23 septiembre 2008
Secretaria de Estado Condoleezza Rice

En tiempos normales, cuando las ideas, instituciones y alianzas existentes son las adecuadas para encarar los desafíos del momento, el propósito del gobierno es dirigir y mantener el orden internacional establecido. Pero en tiempos extraordinarios, cuando el terreno mismo de la historia cambia debajo de nuestros pies, el objetivo de la función política es transformar nuestras instituciones y asociaciones para lograr propósitos nuevos a partir de principios duraderos.
Uno de estos momentos extraordinarios se originó en 1945, entre los escombros de uno de los cataclismos más grandes en la historia de la humanidad. La Segunda Guerra Mundial destruyó por completo el viejo sistema internacional y le tocó a un grupo de estadistas estadounidenses - individuos como el presidente Harry Truman, los secretarios de Estado George C. Marshall (1947-1949) y Dean Acheson (1949-1953) y el senador Arthur Vandenberg - asumir las funciones de arquitectos y constructores de un mundo mejor.
Las soluciones a estos desafíos del pasado parecen perfectamente claras con medio siglo de perspectiva. Pero no estuvieron tan claras para los hombres y mujeres que vivieron en esos tiempos de cambio sin precedentes.
Después de todo, en 1946 la reconstrucción de Alemania estaba fracasando y los alemanes todavía pasaban hambre. Japón yacía postrado. En 1947, había guerra civil en Grecia. En 1948 se perdió Checoslovaquia por un golpe comunista. En 1949 se dividió Alemania, la Unión Soviética hizo explotar una bomba nuclear y los comunistas chinos ganaron su guerra civil. En 1950 se desató una guerra brutal en la península coreana.
Estos fueron no sólo reveses tácticos para el progreso de la democracia, sino que a medida que la cortina de hierro descendía sobre Europa y la Guerra Fría comenzaba a tomar forma, no era para nada evidente que la libertad y la franqueza iban a triunfar finalmente. Sin embargo, los estadistas de la época triunfaron magníficamente en la creación de doctrinas, la elaboración de alianzas y el establecimiento de instituciones que preservaron la libertad, contuvieron la expansión del comunismo y derivaron finalmente en el colapso de la Unión Soviética, el Pacto de Varsovia y la ideología marxista-leninista.
Entre 1989 y 1991, tuve la oportunidad de prestar servicios al final de la Guerra Fría como especialista de la Casa Blanca en asuntos soviéticos. Nada puede ser mejor que eso. Pude participar en acontecimientos que mucha gente pensó que nunca ocurrirían: la liberación de Europa Oriental, la reunificación de Alemania y el comienzo del colapso pacífico de la propia Unión Soviética. Sucesos que un día parecían imposibles se desarrollaban rápidamente y días después parecían inevitables. Esa es la naturaleza de los tiempos extraordinarios. Y ahora me doy cuenta de que sólo estaba cosechando los frutos de las buenas decisiones que se habían tomado en 1947, 1948 y 1949.
Invitamos al lector a reflexionar sobre éstas y otras decisiones diplomáticas críticas que han definido la política exterior de Estados Unidos. Una mirada a estos momentos extraordinarios puede ayudarnos a todos a lograr una perspectiva de los desafíos que encaramos en la actualidad.
El presidente Bush y yo consideramos que estamos nuevamente ante un momento extraordinario de la historia. La causa principal de los atentados del 11 de septiembre fue la expresión violenta de una ideología extremista mundial, una ideología arraigada en la opresión y la desesperación del Oriente Medio moderno. Nuestra respuesta, por lo tanto, debe ser amplia y orientada hacia el futuro. Debemos esforzarnos por eliminar la fuente misma del terrorismo y ayudar a los hombres y mujeres de esa atribulada región a transformar sus propias vidas y países.
Sabemos que la marcha de la democracia no es fácil. Nuestra propia historia es la de un pueblo imperfecto que ha luchado durante siglos para estar a la altura del noble ideal de los principios democráticos. Al contemplar a otros que también están luchando, les debemos nuestro respeto y nuestra confianza en que ellos también podrán lograr sus aspiraciones.
De la misma manera en que aquellos magníficos arquitectos de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial ayudaron a echar los cimientos de los triunfos democráticos de nuestros días, nosotros tomamos hoy decisiones que tendrán resonancia en las décadas venideras. Si tenemos éxito, pasaremos a quienes nos sigan una base sobre la cual construir un mundo de esperanza, un mundo en el que reinen la paz y la libertad.