05 agosto 2009

Seis años en Suecia

Por Charlotte West

 
Primer plano de autora que mira a través de un enorme bloque de hielo (Courtesy Alexander Mitelman)
La autora en una excursión al norte del Ártico en 2006.

El siguiente artículo es parte del número de agosto de 2009 de eJournalUSA La experiencia universitaria. Para saber más haga clic a la derecha.

La oportunidad de estudiar un año en el extranjero se convirtió en un capítulo de seis años de la vida de Charlotte West, redactora  independiente radicada en Seattle, Washington. Su portal en la Web es http://www.curiosity.se.

Son muchas las cosas que vienen a la mente cuando se piensa en Suecia: IKEA, Volvo, servicios de asistencia social desde que naces hasta que mueres, diseño minimalista y rubias despampanantes. Sin embargo, Suecia es mejor conocida por los premios Nobel que fueron instituidos generosamente por el inventor y químico sueco, Alfred Nobel, para rendir homenaje a aquellos que han “otorgado el máximo beneficio a la humanidad”.

La primera vez que realmente presté atención al tema del premio Nobel fue en el acto de mi graduación de la Universidad de Seattle en junio de 2002 en la que Leland Hartwell, ganador del premio Nobel 2001 en Fisiología y Medicina, fue el orador principal. Harwell habló sobre el momento que vivió en el escenario frente al rey y la reina de Suecia, y esas palabras captaron mi atención porque ya figuraba en mis planes trasladarme a Estocolmo ese otoño.

Nunca imaginé que el siguiente mes de diciembre estaría sentada en la misma sala donde se había celebrado la ceremonia de entrega de premio a Hartwell o que cuatro años más tarde entrevistaría a dos de los galardonados con el Premio Nobel 2006, a Andrew Fire (medicina/fisiología) y a Roger Kornberg (química), para una revista publicada por la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, donde ambos premiados con el Nobel son profesores.

En fin, que nunca me pasó por la mente que tendría un encuentro más personal con los premios Nobel.  Al comenzar mis estudios en la Universidad de Estocolmo en el otoño de 2002, me sorprendió enterarme de que muchos de los laureados impartían sus conferencias en el Aula Magna de la misma universidad, y lo que es más, que cualquier persona era libre de asistir. Como beneficio adicional, los estudiantes del programa Fulbright éramos invitados a la ceremonia de entrega de premios en diciembre, algo que causó envidia entre muchos de mis amigos suecos.

Abriendo puertas

Esa fue una de muchas experiencias durante mi tiempo de estudio, residencia y trabajo en un país extranjero. Al bajar del avión en el aeropuerto de Arlanda en Estocolmo el 16 de agosto de 2002, una fecha que quedará impresa en mi pasaporte y grabada en mi memoria, no tenía idea de que Suecia se convertiría en mi hogar durante los siguientes seis años.

La autora sobre un lago congelado al atardecer (Courtesy Alexander Mitelman)
Charlotte experimentó la cultura y las costumbres diferentes de un país extranjero, como es dar un paseo sobre un lago congelado.

Al trasladarme a Estocolmo, no era ajena a la experiencia de vivir en un país extranjero pues había pasado mi tercer año universitario en Leiden, una ciudad universitaria a unos 40 minutos en tren de Amsterdam. Holanda se convirtió en la base de operaciones de mis excursiones por Europa durante ese año. Al principio de mis recorridos en Eurorail era bastante novata, pero no tardé mucho en darme cuenta de lo conveniente que resultaba tener a la mano chancletas, candados y linternas, y de no colocarlos al fondo de la mochila.

Al regresar a Seattle después de un año de estancia en Leiden,  sólo podía pensar en cómo volver a Europa una vez me graduara la siguiente primavera. La oportunidad llegó cuando recibí una subvención del programa Fulbright otorgada por el Departamento de Estado. Esta subvención me proporcionó apoyo económico para llevar a cabo investigación académica por un año en estudios de posgrado en el extranjero. Lo fantástico del programa Fulbright es que la concesión de fondos depende de la propuesta de investigación académica que el candidato elabora, por lo que los solicitantes tienen flexibilidad para tomar cursos o seleccionar consejeros en la institución anfitriona.

Durante mi primer año en Estocolmo, aprendí mucho sobre el programa de asistencia social del estado escandinavo, un tema que me había interesado desde un curso que tomé en Holanda.  Sin embargo, lo más importante fueron mis estudios de lengua sueca. Los suecos dominan el inglés con una fluidez casi como si fuera su lengua materna y es totalmente posible arreglárselas en el país sin hablar ni una sola palabra de sueco. Pero, para mí, el aprendizaje de la lengua era fundamental para hacer que mi experiencia en el extranjero fuera algo más que “pasarlo sin muchos problemas”.

La habilidad de comunicarme en sueco me abrió varias puertas en lo profesional y personal. En el plano personal, todo el mundo simpatiza con una persona que aprende una lengua extranjera (y con los inevitables errores que cometes). El aprendizaje de la lengua sueca fue también un paso acertado para mi carrera profesional, pues al regresar a Estados Unidos, me dediqué a traducir artículos del sueco al inglés un día a la semana, lo que me proporcionó una fuente fija de ingreso en los momentos inciertos de mi trayectoria como redactora independiente. La fluidez en la lengua del país también hizo posible que comprendiera mejor lo que sucedía a mi alrededor, algo que considero que fue importante a la hora de tomar la decisión de quedarme en el país. Entiendes lo que habla la gente y la conversación en el metro ya no es un mero ruido de fondo. Creo que al hablar la lengua te sientes mejor integrado en el lugar.

Toma y daca

En algún momento durante el transcurso de ese primer año en Suecia, empecé a sentirme en casa y me dí cuenta de que Estocolmo era un lugar donde me gustaría vivir. La posibilidad de quedarme más tiempo en el extranjero se debió en parte a la oportunidad de seguir trabajando como asistente de investigación en la universidad, pero fue algo más que eso. Según hacia la transición de turista a visitante, y de visitante a residente de una ciudad que era entonces mi hogar, comencé a ver a Suecia con ojos diferentes.

Sin embargo, a la misma vez, y siendo extranjera, de alguna manera siempre te mantienes como una espectadora que observa desde afuera. Aprendí la lengua e hice mi mejor intento por conocer sus costumbres y su cultura, pero también aprendí como percibía lo que consideraba el reflejo de mi propia cultura estadounidense. Algunas costumbres requirieron que hiciera algunos ajustes, con el paso del tiempo, otras perdieron importancia y algunas simplemente consideraba idiosincrasias suecas, como es el gusto por el regaliz salado y el surströmming, un arenque fermentado que muchos consideran un plato exquisito.

Aparte de los gustos culinarios diferentes, es posible que el ser oriundo de otro país equivalga a tener lo mejor de dos mundos. La vida en el extranjero es un intercambio pues traes las experiencias de tu país natal y dejas algo tuyo en ese nuevo país. He adquirido el gusto por las albóndigas de carne y la salsa de la fruta lingonberry (que afortunadamente está disponible en la tienda IKEA de Seattle), pero también he compartido con mis amigos suecos el placer de degustar una cena de Acción de Gracias, desde pavo asado hasta pastel de calabaza.

Regresé a Estados Unido hace varios meses y todavía estoy asimilando las implicaciones de mi retorno al hogar. No estoy segura de que Alfred Nobel comprendiera este mundo nuestro en el que la tecnología  hace posible que trabajemos en cualquier parte a través de una conexión al Internet, pero creo que en muchos sentidos no se equivocaba cuando dijo, “Mi hogar es donde trabajo y yo trabajo en todas partes”.

No cabe duda de que mis estudios, mi vida y mi trabajo en otro país durante los pasado seis años han cambiado mi concepto de lo que es mi “hogar”.  No importa donde esté,  la tierra de IKEA, de Volvo, de la asistencia social desde que naces hasta que mueres, del diseño minimalista y de los premios Nobel siempre me producirá un poco la sensación de sentirme en casa.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.

(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://www.america.gov/esp )

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