19 noviembre 2008

Este artículo pertenece al periódico electrónico de noviembre de 2008 “60 años de la Declaración de Derechos Humanos, 1948-2008”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.
Eleanor Roosevelt trascendió su crianza privilegiada para convertirse en una acérrima defensora de aquellos estadounidenses que estaban en situacion desventajosa económicamente. Tras la muerte de su esposo el que fuera presidente Franklin D. Roosevelt, fue presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
Eleanor Roosevelt desempeñó muchas funciones durante su vida, sin embargo, consideraba su trabajo en la Comisión de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos el más importante.
Oriunda de Nueva York, Roosevelt nació en 1884 en el seno de una familia prominente que valoraba el servicio a la comunidad. Sus padres murieron antes de que cumpliera los 10 años de edad y fue educada por sus parientes.
Como encontraba la vida de sociedad sofocante, escogió enseñar “calistenia y baile artístico” en una vivienda para el servicio de los pobres en Manhattan. Estas viviendas eran una nueva forma de reforma social donde quienes servían a los pobres en las zonas urbanas vivían entre ellos y trabajaban con ellos directamente. En 1905 contrajo matrimonio con un primo lejano, Franklin Delano Roosevelt, estrella política en ascenso, con quien tuvo seis hijos.
Cuando volvió a realizar trabajo voluntario, durante la Primera Guerra Mundial, Eleanor Roosevelt visitó a los soldados y trabajó en una cantina de la Cruz Roja. “La sensación de sentirme útil fue quizá la mayor alegría que haya experimentado”, dijo más tarde.
En 1920 Franklin contrajo polio, aflicción que lo relegaría a una silla de ruedas y que, según pareció por un tiempo, pondría fin a su carrera política. Eleanor se sentía en una encrucijada entre continuar con su trabajo de voluntariado, que le encantaba, o ayudar a su esposo a mantener su viabilidad política. Fue portavoz de la Liga de Sindicatos de Mujeres y la Liga Nacional de Consumidores y trabajó por su causa. Durante su trabajo en la oficina de asuntos legislativos de la Liga de Mujeres Votantes, leía el boletín Congressional Record habitualmente. Además, asistió a su marido en su recuperación. Franklin Roosevelt reanudó su carrera política y ganó primero, en 1928, la gobernación de Nueva York, en ese entonces el estado más populoso y políticamente importante del país. Luego, en 1932 (en lo más agudo de la Gran depresión), Franklin Roosevelt fue elegido presidente de Estados Unidos.

La Constitución de Estados Unidos no establece función alguna para la “primera dama” del país. Muchas esposas de presidentes habían desempeñado funciones ceremoniales únicamente. Sin embargo, Eleanor Roosevel rápidamente tomó la función de fiable asesora política. Fue defensora de los derechos de la mujer, los pobres y los grupos minoritarios. Se convirtió en los ojos y los oídos de Franklin, viajando por el país e informando sobre sus conclusiones, especialmente con respecto a la discriminación racial en el Sur. Con frecuencia presionaba resueltamente al presidente para que cambiara las políticas por razón de lo que ella había visto. Doris Kearns Goodwin, historiadora, autora de la biografía de varios presidentes, escribió de Eleanor: “Armada de estadísticas para respaldar su argumento, interrumpía a su marido en cualquier momento, irrumpiendo intempestivamente en la hora del coctel, cuando lo único que él quería era relajarse, repreguntándole durante la comida, entregándole notas para que leyera tarde en la noche”. Estos esfuerzos tuvieron éxito. Franklin Roosevelt firmó varias órdenes ejecutivas que prohibían la discriminación racial en la administración de proyectos gubernamentales de asistencia económica.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Eleanor Roosevelt viajó a Inglaterra y al Sur del Pacifico para elevar la moral de los militares estadounidenses y mantener fuertes vínculos con los aliados. A la muerte de su esposo, en abril de 1945, se mudó de la Casa Blanca pero continuó su activismo. Más adelante en 1945, el nuevo presidente, Harry S. Truman, calificó a Eleanor de la “Primera dama del mundo” y la nombró miembro de la delegación de Estados Unidos ante las Naciones Unidas.
Roosevelt ocupó la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, que tenía a su cargo la presentación de propuestas, recomendaciones e informes respecto a las declaraciones sobre las libertades civiles, la condición de la mujer, la libertad de información, la prevención de la discriminación y la protección de las minorías. Sin embargo, en el programa de la Comisión, primero y ante todo, estaba la preparación de una declaración internacional de derechos.
No iba a ser una hazaña fácil. La mezcla de debates filosóficos con el proceso político era peligrosa en un ámbito internacional; todos querían respetar la neutralidad del documento y al mismo tiempo poner en claro su propia visión de los derechos humanos. Sin embargo, Roosevelt, característicamente, no se desconcertó. “Somos los autores de nuestra propia historia”, dijo, “Es más inteligente tener esperanza que no tenerla, tratar de hacer las cosas que no tratar. Nada logra la persona que dice que no puede hacerse”.
Desde todo el mundo la gente comenzó a inundar a la Comisión, y especialmente a Roosevelt, con cartas detallando los abusos de los derechos humanos y solicitando ayuda, lo que hizo la labor de la Comisión tanto más apremiante. Roosevelt manejó el grupo con un horario exigente, algunas veces trabajando hasta tarde en la noche. Los delegados comprendieron que ella trabajaba duro y que esperaba lo mismo de los otros.
En diciembre de 1947 la Comisión de Derechos Humanos dio los toques finales a su borrador de la declaración de derechos humanos. Sin embargo, fue difícil la aprobación del borrador en el Tercer Comité de las Naciones Unidas (encargado de asuntos sociales, humanitarios y culturales). “Trabajamos durante dos meses, a menudo hasta altas horas de la noche, debatiendo cada palabra de ese borrador de la Declaración una y otra vez, antes de que el Tercer Comité aprobara su remisión a la Asamblea General”, escribió Roosevelt en sus memorias.
En diciembre de 1948, cuando faltaba sólo una semana para que terminara la reunión anual de la Asamblea General de la ONU, los delegados todavía debatían con vehemencia y enmendaban el borrador. Finalmente, el 9 de diciembre, Eleanor Roosevelt se dirigió a la Asamblea General y dijo: “Nos encontramos en el umbral de un gran acontecimiento, tanto en la vida de las Naciones Unidas como en la vida de la humanidad”. A sólo cuatro minutos antes de la media noche del 10 de diciembre, el presidente de la Asamblea General, Herb Evatt, de Australia, pidió que se procediera a votación. Cuarenta y ocho países votaron afirmativamente, no hubo votos en contra, y ocho se abstuvieron (dos países no estaban presentes y no votaron ni se abstuvieron). La Declaración Universal de Derechos Humanos había sido aprobada. La Asamblea General, de pie, otorgó una ovación a Eleanor Roosevelt.
Eleanor Roosevelt dejó las Naciones Unidas en 1951, pero continuó escribiendo y dictando conferencias y permaneció activa en la política del Partido Demócrata hasta su muerte en 1962.
Meghan Loftus