30 abril 2007

Este artículo pertenece al periódico electrónico de marzo de 2007 “Las vacunas salvan vidas”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.
Por Elizabeth Fee
Fee es jefa de la División de Historia de la Medicina de la Biblioteca Nacional de Medicina, en los Institutos Nacionales de la Salud
Desde hace cientos de años las diferentes culturas en el mundo se esforzaron, con niveles variados de éxito, por proteger a la gente contra las enfermedades infecciosas. Existen documentos que indican que los chinos ya practicaron la vacunación contra la viruela en 1000 A.C. El proceso consistía en tomar una costra de la lesión causada por la viruela, guardarla por un mes, mezclarla con un material vegetal y luego poner el ungüento en la nariz del paciente. La mayoría de los pacientes así tratados desarrollaron una forma más suave de la enfermedad, y cuando se recuperaban, si es que se recuperaban, estaban protegidos de ser infectados por la viruela en el futuro. Hay información sobre métodos similares practicados en la India y en el norte de África en los siglos XVI y XVII. Algunos relatos atribuyen a Lady Mary Wortley Montagu, esposa del embajador británico en Constantinopla, haber llevado esta práctica de Turquía a Gran Bretaña a principios del siglo XVIII. El procedimiento era arriesgado porque aquellos que eran vacunados podrían contraer la viruela, lo que podría resultar fatal.
La gente del campo en Inglaterra sabía desde hace mucho tiempo que las ordeñadoras probablemente no sufrirían los estragos de la viruela, y que su resistencia estaba relacionada de alguna manera con la infección leve de viruela que tendían a adquirir de las vacas. Algunos médicos observaron el mismo fenómeno, pero Edward Jenner llevó a cabo en 1796 experimentos para comprobar la relación entre la vacuna (enfermedad de las vacas o cowpox) y la viruela. Jenner publicó sus resultados y en general se le considera el descubridor de la vacuna.
Los experimentos de Jenner consistieron en tomar el pus de una lesión en la mano de una ordeñadora e inocularlo en la mano de un muchacho joven. Algunas semanas más tarde, Jenner inoculaba al muchacho con material infectado con viruela. Naturalmente, ese tipo de experimento en humanos nunca sería permitido hoy, pero Jenner —y el muchacho— tuvieron suerte. El experimento tuvo éxito, el muchacho no se enfermó y Jenner concluyó que la inoculación de material infeccioso proveniente de un tipo suave de la enfermedad podía proteger a una persona contra una enfermedad mucho más grave.
Este es por tanto el principio de la vacunación, si bien su base científica no fue entendida durante muchas décadas.