19 noviembre 2008

La invención de los derechos humanos, conocimiento y empatía

Lynn Hunt

 
Representación de la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano
Representación de la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

Este artículo pertenece al periódico electrónico de noviembre de 2008 “60 años de la Declaración de Derechos Humanos, 1948-2008”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.

Lynn Hunt ocupa la cátedra Eugen Weber de Historia Europea Moderna en la Universidad de California en Los Ángeles. Ha sido profesora visitante en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, la Universidad de Pekín, las universidades de Utrecht y Amsterdam y la Universidad del Ulster, Coleraine. Hunt fue presidenta de la Asociación Histórica de Estados Unidos en 2002 y es miembro de la Academia de Artes y Ciencias de Estados Unidos y de la Sociedad Filosófica de Estados Unidos. Entre sus libros se incluye The New Cultural History (1989); The French Revolution and Human Rights: A Brief Documentary History (1996); Inventing Human Rights (2007), y Measuring Time, Making History (2008).

Antes de que las sociedades, las naciones y los pueblos pudieran reconocer y defender los derechos fundamentales de otros, las personas tuvieron que desarrollar una empatía interna hacia la individualidad e incluso la integridad corporal de los demás. Los adelantos artísticos del siglo XVIII en Francia y en otras partes de Europa ayudaron a encender la comprensión y el compromiso político con los derechos humanos como los conocemos hoy día.

La definición de los derechos humanos

Los derechos humanos requieren tres cualidades entrelazadas: los derechos deben ser naturales (inherentes en los seres humanos), iguales (los mismos para todos) y universales (aplicables en todas partes). Todos los seres humanos en todas partes del mundo deben poseerlos igualmente y sólo debido a su condición de seres humanos. Sin embargo, los derechos humanos cobran sentido sólo cuando ganan contenido político. No son los derechos de los seres humanos en estado natural; son los derechos de los seres humanos en la sociedad. Están garantizados por leyes y constituciones seculares (incluso si algunas veces llamamos “sagrados” a los derechos humanos) y requieren la participación activa de quienes los tienen. Los derechos no se otorgan, se reclaman.

La igualdad, universalidad y naturalidad de los derechos ganó expresión política por primera vez en la Declaración de la Independencia de Estados Unidos en 1976 y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de Francia en 1789. Aunque la Declaración de Derechos inglesa de 1689 se refería a los “derechos y libertades antiguos”, no los declaraba iguales, universales o naturales. En contraste, la Declaración de la Independencia insistió en que “todos los hombres son creados iguales” y que todos ellos poseen “derechos inalienables”. De la misma manera, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamaba que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. No los franceses, no los blancos, no los católicos, sino los “hombres”, lo cual entonces como ahora significa no sólo los varones sino todos los miembros de la raza humana. En otras palabras, en algún momento entre 1689 y 1776 los derechos que se habían visto con más frecuencia como pertenecientes sólo a alguna gente en particular -- los ingleses nacidos libres, por ejemplo – se transformaron en derechos humanos, universales y naturales, lo que los franceses llamaron “los derechos del hombre”.

Las declaraciones estadounidense y francesa reclaman la identificación de los derechos inherentes a la condición de ser humano. Como escribiera Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de la Independencia: “Sostenemos como certeza manifiesta”. La Declaración Universal de los Derechos Humanos adopta un tono más legalista pero hace esencialmente el mismo reclamo: “CONSIDERANDO que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana…”. En esta fórmula, “considerando” significa “siendo de hecho” y que en consecuencia los derechos que siguen se dan por descontados o, en las palabras de Jefferson, manifiestos.

Este reclamo, crucial para que los derechos humanos sean realmente universales, plantea una paradoja: si la igualdad de los derechos es tan manifiesta, ¿por qué entonces tiene que hacerse esta afirmación y por qué se la ha hecho sólo en momentos y lugares específicos? ¿Cómo pueden ser universales los derechos humanos si no se los reconoce universalmente? ¿Cómo pueden ser “manifiestos” cuando los estudiosos han discutido por más de 200 años sobre el significado preciso de las palabras de Jefferson? El debate continuará para siempre porque Jefferson nunca explicó su razonamiento, y si lo hubiera hecho todavía existiría la objeción de que una afirmación que requiere justificación no es manifiesta.

Los derechos humanos son difíciles de precisar debido a que su reclamo inherente de evidencia manifiesta tiene como base últimamente un llamado emocional: es eficaz sólo si encuentra un eco dentro de cada persona. Por lo tanto sabemos que un derecho humano está en juego cuando nos sentimos horrorizados por su violación. En 1766 el influyente escritor francés del siglo de las luces, Denis Diderot, consideraba que derecho natural es un término “tan familiar que no hay casi nadie que en su interior no esté convencido de que obviamente conoce la cosa. Este sentimiento interior es común tanto al filósofo como al hombre que no lo ha reflejado en lo más mínimo”. Diderot había puesto el dedo en la calidad más importante de los derechos humanos: un “sentimiento interior” ampliamente compartido. Los derechos humanos no son simplemente una doctrina formulada en documentos. Se asientan en una disposición hacia otra gente y en un conjunto de convicciones acerca de cómo es la gente.

Una visión nueva del individuo

Tortura de una protestante hugonote francesa por sus creencias religiosas en la Francia prerrevolucionaria
Tortura de una protestante hugonote francesa por sus creencias religiosas en la Francia prerrevolucionaria

Los derechos humanos se fundan en nuevas suposiciones sobre la autonomía individual. Antes de que puedan poseer derechos humanos, las personas deben ser percibidas primero como individuos separados capaces de ejercer un juicio moral independiente. Ser miembros de una comunidad política fundada en esos juicios morales independientes requirió que los individuos tuvieran la capacidad de comprender con empatía a los otros. Todos tendrían derechos sólo si todos podían ser vistos como iguales de alguna manera fundamental. La igualdad no es un concepto abstracto o un lema político. Tiene que ser interiorizada de alguna manera.

Aunque hoy damos por descontadas estas ideas de autonomía, igualdad y derechos humanos, estas sólo comenzaron a ganar influencia en el siglo XVIII. Hasta entonces, no se imaginaba que toda la “gente” fuera moralmente autónoma, un estado que requería tanto la capacidad de razonar como la independencia para decidir por sí mismo. Se consideraba que los niños y los locos carecían de la habilidad de razonar, aunque un día pudieran ganar o recuperar el poder de hacerlo. Al igual que los niños, los esclavos, los sirvientes, los que no tenían propiedad y las mujeres carecían de la independencia requerida. Los niños, los sirvientes, los que no tenían propiedad y quizás algún día los esclavos podrían llegar a ser autónomos: al crecer, dejar el servicio, adquiriendo propiedad o comprando su libertad. Las mujeres solamente no parecían tener ninguna de estas opciones debido a que se las definía como dependientes inherentes de sus padres o de sus esposos. Si los proponentes de los derechos humanos iguales y universales excluían automáticamente algunas categorías de personas, era principalmente porque las consideraban menos capaces de autonomía moral.

No obstante, el recién encontrado poder de la empatía podía trabajar incluso contra los prejuicios mantenidos desde hacía más tiempo. En 1791 el gobierno revolucionario francés otorgó igualdad de derechos a los judíos; en 1792 se concedieron derechos a los hombres que no tenían propiedad, y en 1794 el gobierno francés abolió oficialmente la esclavitud. La empatía y la aceptación de la autonomía individual eran por lo tanto habilidades que se podían aprender, y se podía – como se hizo – desafiar las limitaciones a los derechos que se habían aceptado durante mucho tiempo.

La autonomía y la empatía son prácticas culturales, no solamente ideas, y por lo tanto se las puede literalmente dar cuerpo, es decir, tienen dimensiones físicas así como emocionales. La autonomía individual depende de un sentido creciente de la separación y condición sagrada de los cuerpos humanos: tu cuerpo es tu cuerpo y el mío es mío, y ambos deberíamos respetar los límites entre nuestros cuerpos. La empatía depende del reconocimiento de que los otros sientes y piensan como nosotros, que nuestros sentimientos internos son similares de alguna manera fundamental. Para ser autónoma, una persona debe ser reconocida como separada legítimamente y protegida en su separación, pero para que tenga derechos humanos debe apreciarse el ser de la persona de una manera más emocional. Los derechos humanos dependen de la posesión de uno mismo y del reconocimiento de que todos los otros se poseen a ellos mismos de igual modo. El desarrollo incompleto de esto último es lo que da surgimiento a la desigualdad y abre las puertas a las violaciones de los derechos humanos.

La autonomía y empatía no se materializaron del aire en el siglo XVIII; tenían raíces profundas. En el curso de varios siglos los europeos se separaron parcialmente de los núcleos de las comunidades tradicionales y crecieron en independencia legal y psicológica. Uno de sus resultados fue un respeto más grande por la integridad corporal, líneas más claras de demarcación entre los cuerpos individuales y un sentido creciente del decoro corporal. Con el correr del tiempo la gente comenzó a dormir sola o con un cónyuge. Usaban utensilios para comer y comenzaron a considerar repulsivo el comportamiento anteriormente aceptable de arrojar comida al piso o limpiarse las secreciones corporales en la ropa. Se cuestionó la autoridad absoluta de los padres sobre sus hijos.

Una psicología nueva

La evolución a largo plazo de la individualidad se aceleró en la segunda mitad del siglo XVIII, un desarrollo que se reflejó en diversos aspectos de la vida desde las leyes hasta las artes. El público comenzó a ver representaciones teatrales o a oír música en silencio. Los retratos y la pintura de género desafiaron el dominio de los grandes cuadros mitológicos e históricos de la pintura académica. Donde la pintura europea había representado con más frecuencia los cuerpos de gobernantes y figuras religiosas, en Londres y en París comenzaron a aparecer retratos de personas comunes. Hacia la segunda mitad del siglo XVIII estos retratos representan a sus modelos menos como estereotipos o ilustrativos de alegorías de virtudes o riqueza, sino que en cambio destacaban su individualidad psicológica y fisonómica. La propia proliferación de retratos individuales alentó la opinión de que cada persona era un individuo – es decir, sola, separada, distinta y original – y por lo tanto debía ser representada como tal.

De manera similar la literatura francesa del siglo XVIII llevó a sus lectores a una nueva forma de empatía o comprensión. El surgimiento de la novela epistolar (compuesta por cartas remitidas entre sus personajes) impulsó una identificación fuertemente cargada con los personajes y, al hacerlo, permitió a los lectores comprenderlos a través de clases, sexo y líneas nacionales. También proliferaron los diarios, haciendo accesibles a un público amplio las historias de vidas ordinarias.

Estos acontecimientos ayudaron a desarrollar una nueva psicología y, en el proceso, echaron los cimientos de un nuevo orden social y político, en el cual las nociones de integridad corporal y de individualidad empática se relacionan íntimamente con el desarrollo y aceptación de los derechos humanos. En ambas áreas los cambios de opiniones aceptadas previamente parecen ocurrir de golpe a mediados del siglo XVIII.

Por ejemplo, consideremos la tortura. Entre 1700 y 1750 el mayor uso de la palabra “tortura” en francés se refería a las dificultades del escritor para encontrar una expresión apropiada. La tortura como se la entendía entonces – la imposición autorizada legalmente de severo dolor físico como medio para extraer confesiones de culpabilidad o nombres de cómplices – fue un tema importante después que el filósofo político Montesquieu atacara esta práctica en su obra “Del espíritu de las leyes” (1748). En uno de sus pasajes más influyentes, Montesquieu insiste en que “tanta gente inteligente y tantos hombres geniales han escrito contra esta práctica [de la tortura judicial] que no me atrevo a hablar después de ellos”. Y agrega enigmáticamente: “Iba a decir que podría ser apropiada para un gobierno despótico, donde todo lo que inspira temor entra en los resortes del gobierno; iba a decir que los esclavos entre los griegos y los romanos… pero oigo la voz de la naturaleza que clama contra mí”. Aquí, también, la evidencia manifiesta – “la voz de la naturaleza que clama” – da base al argumento. Después de Montesquieu, Voltaire y muchos otros, especialmente el italiano Cesare Beccaria, se unieron a la campaña. Hacia la década de 1780 la abolición de la tortura y otras formas bárbaras de castigo corporal se habían tornado artículos esenciales en la nueva doctrina de los derechos humanos.

Aunque la tendencia moderna ha sido hacia la expansión mayor de los derechos humanos – una tendencia adelantada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y otros instrumentos del derecho internacional – nuestro sentido de quien tiene derechos y cuales son esos derechos se funda últimamente en nuestra comprensión informada de los otros. La revolución de los derechos humanos es continua por definición. Al comprender cómo comenzó esa revolución podemos entenderla mejor y hacer realidad su gran promesa.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni las políticas del Gobierno de  EE.UU.

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