05 agosto 2009
Por Siyabulela Xuza

El siguiente artículo es parte del número de agosto de 2009 de eJournalUSA La experiencia universitaria. Para saber más haga clic a la derecha.
Un joven relata el viaje de su pueblo de Sudáfrica a la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts. Las ciencias han sido su billete hasta ahora, y espera que sean su destino. Siyabulela Xuza asistió a la escuela secundaria en Sudáfrica y empezará su segundo curso en la Universidad de Harvard el último trimestre de 2009. Xuza fue ganador de la 58ª Feria Internacional Intel de Ciencias e Ingeniería.
Estaba siguiendo el zumbido de una avioneta Cessna que dejaba caer propaganda electoral sobre Mthatha, mi pueblo sudafricano. Corría el año 1994, el primero de una nueva democracia en mi país, y el espectáculo de aquella maravilla tecnológica despertó en mí una curiosidad por la ciencia y una pasión por usar la tecnología para lograr un renacimiento africano. Ese es el fin que persigo ahora con mis estudios en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos.
Poco después del día en que vi aquella avioneta, fui derecho a la cocina de mi madre y empecé a mezclar productos químicos para hacer un nuevo combustible de cohetes. Estaba nervioso por mi travesura a espaldas de mi madre, pero la emoción de la química casera era algo que no podía resistir. Amaba mi laboratorio improvisado, equipado con los utensilios de mi madre e impregnado del olor de la cena de la noche anterior mezclado con los dulces aromas de mis sustancias químicas.
Era el paraíso, hasta el día fatídico en que me descuidé cuando mezclaba un nuevo brebaje. Me olvidé de bajar la llama del fogón y la mezcla, que había estado borboteando suavemente, se convirtió en un monstruo rugiente que arrojaba líquido por todas partes. Lo que había sido una cocina impecable de repente se llenó de humo y de un pegajoso combustible de cohetes. Mi madre entró precipitadamente en la habitación. Yo empecé a tartamudear, mientras temblaba como una hoja y temía lo que se me venía encima: unos gritos sin fin.
Todavía resonaba en mis oídos la regañina cuando ya estaba otra vez con mis experimentos, aunque con más cuidado, en el garaje. Lo que empezó como una travesura, pronto se convirtió en un serio proyecto científico de cuatro años que simultaneé con las exigencias de mis tareas escolares, partidos de rugby, actuaciones teatrales y servicio comunitario.
Tenemos despegue
No sólo estaba trabajando en el combustible, sino que también estaba construyendo un cohete. Esa parte del proyecto puso a prueba mi paciencia y determinación, hasta que un día en 2003 empecé una enervante cuenta atrás al lanzamiento del experimento que llamé Phoenix. Cuando apreté el botón de ignición, se elevó una nube de humo y el motor cobró vida como el sonido de un millar de tambores africanos. El Phoenix ascendió majestuosamente al cielo, hasta alcanzar una altura de 1.220 metros. El éxito del lanzamiento dio testimonio del valor de la perseverancia.

Fue entonces cuando me apunté en la Feria Nacional Sudafricana de Ciencias con un proyecto titulado Impulso a la empresa espacial de África. El proyecto tuvo una acogida tan favorable que me premiaron con dos viajes internacionales: a la ceremonia de entrega de los premios Nobel en Suecia y a una feria internacional de ciencias en Estados Unidos.
La feria internacional de ciencias, celebrada en Albuquerque, Nuevo México, congregaba a más de 1.500 de los más innovadores estudiantes de 52 países, para demostrar sus trabajos de investigación y participar en una rigurosa competición. Me sentí honrado de representar a mi país y enriquecido por los intercambios con estudiantes de todo el mundo. Una vez terminado el examen por los jueces, me dirigí al lugar donde se iba a celebrar la ceremonia de entrega de premios y tomé asiento, mientras recorría con la mirada el inmenso auditorio y tarareaba con ansiosa anticipación. El acontecimiento me intimidaba, y me agazapé en mi asiento cuando empezaron a anunciar los grandes premios. “Y el ganador en la categoría de energía y transporte es Siya ...” gritó el anunciador, sólo para ser interrumpido por una salva ensordecedora de aplausos. Había ganado un gran premio y el honor de que se diera mi nombre a un pequeño planeta.
En otro planeta
La euforia de mi éxito en la feria internacional fue el estímulo que me impulsó a lo largo de mi último año de secundaria, que culminó en mi aceptación en la Universidad de Harvard. En el otoño de 2008, rodeado de los verdes prados y los muros cubiertos de hiedra de Harvard, empecé mi primer curso universitario. Tenía que ajustarme a un sistema de enseñanza distinto en el que el proceso para llegar a una respuesta es más valioso que la respuesta misma, y en el que la colaboración e interacción con los profesores conduce a mejores notas. Corrí algunos riesgos intelectuales al matricularme en cursos que no me eran familiares, como mandarín, economía y música del mundo, para ampliar mis horizontes intelectuales y llegar a ser un pensador interdisciplinario.
Aparte de las clases, me uní al Foro de liderazgo internacional de Harvard. La sociedad reúne a estudiantes de todo el mundo y facilita el establecimiento de grupos para el estudio y debate de temas tales como terrorismo mundial, liderazgo, VIH/SIDA, tecnología y desarrollo de África. El foro también me enfrentó a la amenaza del cambio climático, en continuo crecimiento por el aumento de la demanda de energía en los países tanto desarrollados como en desarrollo. Con todo lo que tiene de grave esta amenaza, brinda también una oportunidad para iniciar una revolución de tecnología limpia.
Buscar soluciones al cambio climático es el acicate de mi nueva pasión: usar mi experiencia con los combustibles de cohetes y los recursos a mi disposición en Harvard para diseñar la nueva generación de automóviles y combustibles de reactores, con el fin de mitigar los peligros de la crisis climática. Actualmente estoy investigando tecnologías punta en biología sintética y energía renovable para promover el desarrollo sostenible de África y contribuir a encender la chispa del potencial intelectual de un continente que todavía tiene que realizar su promesa.
La transición de mis raíces africanas a la sociedad estadounidense me ha hecho ver el valor de nuestras diversas culturas. He participado en muchos debates, hasta altas horas de la noche, sobre cuestiones que van de justicia social a la deontología de la genética, y me he familiarizado con los puntos de vista de otros estudiantes. Pese a nuestras diferencias, he llegado a la conclusión de que todos compartimos los valores fundamentales de libertad y justicia, valores que sólo se pueden alcanzar mediante la tolerancia y un entendimiento más cabal de las respectivas culturas de cada uno.
Otros momentos más prosaicos, como el disfrute de mi primera nevada, también han marcado mi ajuste a los Estados Unidos. Me he congelado en los inhóspitos inviernos del nordeste y añorado el sol africano, pero mi espíritu se ha caldeado con la cordialidad del pueblo estadounidense, cuya afabilidad ha propiciado mi evolución a ciudadano del mundo.
Pronto regresaré a Sudáfrica, enriquecido, no sólo por una excelente educación, sino también por mi relación con gentes de todo el mundo cuyas opiniones me han permitido conocer mejor cómo funciona y piensa el mundo. Puede que no sea capaz de predecir lo que nos reserva el futuro, pero estoy entusiasmado al pensar cómo mi educación en ingeniería me permitirá hacer realidad mis aspiraciones para África.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.
(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://www.america.gov/esp )