15 septiembre 2008

Terrorismo: una reseña histórica

Walter Laqueur

 
El asesinato del archiduque Franz Ferdinand de Austria y de su esposa en Sarajevo el 28 de junio de 1914 precipitó la 1ª Guerra Mundial
El asesinato del archiduque Franz Ferdinand de Austria en Sarajevo el 28 de junio de 1914 precipitó la 1ª Guerra Mundial.

Walter Laqueur, doctor en filosofía, actualmente retirado de numerosos cargos académicos, ha estado asociado recientemente con el Consejo Internacional de investigación del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington, D.C. como su director y, al presente, es académico distinguido.

¿Qué es el terrorismo? Existen más de cien definiciones. El Departamento de Estado tiene una, el Título 22 del Código de Estados Unidos, Sección 2656 dice: “Violencia premeditada, políticamente motivada, perpetrada contra objetivos no combatientes por grupos subnacionales o agentes clandestinos, generalmente con la intención de influir a un público”. El Departamento de Defensa tiene otra, igual que la Oficina Federal de Investigación, y el redactor de este escrito ha contribuido con dos o tres definiciones propias. Ninguna de ellas es enteramente satisfactoria.

En mi opinión, se ha acentuado demasiado el elemento “objetivos no combatientes” para definir el terrorismo; no hubo en la historia ningún grupo terrorista que haya atacado solamente a soldados o policías. Y qué tal si un grupo de pistoleros ataca soldados en la mañana y civiles en la noche: ¿Son terroristas, pertenecen a una categoría diferente, o cambian de carácter en el curso de un día?

No se encontrará nunca una definición que lo abarque todo por la simple razón de que no existe un solo tipo de terrorismo, sino que ha habido muchos tipos de terrorismo, los que han diferido grandemente en el tiempo y el espacio, en motivación y en sus manifestaciones y goles.

Estudios iniciales

Cuando se inició el estudio sistemático del terrorismo en la década de 1970 hubo quienes creyeron – erróneamente – que el terrorismo era más o menos un monopolio de grupos de la extrema izquierda, como las Brigadas Rojas italianas o el Ejército Rojo alemán o varios grupos latinoamericanos. (Hubo también un terrorismo étnico-nacionalista, como en Irlanda del Norte, pero éste figuraba en forma menos prominente). De ahí la conclusión: El terrorismo nace dondequiera que la gente es extremadamente explotada y cruelmente oprimida. Por lo tanto, podría terminar fácilmente con el terrorismo si se eliminara la explotación y la opresión.

Sin embargo, incluso entonces tendría que haberse visto claramente que ésta no podía ser una explicación correcta puesto que no hubo terrorismo precisamente en los regímenes más opresivos del siglo XX – Alemania Nazi y Rusia Stalinista. Por cierto, virtualmente no hubo terrorismo en las sociedades más ricas y más igualitarias – pero tampoco hubo terrorismo en las muy pobres.

Transcurrió una década y la mayoría de los grupos terroristas de la extrema izquierda desaparecieron. Si hubo terrorismo durante la década de 1980, fue producido en gran medida por células pequeñas de la extrema derecha. Hubo algunos casos de secuestro y ataque explosivo de aviones (Lockerbie, Escocia), y fueron atacadas y hasta tomadas algunas embajadas (como en Teherán), pero estas operaciones no fueron llevadas a cabo por grupos de la extrema izquierda.

El acto terrorista más mortífero en Estados Unidos antes del 11 de septiembre de 2001, fue el ataque dinamitero contra un edificio federal en Oklahoma City, ocurrido en 1995, perpetrado por sectarios extremistas de la derecha. El terrorismo nacionalista continuó (en Ulster, en la región vasca de España, en Sri Lanka, Israel, y en algunos otros lugares), pero el terrorismo islámico que figura tan prominentemente hoy casi no había aparecido todavía excepto, esporádicamente, en algunos países del Oriente Medio.

Hoy, el terrorismo y Al-Qaeda, y grupos similares motivados por el fanatismo religioso, son virtualmente sinónimos, cosa inevitable quizás, porque mayormente el terrorismo contemporáneo es cometido por sus partidarios. Pero debe resistirse la tentación de equiparar el terrorismo con estos grupos por la simple razón de que el terrorismo precede al islamismo militante por un largo tiempo y, hasta donde pueda saberse, continuará existiendo mucho después de que los actuales protagonistas del jihadismo hayan desaparecido.

El terrorismo no es una doctrina política, aunque hubo quienes intentaron transformarlo en una ideología; en cambio, es una de las formas de violencia más antiguas – si bien huelga decir que no toda violencia es terrorismo. Este probablemente precede a la guerra regular debido a que el combate entre ejércitos implica una cierta organización y una logística compleja que el hombre primitivo no tenía.

Antecedentes históricos

El terrorismo aparece en el Viejo Testamento de la Biblia, mencionando frecuentes incidentes de asesinato político, incluso asesinatos sistemáticos, en la historia griega y romana. El asesinato de Julio César, por ejemplo, preocupó a los escritores y artistas durante los dos milenios que siguieron. La cuestión de si era permisible el tiranicidio (como el perpetrado por Guillermo Tell, el héroe nacional de las leyendas suizas) mantuvo ocupada a generaciones de teólogos y filósofos.

No hubo unanimidad total, pero la mayoría era de la opinión de que en ciertas condiciones el terrorismo era permisible. Cuando un opresor cruel – un tirano –enemigo de toda la humanidad y en quebranto de la ley de Dios y de la justicia humana, no dejaba a sus víctimas forma alguna de evadir la opresión intolerable, se consideraba el cometido de un acto terrorista “ultima ratio”, la razón final, el último refugio de los oprimidos una vez agotados todos los demás recursos.

Pero los filósofos y los teólogos sabían incluso entonces de que existía el grave peligro de abusar de la doctrina del tiranicidio justificable, que se invocara la “razón final” cuando, en realidad, no había ninguna razón justificable para matar (como en el caso del asesinato del buen rey Enrique IV de Francia) o cuando existían otras maneras de expresar protesta y resistencia.

Mientras tanto, surgieron grupos pequeños que se dedicaban al terrorismo sistemático durante largos períodos de tiempo, como la secta secreta de los Asesinos, una rama de los musulmanes ismailíes, que operó desde el siglo VIII hasta el siglo XIV en lo que es ahora Iraq e Irán, asesinando a gobernadores, prefectos, califas, y un rey cruzado de Jerusalén. Fueron los primeros en utilizar el terrorismo suicida – su arma fue siempre la daga y, debido a que sus víctimas solían estar bien protegidas, no tenían virtualmente probabilidad alguna de salvarse. Hasta el idioma que usaron ha sobrevivido – un combatiente era un “fedayin”, un término que se utiliza hasta hoy.

El terrorismo continuó activo al final de la Edad Media y hasta los tiempos modernos, si bien en una escala algo menor. Esta fue la época de las grandes guerras, como la Guerra de los treinta años (1618 – 1648) y las Guerras napoleónicas (1799 – 1815). En esos tiempos, cuando muchísima gente perecía o resultaba herida en los campos de batalla, nadie prestaba mucha atención si aquí y allí había alguna violencia terrorista en pequeña escala.

Investigadores examinan los restos del vuelo 103 de Pan American que explotó sobre Lockerbie, Escocia, el 22 de diciembre de 1988
Investigadores examinan los restos del vuelo 103 de Pan American que explotó sobre Lockerbie, Escocia, el 22 de diciembre de 1988.

El apogeo del terrorismo

El nivel del terrorismo aumentó hacia fines del siglo XIX. Entre los principales grupos activos estaban los rebeldes irlandeses, los socialistas revolucionarios rusos y una variedad de grupos anarquistas en todas partes de Europa y América del Norte. Pero hubo sociedades secretas que se dedicaron también al terrorismo fuera de Europa – por ejemplo en Egipto, así como en India y China – cuyo objetivo era la liberación nacional. Algunos de estos ataques tuvieron consecuencias trágicas; otros tuvieron un éxito mayor más bien a largo que a corto plazo.

La violencia de los terroristas del siglo XIX fue notable – asesinaron a un zar ruso (Alejandro II), así como a muchos ministros, archiduques y generales; a presidentes estadounidenses (William McKinley en 1901 y antes en 1881, a James Garfield; al rey Umberto de Italia; una emperatriz (Zita) de la monarquía Austro-Húngara; a Sadi Carnot, presidente de Francia; Antonio Canovas, el primer ministro de España – para mencionar solamente a las víctimas más prominentes. La Primera Guerra Mundial, naturalmente, fue desencadenada por el asesinato de Franz Ferdinand, el heredero del trono austriaco, en Sarajevo en 1914.

Al releer la prensa de ese período (así como las novelas de autores importantes, como Fyodor Dostoevsky, Henry James y Joseph Conrad) se puede fácilmente tener la impresión de que el terrorismo era el peligro mayor que encaraba el ser humano y que se estaba frente al final de la vida civilizada. Pero como sucedió tantas veces antes y después, el peligro terrorista pasó y, como observara el revolucionario bolchevique ruso León Trotsky, un ministro fue asesinado, pero había varios otros políticos ansiosos por reemplazarlo.

El terrorismo contemporáneo

El terrorismo reapareció después de la Primera Guerra Mundial en varios países, como Alemania y los países balcánicos. Antes de asumir el poder, tanto los fascistas como los comunistas prefirieron la violencia masiva a los actos terroristas individuales – con excepciones ocasionales, como el asesinato del dirigente socialista italiano Giacomo Matteoti.

Durante la Segunda Guerra Mundial y durante las dos décadas que siguieron hubo pocos actos terroristas. Esto explica tal vez la razón por la que muchos interpretaron – sin recordar la larga historia del terrorismo – el renacimiento de las operaciones terroristas de la década de 1970 y, con más razón, la aparición del terrorismo islámico, como algo totalmente nuevo y sin precedente. Esto fue particularmente notable en lo que respecta al terrorismo suicida. Según lo observado antes, la mayoría de los actos terroristas hasta finales del siglo XIX fueron misiones suicidas, simplemente porque las únicas armas disponibles eran las dagas, las pistolas de corto alcance, o bombas altamente inestables propensas a explotar en las manos de los atacantes.

Es cierto, sin embargo, que el terrorismo contemporáneo difiere en algunos aspectos esenciales del perpetrado en el siglo XIX y anteriormente.

El terrorismo tradicional tenía su “código de honor”: atacaba reyes, líderes militares, ministros y otras figuras públicas importantes, pero si en el hecho existía el peligro de matar a la esposa o los hijos en el ataque, los terroristas no atacaban, aun cuando ello hiciera peligrar sus propias vidas.

Hoy, el terrorismo indiscriminado es la norma; muy pocos políticos o generales prominentes han sido asesinados, pero sí muchísima gente totalmente inocente. El término terrorismo tiene por lo tanto connotaciones muy negativas, y los terroristas insisten ahora en que se les llame por otro nombre. Cuando Boris Savinkov, líder de los revolucionarios socialistas rusos antes de la Primera Guerra Mundial, publicó su autobiografía, no vaciló en darle el título de “Memorias de un terrorista”. Hoy esto sería inconcebible – el terrorista moderno quiere que se le conozca como combatiente por la libertad, guerrillero, militante, insurgente, rebelde, revolucionario – cualquier cosa menos que terrorista, un asesino de personas inocentes casuales.

Si no se está de acuerdo en lo que respecta a la definición del terrorismo, ¿significa esto que prevalecen el relativismo y una total confusión, que una opinión es tan valedera como cualquier otra? Es absolutamente cierto que, según lo expresa un dicho frecuentemente repetido, el que es terrorista para unos es combatiente por la libertad para otros. Pero dado que hasta los asesinos más infames de la historia, como Hitler y Pol Pot, tuvieron sus admiradores, esa sabiduría no lleva muy lejos. La mayoría de los que estudiaron el terrorismo y están razonablemente exentos de prejuicios concuerdan la mayoría de las veces en su juicio sobre un acto, aun cuando no existen definiciones perfectas para el terrorismo. Hay quienes lo han comparado con la pornografía o la obscenidad, las que también son difíciles de definir, pero un observador con alguna experiencia las reconoce cuando las ve.

No existen formas de explicar en pocas palabras las razones por las que algunos eligen ser terroristas ni tampoco fórmulas mágicas o leyes como las de Newton y Einstein en el mundo físico. De tiempo en tiempo, se ofrecen nuevas percepciones, pero éstas generalmente no resisten el examen de la crítica. Por ejemplo, recientemente se ha sugerido que el terrorismo ocurre solamente (o principalmente) en un país invadido por una fuerza extranjera. Esta proposición en algunos casos es correcta, como en el caso de la ocupación de España por Napoleón o la presencia de tropas estadounidenses en Iraq. Pero el examen del mapa geopolítico del terrorismo contemporáneo muestra que, en la mayoría de los casos, como en Sri Lanka, Bangladesh, Argelia y Europa, la invasión extranjera no es el factor decisivo. Mismo en Iraq, la gran mayoría de las víctimas del terrorismo no ocurre entre las fuerzas ocupadoras sino como resultado de los ataques de los sunnitas contra los chiítas, y viceversa.

Un fenómeno generacional

¿Nos ofrece la historia algunas lecciones?

Repetimos, no existen respuestas claras excepto en forma muy general. Raras veces, si es que alguna vez, hubo terrorismo en países con dictaduras efectivas. En el mundo moderno, parece ser que, irónicamente, los terroristas se aprovechan de las libertades de pensamiento, expresión, religión, movimiento y asamblea que ofrecen las democracias. El terrorismo es también un problema en los estados fallidos donde el poder central es débil o no existe.

Por ejemplo, virtualmente no hubo terrorismo callejero en la España de Franco, pero cuando fue desmantelada su dictadura, esa forma apareció en el escenario político. En el Oriente Medio, hasta los regímenes ligeramente autoritarios sofocaron el terrorismo sin grandes dificultades – Turquía y Siria en la década de 1980, Argelia y Egipto en la década siguiente.

El terrorismo ha tenido éxito algunas veces pero, por lo menos con igual y probablemente mayor frecuencia, ha fracasado en alcanzar sus metas. Y en algunos casos, ha resultado en lo contrario de lo que sus perpetradores querían lograr.

Pero el terrorismo es en gran parte un fenómeno generacional, y aunque se lo derrote, puede resurgir en una fecha futura. No existen razones valederas para esperar que el terrorismo desaparezca en nuestro tiempo. En una era en la que las guerras en gran escala han llegado a ser demasiado peligrosas y costosas, el terrorismo es la forma predominante de los conflictos violentos. Mientras haya conflictos en la tierra, habrá terrorismo.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.

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