05 agosto 2009
Por Najwa Nasr

El siguiente artículo es parte del número de agosto de 2009 de eJournalUSA La experiencia universitaria. Para saber más haga clic a la derecha.
Najwa Nasr vino a Estados Unidos en 1981 procedente del Líbano, en la creencia de que venía a un país extranjero sólo con el fin de obtener un título avanzado en su especialidad de lingüística. Con el transcurso de los años, descubrió que no estaba construyendo su propio puente hacia este país nuevo, sino que estaba cruzando uno construido por sus compatriotas de generaciones pasadas. La profesora Nasr enseña ahora lingüística inglesa en la Universidad del Líbano. Recibió su doctorado en esa especialidad en la Universidad de Georgetown en Washington, D.C.
La experiencia en el intercambio internacional que ha tenido el efecto más profundo en mi vida ocurrió después de completar mis estudios en 1986. Regresé a la Universidad de Georgetown en 1991 para realizar tres meses de investigación sobre idioma y cultura, con una beca Fulbright que recibí por intermedio del Consejo para el Intercambio Internacional de Académicos (CIES). Durante ese período, descubrí la colección árabe-estadounidense Naff, que documenta el patrimonio de los primeros inmigrantes árabes, mayormente libaneses, a Estados Unidos.
La colección, custodiada en el Museo Nacional de Historia Estadounidense del Instituto Smithsoniano en Washington, fue donada al museo por Alixa Naff en 1984, en homenaje a sus padres y a su generación de inmigrantes. Naff, autora de Becoming American: The Early Arab Immigrant Experience, me ofreció una gira detallada y entusiasta por los archivos, que contienen fotos personales, recuerdos y objetos donados para la colección.
He estado en muchos museos, pero entrar en los archivos de un museo requiere una serie de formalidades. Tuve que firmar mi nombre e indicar la hora de llegada. Se me entregó un pase de identificación y empecé el descenso hacia los archivos, sólo para encontrarme con que tenía que firmar otra vez, entregar mi bolso, y pasar por un control de seguridad.
Alixa Naff empezó mi gira señalándome las diferentes hileras de cajas en una serie de estanterías que formaban un complejo laberinto. Retiró una caja y la llevó hacia un escritorio. Usando guantes blancos, empezó a examinar el contenido, mostrándome fotos, documentos impresos y cartas personales escritas a mano. Me contó cómo había visitado a esa gente en todo Estados Unidos, reuniendo objetos de valor histórico entregados con gusto por personas que deseaban limpiar sus desvanes. Tuvo la amabilidad de ayudarme a comprar duplicados de algunas fotos y también de fotocopiar documentos.
Regresé a mi país pensando que esta colección debería ser más accesible al público en Líbano. Es nuestro patrimonio enterrado en cajas subterráneas, accesible únicamente a quienes saben dónde buscar. Algo debía hacerse, así que decidí hacer una propuesta al ministro de cultura del Líbano. Tuve dificultades al tratar de conseguir una entrevista, pero finalmente tuve una audiencia con su excelencia. Le mostré los duplicados y las notas que había escrito, y le expliqué con fervor la importancia de la colección y lo importante que sería compartir esta historia de inmigración con el pueblo libanés. El ministro quedó convencido, pero no había fondos para financiar mi viaje. Le sugerí un compromiso, “usted pague por mi pasaje y yo me encargaré de los demás gastos”.
Los inmigrantes hablan
Algunos meses más tarde, regresé a Washington para visitar nuevamente la colección de Naff. Durante diez días visité los archivos con insaciable entusiasmo, estando allí desde que abrían hasta que cerraban las puertas. Con reverencia tuve en mis manos fotografías y cartas personales de personas de diferentes edades. Los primeros inmigrantes me hablaron por medio de grabaciones. Mi corazón latía fuertemente cuando oía aquellas voces quebradas de principios del siglo XX. Lágrimas empañaron mis ojos al ver las fotos de gente atravesando tantas fases de sus vidas.
Una niña en su vestido del Domingo de Ramos parada al lado de una vela más alta que ella. En una tarjeta postal había números escritos a mano sobre cada persona en la foto, y en el dorso, los números hacían referencia a los nombres de las personas – Theodora, una niña y Roosevelt, un varón, ambos obviamente nombrados en recuerdo a un presidente estadounidense popular de la época.

Estas personas jóvenes, fallecidas ya hace mucho tiempo, creían que Estados Unidos era el país de las oportunidades, de la libertad y de igualdad para todos. En su mayoría eran vendedores ambulantes, una ocupación que no requería experiencia, capital ni conocimiento profundo del idioma. El contacto diario con ciudadanos estadounidenses amplió el conocimiento que los inmigrantes tenían de su nuevo entorno y facilitó su proceso de asimilación.
Los relatos acerca de sus experiencias durante sus trayectos en carretera revelaban que sufrieron de calor abrasador y de frío cortante. Sus ropas se mojaron y convirtieron en harapos; sufrieron hambre y fueron abatidos por la fatiga. Pasaron noches a la intemperie, sobre hierba mojada, atados a ramas de árboles, o en graneros; fueron atacados por ladrones y bandidos y perseguidos por bestias salvajes.
Sin embargo los relatos que nos dejaron demostraron que habían sobrevivido y prosperado. Bashara Forzley, un joven inmigrante que vino a Estados Unidos sin madre ni padre, escribió una autobiografía en la que describe cómo avanzó de vendedor ambulante a empresario de una gran compañía.
Leí el discurso que Khalil Gibran pronunciara ante aquellos jóvenes inmigrantes en 1920. Sus palabras serán siempre una guía valiosa para aquellos inmigrantes que fluctúan entre los polos de su identidad nacional y su nueva ciudadanía.
... Creo en ustedes y creo en su destino.
Creo que ustedes contribuirán a esta nueva civilización.
Creo que ustedes podrán decir a los fundadores de esta gran nación, “ Aquí estoy, un muchacho joven, un árbol joven cuyas raíces fueron arrancadas de las colinas del Líbano. Sin embargo, me he arraigado profundamente aquí y seré fructífero.
Una historia en desarrollo
De regreso en mi país, con copias de fotos y documentos, mi entrevista con su excelencia, el ministro Michel Eddé, fue una celebración de mi redescubrimiento de este patrimonio poco conocido de mi gente. En 1996, con el apoyo del ministerio, supervisé la primera exposición de fotografías de los primeros inmigrantes libaneses en Estados Unidos, llamada “Un viaje de supervivencia”. Cientos de personas visitaron la exposición en el centro de Beirut y se arremolinaron alrededor de las fotos y documentos. Alguién profirió un grito de alegría al descubrir una foto de su abuelo.
Los efectos del acontecimiento siguen creciendo todavía. Puede encontrarse “Un viaje de supervivencia” en el Internet [http://www.salzburgseminar.org/ASC/csacl/progs/ASC22/nasr/nasr.htm]. La gente se pone en contacto conmigo en busca de sus antepasados o buscando ayuda en una investigación relacionada. Doy conferencias con diapositivas sobre los primeros inmigrantes libaneses en Estados Unidos. Mi meta final de financiar un museo en Beirut sobre la inmigración, no se ha realizado aún, pero no la he abandonado todavía.
Mi experiencia en el intercambio internacional empezó en la Universidad de Georgetown hace más de veinte años, pero se ha desarrollado en más capítulos que yo hubiera podido imaginar. Hoy, creciendo todavía desde esa experiencia, veo que las raíces son más profundas aún y las ramas crecen más altas llenas de hojas sanas y copiosos frutos.
El poema de Khalil Gibran fue escrito para el primer número de la revista Syrian World publicada en Brooklyn, Nueva York en 1926.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.
(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://www.america.gov/esp )