18 abril 2008

Sentir el agua

La nadadora ganó algo más que medallas durante su competitiva carrera

 
La nadadora Janet Evans dice que Atlanta 1996 fueron sus mejores juegos olímpicos, aunque terminó sin ninguna medalla.
La nadadora Janet Evans dice que Atlanta 1996 fueron sus mejores juegos olímpicos, aunque terminó sin ninguna medalla. (© AP Images)

Por Janet Evans

Con cinco medallas olímpicas en su vitrina de trofeos, la nadadora estadounidense Janet Evans ha logrado una impresionante carrera olímpica. Con tan sólo 17 años, ganó tres medallas de oro en los Juegos Olímpicos de 1988 en Seúl, y después, otra medalla de oro y una de plata en 1992 en Barcelona. Pero cuando reflexiona sobre su carrera de nadadora, los Juegos Olímpicos y lo que aprendió a lo largo del camino, las medallas no son lo más importante.

Cuando comencé a nadar en competencias, no era tan alta como la mayoría de los otros chicos, y la gente siempre me decía que era demasiado pequeña  para ser una nadadora realmente competitiva.

Para mí eso no tenía sentido. Sabía que contaba con la capacidad, que lo deseaba y, simplemente, pensaba que podía lograrlo. A una muy temprana edad no me importaba lo que la gente dijera de mí o lo que pensaran de mí, porque sabía lo que podía hacer.

Así que como joven competidora me enfrentaba a las dudas de la gente todo el tiempo cuando tenía 10, 11, ó 12 años. Donde quiera que fuera, siempre nadaba contra chicas que eran más robustas que yo, pero era muy disciplinada. Mi familia me apoyaba con firmeza. Tenía estupendos entrenadores. Mi brazada era muy buena. Sentía el agua. Lo más importante, es que me esforzaba con mucho empeño.

Para mis primeros Juegos Olímpicos, los de 1988, yo tenía 17 años y metro y medio de estatura. Nadaba contra mujeres de Alemania Oriental de una estatura media de 1,75.

En 1996 la nadadora Janet Evans entregó la llama olímpica a Muhammed Ali, ex campeón de boxeo y participante olímpico.
En 1996 la nadadora Janet Evans entregó la llama olímpica a Muhammed Ali, ex campeón de boxeo y participante olímpico. (© AP Images)

 

Aparte de los problemas del tamaño en la natación, lo que aprendí tanto de mis fracasos, que tuve muchos a lo largo del camino, como de mis éxitos, fue que podía hacer cualquier cosa que me propusiera si me lo proponía.

De modo que ése era mi estado mental en mis dos primeros Juegos Olímpicos, los de 1988 y 1992. Pensaba que si no iba a los juegos para ganar, era un fracaso. Nunca me detuve a pensar “Dios mío, me siento realmente honrada con sólo representar a mi país en los Juegos Olímpicos”. En 1988 gané tres medallas de oro. En 1992 gané  una de oro y una de plata, pero me sentí muy desilusionada con mi medalla de plata. En ese momento, pensaba que en los Juegos Olímpicos lo único que contaba era ganar.

Cuando llegó 1996, los juegos estaban programados para llevarse a cabo aquí en Estados Unidos, en Atlanta, Georgia, y lo único que contemplaba era la oportunidad de nadar por mi país, en mi país, en mi carrera olímpica. Tenía 24 años, y en esa época eso se consideraba la vejez en materia de natación. Todavía no estaba acabada, pero estaba al límite. El simple hecho de formar parte del equipo olímpico era para mí un reto mayor que lo que había sido antes.

Mi entrenador y mis padres me decían: “En Atlanta lo que tienes que hacer es nadar no para ganar. Tienes que nadar en Atlanta para experimentar los juegos olímpicos, para competir en tu propio país, para comprender que la vida no consiste sólo en ganar”. Por supuesto, fui a Atlanta deseosa de ganar. ¿A quién no le gusta ganar? Pero desde entonces he recorrido mucho camino. Simplemente, cuando llegué allí no lo había recorrido, por diversas razones.

En Atlanta aprendí realmente que no llegar a ganar no es malo. Que estaba bien representar a mi país, hacerlo lo mejor que pudiera y sentirme satisfecha con los resultados, y así lo sentí.

Los Juegos de Atlanta fueron los mejores en los que participé, aunque terminé sin ninguna medalla. Le entregué la antorcha a  Muhammad Ali; fui a las ceremonias de inauguración y clausura. Con diferencia, los Juegos de Atlanta fueron mi mejor experiencia olímpica.

Ser miembro de un equipo olímpico es una experiencia fantástica, aún cuando no se gane, y eso es lo yo me perdía antes. Para 1996, me sentía feliz de formar parte de un equipo olímpico, de competir y representar a mi país. Evidentemente, era más madura a los 24 que cuando tenía 17, así eso también contaba.

Recuerdo estar sentada en la Villa Olímpica en Atlanta, y escuchar cómo a mi alrededor se hablaban cinco o seis idiomas diferentes en el comedor, y sentada allí, me dije: “Esto es increíble. Durante dos semanas, estoy viviendo en comunidad con 10.000 atletas ¿no es eso increíble?”. En eso consisten realmente los Juegos Olímpicos.

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