15 octubre 2008

El realce del papel del vicepresidente

 
El vicepresidente Al Gore y el presidente Bill Clinton en una reunión económica en 1995.
El vicepresidente Al Gore y el presidente Bill Clinton en una reunión económica en 1995.

(Este artículo pertenece al periódico electrónico de octubre de 2008 “Las elecciones de 2008”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha).

Por John M. Murphy y Mary E. Stuckey

La importancia de la vicepresidencia de Estados Unidos ha ido creciendo al unísono con las múltiples exigencias a las que tiene que hacer frente la presidencia. Los vicepresidentes son ahora también más conocidos del público estadounidense y tienen más probabilidades de ser nombrados, aunque no necesariamente elegidos, ellos mismos a la presidencia.

John M. Murphy es profesor adjunto de comunicaciones orales de la Universidad de Georgia. Se especializa en retórica política contemporánea.

Mary E. Stuckey es profesora adjunta de comunicaciones y ciencias políticas de la Universidad del estado de Georgia. Acaba de terminar el manuscrito de un libro titulado Americans in Light and Shadow: Presidential Articulations of National Identity; otros libros suyos son Strategic Failures in the Modern Presidency y The President as Interpreter-in-Chief.

“Hay una historia antigua de una madre que tiene dos hijos. Uno se fue al mar y otro llegó a ser vicepresidente de Estados Unidos. Nunca volvió a oír de ninguno de ellos”.
Hubert H. Humphrey, vicepresidente de Estados Unidos, 1965-1969

Las presiones institucionales, culturales y estructurales a favor de un vicepresidente más efectivo continuarán intensificándose. A lo largo de gran parte de la historia del país, la vicepresidencia, según la expresión suavizada de un titular contrariado, valía poco más que un cubo de salivazos. Antes de la Segunda Guerra Mundial, los vicepresidentes eran objeto de escasa atención por parte del público o del gobierno. Estos hombres consideraban el cargo como un elegante preludio a la jubilación, con, al menos, la notable excepción de John C. Breckinridge, quien, después de ejercer el cargo durante la presidencia de Buchanan, se presentó y perdió las elecciones a la presidencia en 1860 y posteriormente luchó contra Estados Unidos como general de división del ejército confederado y secretario de Guerra durante la Guerra de Secesión (1861-1865). Este precedente, no muy afortunado, no ha atraído imitadores.

No obstante, tras la aparición del Estado administrativo y de Estados Unidos como potencia mundial, el vicepresidente no podía permanecer por más tiempo en la sombra. El rápido desarrollo del poderío de Estados Unidos y la creciente complejidad del gobierno en décadas posteriores han dado por resultado que la presidencia ha dejado de ser el trabajo de una sola persona. Una serie de pasos graduales, desde la asignación de determinadas funciones al disfrute de oficina propia en la Casa Blanca, han dado más relieve y más poderes al vicepresidente. El vicepresidente ha surgido gradual e inexorablemente como retórico clave de la administración, en circunstancias que van del “Debate de cocina” de Richard Nixon, al debate de Al Gore sobre el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte. En consecuencia, ahora le sería difícil al presidente ejercer sus funciones con un vicepresidente inútil.

El vicepresidente Dan Quayle responde a una pregunta en una conferencia de prensa con el primer presidente Bush.
El vicepresidente Dan Quayle responde a una pregunta en una conferencia de prensa con el primer presidente Bush.

En resumen, la presidencia es ahora demasiado grande. El presidente Bill Clinton utilizó los servicios del vicepresidente y la primera dama como socios, y el presidente George W. Bush ha dependido tanto de Richard Cheney, en particular en su primer mandato, que el redactor de la revista The Economist, Lexington, observó que la vicepresidencia se está convirtiendo en el cargo de primer ministro.

Esta evolución del cargo pone al vicepresidente directamente en el centro de la atención pública, y le convierte en el contendiente lógico en la campaña por la presidencia.

De hecho, la índole de la política contemporánea en general y las campañas presidenciales en particular aumentan las probabilidades de que los futuros presidentes entren en lid a favor de su vicepresidente. En las 11 elecciones presidenciales celebradas entre 1960 y 2000, después del advenimiento de la televisión como fuerza con la que es preciso contar y el declive concomitante y discutido de los partidos políticos, los vicepresidentes o ex vicepresidentes han sido los candidatos de su partido nueve veces. Sólo en dos ocasiones (Lyndon Johnson en 1964 y Gerald Ford en 1976) la candidatura ha sido el resultado de la muerte o la dimisión del presidente y ha culminado en el ascenso del vicepresidente a la condición de titular. En las 11 elecciones anteriores a dicho período (1916 a 1956, incluido), sólo dos veces se nombró a un vicepresidente o ex vicepresidente candidato de su partido a la presidencia y en ambos casos el nombramiento se debió a la muerte del presidente anterior.

Habida cuenta de que los presidentes de tiempos recientes han tenido, por necesidad, que recurrir más a los servicios de sus vicepresidentes, estos previamente desconocidos tienen ahora oportunidades invaluables de ocupar un lugar destacado en la mente de los telespectadores nacionales. Por otra parte, con un mínimo de cooperación presidencial, pueden utilizar los servicios de asesores políticos a sueldo de los comités nacionales, viajar extensa y cómodamente a cargo del erario público durante los años anteriores a las elecciones y utilizar los recursos del poder ejecutivo para elaborar posiciones de política. Más importante aun en el clima actual, están idealmente situados para recaudar ingentes cantidades de dinero y disuadir o arrollar a posibles rivales. En fecha tan reciente como 1988, el entonces vicepresidente George H.W. Bush se enfrentó a una lista formidable de competidores por la candidatura a la presidencia. Para 2000, la mayor parte de los demócratas renunció a competir con el vicepresidente Gore, pese a los escándalos de Clinton y el descontento de los militantes liberales con la administración, y Gore dejó en la cuneta a su único rival sin dificultad y con el mismo desdén que Michael Jordan sentía por los New York Knicks. Como dijo el comentarista político Jules Witcover: “La vicepresidencia, antaño equivalente al reloj de oro que se recompensaba el servicio fiel al partido y billete sin retorno al limbo político, [ha llegado] a verse de una forma muy distinta”.

Los presidentes necesitan ahora a sus vicepresidentes para establecer, consolidar y mantener sus ideales sobre el país. Los presidentes no pueden hacer su trabajo sin la ayuda de vicepresidentes; los presidentes no pueden presentarse a elecciones para un tercer mandato y tienen que recurrir a los vicepresidentes; y dadas las ventajas de que disfrutan los vicepresidentes, los presidentes rara vez, si acaso, pueden designar al heredero de su elección. Sin embargo, los argumentos esgrimidos por la mayor parte de los presidentes para ayudar a sus vicepresidentes acaban perjudicando a éstos. Los presidentes todavía hablan como si los vicepresidentes fueran criaturas del presidente. Cada vez es más frecuente que no lo sean. Hemos llegado a un punto en que los vicepresidentes son íntimos colaboradores de los presidentes e inevitables candidatos de su partido a la presidencia. También son los casi inevitablemente derrotados en las elecciones generales. La retórica presidencial a favor de los vicepresidentes sirve para ilustrar la ley de las consecuencias imprevistas; los presidentes nunca quieren decir adiós y, sin embargo, la manera en que se despiden acelera la partida de sus programas políticos y leales herederos.

Extraído de “Never Cared to Say Goodbye: Presidential Legacies and Vice Presidential Campaigns,” © Presidential Studies Quarterly, marzo de 2002. Reimpresión autorizada.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente la política ni el punto de vista del gobierno de Estados Unidos.

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