30 septiembre 2008

(Este artículo pertenece al periódico electrónico de octubre de 2008 “Las elecciones de 2008”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha).
Por Domenick DiPasquale
El candidato demócrata a la presidencia aporta a la campaña de 2008 juventud, elocuencia y una fascinante historia personal. Obama captó el nombramiento de su partido al propugnar el cambio en la política de Estados Unidos, tanto exterior como interior.
La singular biografía de Barack Obama y el éxito de su campaña por la candidatura para representar al partido demócrata en las elecciones presidenciales de 2008 han abierto un nuevo capítulo en la historia de la política de los Estados Unidos.
Obama, el primer candidato afroamericano a la presidencia que ha conseguido representar a un importante partido político del país en las elecciones presidenciales, aporta una biografía distinta de la de cualquier otro candidato anterior. Hijo de padre keniano y madre blanca, del corazón mismo de los Estados Unidos, Obama alcanzó fama nacional con su electrizante discurso en la convención demócrata nacional de 2004, el mismo año en que había sido elegido senador de EE.UU. por el estado de Illinois. Cuatro años más tarde, se puso en cabeza de una serie de pesos pesados del partido demócrata que aspiraban a representar a su partido en la batalla por la Casa Blanca.
Con una oratoria pulida, dominio de una edificante y elocuente retórica, capacidad de inspirar entusiasmo a los jóvenes votantes y un sofisticado uso de Internet como instrumento de la campaña, Obama es un auténtico candidato del siglo XXI. Al mismo tiempo, ha demostrado poseer las eternas aptitudes comunes a todas las campañas, incluso la habilidad de librar una eficaz batalla política de trincheras a la antigua usanza, con su resistencia a lo largo de cinco meses de una larga y a veces divisiva temporada de primarias para derrotar a su principal rival, la senadora Hillary Rodham Clinton.
En su campaña, Obama subrayó dos ambiciosos proyectos: cambiar la forma tradicional de Washington de dirigir los asuntos del país y hacer un llamamiento a estadounidenses de diversos antecedentes ideológicos, sociales y raciales a unirse para el bien común.
“No existe un Estados Unidos liberal y un Estados Unidos conservador, existen los Estados Unidos de América”, dijo Obama en su alocución ante la Convención nacional demócrata de 2004. “No existe un Estados Unidos negro y un Estados Unidos blanco y un Estados Unidos hispano y un Estados Unidos asiático; existen los Estados Unidos de América. […] Somos un pueblo, todos los que prometemos lealtad a las Barras y Estrellas, todos los que defendemos a los Estados Unidos de América”.
Los primeros años
Los padres de Obama tenían antecedentes muy distintos. Su madre, Ann Dunham, nació y se crió en una pequeña ciudad de Kansas. Cuando su familia se trasladó a las Islas Hawái, conoció a Barack Obama padre, estudiante keniano de la Universidad de Hawái para la que había obtenido una beca. Se casaron en 1959, y el 4 de agosto de 1961, Barack Obama hijo nació en Honolulu. Dos años después, Obama padre dejó a su nueva familia, primero para seguir estudios graduados en Harvard, y más tarde para desempeñar un cargo de economista del gobierno de Kenia. El joven Obama sólo volvió a ver a su padre una vez más, cuando tenía 10 años.
Cuando Obama tenía seis años, su madre contrajo nuevas nupcias, esta vez con un directivo de la industria del petróleo indonesio. La familia se trasladó a Indonesia, en cuya capital, Yakarta, Obama asistió durante cuatro años a la escuela. Finalmente regresó a Hawái, donde cursó estudios secundarios mientras vivía con sus abuelos maternos.
En su primer libro, Dreams From My Father, Obama describe este período de su vida como más turbulento de lo que es normal en la vida de un adolescente, con su lucha interna por dar sentido a su patrimonio birracial, entonces relativamente poco común en Estados Unidos. Sus raíces en ambas culturas, blanca y negra, pueden haber contribuido a dar a Obama la amplia visión que llevó a la política años después, visión que abarca ambos puntos de vista.
“Barack tiene una increíble capacidad de sintetizar realidades en apariencia contradictorias y darles coherencia”, dijo su compañera de la Facultad de Derecho Cassandra Butts a la redactora de la revista New Yorker Larissa MacFarquhar. “Le viene de haberse criado en un hogar donde te cuida gente blanca y cuando vas al mundo te ven como una persona negra”.
Obama dejó Hawái una vez más para asistir al Occidental College en Los Ángeles durante dos años. Más tarde se trasladó a Nueva York, donde obtuvo la licenciatura por la Columbia University en 1983. Su relativamente breve estancia en Nueva York despertó en él el deseo de trabajar en el plano comunitario, después de ver por sí mismo el abismo que separaba a las clases privilegiadas de la ciudad de los residentes de los barrios pobres, que se debatían con una plétora de devastadores males sociales.
La vocación al servicio público
En busca de su identidad y un propósito en su vida, Obama dejó su trabajo de redactor financiero con una empresa consultora internacional en Nueva York y puso rumbo a Chicago en 1985. Allí trabajó como organizador de la comunidad al servicio de una coalición de iglesias locales del South Side de la ciudad, zona afroamericana pobre que acusaba los efectos de la transición de centro fabril a economía de servicio.
“Fue en esos barrios donde recibí la mejor educación que jamás había tenido, y donde aprendí el verdadero sentido de mi fe cristiana”, recordaba Obama años después en el discurso en el que anunciaba su candidatura presidencial.
Obama obtuvo algunos éxitos tangibles en su trabajo, al dar a los residentes de la South Side voz en cuestiones tales como desarrollo económico, formación profesional y rehabilitación del medio ambiente. No obstante, veía su trabajo de organizador comunitario como una labor de catalizador en la movilización de ciudadanos ordinarios, en un intento por forjar estrategias autóctonas para la potenciación política y económica.
Después de tres años de este trabajo, Obama llegó a la conclusión de que para llevar una auténtica mejora a estas comunidades deprimidas era necesario actuar en un estrato más alto, en el ámbito legal y político. En consecuencia, se matriculó en la Facultad de Derecho de Harvard, donde se distinguió al ser elegido primer presidente negro de la prestigiosa Harvard Law Review y graduarse con magna cum laude en 1991.
Con estas credenciales impecables, “Obama podría haber hecho lo que quisiera”, señaló David Axelrod, actualmente encargado de la estrategia de su campaña electoral. Obama regresó a su ciudad adoptiva de Chicago, donde ejerció como abogado de derechos civiles y enseñó derecho constitucional en la Universidad de Chicago. En 1992 se casó con Michelle Robinson, otra graduada de la Facultad de Derecho de Harvard, y trabajó en la inscripción de votantes en Chicago para ayudar a candidatos demócratas como Bill Clinton.
Firmemente comprometido con el servicio público, Obama decidió presentar por primera vez su candidatura a un cargo público en 1996, y ganó un escaño como representante de Chicago en el Senado de Illinois. En muchos aspectos, este paso fue una progresión lógica de su trabajo anterior como organizador comunitario, y Obama aportó mucha de aquella misma amplia visión – el político como facilitador de los esfuerzos populares de los ciudadanos y forjador de coaliciones más amplias – a su concepto de la política.
“Todo afroamericano que no habla más que de racismo como obstáculo a nuestro éxito está seriamente equivocado si no toma también en cuenta el problema de las fuerzas económicas más vastas que están causando la inseguridad económica de todos los trabajadores: blancos, latinos y asiáticos”, dijo en aquel tiempo. Algunos de sus triunfos legislativos a lo largo de los ocho años que pasó en el Senado estatal son la reforma financiera de la campaña electoral, la reducción de los impuestos en beneficio de los trabajadores pobres y mejoras del sistema de justicia penal del estado.

La escena nacional
En 2000 Obama se presentó por primera vez a elecciones al Congreso de EE.UU. en un intento infructuoso por desbancar al titular Bobby Rush, representante demócrata por Chicago. Desanimado por la decisiva derrota que le infligió Rush en las primarias, y en busca de influencia más allá de la legislatura del estado de Illinois, convenció a Michelle de la conveniencia de optar a un escaño en el Senado, en un último intento del que dependería el futuro de su carrera política.
Las elecciones de 2004 en Illinois al Senado de EE.UU. se habían convertido en una auténtica refriega el año anterior, cuando el titular republicano, Peter Fitzgerald, anunció su intención de no presentar su candidatura para un nuevo mandato. Siete demócratas y ocho republicanos se disputaron en las primarias de sus respectivos partidos la designación de candidato al Senado. Obama consiguió fácilmente la candidatura por el partido demócrata, con una proporción de votos –53 por ciento– que excedía a la obtenida por sus seis rivales juntos.
Con los republicanos en control de los 100 escaños del Senado por una minúscula mayoría de 51 por ciento, los demócratas vieron en la batalla senatorial de Illinois una oportunidad única de recuperar el control del Senado aquel noviembre (de hecho, sólo lo consiguieron en 2006). El deseo de impulsar la campaña de Obama dándole un papel destacado en la Convención, las reconocidas dotes oratorias de Obama y la favorable impresión que había dejado en el candidato demócrata a la presidencia John Kerry, fueron decisivos en la selección de Obama como principal orador en la Convención.
El discurso de Obama, con su inspirado y pulido lenguaje, sobre la necesidad de superar las divisiones partidistas y su llamamiento a la adopción de una “política de esperanza” en vez de una política de cinismo, hizo más que entusiasmar a los participantes en la Convención; lanzó a Obama a primer plano de la actualidad mediática, como astro ascendente del partido demócrata. De allí pasó a ganar sin esfuerzo aquel otoño las elecciones al Senado, con un abrumador 70 por ciento del voto popular. Si bien la casi total desorganización de los republicanos aquel año en Illinois contribuyó, indudablemente, a ese margen arrollador, la victoria de Obama fue impresionante por su propio mérito, ya que ganó en 93 de los 102 condados del estado y los electores blancos votaron a su favor en proporción de más de 2 a 1.
La fama de Obama como político distinto, capaz de superar las divisiones raciales tradicionales, fue en continuo aumento. En una semblanza de Obama publicada en la revista New Yorker, William Finnegan, tras señalar el talento de Obama para “deslizarse sutilmente en el idioma de su interlocutor”, decía que Obama “se expresa en toda la gama de idiomas vernáculos estadounidenses”. Obama mismo explicó el por qué de su compenetración con los votantes blancos.
“Yo conozco a esta gente”, afirmó. “Son mis abuelos. … Sus modales, sus susceptibilidades, su sentido de lo que está bien y lo que está mal – todo ello me es totalmente familiar”.
En el Senado, Obama estableció un historial de voto en consonancia con la política del ala liberal del partido demócrata. Sus críticas a la guerra del Iraq han sido uno de sus sellos distintivos, y se remontan a un discurso de 2002, incluso aun antes de estallar la guerra, cuando advirtió de que cualquier acción militar de esa índole “no se basaría en principios, sino en política”. También ha procurado fortalecer las normas éticas en el Congreso, mejorar la atención a los excombatientes y aumentar el uso de combustibles renovables.
La campaña por la presidencia
La larga campaña de elecciones primarias demócratas de 2008, con elecciones y asambleas electorales en los 50 estados, fue histórica en distintas maneras. Candidatos afroamericanos y mujeres se habían presentado anteriormente como candidatos a la presidencia, pero esta vez los dos favoritos eran una mujer y un afroamericano. Cuando Obama y otros siete contendientes a la nominación presidencial del partido demócrata empezaron a organizarse en 2007, los sondeos de opinión le situaban sistemáticamente en segundo lugar, detrás de la senadora por Nueva York Hillary Clinton, a la que se daba por favorita. No obstante, Obama tuvo mucho éxito en esta etapa inicial con el reclutamiento de seguidores entusiastas, en particular entre los jóvenes, la organización de una campaña popular a escala nacional y la recaudación de fondos a través de Internet.
Mientras Clinton se beneficiaba de la mayor popularidad de su nombre, una campaña bien organizada y el apoyo en el plano estatal de destacados demócratas, el equipo de Obama ideó una original estrategia para impedirle el disfrute de estas ventajas: concentrarse en aquellos estados que elegían a sus delegados en asambleas electorales y no en primarias, y dirigir su atención predominantemente hacia estados más pequeños, que votaban tradicionalmente por el partido republicano en las elecciones generales. Esta manera de actuar aprovechaba el sistema de representación proporcional del partido demócrata –por el que se otorgan delegados a la convención en cada estado en proporción casi equivalente a la parte del voto obtenido por un candidato– a diferencia del sistema republicano, que otorga la mayoría o todos los delegados a la convención al ganador de cada estado.
La estrategia dio resultado en las primeras asambleas electorales del país, en Iowa, el 3 de enero de 2008, con la sorprendente victoria de Obama frente a Clinton. Con el triunfo de Iowa se tornaron las tablas; como dijo el Washington Post, “La derrota de Clinton […] alteró el curso de las elecciones, al establecer a Obama como su principal rival, el único candidato con el mensaje, la capacidad de organización y los recursos financieros para desafiar su condición de favorita”.
Dio resultado una vez más el “súper martes” –las elecciones que se celebraron simultáneamente en 22 estados el 5 de febrero– cuando Obama empató con Clinton, y barrió en los estados rurales del Oeste y el Sur. Y volvió a dar resultado con la victoria de Obama en otros diez concursos consecutivos en febrero, que solidificó una ventaja en número de delegados que Clinton nunca llegó a superar.
Por último, el 3 de junio, exactamente cinco meses después de su comienzo, el agotador duelo llegó a su fin. La combinación de la victoria en Montana y el creciente apoyo de súper delegados hasta entonces no comprometidos, dieron a Obama la mayoría de delegados necesaria para hacerse con el nombramiento de candidato oficial de su partido a la presidencia.
“Porque ustedes decidieron no escuchar a sus dudas o sus temores, sino a sus mayores esperanzas y más altas aspiraciones”, dijo Obama aquella noche a sus seguidores en una concentración para celebrar la victoria en St. Paul (Minnesota), “hoy marcamos el fin de una trayectoria histórica con el comienzo de otra”.
Una presidencia Obama
De ser elegido, Obama sería uno de los presidentes más jóvenes del país. Nacido cuando la generación del auge de nacimientos, de 1946-1964, daba sus últimos coletazos, también sería el primer presidente en alcanzar la mayoría de edad en los años ochenta, lo que de por sí ya puede presagiar el cambio. El ambiente en que creció era marcadamente distinto del de los tumultuosos años sesenta, que conformaron la perspectiva de anteriores miembros de esa generación. Como dijo Obama en una ocasión al referirse a las elecciones presidenciales de 2000 y de 2004, en las que se enfrentaban candidatos de una cohorte mucho más antigua de esa generación de posguerra: “A veces me sentía como si estuviera presenciando el drama psicológico de la generación del auge de nacimientos –una historia arraigada en viejos rencores y proyectos de venganza urdidos en unos cuantos recintos universitarios hace largo tiempo– representado en la escena nacional”.
El lema de Obama “Cambio en el que podemos creer” refleja la insistencia de su campaña en dar a Estados Unido una nueva dirección. Obama ha propugnado la adopción de un calendario gradual para la retirada de las tropas de combate de Iraq, aunque dejaría algunas para llevar a cabo misiones de entrenamiento y antiterrorismo. En política exterior también ha abogado por un aumento de la asistencia militar y para el desarrollo de Estados Unidos a Afganistán, la clausura de la prisión de la bahía de Guantánamo para detenidos terroristas, y el fortalecimiento de las actividades de no proliferación nuclear. En el orden interno, Obama desea invertir 150.000 millones de dólares a lo largo de 10 años para estimular el aprovechamiento de tecnología de energía limpia, aumentar la inversión en educación e infraestructura a fin de hacer a la economía estadounidense más competitiva en el mercado mundial, y restaurar la disciplina fiscal al gasto público.
Larissa MacFarquhar, redactora de la revista New Yorker, expuso su teoría sobre el evidente atractivo de Obama por encima de divisiones políticas. “El historial de voto de Obama es uno de los más liberales del Senado”, observó, “pero siempre ha atraído a los republicanos, tal vez porque habla de objetivos liberales en un lenguaje conservador”.
“En su concepto de historia, en su respeto a la tradición, en su escepticismo de que el mundo pueda cambiar de cualquier forma, pero muy, muy lentamente”, observó, “Obama es profundamente conservador”.
Gane o pierda en noviembre, Obama ha abierto nuevos caminos en la política estadounidense. Su candidatura surgió precisamente cuando muchos estadounidenses pensaban que su país necesitaba un cambio radical de dirección. El redactor político del Washington Post E.J. Dionne puede haber resumido perfectamente la feliz confluencia de la candidatura de Obama y el íntimo anhelo del país cuando dijo:
“El cambio, no la experiencia, era el orden del día. Barrer, no demostrar un control del detalle, era la virtud más valorada de la oratoria de la campaña. Hacer tabla rasa con el pasado, no simplemente volver a tiempos mejores, era la promesa más preciada”.