18 abril 2008

Algo pasa en la Villa Olímpica

Un periodista deportivo se convierte en reportero en la Olimpiada de Munich en 1972

 
Un policía alemán armado cerca de donde los terroristas capturaron y retuvieron a los atletas olímpicos israelíes.
Un policía alemán armado cerca de donde los terroristas capturaron y retuvieron a los atletas olímpicos israelíes. (© Getty Images)

Por Barry Newcombe

Los Juegos Olímpicos crean un breve lapso de tiempo cada cuatro años durante el cual nos permitimos creer que la paz y la buena voluntad van a prevalecer en el mundo, que la competencia puede coexistir con la armonía. Esa creencia se tornó en una ilusión en Munich el 5 de septiembre de 1972 cuando los atletas olímpicos israelíes fueron hechos rehenes por la organización terrorista Septiembre Negro.

Barry Newcombe recuerda ese día y su papel en el mismo cuando era un joven reportero de un diario británico.

El autor es actualmente presidente de la Asociación de Periodistas Deportivos de Gran Bretaña.

Era el segundo martes de los Juegos Olímpicos de Munich en 1972. Debido a que no había competencias de atletismo ese día parecía que tendríamos menos trabajo, pero el teléfono junto a mi cama sonó justo después de las 6 de la mañana. La persona que llamaba me dijo: “Algo pasa en la Villa Olímpica. Ve para allá”.

Me moví rápido, bajé las escaleras del alojamiento de la prensa y salí al aire de la mañana. A mi alrededor la gente se dirigía hacia la villa, empujada por una oleada de rumores. Para el momento en que regresé 24 horas después, el mundo olímpico había dado la vuelta. También mi mundo. Era un periodista deportivo involucrado en la cobertura del hecho noticioso más grande de mi carrera.

La historia de ese día cayó exactamente dentro del programa de producción de mi diario, el Evening Standard de Londres. Munich está adelantada una hora respecto de Londres; mi primera edición estaba a punto de entrar en prensa. Otras cuadro ediciones iban a imprimirse para el final de la tarde. Éramos dos para hacer la tarea: mi veterano colega redactor de atletismo y yo. Otro miembro de nuestro equipo estaba en el hospital, para someterse a una operación cardíaca.

Sacan por la fuerza a un camarógrafo que filmaba el edificio donde los terroristas mantenían a los rehenes israelíes.
Sacan por la fuerza a un camarógrafo que filmaba el edificio donde los terroristas mantenían a los rehenes israelíes. (© AP Images)

Las comunicaciones eran limitadas, comparadas con lo que hay hoy en día. Para comunicarme con mi diario tuve que encontrar un teléfono habilitado para comunicaciones internacionales, lo mismo que tuvieron que hacer los numerosos periodistas de todo el mundo. La demanda de teléfonos era enorme y fue un factor clave en los problemas creados por la tarea extraordinaria que se nos vino encima. No había cabinas telefónicas instaladas fuera de la Villa Olímpica en la cual, en el número 31 de la calle Connolly, los terroristas árabes mantenían como rehenes a 11 atletas israelíes.

Los rumores siguieron a la información verídica durante todo el día. En Fleet Street  llamamos “la masa ante las puertas” al fenómeno que se produce cuando una multitud de reporteros espera durante horas con la esperanza de conseguir algún dato informativo de un evento en desarrollo. Los datos nos llegaban lentamente ese día. Para el momento en que terminó mi ciclo de producción, todos seguíamos en las mismas posiciones: los terroristas, los rehenes y la prensa. Se decía que un reportero se había puesto uniforme de corredor y que entró corriendo a la Villa Olímpica, diciendo que era un corredor de maratón en entrenamiento. También se decía que otro había entrado arrastrándose por debajo de la cerca de seguridad.

Al caer la tarde resultó claro que las autoridades iban a trasladar a los actores principales de la calle Connolly a un aeropuerto. Se informaba que los terroristas habían exigido la liberación de 234 árabes de cárceles israelíes, junto con su salida a salvo de Alemania. Un autobús y dos helicópteros transportaban a los terroristas y a sus rehenes.

Nuestro equipo de dos hombres tenía que cubrir los dos aeropuertos desde los cuales podía ocurrir la partida desde Alemania. Mi colega Wally, que había prestado servicios en un regimiento de tanques durante la segunda guerra mundial, arrojó una moneda al aire para decidir. Él fue a Furstenfeldbruck, al oeste de Munich, y yo fui a Riem, en el norte.

La base aérea de Furstenfeldbruck era el lugar donde había que estar. Mi colega se apostó en el perímetro. Súbitamente hubo disparos en la oscuridad. “¡Al suelo, al suelo, y quédense abajo hasta que yo lo diga!”, le gritó Wally a un joven periodista que estaba junto a él. Se decía que el tiroteo dentro y alrededor de los dos helicópteros había sido decisivo y pocos sabían con seguridad lo que había ocurrido. Una vez más, los rumores llegaron antes que los hechos.

Los periodistas se retiraron al centro de prensa principal. Las primeras noticias fueron alegres: todos están a salvo, dijeron las autoridades. Esta declaración se informó como un hecho en las primeras páginas de todos los diarios de Gran Bretaña y de muchas otras partes. Pensábamos que el largo día y la larga noche habían terminado bien.

Pero no se había terminado, estaba muy lejos de haber terminado. En la hora siguiente convocaron una nueva conferencia de prensa. Esta vez la información fue drásticamente distinta. Nadie se había salvado. Dijeron que todos estaban muertos. El amanecer llegó sombrío pocos minutos después.

Encontré un escritorio, escribí mi informe y cuando mi diario abrió para la nueva jornada dicté más de mil palabras sobre lo que fue la operación más grande que había conocido. Como muchos otros periodistas deportivos, tuve que hacerle frente a la demanda de noticias. Fue una indicación de que las lecciones que había aprendido cuando era un aprendiz prevalecían en momentos de tensión.

Los Juegos Olímpicos de Munich se reanudaron y se extendieron un día más. Los que estuvimos allí jamás lo olvidaremos. Las implicaciones para la seguridad han sido obvias desde entonces, y el espíritu olímpico tendrá que coexistir con esa seguridad. No hay manera de eludirlo. Hay algo cierto con respecto a Munich 1972. Lo que ocurrió allí ha dejado su marca en la planificación de todos los Juegos Olímpicos desde entonces y seguirá haciéndolo.

Marcar página con:    ¿Qué es esto?