19 noviembre 2008

La relatividad y la Declaración Universal

Jack Donnelly

 
Toda cultura valora los derechos humanos. Aquí, activistas británicos manifiestan en 1964 por salario igual para la mujer
Toda cultura valora los derechos humanos. Aquí, activistas británicos manifiestan en 1964 por salario igual para la mujer.

 

Este artículo pertenece al periódico electrónico de noviembre de 2008 “60 años de la Declaración de Derechos Humanos, 1948-2008”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.

Jack Donnelly es catedrático Andrew Mellon de la Facultad Joseph Korbel de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver. Es autor de tres libros y de más de sesenta artículos y capítulos de libros sobre la teoría y la práctica de los derechos humanos, incluyendo la obra Universal Human Rights in Theory and Practice, 2da Edición (2003), se le reconoce especialmente por sus trabajos relacionados con el concepto de los derechos humanos, el relativismo cultural, el desarrollo y los derechos humanos, los regímenes internacionales de derechos humanos, y los derechos humanos y la política exterior.  Donnelly ha dado conferencias y ha enseñado extensamente en las Américas, en Europa y en Asia, y sus trabajos han sido traducidos a más de diez idiomas.

Esta publicación celebra el sexagésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Declaración y el Programa de Acción de Viena de la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de 1993 proclamaron con autoridad que “el carácter universal de esos derechos y libertades no admite dudas”. ¿Pero, qué significa exactamente cuando se dice que los derechos humanos son “universales”?.

Los seis principales tratados internacionales sobre derechos humanos (derechos económicos, sociales y culturales; derechos civiles y políticos; discriminación racial; discriminación contra la mujer; tortura, y derechos del niño) han sido ratificados y, por lo tanto, aceptados como vinculantes por más del 85 por ciento de los estados del mundo. Con frecuencia la práctica no refleja la profesión. Sin embargo, casi todos los estados en el mundo reconocen el deber de respetar los derechos humanos de sus ciudadanos – no importa con que frecuencia caigan en la tentación de hacer lo contrario.

Existe también un fuerte y coincidente consenso transcultural en lo que respecta a los derechos humanos. Gandhi ayudó a tornar los valores hindúes en apoyo de los derechos humanos, cambiando totalmente el tradicional énfasis en la casta como fuente de diferencia categórica e insuperable entre grupos de seres humanos. Los académicos y activistas musulmanes de todo el espectro político han interpretado durante décadas los derechos humanos internacionalmente reconocidos como una expresión contemporánea de los valores sociales y políticos coránicos. En China y en Corea los académicos han empezado a explorar los fundamentos de Confucio en lo que respecta a los derechos humanos internacionalmente reconocidos. Filosofías occidentales que una vez fueron hostiles a los derechos humanos, como el utilitarismo, generalmente se interpretan ahora como que apoyan los derechos humanos. Los socialistas no menos que los liberales, los ateos no menos que los cristianos, los judíos y los budistas, y así como aquellos de muchas, muchas otras tradiciones, partiendo desde muchos diferentes puntos de vista iniciales, han convergido para respaldar los derechos expresados en la Declaración Universal. Y aquellos pocos que rechazan todavía los derechos humanos universales iguales e inalienables – por ejemplo, los racistas fanáticos y los fundamentalistas religiosos de todo el mundo – son desdeñados casi universalmente por la mayoría de sus conciudadanos.

Por qué los derechos humanos son universales

Los derechos humanos se basan en un compromiso a la igualdad y la autonomía que permite, hasta estimula, caminos múltiples hacia los derechos humanos universales. Pero así como en el mundo mediterráneo una vez todos los caminos conducían a Roma, hoy toda cultura principal en nuestro mundo cada vez más globalizado se ve conducida hacia la Declaración Universal. Los derechos humanos son universales hoy porque la gente en prácticamente todas partes, de habérsele dado la oportunidad de elegir libremente, ha elegido, y continúa eligiendo, los derechos humanos.

Estas elecciones no son accidentales ni simplemente están de moda, ni son tampoco, en esencia, la expresión de un poder hegemónico. Más bien, los derechos humanos internacionalmente reconocidos demostraron ser en la práctica el mejor mecanismo que el ingenio humano ha concebido para proteger a la gente contra ciertas amenazas a su dignidad que los mercados y los estados modernos plantean. Los derechos humanos – la idea de que las personas, simplemente por ser humanos, poseen derechos iguales e inalienables que pueden ser ejercidos frente al estado y la sociedad – surgieron inicialmente en el Occidente moderno cuando las personas, las familias y las comunidades empezaron a sufrir a raíz de las intrusiones de los estados burocráticos cada vez más poderosos y los trastornos y las humillaciones causadas por mercados no sujetos a reglamentaciones. Asimismo, la sustancia particular de nuestra lista de derechos humanos también ha sido decididamente trazada por los encuentros históricos con los estados y los mercados. Con el aumento de los estados soberanos en el mundo, especialmente después de la descolonización, y al haberse expandido y profundizado el alcance de los mercados mundiales, las gentes en otras regiones también percibieron amenazas similares contra sus intereses y su dignidad. Estas gentes han elegido similarmente las protecciones que les ofrecen los derechos humanos.

Como en Occidente, se han probado también otros principios de gobierno, notablemente dictaduras ostensiblemente comprometidas a un rápido desarrollo nacional. Esas alternativas, sin embargo, casi siempre han fracasado, muchas veces con consecuencias trágicas, hasta horribles para la seguridad, los derechos y la dignidad de los ciudadanos comunes. La adopción contemporánea cada vez más universal de los derechos humanos refleja el fracaso demostrado de las principales alternativas para proteger a la gente contra amenazas casi universales. Hasta tanto encontremos mejores mecanismos para gobernarnos políticamente y para distribuir equitativamente los frutos del mercado, existe una necesidad universal para los derechos humanos.

Sin embargo, el carácter universal de los derechos humanos internacionalmente reconocidos no se extiende ni a la aplicación ni a la ejecución. El derecho internacional establece un sistema de aplicación nacional de los derechos humanos internacionales. Los estados territoriales soberanos han permitido un extenso sistema de supervisión internacional oficial y no oficial pero han retenido en gran medida el derecho soberano de aplicar los derechos humanos de la manera que les parezca conveniente.  (La intervención humanitaria armada contra el genocidio es la frágil excepción que confirma la regla). Poseemos derechos humanos en forma universal, simplemente porque somos humanos. Los disfrutamos mayormente como ciudadanos  o residentes de un estado. El destino práctico de los derechos humanos depende por lo tanto grandemente de donde se tiene la suerte o mala suerte de vivir.

Mahatma Gandhi es aclamado fuera de Greenfield Mill en Lancashire, Inglaterra, en 1931
Mahatma Gandhi es aclamado fuera de Greenfield Mill en Lancashire, Inglaterra, en 1931.

Aplicación: pautas y detalles

La Declaración Universal establece también una limitada pero vital relatividad en su aplicación. Por ejemplo, el artículo 3 dice en su totalidad: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Pautas generales como éstas requieren tanto interpretación como aplicación y dejan un margen considerable para la diversidad cultural, regional y local. Los derechos humanos universales no son ni una receta ni una fórmula matemática. Más bien, identifican una serie de destinos, señalan el camino que lleva hacia ellos, pero dejan los detalles del viaje mayormente librados al debate local y a la discusión política – aunque cabe destacar también que estos debates nacionales tienen lugar dentro de los límites establecidos por el consenso internacional representado por el sustancial cuerpo de derecho internacional sobre derechos humanos.

¿Qué sucede entonces con el argumento tan familiar de que, por ejemplo, “los valores asiáticos”, los valores africanos, o “los valores islámicos” son fundamentalmente diferentes? En mis más de veinticinco años de escribir, enseñar y pronunciar conferencias, he encontrado poco apoyo para esas afirmaciones al nivel de la generalidad de la Declaración Universal. Al surgir la cuestión de la cultura, como ocurre invariablemente cuando pronuncio una conferencia o enseño una clase en el extranjero, les pregunto a mis oyentes cuáles de los cuatro derechos expresados en la Declaración Universal rechazan sus culturas. Nunca me he encontrado con gente que objetara seriamente más de algunas partes de tres de los artículos.

Por ejemplo, muchas de las culturas tradicionales no están de acuerdo de una manera u otra con lo dispuesto en el artículo 16, en el sentido de que los hombres y las mujeres “tienen derechos iguales en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio”. Esta, sin embargo, es una disposición secundaria del artículo, el que reza:

“Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho … a casarse y fundar una familia”. No existe en la Declaración ningún derecho más universalmente respaldado. Y hasta estos limitados desacuerdos son raros.

La Declaración Universal de Derechos Humanos concede un amplio margen para desacuerdos intensos en lo que respecta a los detalles: ¿Está protegida la pornografía bajo la libertad de expresión?, ¿viola la pena de muerte el derecho a vivir?, ¿qué implica, en un nivel dado de desarrollo económico, la afirmación contenida en el artículo 25 de que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar”?. Existe poco desacuerdo real, sin embargo, en lo que respecta a los puntos básicos: ¿Quién realmente cree que su cultura permite que su gobierno lo torture, que le obligue a practicar una religión, o permita que sus hijos se mueran de desnutrición o por malos cuidados médicos? Yo, al menos, no me he encontrado con gente así. No debemos confundir lo que un pueblo oprimido pueda haber sido forzado a tolerar con lo que valora y a lo que aspira. Si bien hay muchos que han sido – y continúan siendo – forzados a aceptar una gran variedad de violaciones de derechos humanos internacionalmente reconocidos, pocos las consideran justas u honorables.

Aún cuando apelar a una diferencia cultural radical sea bien intencionado (en lugar de los esfuerzos no sinceros por parte de las élites gobernantes para justificar su dominio), tales argumentos ignoran la maleabilidad de las culturas humanas, las que son siempre multivocales, discutidas y siempre están en evolución. Considérese Occidente, donde hacia mediados y fines del siglo XVII surgieron las primeras expresiones de derechos humanos históricamente influyentes. Durante una gran parte del siglo precedente los estados occidentales libraron guerras religiosas internas e internacionales inmensamente destructivas. Con sus exploraciones devastaron las poblaciones indígenas en las Américas y pusieron las bases para la explotación en Asia y África, las que culminaron en las brutalidades del imperialismo del siglo XIX. En sus propios países, el derecho divino de los reyes privó a la gran mayoría de los súbitos (no ciudadanos) de esos monarcas hasta de las dignidades más mínimas. Y durante los siglos consiguientes, los estados occidentales literalmente denegaron a las mujeres, a las minorías raciales, étnicas y religiosas y a los pobres, los derechos más básicos. De haber examinado alguien a Occidente a mediados del siglo XVII, el terreno cultural para los derechos humanos difícilmente pareciera menos hospitalario. Sin embargo Occidente se ha transformado en un mundo de estados benefactores, democráticos y liberales, en los que se protegen los derechos.

Si pudo transformarse así la Europa racista, sexista, de intolerancia religiosa, imperialista, dominada y gobernada por una brutal clase aristocrática, es difícil imaginarse que alguna sociedad pueda carecer de los recursos culturales internos para transformarse en manera similar. Y una transformación tal no necesita extenderse por generaciones o siglos. En casi toda Europa, esta transformación se produjo durante el siglo pasado, y en la mayoría de los países, después de la Segunda Guerra Mundial. Y en muchos países hasta más recientemente. Por lo tanto no es sorprendente que hayamos visto en todas las regiones del mundo un progreso sustancial, frecuentemente drástico, algunas veces hasta sensacional, hacia sociedades y gobiernos humanitarios que protejan los derechos humanos. Tampoco es sorprendente que estos cambios hayan recibido el respaldo cada vez más entusiasta de la mayoría de la principales filosofías, religiones y tradiciones culturales del mundo.

Más allá de las diferencias

Las culturas son inmensamente flexibles. Si bien los valores esenciales tienden a persistir por largos períodos de tiempo, esos valores, tal como lo muestra el ejemplo de Occidente, sorprendente pueden asociarse fácilmente a prácticas sociales radicalmente diferentes: como racismo a igualdad; o autodeterminación a imperialismo. Prácticamente toda cultura ha incluido en su pasado costumbres que hoy consideraríamos violaciones flagrantes y sistemáticas de los derechos humanos. Pero de la misma manera que esto no impidió a los europeos responder a las nuevas circunstancias con nuevas costumbres relacionadas con los derechos humanos, países asiáticos como Japón, Corea del Sur, India e Indonesia, países africanos como Sudáfrica, Nigeria y Kenia, y la mayoría de los países de América Latina, en las décadas recientes han respondido a los retos que antes enfrentaban respaldando los derechos enumerados en la Declaración Universal.

Nada de esto significa necesariamente una pérdida de la cultura local – igual que Occidente no perdió su cultura al transformarse gradualmente de principal violador a principal ejemplo y defensor de los derechos humanos, ningún pueblo es menos fiel a su patrimonio cultural por comprometerse a respetar los derechos humanos. Los canadienses hoy no son menos canadienses porque practican los derechos humanos, ni los mexicanos son menos mexicanos. Muy al contrario, se consideran más fieles a sus valores más profundos porque han aprendido y se han esforzado en expresar esos valores en la práctica de los derechos humanos.

Hay en efecto variaciones inmensas en el mundo contemporáneo, en la cultura, el desarrollo económico, el sistema político y la experiencia histórica. La lección de los sesenta años pasados, sin embargo, es que estas diferencias, no importa lo que puedan haber significado en el pasado, hoy no están asociadas en forma duradera a una oposición a los derechos humanos internacionalmente reconocidos. Más bien, hemos visto en un país tras otro, tanto en América Latina, África, Asia y Europa, como la gente, después de haber sufrido décadas o siglos de desgobierno opresivo, al ofrecérseles la oportunidad de elegir, casi universalmente eligen los derechos humanos – y vemos esa elección como una expresión de sus valores locales más profundos.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni las políticas del Gobierno de EE.UU.

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