02 febrero 2009
En Baltimore, ayudan a adolescentes a evitar las pandillas
Baltimore — Un martes por la tarde recientemente Troy Robinson, de 14 años de edad, estaba en un parque de la ciudad, cuando su primo, que estaba de pie a su lado, recibió un disparo y murió. Al día siguiente su rostro de piel oscura se había endurecido debido a lo que había presenciado. Troy habló con America.gov sobre lo que significa criarse en uno de los peores barrios de la ciudad.
“Veo mucha gente con pistolas y que venden drogas”, dijo, “son cosas que no debería ver”.
Sin embargo en una comunidad en que más hombres jóvenes van a la cárcel que al colegio universitario, Troy dice que hay una fuerza positiva que le da esperanza: una pequeña organización privada que trabaja con gente como Troy que ha tenido encontronazos con la ley. El grupo llamado Reaching the Unreachable Outreach Ministry (Ministerio para alcanzar a los inalcanzables) es dirigido por el reverendo André H. Humphrey, un ministro bautista de 52 años de edad que creció en las mismas calles difíciles y que cuando era adolescente tuvo sus problemas con la ley. “Trata de enseñarme el bien”, dijo Troy.
El programa está ubicado en una casa de un vecindario con alto nivel de delincuencia en la parte este de la ciudad. Ofrece capacitación en computadoras y máquinas de coser. Ayuda a chicos jóvenes que han dejado de ir a la escuela a obtener un título de equivalencia de la escuela secundaria. Les enseña a presentarse a sí mismos para buscar empleo y les ayuda a obtenerlo. De igual importancia es el hecho de que les ofrece a los chicos de hogares en los que no hay adultos en la casa hasta la noche un lugar seguro a donde acudir después de la escuela, lejos de la influencia de las pandillas que trafican con drogas.
Dos veces por semana, a Humphrey lo llaman para que acuda a un hospital o depósito de cadáveres para ofrecer asistencia a una familia disturbada porque ha perdido un hijo a causa de la violencia. También lo llaman para mediar en disputas entre pandillas antes de que el conflicto se vuelva violento. El ministro, un hombre alto que parece más joven de lo que es, dice que puede hablar con los miembros de la pandilla porque “yo era un rufián”. Cuando era joven tuvo problemas con la justicia y eso le ha dado a Humphrey “credibilidad en la calle”, algo de lo que carecen los trabajadores sociales de entornos más cercanos a la clase media.
Su programa que ayuda hasta a 100 jóvenes cada año, recibe financiamiento de fundaciones privadas, el gobierno municipal e incluso el Departamento de Policía de Baltimore. Estos grupos consideran que al ofrecer a los chicos una alternativa a las pandillas, los proyectos como el de Humphrey y otros similares contribuyen a que los barrios sean más seguros. Baltimore, un puerto principal en la costa este de Estados Unidos hace tiempo que es una de las ciudades más violentas del país. Durante varias décadas ha ocupado los primeros puestos de las 10 ciudades de Estados Unidos con mayor número de asesinatos y cada año registra alrededor de 300 homicidios.
Sin embargo tras años de que Baltimore no ha seguido una tendencia nacional en cuanto a reducción en las tasas de asesinatos, parece que en el año 2008 hubo una disminución del 20 por ciento.
Las autoridades atribuyen la reducción de la criminalidad en el país en parte a un número de iniciativas locales que van en aumento: Patrullas de vecinos que caminan por los barrios, sin armas, para tener presencia e informar a la policía de actividades sospechosas; iglesias y asociaciones civiles que convocan a actividades para niños y ofrecen asesoría a las familias; asociaciones de víctimas que abogan por períodos de encarcelamiento más largos para los delincuentes.
Los ex delincuentes reciben atención especial por sus esfuerzos para parar la violencia de las pandillas y trabajar con los adolescentes problemáticos. Edward “Ted” Sutton solía ser un matón que se vendía a distintos grupos criminales. Cuenta que hace alrededor de 15 años que su vida dio la vuelta, cuando vio muertos a sus amigos cercanos. Abrió su casa a los miembros de las pandillas que trataban de redirigir sus vidas y asistió al colegio universitario para educarse. Ahora es asesor de estudiantes con problemas en dos escuelas públicas auspiciadas por un grupo sin fines de lucro que se llama High Expectations (Altas expectativas ).
“Muchos piensan que no van a vivir demasiado tiempo”, dice de los jóvenes con los que trabaja, y por lo tanto no ven la razón de invertir tiempo y energía en educarse. Sutton trata de ayudarles a desarrollar sus talentos, y ha ayudado a algunos a comenzar sus carreras como artistas, cantantes o contratistas de seguridad. “Trato de enseñar que vender drogas no es la única opción”, dijo.
Philip J. Leaf, director del Centro para la Prevención de la Violencia Juvenil de la Universidad Johns Hopkins, dice que los delincuentes reformados son “verdaderamente efectivos” en el asesoramiento y la intervención cuando las pandillas parecen dirigirse hacia un enfrentamiento.
“No tienen el mando ni el control, pero conocen a la gente que los tiene”, dijo.
Leaf explicó que durante gran parte de la historia de Estados Unidos, lo inmigrantes, trabajadores y otros han formado asociaciones para fortalecer sus intereses. En los años recientes las agencias gubernamentales han aumentado su apoyo a estas iniciativas porque han visto que estos grupos son esenciales para reducir la delincuencia.
“Claramente se reconoce que cuanto más local sea la organización mayor capacidad tiene de conocer las necesidades de la población local”, indicó Leaf. La meta, dijo, es “que la gente se haga responsable de su propia esquina de la calle”.
Agregó que un desafío constante para los que trabajan con chicos con bajo nivel de educación en barrios pobres es encontrar trabajos que al menos ofrezcan unos ingresos y un nivel de vida como alternativa al dinero que ganan en el tráfico ilegal de drogas.
Mientras tanto, mientras Troy Robinson sigue tratando con dificultad definir su futuro, la muerte de su primo le ha dado una razón para rechazar a las pandillas que acosan a tantos jóvenes en su barrio. “No quiero terminar como él, en la tumba”, dijo.