06 julio 2009
Este artículo pertenece al periódico electrónico de julio de 2009 Anatomía de un juicio por jurado. Para consultar los demás artículos de esta publicación haga clic a la derecha.
El sistema de jurado estadounidense tiene su origen en la práctica británica destinada a proteger a los súbditos de la tiranía real. A lo largo de los siglos el sistema ha ido evolucionando al mismo tiempo que la sociedad y ha sobrevivido hasta nuestros días, cuando todavía sirve de control del poder del Estado. Fred Graham es presentador del programa televisivo truTV, anteriormente conocido como Court TV, y de 1972 a 1987 fue el principal redactor de CBS News, encargado de la sección de tribunales.
Por Fred Graham
En el invierno de 2009, los reclusos de la cárcel de Roumieh, en el Líbano, obtuvieron permiso para presentar una obra de teatro. Escogieron una versión árabe de Doce hombres sin piedad, drama estadounidense presentado originalmente en televisión, cuya versión cinematográfica alcanzó un éxito clamoroso en 1957, sobre los miembros de un jurado que discuten acaloradamente un caso de asesinato y acaban por declarar al acusado no culpable.
La versión presentada por los reclusos fue un éxito resonante, pese al hecho de que en el Líbano, al igual que en la mayoría de los países, no existe el juicio por jurado y todos los presos que asistieron a la representación habían sido condenados sin beneficio de las angustiosas deliberaciones que son la esencia de un juicio por jurado. De hecho, 90 por ciento de los juicios por jurado celebrados en todo el mundo tienen lugar en Estados Unidos, donde están muy generalizados.
¿Qué tiene el sistema de jurado estadounidense que tan poderosa atracción ejerce sobre el público? ¿Por qué prospera en Estados Unidos y apenas existe en otros lugares? ¿Lleva en sí el sistema estadounidense el germen de su propia destrucción, como en otros países, en los que se utilizó ampliamente en el pasado y fue reemplazado gradualmente por el fallo de los jueces?
Las respuestas se encuentran en las raíces históricas del sistema de jurado estadounidense y su asombrosa capacidad de adaptarse a los cambios jurídicos y sociales que, de otro modo, podrían haber amenazado su vitalidad.
El sistema estadounidense de juicio por jurado se heredó de la Inglaterra medieval, donde grupos de doce hombres “buenos y libres” de cada comunidad eran convocados para ayudar al rey a administrar justicia. Durante siglos, estos grupos basaban sus decisiones en su conocimiento de las transgresiones locales. Pero a medida que Inglaterra se fue haciendo más populosa, estos jurados dejaron de depender de las habladurías vecinales y cada vez basaron más sus decisiones en pruebas presentadas ante el tribunal. Cuando el régimen jurídico estadounidense adoptó el modelo británico, se advertía a los miembros del jurado que rechazasen todo cuanto pudieran saber del caso y basaran su decisión exclusivamente en las pruebas presentadas ante el tribunal.
Los británicos habían considerado los juicios por jurado una poderosa protección contra la opresión del monarca, pero existía una razón más práctica para mantenerlos. El derecho inglés preveía severos castigos, incluso la pena de muerte. Los jurados británicos servían para mitigar el impacto de este rigor al exonerar a los acusados o declararlos culpables de delitos menos graves.
La resistencia a la opresión
El derecho estadounidense no planteaba este problema, pero los colonos del siglo XVIII tenían sus propios motivos para conservar el juicio por jurado: lo utilizaron como escudo contra lo que consideraban juicios opresivos por los británicos. Una y otra vez, los gobernantes británicos enjuiciaban a los colonos de Estados Unidos por enviar ilegalmente mercancías en navíos no británicos, con el resultado de que los jurados locales absolvían a los acusados. Cuando el prestigioso publicista de Estados Unidos John Peter Zenger fue llevado ante los tribunales acusado de criticar a un gobernador nombrado por el rey inglés, un jurado de Nueva York le declaró no culpable y estableció un precedente de la libertad de prensa. Por tanto, al optar por la revolución, no es de sorprender que, en su Declaración de Independencia, los colonos denunciasen al monarca británico “de privarnos en muchos casos de los beneficios del juicio por jurado”.
Así también, la Declaración de Derechos adoptada por la nueva nación en 1791 estipulaba: “en toda causa penal, el acusado gozará del derecho a un juicio rápido y público, por un jurado imparcial”. También disponía que se mantendría el derecho al juicio por jurado en las causas civiles.
Con el transcurso de los años, el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha interpretado estas garantías de manera que el concepto de jurado se adapte a las nuevas condiciones. El derecho a prestar servicio como jurado, una vez limitado a los hombres blancos terratenientes, se fue extendiendo paulatinamente a las mujeres y las minorías. El Tribunal dictaminó que el derecho a un juicio por jurado no se extendía a casos de menor importancia y que todo acusado podía renunciar al derecho al juicio por jurado y optar por ser juzgado por un juez. En principio, todos los jurados estaban integrados por 12 miembros, cuyas decisiones tenían que ser unánimes, pero el Tribunal Supremo dio más flexibilidad al sistema al permitir la existencia de jurados de tan sólo seis miembros y veredictos no unánimes. Tradicionalmente, los acusados pobres tenían que enfrentarse solos a los fiscales ante el jurado, pero por decisión del Tribunal Supremo, el gobierno les tiene que facilitar abogados defensores a título gratuito.
Hasta cierto punto, el derecho a juicio por jurado parece más imponente de lo que es en realidad, porque en la práctica la gran mayoría de los acusados no invoca este derecho. Están conscientes de que si van a juicio ante un jurado y son declarados culpables, el testimonio habrá puesto en evidencia su propia mala conducta y el juez tenderá a imponer una pena severa. Por ello, negocian los cargos y la condena con el fiscal; es decir, se comprometen a declararse culpables de un delito menor a cambio de una sentencia reducida. El fiscal suele acceder a estas negociaciones porque de este modo se evitan las dificultades, los gastos y la incertidumbre de un juicio. En muchas jurisdicciones más de nueve de cada diez casos se resuelven de esta forma, sin juicio por jurado.
El uso generalizado de estas negociaciones es motivo frecuente de crítica por parte de los observadores del régimen jurídico estadounidense. Refleja la realidad de que, si bien en teoría el fiscal y la defensa tienen las mismas posibilidades de ganar ante un jurado, en realidad, el fiscal suele tener muchas ventajas. El acusado tiene derecho a asistencia letrada, pero con frecuencia lo que se le ofrece es un abogado público sin experiencia, agobiado de trabajo y más inclinado a llegar a un acuerdo por negociación con el fiscal que a habérselas con un jurado. Además, el fiscal suele disponer de más recursos financieros que la defensa para investigar el caso, analizar las pruebas e informarse sobre los posibles jurados. Como resultado, existe un cierto cinismo entre los acusados con respecto al derecho al juicio por jurado, que a veces les parece que promete más justicia de la que en realidad les da.
De hecho, académicos, jueces y otros observadores del juicio por jurado señalan una serie de problemas planteados por circunstancias modernas que no podrían haber previsto los estadistas que consagraron el derecho al juicio por jurado en la Declaración de Derechos.
El efecto de la raza
Uno de los problemas más perturbadores es el que plantea el efecto de la raza en la selección de los jurados. Tradicionalmente, durante la selección del jurado, ambas partes tienen derecho a eliminar a un número determinado de posibles jurados sin necesidad de dar ninguna razón para ello. En los últimos años, algunos fiscales han utilizado su derecho a estas eliminaciones (llamadas “impugnaciones perentorias”) para impedir actuar de jurados a afroamericanos, a quienes los fiscales consideran inclinados a favorecer a los acusados en causas penales. El Tribunal Supremo ha condenado esta práctica y ha dictaminado que los fiscales tienen que demostrar motivos válidos para eliminar a personas de raza negra de los jurados. Pero esta norma ha sido difícil de aplicar, porque los fiscales han aprendido a dar razones distintas de la raza para eliminar a posibles jurados negros. El resultado es un resentimiento latente entre algunos acusados negros y sus abogados con respecto a un sistema que consideran que niega a los acusados un jurado de sus pares.
Otro problema que los padres fundadores no podrían haber anticipado es el efecto de la celebridad de los acusados en el sistema de jurado. La popularidad de la televisión y las películas en Estados Unidos ha creado una cultura de celebridad que ha llevado a muchas personas a pensar que los ricos y los famosos merecen un trato mejor que el resto de los mortales. Esto puede tener resultados aberrantes cuando un famoso es juzgado y sus admiradores son miembros del jurado.
Un ejemplo clásico lo ofrece el juicio de Michael Jackson, en 2005, en California, por abuso de menores. Durante la selección del jurado era obvio que, aun cuando el servicio de jurado en el prolongado juicio sería una pesada carga, muchos de los presuntos jurados estaban haciendo todo lo posible para ser seleccionados. De todo el mundo llegaron espectadores para ver a Jackson en el juicio y algunos de los jurados estaban tan deslumbrados que se comportaban de manera extraña. Para presentar un argumento, un miembro del jurado introdujo clandestinamente en la sala de deliberaciones del jurado una cinta de vídeo con el reportaje del juicio que había transmitido una estación de televisión. Después de que el jurado absolvió a Jackson por unanimidad de todos los cargos, dos miembros del jurado aparecieron en un programa de televisión y declararon que en realidad era culpable y que tenían previsto escribir un libro sobre el caso.
La publicación de libros por los jurados es un problema constante en casos de famosos. Para muchos jurados, un contrato para escribir un libro es la mejor oportunidad de su vida de hacerse con una importante cantidad de dinero, y la tentación puede ser irresistible. Después del sensacional juicio, en 1995, del famoso ex jugador de fútbol americano y actor O. J. Simpson, que acabó con su polémica absolución del asesinato de su ex esposa y el amigo de ésta, el juez presidente lamentó que todos los miembros del jurado participasen en algún tipo de proyecto de publicación. Los observadores de la escena jurídica admiten que la primera enmienda otorga a los jurados el derecho de libertad de expresión para escribir sobre el caso en que hayan servido, pero la mayoría de los críticos considera que la práctica tiene un efecto pernicioso en el sistema de jurado.
El Estados Unidos urbano plantea otros problemas en relación con el juicio por jurado que los padres fundadores tampoco podrían haber previsto. La publicidad dada por los medios de información a casos que despiertan gran interés público es ahora tan generalizada que la selección de un jurado imparcial puede llevar semanas o, a veces, incluso meses. Una nueva profesión de consultores de jurados ha aprendido a utilizar refinadas técnicas de selección de jurado que pueden ayudar a los abogados litigantes a seleccionar jurados que les sean favorables. Los juicios por jurado de casos célebres suelen ser tan complicados que los acusados que pueden pagar los servicios de costosos asesores legales tienen una ventaja, lo que intensifica la impresión pública de que el sistema favorece a los ricos.
Pese a sus deficiencias, el sistema de jurado está firmemente arraigado en Estados Unidos. Los jurados ostentan el inmenso poder del Estado para castigar o no castigar a los ciudadanos. En este aspecto están por encima del soberano, y eso hace que el mundo entero se sienta fascinado por ellos.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.