16 septiembre 2008

Este artículo pertenece a la publicación “La historia de EE.UU. en síntesis”. Para consultar los demás artículos, haga clic a la derecha.
George Washington prestó juramento como el primer presidente de Estados Unidos el 30 de abril de 1789. Él estuvo a cargo de organizar una fuerza militar efectiva durante la Revolución. Ahora se le encomendaba la tarea de construir un gobierno operante.
Washington trabajó con el Congreso para crear los departamentos de Estado, Tesorería, Justicia y Guerra. Los jefes de esos departamentos constituirían el gabinete del presidente y actuarían como sus consejeros. Se estableció una Corte Suprema integrada por un procurador y cinco ministros asociados, así como tres tribunales de circuito y 13 juzgados de distrito. Se desarrollaron políticas para administrar los territorios del Oeste e incorporarlos a la Unión como nuevos estados.

Washington prestó servicio en dos periodos de cuatro años y luego dejó el cargo, sentando un precedente que a la postre se convirtió en ley. Los dos siguientes presidentes, John Adams y Thomas Jefferson, eran representantes de dos escuelas de pensamiento diferentes sobre el papel del gobierno. Esa divergencia dio lugar a la creación de los primeros partidos políticos del mundo occidental. Los federalistas, encabezados por Adams y Alexander Hamilton, el secretario del Tesoro de Washington, representaban en general los intereses del comercio y la industria. Ellos temían la anarquía y creían en un gobierno central fuerte que pudiera establecer la política económica y mantener el orden. Encontraron el mayor apoyo en el norte. Los republicanos, encabezados por Jefferson, representaban los intereses agrícolas en general. Ellos se oponían a un gobierno central fuerte y creían en los derechos de los estados y la autosuficiencia de los agricultores. Tuvieron más apoyo en el sur.
Durante unos 20 años, la joven nación pudo prosperar dentro de una paz relativa. Su política consistía en ser amigable e imparcial con todas las demás naciones. Sin embargo, no era inmune a los acontecimientos políticos de Europa, sobre todo de Gran Bretaña y Francia que estaban en guerra. La marina de guerra británica capturó barcos estadounidenses que se dirigían a Francia, y la armada francesa capturó barcos estadounidenses con destino a Gran Bretaña. Las negociaciones diplomáticas mantuvieron a Estados Unidos al margen de las hostilidades en la década de 1790 y a principios de la siguiente, pero al parecer sólo era cuestión de tiempo para que este país tuviera que defender sus propios intereses.
La guerra con Gran Bretaña estalló en 1812. La lucha tuvo lugar sobre todo en los estados del nordeste y en la costa oriental. Una fuerza expedicionaria británica llegó a la nueva capital, establecida en Washington en el Distrito de Columbia, prendió fuego a la residencia del poder ejecutivo –obligando al presidente James Madison a huir– y dejó la ciudad en llamas. No obstante, el ejército y la armada estadounidenses ganaron suficientes batallas decisivas para reclamar la victoria. Al cabo de dos años y medio de combates y con su tesorería exigua a causa de la guerra que libraba por separado contra Francia, Gran Bretaña firmó un tratado de paz con Estados Unidos. La victoria estadounidense puso fin, de una vez por todas, a las esperanzas británicas de restablecer su influencia al sur de la frontera de Canadá.
Cuando la Guerra de 1812 terminó, muchas de las graves dificultades que enfrentaba la nueva república estadounidense ya habían desaparecido. La Unión nacional establecida bajo la Constitución trajo consigo el equilibrio entre la libertad y el orden. Una deuda nacional modesta y un continente en espera de ser explorado ofrecían una perspectiva de paz, prosperidad y progreso social. El acontecimiento más significativo en política exterior fue el pronunciamiento del presidente James Monroe en el cual expresó la solidaridad de Estados Unidos con las naciones de América Latina que acababan de independizarse. La Doctrina Monroe fue una advertencia contra cualquier tentativa europea de colonizar a ese subcontinente. Muchos de los nuevos países, a su vez, expresaron su afinidad política con Estados Unidos y basaron sus propias constituciones en el modelo estadounidense.
Estados Unidos duplicó sus dimensiones con la compra del Territorio de Louisiana a Francia en 1803 y de la Florida, comprada a España en 1819. Entre 1816 y 1821 fueron creados seis nuevos estados. Entre 1812 y 1852, la población se triplicó. La magnitud y diversidad de la joven nación desafiaban cualquier generalización simple, pero también invitaban a la contradicción.
Estados Unidos era un país de ciudades civilizadas construidas a partir del comercio y la industria, y fronteras primitivas donde el imperio de la ley se ignoraba a menudo. Era una sociedad que amaba la libertad, pero permitía la esclavitud. La Constitución mantenía unidas todas esas partes discrepantes. Sin embargo, las tensiones iban en aumento.