20 diciembre 2008

Pasión por el río

Por Jeff Rennicke

 
Foto ampliada
Balsa con tres pasajeros navega aguas bravas (Foto: Tom Beck)
El autor empuña los remos de esta balsa que navega las aguas bravas del río Yampa, en el estado de Colorado.

Este artículo pertenece al periódico electrónico de diciembre de 2008 “Cómo elegir tu profesión”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.

Un escritor, amante de la naturaleza, explica cómo los ríos marcaron el rumbo de su profesión.

Jeff Rennicke es un aclamado escritor de la naturaleza cuya vida ha estado repleta de viajes y aventuras. Su búsqueda de relatos le ha llevado a los destinos más salvajes en cinco continentes, viajes que ha narrado en 10 libros y más de 200 artículos publicados en revistas como National Geographic Adventure, Backpacker y Reader’s Digest. Ha resultado ganador en dos ocasiones de medallas de oro en los premios de la Society of American Travel Writers (Sociedad estadounidense de escritores de viajes). Es maestro de redacción y literatura en la escuela secundaria Conserve School de Wisconsin. Sigue teniendo gran pasión por los ríos.

Debo mi profesión como escritor a un río. No era gran cosa, sólo un vieja y cansada corriente de agua industrial, pero podía verla desde mi aula en el colegio. Esos días en que las agujas del reloj parecían inmóviles y las páginas de los libros permanecían quietas, contemplaba el río durante horas, soñando. Ahí estaba el río del relato Big Two-Hearted River de Ernest Hemingway, donde Nick Adams pescaba en busca de un nuevo comienzo en la vida. Ahí estaba el Mississippi de Mark Twain, con Huck y Jim tendidos de espalda en una balsa, apuntando hacia las estrellas con los dedos de los pies. Había días en que ese pequeño tramo de río era lo único que se movía. Era el camino hacia mis sueños, mi pasaje al mundo que existía detrás de esa curva.

Un día el profesor citó a Carl Sandburg. “Sé que tarda muchísimos años escribir un río, un recodo de agua que plantea una pregunta”, escribió el poeta. En ese instante, con la mirada fija en el río –mi “recodo de agua” propio–, supe lo que iba a hacer con mi vida. Sería escritor y escribiría sobre ríos.

Ser escritor no es la clase de profesión de la que te informan en una feria de empleo. No encaja perfectamente en las casillas de las “encuestas de aptitud profesional” que te da el consejero académico. Al ser escritor uno encuentra su propio camino, su propio sendero, perspectiva que es a la vez aterradora y emocionante.

Foto del autor del artículo (Foto cedida por Kim Schumacher)
El escritor, explorador y profesor Jeff Rennicke.

En la universidad, mientras otros realizaban entrevistas y pasantías, yo me dedicaba a practicar en la piragua la técnica en caso de vuelco. Y también leía, siempre estaba leyendo... River Notes de Barry López, Coming into the Country de John McPhee, The River Why de David James Duncan. Sabía que había relatos en el río, interrogantes en sus recodos torrentosos, si solo pudiera encontrarlos.

Cuando terminé la universidad, con el título en Literatura Inglesa y Redacción Creativa metido en la mochila, conseguí un trabajo como guía fluvial y comencé la búsqueda: el río Colorado en el Gran Cañón, los ríos de Alaska con sus riberas marcadas por las huellas de osos pardos, ríos con nombres impronunciables y aguas bravas en China, Sudamérica y Canadá. Los navegué todos. Me senté junto a las fogatas de los campamentos, escuché los relatos. Por el camino, aprendí acerca de los ríos, acerca del tiempo y acerca del lenguaje.

Los ríos bravos son más que cauces de agua que se dirigen de un lugar a otro. Son también senderos hacia nosotros mismos. No se puede apurar a un río. Cuando se navega un río se tiene que hacer al ritmo del agua y ese ritmo te ata a una corriente que es más antigua que la vida en el planeta. Resignarse a ese ritmo nos hace recordar que existen otros ritmos más allá del sonido de los latidos de nuestro corazón; nos enseña sobre el flujo de una idea, la cadencia de un buen relato, lo precioso del tiempo. Presté atención. Lo absorbí todo. Y después me senté a escribir.

Escribir es un acto de exploración, al igual que navegar las corrientes de aguas bravas. Uno parte de la hoja en blanco para explorar las montañas, los cañones y los torrentes de ideas. Contempla preguntas y se mantiene atento al eco de las palabras por débil que sea. Afila su pericia con un lápiz en lugar de un remo, desnuda su alma en el papel y se lo envía al editor de una revista.

Y dicen: “no, gracias”. O por lo menos eso hacen algunas veces. Pero uno lo intenta de nuevo: otra revista, otro relato. Y entonces un buen día alguien dice que sí. Aparece una revista con nuestro nombre, nuestro relato. Algo que comenzó como una idea tan confusa como el remolino de una corriente está ahora en una revista, un relato, nuestro relato, compartido con el mundo.

Acto seguido, lo vuelves a hacer, una y otra vez. En cuestión de dos años estaba escribiendo y seguía navegando. El dinero que ganaba como guía complementaba el dinero que ganaba como escritor. Las revistas comenzaron a llamarme. Llegaron asignaciones que me alejaron de los ríos y me llevaron a otros parajes agrestes: senderismo entre los osos pardos de Kamchatka, descenso en parapente en los Outer Banks de Carolina del Norte, trekking en la Antártida. Poco después pasé a ser redactor en la revista Backpacker y colaborador asiduo en las revistas de National Geographic Society. Los artículos en revistas se convirtieron en libros. En algún momento del trayecto dejé de definirme como guía y escritor. Me había convertido en escritor y el río fluye en mis palabras.

Nunca ha habido mejor momento para ser escritor de la naturaleza. En libros y artículos de revistas, los relatos que narramos han sido siempre una de las maneras de encontrar el camino a través de la oscuridad de la incertidumbre, una manera de encarar los grandes interrogantes de nuestro tiempo. Con el cambio climático mundial, el incremento en las tasas de extinción y la legión de desafíos medioambientales a los que nos enfrentamos, las cuestiones que versan sobre la relación humana con el medio ambiente y nuestro lugar en el mundo natural figurarán entre nuestras búsquedas literarias más vitales, los relatos más importantes que podamos narrar. Realmente hay relatos en las capas de roca de la ladera de una montaña, en los remolinos de pasto de una pradera y en los “recodos de agua”, como escribiera alguna vez un gran poeta. Y también hay respuestas: en los ríos, en las montañas y en el interior de cada uno de nosotros, si sólo aprendiéramos a mirar.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de EE.UU.

Marcar página con:    ¿Qué es esto?