presidente del jurado en un juicio por asesinato en Manhattan. El libro, titulado A Trial By Jury, fue objeto de mucha atención pública por su descripción de los esfuerzos del jurado por llegar a un veredicto en un caso difícil, y sigue siendo lectura recomendada en las facultades de derecho y por decisores de políticas públicas por su análisis de la forma en que funciona (o no) el sistema de jurado. Mi objetivo al presentar la siguiente información es bosquejar brevemente la historia que narro con más detalle en el libro y ofrecer algunas observaciones sobre lo que aprendí de mi experiencia como jurado.
Un asesinato espeluznante
Cuando agentes de la policía derribaron la puerta de un pequeño apartamento del sur de Manhattan en el verano de 1998, descubrieron el cuerpo inánime de Randolph Cuffee, quien yacía boca abajo, desplomado en una esquina bajo una ventana. Estaba muerto y bien muerto: le habían asestado más de 20 puñaladas con arma blanca en la parte superior de la espalda, el cuello y la base del cráneo. Eran heridas realmente terribles, pero el golpe mortal no saltaba a la vista: una sola puñalada al pecho le había alcanzado la aorta tras la que, seguramente, sólo había sobrevivido pocos minutos.
Dos años después, cuando desde el banquillo del jurado en la sala de un tribunal de Manhattan, examinaba yo las fotografías del cadáver que presentó la fiscalía, la policía ya había encontrado al joven que había blandido el arma. Se llamaba Monte Milcray y estaba sentado junto a su abogado, manteniendo la mirada fija hacia el frente. Milcray había alegado que un día, mientras caminaba por la calle en Nueva York, había conocido a una joven con la que entabló una conversación. Ella le dio su número de teléfono y le propuso que se reunieran en otro momento. Milcray aceptó la oferta y una tarde la llamó. La mujer le dio las direcciones a su apartamento en Greenwich Village. Al llegar allí, la mujer le llevó a una habitación pequeña y poco iluminada, y los dos se sentaron en un sofá a mirar un sugerente programa de televisión.
No fue hasta que comenzaron a desvestirse que Milcray se dio cuenta de que la persona a la que recién había conocido no era realmente una mujer, sino un hombre—un hombre que ahora se interponía entre él y la puerta. Según Milcray, lo que sucedió después fue un intento de violación por parte de Cuffee. Durante el forcejeo, Milcray sacó una pequeña navaja del bolsillo de su pantalón y apuñaló a su agresor, primero en el pecho y luego, viéndose apresado por los brazos del otro hombre en contra de su voluntad, repetidas veces en la espalda. Cuando Randolph Cuffee cayó desplomado, Milcray salió disparado hacia la puerta y escapó.
En todo caso, ésta fue una de las versiones de los hechos que relató. Hubo varias.
Al principio, tras escapar a las calles atestadas de gente, todo ensangrentado (casi se había cortado el meñique al blandir la navaja), Milcray había pedido ayuda a un transeúnte y fue a un hospital donde declaró que había sido atacado por una pandilla de hombres blancos que le habían propinado una paliza (tanto Milcray como Cuffee eran de raza negra). Pero más tarde, cuando la policía le detuvo en el hospital como sospechoso en el asesinato de Cuffee, Milcray admitió haber sido el asesino, declarando en su confesión este fantástico relato de seducción e identidad equivocada. (Para descubrir el paradero de Milcray, la policía realizó una buena labor de deducción. Cuando se produce un apuñalamiento, los detectives suelen investigar los hospitales de la zona en busca de personas con heridas en las manos, porque es fácil cortarse cuando se agrede a otra persona con una navaja). Al declarar en su defensa contra el cargo de asesinato, Milcray cambió de nuevo su versión de los hechos, alegando que había conocido a Cuffee a través de un servicio de citas por teléfono, pero reiterando el hecho de que pensó que Cuffee era una mujer y el supuesto intento de violación.
Citados a cumplir un deber
¿Cómo me enredé en este lío tan desagradable? Pues, como todo buen ciudadano me había inscrito en el censo electoral. Eso fue todo lo que se necesitó para poner en marcha la maquinaria burocrática. En esas fechas mi esposa y yo subarrendábamos el apartamento de un amigo. Habíamos concluido los estudios y recién comenzábamos nuestras carreras profesionales. Mi esposa trabajaba como organizadora política de organizaciones de base y yo estaba intentando publicar mi tesis doctoral como libro con la esperanza de encontrar un puesto docente.
Ambos estábamos muy ocupados, así que me fastidió bastante encontrar una citación en la casilla de correos que me ordenaba personarme para prestar servicio como jurado en un juzgado situado en un edificio al sur de donde vivíamos. Acudí a regañadientes y allí me pasé un día o más sentado en una amplia sala de espera mientras alguien leía en voz alta los nombres de jurados potenciales seleccionados de un bombo de lotería y se enviaba a la gente a las distintas salas del tribunal.
Al oír mi nombre, aún estaba convencido de que era poco probable que me eligiesen como jurado, pues todos tenemos que someternos a un proceso denominado “voir dire” en el que los abogados y el juez hacen preguntas para “hacerse una idea” de la competencia de cada persona para prestar servicio como jurado. Hay varias razones para excluir a un candidato del proceso judicial (por ejemplo, si la persona dice que es racista o que tiene miedo a ser jurado, o si ya se ha formado una opinión firme del caso). En cualquier caso, yo suponía que me considerarían no apto.
Pero no fue así. Aunque contesté a las preguntas de manera testaruda (por ejemplo, declaré que me oponía a la pena de muerte y que no estaba seguro de que sería capaz de condenar a un acusado que pudiera ser ejecutado por el Estado), me retuvieron como jurado y, de hecho, me hicieron presidente del grupo de doce estadounidenses de diversos antecedentes: cuatro hombres, ocho mujeres, nueve blancos, dos de raza negra y un hispano. La mitad tenía menos de 30 años de edad y casi la mitad eran profesionales de diversos campos. Llegaríamos a conocernos muy bien durante las siguientes tres semanas.
Es imposible enumerar todas las vueltas y los giros del testimonio que escuchamos o reproducir la intensidad con la que vivimos los cuatro días que fuimos retenidos mientras deliberábamos el veredicto. En casos de delitos graves, no es raro que se mantenga al jurado bajo la custodia del tribunal para facilitar un consenso; así que no se nos permitió regresar a casa ni hablar con nuestros familiares durante las 66 horas que nos tardó llegar a la decisión final. Los guardias armados del tribunal nos escoltaban a tomar nuestras comidas, y cada noche nos llevaban al hotel bajo su vigilancia.
Todo ello fue mucho más que una jovial lección en civismo, fue un encuentro desorientador con el poder del Estado y el asunto desagradable que nos ocupaba. Detrás de las puertas cerradas de la sala de deliberación del jurado, nuestra coyuntura era esforzarnos por entender nuestras responsabilidades y organizar la enorme cantidad de pruebas conflictivas y complicadas. Hubo lágrimas y riñas, hondos silencios, debates sobre Dios y los homosexuales, y sobre la verdad y la justicia. La deliberación democrática se había elevado a la categoría de deporte extremo.
El veredicto
Nos esforzamos, sobre todo, por comprender lo que quiere decir que en el Estado recae la carga de demostrar “más allá de toda duda razonable” el delito que imputa al acusado. Es una norma muy exigente. Y cuando el acusado dice que actuó en defensa propia, la carga de la prueba es también del Estado, y debe probar lo contrario más allá de toda duda razonable. Dos hombres entran en una habitación y solo uno sale con vida alegando haber actuado en defensa propia. No hubo testigos. Ninguno de los dos tenía antecedentes violentos. ¿Quién podía asegurar “más allá de toda duda razonable” que el superviviente mentía?
No pudimos hacerlo y, al final, exoneramos al acusado.
No por ello quedamos satisfechos. No nos caía bien el acusado. Creíamos que era probable que estuviese mintiendo sobre todos los hechos. Nos parecía posible que sencillamente hubiera asesinado a Cuffee, que podría haber sido su amante. Sin embargo, también reconocíamos que no se nos había pedido que considerásemos lo que era posible o probable, sino que nos habían pedido que probásemos su culpabilidad más allá de toda duda razonable.
¿Se hizo justicia en nuestra sala de tribunal? Francamente, no estoy seguro de que así fuera. ¿Aplicamos la ley conforme a las instrucciones que nos impartieron? Creo que sí. El veredicto de “no culpable” —según nos decíamos al abandonar la sala de deliberación del jurado— no significa inocente.
¿Por qué es tan exigente la carga de la prueba? Aprendimos mucho a través de nuestro servicio como jurado pues nos hicimos idea de lo que significa perder la libertad durante esos largos cuatro días que pasamos retenidos, bajo la mirada del poder aterrador del Estado —contra el que, en definitiva, cada ciudadano sólo cuenta con otros ciudadanos para su propia defensa. Ello fue, para mí, la experiencia más aleccionadora de mi servicio como jurado. Y nunca la olvidaré.
La gente a veces me pregunta si creo que el sistema de jurado funciona. Para responder a esa pregunta recurro a una famosa y sarcástica cita de Winston Churchill quien, al hablar de la democracia, dijo que era la peor forma de gobierno, excepto todas las demás. Para crear una sociedad debemos imponernos castigos por delitos cometidos. ¿Quiénes están llamados a tomar esa decisión que puede tener consecuencias mortales? En Estados Unidos, la respuesta es un “jurado de sus pares”. No es siempre un cuadro halagador, pero ¿son mejores las alternativas? ¿Está seguro de ello?
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.