06 noviembre 2009
Este artículo aparece en la edición de noviembre de 2009 del periódico electrónico eJournal USA ¿Cómo surge la innovación? Para saber más haga clic a la derecha.
Los científicos y los hombres de negocios están aprendiendo más que nunca a colaborar para innovar. Alex Soojung-Kim Pang es director de investigaciones del Instituto para el Futuro, investigador asociado de la Escuela de Negocios Saïd de la Universidad de Oxford e investigador invitado del programa de historia y filosofía de las ciencias de la Universidad de Stanford. El presente artículo es parte del número de noviembre del eJournal USA, ¿Cómo surge la innovación?.
Por Alex Soojung-Kim Pang
En la actual economía mundial, obsesionada por la innovación y el conocimiento, el hecho de que durante la mayor parte de sus largas historias, la ciencia y el comercio no hayan tenido apenas nada que ver uno con el otro puede provocar sorpresa. Si alguien hubiera sugerido a un platero de la antigua China, a un capitán dedicado al comercio de las especias en la época de las exploraciones, o a un destilador cuáquero en la Filadelfia del siglo XVIII, que la ciencia podía sanear el comercio, le habría contemplado como si estuviera viendo a un loco. Incluso hoy, describir la relación entre ciencia y comercio — y desentrañar cómo se pueden formular las normas científicas e industriales en beneficio de ambas partes — no es nada fácil.
La tarea se complica aun más por dos motivos. En primer lugar, tanto la ciencia como el comercio son dianas móviles, de manera que lo que funciona para una puede no ser apropiado para el otro: los grandes laboratorios de investigación y desarrollo en las empresas que ofrecen mejoras graduales en industrias ya maduras es probable que naufraguen en mercados emergentes de rápido movimiento. En segundo lugar, las ideas científicas y el talento no funcionan como otros insumos económicos: son difíciles de controlar y monopolizar. Por consiguiente, las conexiones entre ciencia y comercio han sido difíciles de caracterizar y los beneficios económicos de la ciencia, más difíciles de cuantificar de lo que cabría esperar.
Si bien ha habido muchos sabios que han producido inventos científicos de gran beneficio para el comercio — valgan como ejemplo el telescopio de Galileo y el pararrayos de Benjamín Franklin — la ciencia contribuyó poco al comercio hasta el nacimiento de las industrias química y eléctrica en el siglo XIX. Estos fueron los primeros sectores en los que los científicos, guiados por las últimas teorías y experimentos, lograron hacer más contribuciones importantes que los artesanos que trabajaban confiados en su instinto o en la ventura. Para finales del siglo, unas pocas compañías — DuPont, AEG, General Electric — habían establecido laboratorios de investigación y desarrollo como parte de sus actividades, para apoyar el diseño y la fabricación de nuevos productos y resolver las dificultades planteadas por el creciente número de sistemas tecnológicos. Los descubrimientos de la penicilina, el avión de reacción y la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial, demostraron sin lugar a dudas que era posible utilizar la ciencia para obtener ventajas competitivas. Después de la guerra, la mayor parte de las grandes compañías establecieron laboratorios de investigación y desarrollo; algunas, como Bell Labs Systems, tenían una plantilla de miles de empleados.
Pero incluso en esa edad de oro de investigación y desarrollo corporativo, no siempre estaba claro qué beneficios económicos reportaba la ciencia. Los laboratorios necesitaban disfrutar de cierto grado de autonomía para hacer una buena labor de investigación, pero siempre era difícil trasladar los descubrimientos a las cadenas de producción. En algunos casos famosos, las compañías patrocinaron un tipo de investigación que rompía los antiguos moldes, pero no pudieron sacarle provecho económico: el Centro de investigaciones de Xerox (PARC), en Palo Alto, produjo los primeros ordenadores personales, pero después la compañía no supo qué hacer con ellos y muchos investigadores clave de PARC se fueron a trabajar a Apple Computer y a su proyecto Macintosh. (Justo es reconocer que Xerox se concentró en la tecnología de la impresión por láser, producida al mismo tiempo en PARC, y ganó miles de millones de dólares con ella).
De hecho, el ordenador personal contribuyó al advenimiento de una nueva era de innovación tanto de la ciencia como del comercio. Junto con Internet, los sensores baratos, los programas informáticos de fuente abierta, los microfluidos utilizados en los sistemas de “laboratorio en un semiconductor” de bajo costo, y otras tecnologías, el ordenador personal ha abaratado la tecnología de alto rendimiento, permitido a pequeñas empresas incipientes hacer investigaciones de vanguardia, y convertido a la ciencia en una fuerza comercial perturbadora, fuera del control de la estrategia corporativa o las políticas del gobierno. Ejemplos como PARC permiten suponer que sería mejor para las empresas apoyar proyectos aplicados, más limitados, que patrocinar investigaciones libres que pueden acabar beneficiando a la competencia. Lo mismo se puede decir de los países: China gasta mucho menos en investigación y desarrollo que Estados Unidos, pero las empresas multinacionales de Estados Unidos no pueden construir laboratorios de investigación y desarrollo en China a suficiente velocidad.
Así pues, parece que estamos entrando en una nueva era en la que la ciencia es más importante que nunca para la innovación, pero sus beneficios son más difíciles de obtener y prever. En una edad que valora la innovación, empresas y países encuentran cada vez más dificultades en alentar la ciencia y beneficiarse de ella.
¿Significa esto que es imposible una política científica? Ciertamente que no, y regiones y países que han conocido el éxito han aprendido varios secretos.
Consideraciones culturales
El secreto primero y principal es que no existe una simple relación lineal entre ciencia y comercio. La idea de que los descubrimientos en las ciencias puras llevan inevitablemente a adelantos en las ciencias aplicadas, que conducen a nuevas tecnologías y negocios es errónea. Trasladar las ideas del laboratorio al cuarto de estar no es un proceso mecánico, es un proceso humano. Requiere traductores e intermediarios que ayuden a quienes elaboran el producto y a las empresas a ver el potencial comercial de nuevas ideas. Con frecuencia, requiere también inversionistas y empresarios que puedan formar organizaciones para apoyar investigaciones de vanguardia y el desarrollo del producto. Requiere asimismo compañías capaces de fabricar, distribuir y comercializar nuevos productos. Muchos países han invertido en universidades y en investigaciones básicas, con la esperanza de recibir algunos beneficios directos; de hecho, los encargados de formular políticas tienen que pensar en construir infraestructuras y culturas.
Las culturas de innovación bien construidas no se limitan a apoyar la innovación sino que le proporcionan raíces. Este es el segundo secreto: si bien el conocimiento científico puede ser móvil, el comercio impulsado por la ciencia está con frecuencia firmemente arraigado en una fértil matriz de cultura y aptitudes artesanales locales. Las regiones más inteligentes no están sencillamente tratando de establecer centros de nanotecnología, energía alternativa o informática cuántica de prestigio mundial; no sólo esas empresas serían de un costo exorbitante, sino que los equipos de investigación organizados en torno a una superestrella de la ciencia pueden irse a otra parte en el momento en que les hagan la próxima buena oferta. En lugar de perseguir un modelo genérico de grandes vuelos, los formuladores de política prudentes están apostando cada vez más por proyectos focalizados que combinen mejor la investigación de vanguardia con las aptitudes locales.
Por ejemplo, Dinamarca se está revelando como centro principal de la informática generalizada. ¿Por qué? La informática generalizada —que estudia cómo se puede aumentar la utilidad de los ordenadores al incorporarlos en los objetos de uso diario— funciona en la intersección de la electrónica, los semiconductores, la psicología y la ergonomía. Es un sector que exige profundo conocimiento de las distintas formas en que la gente usa las tecnologías, y los científicos daneses han descubierto ese conocimiento en la comunidad de diseño de prestigio mundial del país.
De igual modo, el Valle del Silicio está revelando una nueva vocación como centro de energía alternativa, con la explotación de su probada experiencia en el diseño de baterías. No es una vocación llamativa, pero el conocimiento necesario para hacer que los ordenadores portátiles funcionen media hora más, da a los nuevos automóviles eléctricos Tesla Motors una ventaja decisiva. Lo que esto indica a los encargados de tomar decisiones es que es esencial promover el desarrollo de industrias que aprovechen las aptitudes existentes. Con ello, no sólo se dará a las nuevas compañías un sello más distintivo y serán más difíciles de robar, sino que también se beneficiará a las industrias establecidas.
Más allá del laboratorio
El tercer secreto es que traducir los descubrimientos científicos en productos requiere un talento singular. La ciencia y la tecnología son empresas muy distintas, con aptitudes e incentivos diferentes. Si van a trabajar juntas con éxito, cada una necesita su independencia. Un buen científico con aptitudes excepcionales para aunar subvenciones y equipos de investigadores no tendrá éxito automáticamente en el mercado. Para empezar, la energía mental necesaria para trabajar durante años en problemas insolubles difiere de las aptitudes cognitivas que exige la organización de una empresa.
No obstante, frecuentemente no sabemos reconocer que los nuevos descubrimientos no se traducen necesariamente en nuevos productos. Por ejemplo, investigadores de éxito que trabajan en “tecnología verde” están descubriendo que el diseño de una deslumbrante nueva turbina eólica o el hallazgo de un material fotovoltaico supereficaz no cambiará el mundo, a menos que se consiga averiguar cómo encajar estos descubrimientos en infraestructuras existentes de los servicios públicos, acallar las inquietudes de los reguladores encargados de la seguridad pública, reducir los costos de fabricación y convencer al consumidor de que los inconvenientes del cambio de tecnología están justificados. Esta clase de actividad traslaticia, de construcción de sistemas es una empresa que requiere talento y gente capaz de moverse entre los círculos científicos y empresariales, descubrir oportunidades y establecer redes que traduzcan las ideas en tecnologías innovadoras.
El cuarto secreto es que las interconexiones de la ciencia y el comercio están aumentando. Hasta fechas recientes, la ciencia ha tenido un importante efecto en la fabricación y diseño de productos, pero su efecto en esferas tales como recursos humanos ha sido más desigual. Ahora está empezando a hacer serios adelantos en nuevos sectores. Nuevas herramientas de las neurociencias —en particular las tecnologías de exploración del cerebro como la formación de imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI)— nos están permitiendo ver el cerebro mientras toma decisiones, mira anuncios o responde a otros estímulos.
La ingente cantidad de datos generados por los usuarios de sitios de la web como Amazon.com, está permitiendo a los científicos hacer modelos más precisos del comportamiento y los gustos de las masas. Wall Street ha visto a físicos y matemáticos aplicar enigmáticas teorías científicas a la confección de modelos de riesgos financieros. La elaboración de nuevos modelos de clima y herramientas de contabilidad para evaluar los costos y beneficios de programas de sostenibilidad están permitiendo a algunas empresas evaluar con más precisión los efectos que la adopción de tecnología verde tendrá en su saldo neto.
Por último, pocas empresas están inventando nuevos procesos innovadores basados en la forma en que funciona la ciencia. El movimiento de innovación abierta, con su insistencia en el intercambio de recursos intelectuales básicos, estímulo a la colaboración entre socios remotos y recompensas informales a sus colaboradores, se asemeja mucho a una comunidad científica.
Una relación compleja
Por tanto, la tarea de compañías y países es invertir en negocios que combinen ciencias de vanguardia con recursos culturales locales; establecer relaciones entre ciencias y empresas, al mismo tiempo que permiten a ambas prosperar; y aprovechar las ciencias emergentes que pueden ayudar a la industria a comprender mejor el comportamiento humano, prever los efectos a largo plazo de normas y estrategias y elaborar nuevos procesos comerciales.
La relación entre ciencia y comercio nunca ha sido sencilla. Actualmente se está haciendo aun más complicada y polifacética, y en el proceso, más rentable — si se conocen sus secretos.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del Gobierno de Estados Unidos.
(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://www.america.gov/esp )