16 septiembre 2008
Este artículo pertenece a la publicación “La historia de EE.UU. en síntesis”. Para consultar los demás artículos, haga clic a la derecha.
La mayoría de los colonizadores que llegaron a las colonias británicas en el siglo XVII eran ingleses. Otros venían de los Países Bajos, Suecia, Alemania, Francia y, más tarde, Escocia e Irlanda del Norte. Algunos dejaron sus países de origen para huir de la guerra, la presión política, la persecución religiosa o una sentencia de cárcel. Otros emprendieron el viaje como siervos, con la expectativa de trabajar para pagar su libertad. Los africanos negros eran vendidos como esclavos y llegaron encadenados.
En 1690, la población era de 250.000 habitantes. Menos de un siglo después, ya había aumentado a 2,5 millones.
Los colonizadores vinieron a América por las más variadas razones y a la postre crearon aquí 13 colonias diferentes. Se formaron así tres agrupamientos regionales de colonias, entre las cuales las diferencias eran aún más marcadas.

Los primeros asentamientos fueron establecidos sobre la costa del Atlántico y en los ríos que fluían hacia ese océano. En el nordeste, los colonizadores hallaron montes cubiertos de árboles, y suelos que quedaron llenos de piedras cuando los glaciares de la Edad del Hielo se derritieron. La energía del agua fue fácil de aprovechar, con lo cual “Nueva Inglaterra” –constituida por Massachusetts, Connecticut y Rhode Island– desarrolló una economía basada en productos forestales, pesca, construcción de barcos y comercio. Las colonias de la región media –entre ellas Nueva York y Pennsylvania– tenían un clima más templado y su territorio era más variado. Allí se desarrollaron la industria y la agricultura, y la sociedad era más diversa y cosmopolita. Por ejemplo, en Nueva York había emigrantes de Alemania, Bohemia, Dinamarca, Escocia, Francia, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Italia, Noruega, Polonia, Portugal y Suecia. Las colonias del Sur –Virginia, Georgia y las Carolinas– tenían una temporada de cultivo larga y tierra fértil, por lo cual su economía fue principalmente agrícola. En ellas había tanto pequeños granjeros como ricos terratenientes aristócratas que poseían grandes fincas, llamadas plantaciones, en las que trabajaban esclavos africanos.
Las relaciones entre los colonizadores y los norteamericanos nativos, a quienes aquéllos llamaban indios, eran una incómoda mezcla de colaboración y conflicto. En algunas áreas hubo comercio y cierta interacción social, pero en general, a medida que los nuevos asentamientos se expandieron, los nativos fueron obligados a emigrar, muchas veces sólo después de ser derrotados en combate.
La creación de las colonias no fue patrocinada por el gobierno británico, sino directamente por grupos privados. Todas, salvo Georgia, surgieron como compañías de accionistas o como propiedades otorgadas por el rey. Algunas fueron gobernadas con rigor por los dirigentes de esas compañías, pero a su debido tiempo todas desarrollaron un sistema de gobierno participativo, basado en la tradición y el precedente jurídico británicos.
Varios años de descontento político en Gran Bretaña culminaron con la Revolución Gloriosa de 1688-89, en la cual el rey Jaime II fue derrocado; entonces se establecieron límites a la monarquía y se otorgaron más libertades a la población. Las colonias norteamericanas se beneficiaron con esos cambios. Las asambleas coloniales reclamaron el derecho de actuar como parlamentos locales y aprobaron medidas para expandir su propio poder y limitar el poder de los gobernadores reales.
En los siguientes decenios, las disputas recurrentes entre los gobernadores y las asambleas hicieron que los colonizadores se percataran de la creciente divergencia entre sus intereses y los de Gran Bretaña. Los principios y precedentes que surgieron de esas disputas se convirtieron en la constitución no escrita de las colonias.
Al principio, su centro focal fue la autogestión dentro de una mancomunidad británica. Sólo después empezaron a aspirar a la independencia.