28 septiembre 2008

(Este artículo pertenece a la publicación “Los derechos humanos en síntesis”. Para consultar los demás artículos, haga clic a la derecha.)
En lo profundo de la mente y el espíritu del ser humano yace la convicción de que todas y cada una de las personas tienen derechos, como el de poder vivir libres de opresiones, de tomar decisiones razonables y de no ser víctimas de la crueldad. Casi todos lo sentimos así de un modo instintivo, aun cuando no creamos que el logro de esos derechos sea fácil.
A lo largo de la historia, la mayoría de las sociedades sólo concedían derechos a unos cuantos afortunados. En el siglo xviii, en Europa, surgió el concepto de “la ley natural”, basada en un orden universal que definía esos derechos para todos. Esa filosofía tuvo un enorme impacto en la Revolución de Estados Unidos en 1776 y en los conceptos consagrados en la Constitución del país, la cual sigue siendo hoy el documento que rige sobre todo el derecho estadounidense.
En todas las naciones civilizadas se hacen intentos por definir y reforzar los derechos humanos. La esencia de este concepto es la misma en todas partes: los derechos humanos son los que toda persona tiene por el simple hecho de ser humana; son derechos universales e igualitarios. Además, los derechos humanos son inalienables. Pueden ser suspendidos en ciertos momentos, ya sea acertada o erróneamente, pero la idea misma de esos derechos inherentes no puede ser suprimida. Nadie puede perder esos derechos, por lo mismo que no puede dejar de ser humano.
— Los editores