09 junio 2008
Los estadounidenses colocan su capital en las ideas novedosas

Amity Shlaes, investigadora principal sobre historia económica en el Consejo de Relaciones Exteriores, autora del libro The Forgotten Man: A New History of the Great Depression (El hombre olvidado: una nueva historia de la Gran Depresión) publicado por Harper Perennial. Gaurav Tiwari y May Yang contribuyeron con su investigación al siguiente artículo.
En 1959, la cadena de televisión nacional NBC estrenó en Estados Unidos una serie titulada Bonanza. Este programa, de una hora de duración y ambientado en el Viejo Oeste americano, era además de distracción una innovación tecnológica, por ser la primera que se entregaba por capítulos y filmada en color. La protagonista de la serie era la familia Cartwright, integrada por un padre y sus tres hijos, que se ganaban la vida labrando los terrenos de su rancho, llamado Ponderosa, cerca del lago Tahoe en el estado de Nevada. Los Cartwright eran la antítesis del hombre asalariado. Eran pioneros. Vivían en una casa construida por uno de los hijos, no muy lejos del pueblo surgido del “boom” minero de la plata, en el que el trabajo arduo y la suerte repentina hacían rico a cualquier hombre pobre.
Para muchos estadounidenses, la serie Bonanza símbolizaba la libertad de cualquier hombre para hacer su propia vida y ganar el dinero a su manera. El programa tuvo enorme popularidad, no solo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Para 1969, Bonanza se emitía en 80 mercados en el extranjero. Tal era su popularidad que hasta el presidente Richard Nixon se preocupó porque un discurso suyo iba a ocupar la hora de emisión del programa. Otras series del Oeste como Wagon Train, Gunsmoke y Rawhide también contaban con un numeroso público espectador.
La gran popularidad de los hombres autosuficientes, como eran los de la familia Cartwright, y sus contrapartes en otras populares series del Oeste, son la clave para entender la cultura estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque las historias oficiales del período que comienza en 1945 destacan, como lógicamente debe ser, las guerras de Corea y Vietnam, los programas sociales del presidente Lyndon B. Johnson para la Gran Sociedad y el triunfo del movimiento de derechos civiles, no es raro que incluyan otro importante acontecimiento: el comienzo de las técnicas de financiación que ayudaron a desatar y usar la robusta e innovadora energía empresarial. Aún en la década del 60, a menudo considerada como un período de revolución social, iba por un curso favorable lo que podíamos calificar como bonanza estadounidense. Era la América de compañías de arranque y de lo que ahora conocemos como capital de riesgo.
La idea de establecer una empresa no era algo que se le ocurriera al estadounidense cuando el país desmovilizaba a sus combatientes después de la Segunda Guerra Mundial. Ello se explica por la dificultad que suponía acceder a capital de financiación. En aquellos días sólo había tres fuentes para financiar un nuevo negocio: el gobierno, las grandes empresas y, con suerte, la banca privada. En los primeros años de la década del 50, el gobierno era el más importante de los tres. Los desembolsos en defensa promediaban 11 por ciento del producto interno bruto, tres veces del monto actual. La gente común relacionaba al capital con hombres de las clases dirigentes, con chaqueta y corbata, y no con vaqueros del Oeste. Todavía quedaba viva en la memoria del país la caída del mercado bursátil en 1929 y la subsiguiente Gran Depresión. Los estadounidenses temían la repetición de esos acontecimientos. Si a un joven profesional le interesaba trabajar en el nuevo campo de computadoras, no fundaba una compañía en el garaje de sus padres. Solicitaba empleo en el centro de investigación de la IBM en Poughkeepsie, estado de Nueva York, y posiblemente trabajaba en la Calculadora 650 de Tambor Magnético.
No obstante, aún los capitalistas de Wall Street y de las grandes empresas cuestionaban el carácter conservador del sistema financiero de la nación. A su manera de ver, las tres fuentes tradicionales de capital no eran suficientes para impulsar un crecimiento rápido en el país, particularmente en tiempos de paz. Más aun, les parecía que cuando los financistas de Wall Street o los tecnócratas del Departamento de Defensa seleccionaban entre los proyectos competidores para hacer investigación aplicada, las más de las veces daban su respaldo al proyecto menos indicado. Por último, como punto más importante decían que los incentivos para poner en marcha una empresa principiante eran demasiado débiles. ¿Por qué dedicar tanto tiempo y energía a una compañía de arranque cuando era posible ganar más siendo un “hombre de organización” como la IBM? La opinión prevaleciente era que los hombres y mujeres de talento trabajarían de modo más innovador, y con mayor ahínco empresarial, si sus esfuerzos guardaban relación con su recompensa; es decir, con su propia bonanza.
La fábrica de sueños de Georges Doriot
Una figura clave en esta historia es la de un francoestadounidense de nombre Georges Doriot. Doriot era una figura de la clase acomodada: catedrático de la facultad de administración de empresas de la Universidad de Harvard, combatiente en la guerra, promovido hasta ocupar el puesto de administrador de la división de planificación militar, y nombrado brigadier general en reconocimiento a la excelente calidad de las tareas de investigación militar que dirigió. Poco después, sería seleccionado por Merrill Griswold, presidente de Massachussets Investor Trust y Kart Compton, presidente del Instituto Tecnológico de Massachussets como director de una nueva empresa llamada Investigación y Desarrollo Americanos (ARD), que invertiría precisamente en compañías que no eran clientes de los servicios de los mercados tradicionales de capital.
Doriot machacaba a sus estudiantes — y al mundo — que era necesario financiar a las compañías de arranque para movilizar capital de riesgo con ideas novedosas y con buenas perspectivas. Conforme a este esquema, el inversor no prestaba dinero para establecer una empresa, sino que compraba una participación en la nueva compañía. De esta manera, y por lo menos en algunos casos, podía tomar parte en su administración. A menudo el resultado era el fracaso, pero si la compañía tenía éxito, la plusvalía de la inversión podía ser muy cuantiosa.
Doriot dependió inicialmente del capital proveniente de las fuentes tradicionales, tal como observa su biógrafo, Spencer E. Ante. La ARD se convirtió en una sociedad de capital de riesgo formada por varios inversores, una empresa pública en la que los interesados compraban acciones. Sin embargo, Doriot también era un hombre de opiniones poco convencionales. A su modo de ver, los incentivos eran tan importantes para los innovadores como para los inversores y las jerarquías en las empresas típicas podían sofocar los incentivos. Era más conveniente ingeniar un método para permitir la participar en el éxito de las compañías de arranque a más personas interesadas. Le complacía la idea de que sus colegas en ARD fuesen accionistas en las compañías en las que se hacía una inversión. Le gustaba invertir capital adicional en una empresa de arranque siempre que le pareciera bien hacerlo. Su vestimenta podía distar mucho de los pantalones vaqueros, pero como los hombres del viejo Oeste a Doriot le gustaba la libertad de acción.
Cuando un veterano de la Marina, e ingeniero, llamado Ken Olsen, sugirió que el futuro de las computadoras estaba en modelos más pequeños y un precio más módico que las de mayor tamaño de IBM, los prestamistas tradicionales le negaron su solicitud de capital. Doriot y ARD le dieron su apoyo y se constituyó la Digital Equipment Corporation. Lo mismo sucedió con decenas de compañías de arranque con tecnología avanzada. A la ARD se la conoció como la Fábrica de Sueños de Doriot. Sus ideas y energía contribuyeron a establecer los ahora famosos centros y compañías de tecnología de punta en las afueras de Boston a lo largo de la ruta 128, llamado el “Corredor 128”.

Las ganancias de las inversiones fueron enormes. Una acción de 70.000 dólares en Digital Equipment se revaloró en cientos de millones de dólares. Sin embargo, el éxito de ARD no rebasó los límites de la competición entre el modelo del sector privado y el del sector público. La ARD, como sociedad emisora de acciones, cayó bajo el control de la Comisión de Seguros e Intercambios (SEC) de Estados Unidos, organismo regulador de los mercados financieros en el país. Las normas de la SEC dificultaban colocar capital adicional en las empresas de arranque . La SEC se opuso repetidamente a que los empleados de ARD tuviesen la opción de comprar acciones en las empresas en que ARD invertía. Los burócratas de SEC no compartían la visión de Doriot — para quien esa opción de compra era un incentivo decisivo. La amarga lección, que ya han asimilado muchos inversionistas de capital de riesgo, es que la emisión de acciones al público tiene un precio. A veces es mejor mantener el carácter privado de la compañía — como si se tratara de un rancho de su propiedad. Doriot reaccionaría furioso diciendo que “aunque la SEC cree que protege a nuestros accionistas, en realidad, los hace sufrir”.
Innovación: movimiento y retroceso
El lanzamiento del satélite soviético Sputnik en 1957 acabó con esos obstáculos. Impulsado por el temor de que ese acontecimiento fuera tomado como una señal de la incapacidad de Estados Unidos para competir con la Unión Soviética en el terreno de la innovación tecnológica, el presidente Dwight D. Eisenhower promulgó la Ley de Inversión en Pequeñas Empresas (Small Business Investment Act). En virtud de esta ley, las pequeñas empresas podían obtener préstamos en condiciones favorables del gobierno, si bien de riguroso cumplimiento. La ley no resultó en muchas innovaciones, pero fue eficaz al comunicar el importante mensaje de que el gobierno sería más receptivo a las empresa de arranque.
Mientras tanto surgieron otros innovadores e inversores de capital de riesgo que, como a Doriot, no les interesaba el modelo tradicional de hacer negocios. Ellos darían un paso adelante para aplicar sus ideas. Entre los genios de la tecnología avanzada figuran ocho brillantes ingenieros, que trabajaban para William Shockley, en la Shockley Semiconductor Corporation. Shockley era el típico jefe de una empresa, exigente y jerárquico. Con una inversión de capital de riesgo, los ocho ingenieros dimitieron de la empresa y fundaron Fairchild Semiconductor cuando comenzaba a surgir el Valle del Silicio en California. Fue allí donde Robert Noyce, Gordon Moore y otros inventaron el “circuito integrado”, un componente básico de todas las computadoras.
Con el tiempo, un grupo de empleados de Fairchild logró atraer capital de riesgo privado y se desvinculó de la empresa para formar su propia compañía de tecnología de punta. Intel Corporation, cuyos procesadores potencian muchas de las computadoras personales de hoy, es vástago de Fairchild. Cuando hoy escuchamos hablar de una compañía de la costa oeste en la que no hay un jefe y donde todos los empleados pueden comprar acciones, nos recuerda a Microsoft. Sin embargo, fueron en realidad los ex empleados de Fairchild los pioneros con ese formato, así como del Valle del Silicio.
A veces se dieron casos en que el límite entre el sector privado y el público obstaculizaron el progreso del modelo de inversión de capital de riesgo. Ejemplo de ello es el considerable monto de fondos que el gobierno federal destinaba a la investigación en las universidades, de proyectos que no llegaban a ponerse en práctica. Parte del problema era que nadie podía arriesgarse a establecer una compañía con ideas provenientes de estas investigaciones porque los derechos de propiedad intelectual no se había definido claramente y, desde el punto de vista legal, pertenecían todavía al gobierno federal.
En 1969, el Congreso interpuso otro obstáculo a los inversores cuando incrementó el impuesto sobre la tasa de ganancias de capital del 25 al 50 por ciento. El hecho de dejar sólo la mitad de las ganancias generadas por ideas novedosas dejó atónitos a los inversores. Por ello, a partir de 1971, hubo una reducción anual en la cantidad de patentes nuevas. En algún momento en la década del 70 el personal de la oficina del senador Birch Bayh reveló la existencia de unas 28.000 patentes que languidecían en la Oficina de Patentes y Marcas Registradas de Estados Unidos, de las cuales apenas el 4 por ciento se había aplicado comercialmente. La gente se preguntaba si el periodo de expansión de las empresas estadounidenses se acercaba a su fin. Algo que incluso parecía confirmarse cuando la serie de televisión Bonanza perdió a su público y la serie fue cancelada.
El regreso de Bonanza
En 1978, el congresista William Steiger, preocupado por esta situación, divisó un plan para reducir el impuesto sobre las ganancias de capital a un 28 por ciento, lo que hizo más atractiva la aplicación comercial de las patentes. Otro importante cambio de política tuvo lugar en 1979, cuando el Departamento del Trabajo de Estados Unidos modificó sus normas para que los administradores de fondos de pensión inviertan capital de riesgo en compañías de arranque.
En 1980, el senador Bayh y su colega Robert Dole coauspiciaron la Ley Bayh-Dole, que dentro de determinados parámetros, otorga a las universidades y pequeñas empresas, los derechos de propiedad intelectual de las patentes obtenidas a partir de los resultados logrados con fondos públicos. Una vez asegurada la participación en las ganancias, el mundo de la investigación tenía ahora el incentivo para buscar usos prácticos para sus invenciones.
Las actividades del capital de riesgo aumentaron de forma rápida y notable. En la primera mitad de la década del 70 sólo se registraron 847 inversiones de capital de riesgo en el país. Esa cifra incrementó a 1.253 en el período comprendido entre 1975-79, y a 5.365 entre 1980 y 1984. Estas cifras representan un aumento siete veces mayor en la inversión de capital. Apple Computer fue una de las compañías principiantes que recibió una oportuna inyección de capital de riesgo.
Este borrador incompleto de los cambios de política puede parecer una aburrida lista de disposiciones legales, pero ¿pudo haber un Andrew Grove en Intel, o un Howard Schultz en Starbucks, antes de la ley Bayh-Dole o de Doriot? Fueron las nuevas leyes las que no sólo facilitaron la aparición del Valle del Silicio y del Corredor de la Ruta 128, sino también hicieron de la innovación una nueva tendencia cultural. Hoy, el lago Tahoe, donde se ambientó la serie Bonanza es sede, es donde rutinariamente, las empresas de capital de riesgo hacen sus conferencias. Los que temían un futuro no tan próspero para Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial se sentirían complacidos: después de todo se mantuvo el espíritu emprendedor característico del Oeste.
Las opiniones expresadas en este artículo no representan necesariamente los puntos de vista o políticas del gobierno de Estados Unidos.