18 abril 2008
Los pasos finales son los más vívidos y dolorosos, recuerda una corredora rumana
Por Gabriela Szabo
Como competidora olímpica en 1996 y 2000, la corredora rumana Gabriela Szabo ganó una medalla de bronce, una de plata y otra de oro: “la colección completa”, como dice uno de nuestros colaboradores. Los momentos finales de las carreras que ganó se mantienen claros en su memoria.
En una carrera de 5.000 metros, es sólo en los últimos 200 metros que se empiezan a contar los pasos. Es como si todo lo demás se detuviera y una fuera la única que se mueve. El sonido de la respiración propia compite con el de los pasos, y ya se no ve a toda la gente que está alrededor. De pronto, la multitud se vuelve confusa ante la vista. Es como sacar una foto y enfocar solamente un objeto individual y nada más. En esos momentos finales de la carrera, lo único que aparece enfocado es la línea de meta.
Los pasos finales no son parte de un movimiento normal que se hace al correr. Se corre por la victoria y eso da fuerza y velocidad para alcanzar la meta.

Quisiera poder decir que no se siente ningún dolor. No puedo decir eso. Aún así, es un dolor mixto. Los músculos duelen, pero la mente se concentra en la victoria. Se lucha entre esas dos fuerzas que hacen un pulso interno. De pronto, el entrenamiento cobra sentido. Aquellas ocasiones en que se presionaba el cuerpo al máximo ya no parecen absurdas. Prepararon el cuerpo para ganar.
Cuando alguien me pide que describa lo que siento en una carrera, me acuerdo de Sydney, y mi relato se convierte en el relato de esa carrera de 5.000 metros. Fue una carrera dura, aunque no puedo decir que fuera más dura que otras. Tal vez el hecho de que fuera un evento en los juegos olímpicos lo hizo algo especial y, en consecuencia, la victoria fue fantástica. No sé si alguna vez me sentí tan orgullosa de ser atleta y representar a Rumanía. ¡Me encantó aquella vuelta de honor en torno a la pista con la bandera al hombro! Y, de pronto, el dolor de aquellos 100 metros finales ya no existía.
He corrido desde que tenía 13 años. Tuve la suerte de encontrar a Zsolt, mi entrenador, que luego se convertiría en mi marido, y juntos compartimos el esfuerzo de todas las carreras. De modo que, a través de todo el difícil entrenamiento y de presionar a mi cuerpo a dar más y más de sí, no estaba sola, y lo sabía en lo más hondo de mi ser.
Me retiré del deporte en el 2004 porque sentí que ya no podía seguir presionando a mi cuerpo. Sin embargo, sabía que tenía una responsabilidad para con mi pueblo, que disfrutaba con mis victorias como atleta. Ahora soy vicepresidenta de la Federación Rumana de Atletismo e inicié una campaña social: “Deportes por la vida”, mediante la cual trato de crear conciencia y llevar a la gente a calles y pistas para correr. Paso también mucho tiempo visitando escuelas. Les digo a los niños cuán bueno es practicar deportes, y que correr puede ser muy divertido.
Les cuento lo que aprendí en todos esos años de atletismo. El deporte me enseñó a fijar metas y a trabajar con afán para alcanzarlas. Correr me enseñó lo que es el éxito, y Sydney fue parte de esa lección. Descubrí también lo que es el fracaso. Con todo, afortunadamente, aprendí que tanto después de uno como de otro hay que trabajar con más empeño que antes.
Espero compartir mi pasión por el deporte con toda la gente a la que encuentro y hablo. Es muy agradable ver cómo se descubre el deporte y el placer que este brinda. Me gustan los niños en particular y el modo en que ven el deporte como un juego. Quiero estar segura de que sigan convencidos de que el deporte es divertido, para que, cuando crezcan, no abandonen el atletismo.
Y si sólo un niño llega a ser campeón, me daré por satisfecha en cuanto a mi esfuerzo.