16 septiembre 2008

Este artículo pertenece a la publicación “La historia de EE.UU. en síntesis”. Para consultar los demás artículos, haga clic a la derecha.
La guerra entre el norte y el sur empezó en abril de 1861. Los estados del sur reclamaban el derecho de separarse y habían formado su propia Confederación. Sus fuerzas hicieron los primeros disparos. Los estados del norte, bajo el liderazgo del presidente Lincoln, estaban determinados a contener la rebelión y preservar la Unión.
El norte tenía más del doble de estados y el doble de población. Contaba con recursos abundantes para producir pertrechos de guerra y además su red ferroviaria era superior. El sur tenía líderes militares con más experiencia y un factor que los favoreció fue que la mayoría de los combates tuvieron lugar en su propio territorio.
Durante cuatro años, decenas de miles de soldados y caballos participaron en batallas terrestres en Virginia, Maryland, Pennsylvania, Tennessee y Georgia. Los combates navales se desarrollaron frente a la costa del Atlántico y en el río Mississippi. En ese rubro, las fuerzas de la Unión obtuvieron una serie casi ininterrumpida de victorias. En cambio, en Virginia fueron derrotadas una y otra vez en sus intentos de tomar Richmond, la capital confederada.

El día más sangriento de la guerra fue el 17 de septiembre de 1862, cuando los dos ejércitos chocaron en Antietam Creek, cerca de Sharpsburg, Maryland. Las tropas confederadas bajo el mando del general Robert E. Lee no lograron repeler a los soldados de la Unión encabezados por el general George McClellan, y Lee escapó con su ejército intacto. McClellan fue relevado del mando. Aunque la batalla no quedó definida en términos militares, sus consecuencias fueron enormes. Gran Bretaña y Francia habían pensado reconocer a la Confederación, pero entonces retrasaron su decisión y el sur nunca recibió la ayuda que necesitaba con tanta urgencia.
Varios meses después, el presidente Lincoln emitió una versión preliminar de la Proclamación de Emancipación. Gracias a ella fueron liberados todos los esclavos que vivían en estados confederados y se autorizó el reclutamiento de afro-estadounidenses en el ejército de la Unión. Ahora el norte ya no luchaba tan sólo para preservar la Unión, sino también para erradicar la esclavitud.
Las fuerzas de la Unión cobraron más ímpetu en 1863 con las victorias de Vicksburg en Mississippi y Gettysburg en Pennsylvania, y más tarde con la política de tierras quemadas que aplicó el general William T. Sherman cuando avanzó a través de Georgia y se internó en Carolina del Sur en 1864. En abril de 1865, enormes ejércitos de la Unión bajo el mando del general Ulysses S. Grant lograron rodear a Robert E. Lee en Virginia. Lee se rindió y ese fue el final de la Guerra Civil de Estados Unidos.
Los términos de la rendición fueron generosos. “Los rebeldes ya son otra vez nuestros compatriotas”, les recordó Grant a sus tropas. En Washington, el presidente Lincoln ya estaba listo para iniciar el proceso de reconciliación. Jamás tuvo oportunidad de hacerlo pues menos de una semana después de la capitulación del sur fue asesinado por un sureño amargado por la derrota. La tarea reconciliadora le correspondería al vicepresidente de Lincoln, Andrew Johnson, un sureño que era partidario de una “Reconstrucción” rápida y sencilla.
Johnson emitió indultos que restablecieron los derechos políticos de muchos sureños. Al final de 1865, casi todos los estados ex confederados habían celebrado convenciones para revocar las leyes de secesión y abolir la esclavitud, pero todos excepto Tennessee se negaron a ratificar una enmienda constitucional que otorgaba plena ciudadanía a los afro-estadounidenses. En consecuencia, los republicanos del Congreso decidieron implementar su propia versión de la Reconstrucción. Ellos proclamaron medidas punitivas contra los ex rebeldes y prohibieron que quienes habían sido dirigentes confederados ocuparan cargos públicos. Dividieron el sur en cinco distritos militares administrados por generales de la Unión. Negaron el derecho de voto a todo aquel que no estuviera dispuesto a prestar un juramento de lealtad a la Unión. Además, apoyaron con vigor los derechos de los afroestadounidenses. El presidente Johnson trató de obstruir muchas de esas políticas y fue sometido a juicio político. El voto no fue suficiente para destituirlo de su cargo, pero el Congreso no perdió su enorme poder durante los siguientes 30 años.
Las divisiones y los odios que desembocaron en la Guerra Civil no desaparecieron al término de la lucha armada. Cuando los sureños blancos recuperaron el poder político, los negros de esa región padecieron. Ya habían ganado la libertad, pero las leyes locales que les negaban el acceso a muchos recursos públicos les impedían disfrutar de ella. Habían ganado el derecho de voto, pero eran intimidados en los comicios. El sur había quedado segregado y así habría de permanecer 100 años más. El proceso de Reconstrucción de postguerra había empezado con altos ideales, pero cayó en un pozo de corrupción y racismo. Su fracaso retrasó la lucha de los afro-estadounidenses por la igualdad hasta el siglo XX, cuando se convertiría en un problema nacional y no sólo del sur.