06 julio 2009

Acerca de este número

 

En Doce hombres sin piedad, clásica película de Hollywood de la década de 1950, las deliberaciones que tienen lugar dentro de la sala del jurado adquieren el protagonismo absoluto. Henry Fonda, octavo miembro del jurado, resiste la presión de declarar culpable a un adolescente hispano acusado de haber matado a su padre, y poco a poco, en tensas y emocionantes deliberaciones, convence a los demás miembros del jurado —los inteligentes y los tontos, los viejos y los jóvenes, los compasivos y los intolerantes— de declarar el veredicto de no culpable.

En la vida real, los juicios por jurado no suelen ser tan dramáticos ni inspiradores, pero aun así tienen mucho mérito, en la mayoría de los casos.

Los jurados —por lo general grupos de 6 o 12 ciudadanos comunes— proporcionan un servicio fundamental a sus conciudadanos. Al igual que en la Inglaterra medieval donde tienen su origen, los jurados impedían que el gobierno, incluso el gobierno democrático, llevara a cabo procesos judiciales opresivos.

“Los jurados ostentan el inmenso poder del Estado para castigar o no castigar a los ciudadanos”, dice el periodista de televisión Fred Graham en esta edición del periódico electrónico. “En este aspecto están por encima del soberano, y eso hace que el mundo entero se sienta fascinado por ellos”.

El sistema de juicio por jurado no es más perfecto que el aparato judicial en general o incluso el propio gobierno democrático. En Estados Unidos, un país cuyos ciudadanos tratan constantemente de crear una unión más perfecta, los dirigentes del aparato judicial están realizando mejoras al sistema de jurado y promueven una composición de los jurados más representativa de la diversidad étnica y económica de las distintas comunidades.

En cierto sentido, este número del periódico electrónico somete a examen el sistema estadounidense de jurados, con testimonios de testigos presenciales, miembros de jurados, jueces, un fiscal, un abogado defensor, un testigo y un periodista. Un debate punto-contrapunto entre dos profesores de derecho, un holandés y un estadounidense, hace explícita la pregunta que este número plantea repetidamente: cuando se produce un delito, ¿es un juicio con jurado la mejor manera de llegar a la justicia? Examinamos también la intersección entre la cultura popular y el drama de la sala de jurado mediante fotografías de la lista del Colegio de Abogados de Estados Unidos de mejores películas sobre juicios, y la entrevista con el realizador del popular programa de televisión Law & Order.

He aquí un hecho que llama la atención: 29 por ciento de los adultos estadounidenses han prestado servicio en un jurado. Y podría decirse que son mejores ciudadanos gracias a ello.

 – La redacción

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