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18 abril 2008

La multitud nos animó

Bart Conner revive la sensación de “simplemente estar en los Juegos Olímpicos”

 
Foto ampliada
El gimnasta  Bart Conner en acción  en los Juegos Olímpicos de 1984.
El gimnasta Bart Conner en acción en los Juegos Olímpicos de 1984. (© AP Images)

Por Bart Conner

El gimnasta Bart Conner logró un puesto en los equipos olímpicos de Estados Unidos en 1976, 1980 y 1984. En 1984 ganó dos medallas de oro, una individual en barras paralelas y una en la competencia por equipo.

Cuando tenía apenas unos nueve o diez años yo podía mantenerme cabeza abajo durante cinco minutos e  impulsándome con los pies contra la pared podía llegar a apoyarme en las manos y permanecer en esa posición cabeza abajo. Si quería ir de la sala a mi dormitorio, me desafiaba a mí mismo a hacerlo caminando con las manos.

En ese entonces teníamos 13 escalones de madera para bajar al sótano. La mayoría de los padres dirían, “Por Dios, te vas a romper el cuello”. A mi madre no le hacía muy feliz que yo tratara de hacerlo, pero sabía que era algo que me entusiasmaba, así que me dijo, “Asegúrate de poner unos cuantos colchones y almohadas al pie de la escalera por si te estrellas”.  Así lo hicimos y así practicaba bajar las escaleras caminando con las manos.

En la escuela, cuando hacíamos gimnasia durante las clases de educación física, el instructor, un hombre llamado Les Lange decía, “Usted realmente tiene talento para esto. ¿Quiere ver lo que es la gimnasia?

Así que me llevó a la escuela secundaria, donde tenían un programa bastante bueno. Fuimos al gimnasio y pensé que era estupendo. Tenían anillas, barras, trampolines, cosas para balancearse y tirarse. El señor Lange me levantó y me puso en las barras paralelas. Me balanceé varias veces y me elevé sobre las manos, la primera vez que estaba en barras paralelas. Me parecía menos peligroso que bajar las escaleras caminando con las manos.

Ese fue el momento en que se me ocurrió que “quería ser gimnasta”.

Era pequeño, era fuerte. Podía caminar con las manos. Podía dar volteretas hacia atrás en el patio. Ello me dio confianza porque podía hacer trucos estupendos que mis amigos no podían.

Para la época en que llegué al octavo curso escolar, antes de entrar a la escuela secundaria, ya era el Campeón Nacional Olímpico Juvenil. Tenía 14 años.

El medallista de los Juegos Olímpicos, Bart Conner, en su escuela de gimnasia en Oklahoma.
El medallista de los Juegos Olímpicos, Bart Conner, en su escuela de gimnasia en Oklahoma. (© AP Images)

Tuve muchas oportunidades internacionales. Mi primer encuentro internacional fue en Montreal en 1975, cuando tenía 17 años. Debido a mi gimnasia recibía algunos divertidos beneficios.

A los 18 años ingresé al equipo olímpico de 1976. Ocupamos el séptimo lugar como equipo y yo obtuve algo así como la cuadragésima sexta posición en la competencia total. Sin embargo, para 1979 era campeón mundial. En 1980 iba rumbo a los Juegos Olímpicos de Moscú, pero esos fueron los juegos que Estados Unidos boicoteó [en respuesta a la invasión de Afganistán por la Unión Soviética].

Mis últimos Juegos Olímpicos fueron los de 1984 en Los Ángeles. Tenía 26 años, que es una edad muy vieja para un gimnasta.

Siete meses antes, en un encuentro internacional en Japón, me desgarré el bíceps compitiendo en las anillas. Salté de las anillas e inmediatamente pensé: “Este es un momento determinante en mi carrera. Esto puede eliminarme de los Juegos Olímpicos.  Quizá este sea mi fin”. Tenía una edad avanzada y una herida grave en ese entonces generalmente significa “se acabó la jugada”. Tuve una sensación rara y pensé “Voy a ser parte de ese equipo olímpico de 1984. Voy a entrar a ese estadio en el desfile”.

Me veía entrando al estadio, saludando a la multitud y podía oír al anunciador deportivo diciendo, “Escuchen amigos, aquí viene el equipo masculino estadounidense. Hace  siete meses nunca habría creído esto, pero adivinen. Bart Conner es parte del equipo”.  Imaginaba todo esto. Allí estaba yo, con una bolsa de hielo sobre el brazo, tratando de llegar al aeropuerto en Tokio para regresar a Estados Unidos para someterme a una cirugía y ya hacía un representación mental de la forma en que quería que se desarrollara la escena.

Así que cuando en realidad marché en las ceremonias de la apertura en 1984, fue muy emocionante para mí. Había muchas razones por las cuales no debía haber estado allí, pero estaba.

Recuerdo claramente mi entrada en el coliseo de Los Ángeles. Había, no sé, de 80.000 a 90.000 personas, un mar de gente. Al entrar oímos el estrepitoso gritar de la multitud. Iba al lado de mi compañero de equipo Jim Hartung, que desde los diez años era uno de mis rivales. Le dije, “¿No sería estupendo si pudiéramos encontrar a nuestros padres? Jim me dijo, “eh, mira, allí está tu madre”. Había una sección para los padres de los atletas olímpicos estadounidenses, Jim notó un grupo de gente que agitaba banderas estadounidenses y reconoció a mi mamá.

Recuerdo la sensación de calma cuando vimos a nuestros padres. Después de todos estos años de trabajo, disfrutábamos el momento de simplemente estar allí. No sabía lo que iba a pasar en las próximas dos semanas, pero lo había logrado. Compartir ese momento, ese preciso instante con mi familia fue impresionante. Me saludaban moviendo las manos de un lado a otro y  yo hacía lo mismo y teníamos esta sensación de “fíjense lo que hicimos juntos”. Estábamos enormemente orgullosos.

Comenzaron los encuentros y sentíamos ese tremendo apoyo. Era como si la multitud nos elevara, como si no pudiéramos errar.

En gimnasia, cuando se hace una marca durante una presentación, se “fija” el aterrizaje o desmonte. Nosotros estábamos fijando los desmontes a diestra y siniestra, aún más allá de lo que pensamos que podíamos hacer. El otro día vi un vídeo de ese evento. Hice un desmonte de una barra alta y lo clavé completamente. Levanté los ojos y la cámara captó una mirada en mi rostro que quería decir: “Qué maravilla ¿pueden creerlo? rara vez fijo esto y esta vez me clavé”.

Durante los juegos olímpicos suceden muchas cosas que uno no puede controlar. Para tener la suerte suficiente de ganar algo, las estrellas y los planetas deben alinearse, pero hay una ventaja definitiva cuando se participa en los Juegos Olímpicos en el país propio ya se recibe algo de la multitud. Fuimos impulsados por esta oleada de entusiasmo y apoyo por parte de multitud de compatriotas.

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