12 agosto 2009
Afirma que para EE.UU. la ONU es vital para crear un mundo mejor y más seguro
A continuación una traducción de fragmentos del discurso de la embajadora Susan E. Rice, representante permanente de Estados Unidos en las Naciones Unidas, titulado "Un nuevo curso en el mundo, nuevo enfoque en la ONU", en el Centro de Asuntos Mundiales y Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York:
(comienza el texto)
Misión de Estados Unidos en las Naciones Unidas
Oficina de Prensa y Diplomacia Pública
Para publicación inmediata
12 de agosto de 2009
Fragmentos de las declaraciones de la embajadora Susan E. Rice, representante permanente de Estados Unidos en las Naciones Unidas, en el Centro de Asuntos Mundiales y Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York, el 12 de agosto de 2009.
[…]
Hoy, como embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, quisiera expresar algunas ideas de cómo Estados Unidos está cambiando su curso en el mundo—y cómo, de manera compatible con la nueva dirección, está cambiando drásticamente su enfoque respecto a las Naciones Unidas.
Ese cambio es esencial porque enfrentamos una gama extraordinaria de desafíos mundiales: armas y materiales nucleares mal protegidos; una contracción financiera mundial; guerras en Afganistán e Iraq; Irán y Corea del Norte que fabrican armas nucleares; Al-Qaeda y sus afiliados; genocidio y atrocidades masivas; ataques cibernéticos a nuestra infraestructura digital; crimen internacional y narcotráfico; pandemias y un clima cada día más caliente. Estas son amenazas trasnacionales de seguridad, que sobrepasan las fronteras nacionales tan libremente como una tormenta. Por definición, un país solo no puede hacer frente a esos desafíos.
Desde que asumí el cargo, la administración Obama ha actuado internacionalmente basándose en tres premisas fundamentales. Primera, no se puede hacer frente a los desafíos mundiales sin el liderazgo de Estados Unidos. Pero segunda, si bien el liderazgo de Estados Unidos es necesario, raramente es suficiente. Necesitamos la cooperación efectiva de una amplia gama de amigos y socios. Y tercera, es probable que otros acepten una porción mayor de la carga mundial si Estados Unidos dirige con el ejemplo, reconoce errores, corrige el curso cuando es necesario, forja estrategias en asociación y trata a otros con respeto.
El alcance, la escala y la complejidad de estos desafíos de seguridad del siglo XXI imponen demandas sin precedente a los estados y a la infraestructura de cooperación internacional que nosotros ayudamos a construir desde 1945. Esta es definitivamente una época de cooperación multilateral efectiva a favor de los intereses de Estados Unidos y de un futuro compartido de paz y prosperidad. Estamos en una verdadera encrucijada. Debemos proceder con urgencia para vigorizar las bases de la acción común. La base de esa cooperación debe ser una comunidad de estados comprometidos a resolver problemas colectivos y capaces de cumplir las responsabilidades de la soberanía efectiva.
Po lo tanto, es evidente un principio fundamental de seguridad nacional de Estados Unidos en el siglo XXI: necesitamos aumentar al máximo la cantidad de estados capaces de enfrentar esta nueva generación de desafíos trasnacionales. Necesitamos una estructura moderna de cooperación, construida sobre la base de un liderazgo estadounidense responsable, con los ladrillos de la capacidad del estado y las vigas de la voluntad política.
Permítanme que explique un poco más las cuestiones básicas de la capacidad y la voluntad de los estados.
Estados Unidos necesita aumentar la cantidad de estados capaces y democráticos—estados que puedan cumplir sus responsabilidades internacionales y sus responsabilidades nacionales con sus propios pueblos. Los estados capaces controlan su territorio, gobiernan justamente, proporcionan seguridad y servicios básicos, protegen los derechos de sus ciudadanos y ofrecen a sus pueblos la esperanza de un futuro mejor. Cuándo un país no puede desempeñar o no desempeña estas funciones básicas, cuando una nación es destruida por la guerra, cuando un estado se encierra, sus ciudadanos sufren inmediatamente. Pero a la larga, un estado frágil también puede incubar problemas mundiales que pueden propagarse más allá de sus fronteras. Y es ahí don con mucha frecuencia comienzan las amenazas trasnacionales del siglo XXI.
En el pasado, muchos consideraron a la pobreza, el hambre y la desesperación en países lejanos como problemas de otros, y prefirieron enfocarse en las cuestiones “difíciles” de la guerra y el poder. Pero en una era globalizada, los problemas que destrozan a los estados frágiles a final de cuentas pueden amenazar a los estados poderosos.
Mantenerse al margen mientras el mundo más vulnerable sufre conflictos, enfermedades y desesperación seguramente va en contra de nuestra humanidad común. Pero es también una amenaza a nuestra seguridad común.
Nuestros valores nos inducen a reducir la pobreza, la enfermedad y el hambre, a que no haya más muertes evitables de madres y niños, y a crear autosuficiencia en la agricultura, en la salud y en la educación. Pero también lo hace nuestro interés nacional. Ya sea el peligro del terrorismo, las pandemias, los narcóticos, la trata de seres humanos o el conflicto civil, un estado tan débil que incuba una amenaza es también un estado demasiado débil para contener una amenaza.
En el siglo XXI, podemos estar seguros de que: como el presidente Obama ha dicho una y otra vez, la seguridad y el bienestar de Estados Unidos están ligados inextricablemente a los de los pueblos de todas partes.
La creación de la capacidad de los estados frágiles es parte principal de nuestro trabajo diario en las Naciones Unidas, puesto que es la ONU la que dirige los esfuerzos en muchos de los rincones más difíciles del mundo. La ONU ayuda de una manera excelente a reconstruir sociedades que han sido devastadas, sienta las bases de la democracia y el desarrollo y establece condiciones en las que la gente puede vivir en dignidad y respeto mutuo. He visto directamente cómo la ONU se desempeña —en Haití, donde los pacificadores erradicaron a los pandilleros asesinos de la notoria barriada de Cité Soleil y ahora entrenan un cuerpo de policía haitiano reformado. Lo he visto en Liberia, donde el Programa de Desarrollo de la ONU apoya los enormes esfuerzos de alfabetización y de impartir conocimientos de informática y habilidades de comercio a ex-combatientes desempleados. Lo he visto en el Congo, donde la ONU ha hecho posible que se realicen las primeras elecciones democráticas en la historia de ese país.
No es suficiente crear un cuerpo de estados capaces y democráticos. Necesitamos estados que tengan tanto la capacidad como la voluntad de acometer desafíos comunes. Como se nos ha recordado en años recientes, no podemos dar la voluntad por sentada ni siquiera en nuestros aliados más próximos. La simple realidad es esta: que si deseamos que otros ayuden a combatir las amenazas que nos más nos preocupan debemos entonces ayudar a otros a combatir los desafíos que más les amenazan a ellos. Para muchos países estas amenazas son primero y principalmente las cosas que afectan a las personas en sus vidas diarias: la corrupción, la represión, el conflicto, el hambre, la pobreza, la enfermedad y la carencia de educación y oportunidades.
Cuando Estados Unidos se une a otros para enfrentarse a estos desafíos no lo hace por caridad. Ni siquiera para establecer un intercambio. En el mundo de hoy los intereses y valores de Estados Unidos convergen más que nunca. Lo que es bueno para otros es bueno para nosotros. Cuando manifestamos nuestro compromiso para acometer contra las amenazas que afectan a muchos otros países, cuando invertimos para proteger las vidas de otros, y cuando reconocemos que la seguridad nacional ya no es un juego de todo a cero, entonces aumentamos la voluntad de otros países para cooperar en los asuntos más vitales para nosotros.
Creamos esta voluntad al demostrar que somos líderes responsables. La creamos al establecer un tono de decencia y respeto mutuo en lugar de ser condescendientes y desafiantes. La creamos al cumplir las reglas que esperamos que otros cumplan. La creamos al intentar lograr políticas prácticas y basadas en principios y al explicar las mismas con inteligencia y sinceridad. Y en sentido general, creamos la voluntad cuando otros pueden ver su futuro alineado con el nuestro.
Todo esto ayuda a explicar la razón por la que muchos de los intereses de Estados Unidos en materia de seguridad se tratan hoy en las Naciones Unidas. Todos los días mis colegas de la mission de Estados Unidos ante la ONU y yo trabajamos para crear la voluntad en otros países para que cooperen y fortalezcan sus medios de actuación. De hecho estamos al frente de los que el presidente Obama denomina “una nueva era de participación”.
Y tengo que confesarles que esta es la razón por la que estos momentos son estupendos para ser embajadora de Estados Unidos ante la ONU. Todo el mundo se da cuenta cuando una superpotencia se convierte en agente de cambio—de palabra y de hecho, en políticas y en el tono que se utiliza. Estamos demostrando que Estados Unidos está dispuesto a escuchar, a respetar las diferencias, y a considerar nuevas ideas.
Tanto en el Consejo de Seguridad como en la Asamblea General intentamos lograr un propósito común con otros países, pero el hecho es que no podemos siempre estar de acuerdo. Algunas cosas no se pueden negociar. Siempre elegiremos la opción de defender firmemente nuestros principios en vez de unirnos a un grupo de cobardes protegidos por la multitud.
No nos hacemos ilusiones. Existe todavía una laguna importante que separa la visión de los fundadores de la ONU de la institución que es hoy. El Consejo de Seguridad está menos alterado de los que estaba en los peores días de la Guerra Fría, pero todavía se tambalea cuando los intereses y los valores no concuerdan, como en los casos de Darfur, Zimbabwe, y Birmania. En la Asamblea General, los estados miembros con frecuencia dejan todavía que el teatro político les distraiga del verdadero proceso de deliberación y toma de decisiones. Israel es todavía señalado injustamente, y el sistema de la ONU todavía debe confrontar desperdicios y abusos que se cometen mientras intenta cumplir nuevas abrumadoras responsabilidades en el mantenimiento de la paz, la asistencia humanitaria y el desarrollo.
Como ha dicho el presidente Obama, la ONU es imperfecta; pero también es indispensable. No puede haber un sustituto para la legitimidad que la ONU imprime o para su posibilidad de movilizar las coaliciones más amplias que se pueda. No hay mejor alternativa para compartir los costos y cargas de las operaciones de paz y las misiones humanitarias de la ONU en el mundo. No hay duda de que estamos más seguros cuando la ONU puede estimular la no proliferación y promover el desarme. Somos nosotros junto con otros los que ganamos cuando la ONU estimula el desarrollo sostenible y la democracia, mejora la salud mundial, mantiene los derechos de la mujer y amplía el acceso a la educación. Y los beneficios nos alcanzan cuando la ONU establece normas mundiales poco conocidas que hacen que nuestros teléfonos móviles puedan funcionar adecuadamente y que nuestros aeroplanos vuelen de manera más segura.
En breve, la ONU es esencial para nuestros esfuerzos ya que canaliza acciones concertadas que hacen que los estadounidenses estén más a salvo y más seguros.
Hoy mientras emprendemos un nuevo camino en las Naciones Unidas nuestros principios guía están claros: Valoramos la ONU como vehículo para el avance de las políticas estadounidenses y los derechos humanos universales. Trabajamos por el cambio desde dentro más que criticar desde el margen. Nos mantenemos firmes en la defensa de los intereses y valores estadounidenses, pero no llevamos la contraria simplemente porque sí. Escuchamos a estados grandes y pequeños; creamos coaliciones; cumplimos nuestras obligaciones; pagamos nuestras cuentas; impulsamos reformas auténticas, y recordamos que en un mundo interconectado, lo que es bueno para otros suele ser también bueno para Estados Unidos.
[…]
(termina el texto)
(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://www.america.gov/esp )