01 mayo 2009

John B. Judis
Este artículo pertenece al periódico electrónico de mayo de 2009 El sistema financiero mundial. Para consultar los demás artículos de esta publicación haga clic a la derecha.
Los economistas conocen el defecto fatal de nuestro sistema monetario internacional – pero no pueden concordar en cómo repararlo.
John B. Judis es redactor principal de la revista The New Republic e investigador visitante de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.
Los meses recién pasados fueron un curso intensivo sobre los instrumentos y los acuerdos abstractos y oscuros que han descarrilado a la economía del mundo. Desde los valores con respaldos hipotecarios hasta los canjes de créditos en mora, el sistema monetario internacional está pasando grandes apuros.
Durante décadas, Estados Unidos ha dependido de una ordenación financiera tortuosa que une su economía a las de China y Japón. Este sistema informal ha permitido a los países asiáticos mantener enormes superávits en sus exportaciones hacia Estados Unidos, permitiendo al mismo tiempo que Estados Unidos mantuviera enormes déficits presupuestarios sin tener que aumentar las tasas de interés o los impuestos así como que tuviera enormes déficits comerciales sin depreciar abruptamente su moneda. Unos cuantos banqueros, economistas internacionales y altos funcionarios, como el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, creen que este sistema informal contribuyó a la crisis financiera actual. Peor aún, temen que su fracaso podría convertir el inminente cambio desfavorable de la economía en algo parecido a la depresión mundial de la década de 1930.
El sistema original de Bretton Woods data de una conferencia realizada en un complejo hotelero de Nueva Hampshire en julio de 1944. Destacados economistas británicos y estadounidenses culparon a la ruptura del sistema monetario internacional a principios de la década de 1930 por la Gran Depresión y, en cierta medida, la Segunda Guerra Mundial, y resolvieron crear un arreglo más estable en el que el dólar reemplazaría a la libra británica como la moneda mundial aceptada.
El dólar se convirtió en el medio cambiario internacional aceptado y en una moneda de reserva universal. Cuando los países acumulaban más dólares de los que podían utilizar, siempre podían cambiarlos en Estados Unidos por oro. Pero en vista de que Estados Unidos mantenía constantemente un gran superávit comercial – lo que significó que los países debían disponer siempre de dólares para comprar productos estadounidenses – inicialmente había poco peligro de que se produjera una demanda masiva de las reservas de oro estadounidenses.
Bretton Woods comenzó a tambalearse durante la Guerra de Vietnam, cuando Estados Unidos enviaba al exterior miles de millones de dólares para financiar la guerra y tenía un déficit comercial, mientras que los gastos deficitarios dentro del país generaron la inflación en una economía sobrecalentada. Los países comenzaron a tratar de cambiar los dólares sobrevalorados por marcos alemanes, y Francia y Gran Bretaña se aprontaron para canjear sus excedentes de dólares en Fort Knox (donde está depositado el oro de Estados Unidos). Como respuesta, el presidente Richard Nixon primero cerró la ventana del oro y después exigió que Europa Occidental y Japón aceptaran nuevos tipos de cambio que reducirían el valor en oro del dólar y aumentarían el valor en oro del yen y del marco alemán en relación al dólar. Esto haría que las exportaciones estadounidenses fuesen más baratas y las importaciones japonesas y alemanas occidentales más costosas, lo que aliviaría el desequilibrio comercial y estabilizaría al dólar.
Al imponer un arancel temporal, Nixon tuvo éxito en forzar a estos países a revalorizar, pero no en crear un nuevo sistema de tipos cambiarios estables. En cambio, el valor de las monedas empezó a fluctuar. Y al aumentar la inflación vertiginosamente a fines de la década de 1970, el sistema, que dependía todavía del dólar como moneda universal, parecía listo para explotar en monedas contendientes.
Bretton Woods II
Fue aquí cuando comenzó a surgir un nuevo acuerdo monetario. Los economistas frecuentemente se refieren al mismo como “Bretton Woods II”, si bien el acuerdo no resultó de una conferencia ni de un arreglo concertado entre las principales potencias económicas del mundo. En cambio, surgió de una serie de decisiones individuales – tomadas primeramente por Estados Unidos, Japón y Arabia Saudita, y más tarde por Estados Unidos y otros países asiáticos, notablemente China.
Bretton Woods II tomó forma durante el primer período presidencial de Ronald Reagan. Para combatir la inflación, Paul Volker, entonces presidente de la Reserva Federal, aumentó las tasas de interés por encima del 20 por ciento. Esto precipitó una recesión pronunciada – el desempleo excedió el 10 por ciento durante el otoño de 1982 – y produjo grandes déficits presupuestarios al aumentar los gastos del gobierno más rápidamente que las recaudaciones tributarias. El valor del dólar subió también al aprovechar otros países las altas tasas de interés estadounidenses. Eso hizo peligrar las exportaciones estadounidenses y el déficit comercial de Estados Unidos aumentó más aún al importar los estadounidenses bienes del exterior a precios por debajo de su valor, mientras que en el exterior se evitaban los productos estadounidenses más costosos en ese momento. La administración Reagan enfrentó una situación imposible: si se intentaba reducir el déficit comercial reduciendo el déficit presupuestario, se reprime el crecimiento; pero si se intenta estimular la economía aumentando el déficit, se deben mantener altas las tasas de interés a fin de vender una cantidad adecuada de deuda pública, cosa que también reprimiría el crecimiento. Fue entonces que Japón, junto con Arabia Saudita y otros países de la OPEC (Organización de Países Exportadores de Petróleo) acudieron al rescate.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Japón adoptó una estrategia de crecimiento económico que sacrificó el consumo interno con el fin de acumular un superávit que pudiera invertir en las industrias de exportación – inicialmente industrias con uso intensivo de mano de obra como la textil, pero más tarde industrias con gran intensidad de capital como la automotriz y el acero. Este planteamiento impulsado por las exportaciones fue ayudado durante los años de la década de 1960 por un yen subvalorado pero, después del desplome de Bretton Woods, Japón se vio amenazado por un dólar más barato. Para mantener altas las exportaciones, Japón mantuvo intencionalmente bajo el valor del yen al controlar cuidadosamente la disposición de los dólares que obtenía de su superávit comercial con Estados Unidos. En lugar de utilizar estos dólares para comprar bienes o para invertir en la economía japonesa o cambiarlos por yen, Japón comenzó a reciclarlos de regreso a Estados Unidos con la compra de empresas, bienes raíces y, más que nada, deuda pública.
Esta inversión en letras, bonos y pagarés del tesoro – junto con las compras similares que hacían los saudís y otros productores de petróleo, quienes necesitaban colocar sus petrodólares en algún lugar – liberó a Estados Unidos de sus apuros económicos. Con las compras de Japón, Estados Unidos no necesitaba mantener tasas altas de interés a fin de atraer compradores para sus títulos del tesoro, y no necesitaba subir los impuestos para reducir el déficit. Hasta donde puedan saberlo los historiadores, los líderes japoneses y estadounidenses nunca acordaron explícitamente que Tokio financiara el déficit de Estados Unidos o que Washington permitiera a Japón mantener un yen subvalorado y un gran superávit comercial. Pero el trato informal – descrito brillantemente en la obra de R. Taggart Murphy The Weight of the Yen – se convirtió en la piedra angular de una nueva ordenación económica internacional.
La estructura básica de Bretton Woods II ha perdurado en los últimos veinte años, pero nuevos actores han entrado en la escena. Según recuerda el columnista del Financial Times, Martin Wolf, en su libro Fixing Global Finance, los países asiáticos, encabezados por China, adoptaron una versión de la estrategia japonesa de crecimiento impulsado por las exportaciones a mediados de la década de 1990, después de las crisis financieras que trajeron ruina al continente. Mantuvieron un superávit comercial con Estados Unidos y en lugar de convertir sus dólares a sus propias monedas o invertirlos internamente, los reciclaron igual que los japoneses, convirtiéndolos en letras del tesoro estadounidense y otros activos denominados en dólares. Esto mantuvo el valor de sus monedas bajo en relación con el dólar y perpetró el superávit comercial con el que adquirieron los dólares en primer lugar. Hacia junio de 2008, China poseyó más de 500.000 millones de dólares en deuda pública estadounidenses, cantidad superada únicamente por Japón. Los bancos centrales de Asia Oriental se habían convertido en el equivalente a Fort Knox posterior a Bretton Woods.
Ventajas y desventajas
Hasta hace poco tiempo, este arreglo ha sido claramente ventajoso para Estados Unidos: la prevención de aumentos tributarios, la riqueza creciente en el nivel más alto de la escala de ingresos y la preservación del dólar como moneda internacional. Sin Bretton Woods II, sería difícil imaginarse a Estados Unidos capaz de sostener las guerras en Iraq y Afganistán y reducir simultáneamente los impuestos. Por su parte, China y otros países asiáticos disfrutaron de casi una década exenta de crisis financieras. Asimismo, la economía mundial se benefició del bajo costo de las transacciones y de la relativa estabilidad de los precios al tener una sola moneda que los países podían utilizar para la compra y venta de bienes.
Pero ha habido desventajas con Bretton Woods II. Un país podría chantajear a Estados Unidos amenazándolo con cobrar sus dólares. Naturalmente, si un país como China realmente empezara a deshacerse de sus dólares, esto haría peligrar su propia posición financiera tanto como la de Estados Unidos. Pero los economistas Brad Setser y Nouriel Roubini argumentan que incluso la amenaza implícita de deshacerse de los dólares – o de cesar de comprarlos – podría limitar la capacidad de maniobra estadounidense en el exterior. “La capacidad de dar una orden de “vender” que agite los mercados puede que no dé a China un veto sobre la política exterior de Estados Unidos, pero seguramente haría aumentar el costo de cualquier política estadounidense que China opusiese”, escriben.
En Japón, China y otros países asiáticos, el arreglo tuvo también una desventaja. Los superávits en dólares obtenidos del comercio con Estados Unidos no fueron utilizados para elevar el nivel de vida, sino que fueron escondidos en valores del tesoro. Martin Wolf escribe: “En China hay aproximadamente 800 millones de pobres, sin embargo el país consume ahora menos de la mitad de su PIB [producto interno bruto] y exporta capital hacia el resto del mundo”.
De mayor preocupación inmediata, Bretton Woods II contribuyó a la actual crisis financiera al facilitar las tasas bajas de interés que impulsaron la burbuja inmobiliaria. Sucedió de esta manera: En 2001, Estados Unidos sufrió una recesión leve mayormente como resultado de una excesiva capacidad en las industrias de la telecomunicación y las computadoras. La recesión hubiera sido mucho más grave, pero debido a que extranjeros estuvieron dispuestos a comprar deuda pública, la administración Bush pudo reducir los impuestos y aumentar los gastos aún cuando la Reserva Federal redujo las tasas de interés a un 1 por ciento. La economía apenas se recuperó durante los cuatro años siguientes. Las empresas, preocupadas todavía por la capacidad excesiva, se mantuvieron renuentes a invertir. En cambio, pagaron sus deudas, compraron sus propias acciones, y retuvieron el dinero en efectivo. Los bancos y demás instituciones financieras, recelosos del mercado de valores después del reventón de la burbuja de las compañías conocidas como punto com, invirtieron en valores de respaldo hipotecario y otros derivados.
La anémica recuperación económica fue impulsada por el aumento registrado en los gastos del consumidor. Los salarios reales bajaron en efecto, pero los consumidores se endeudaron en forma creciente, gastando más de lo que ganaban. Incentivados por las bajas tasas de interés – junto con las nuevas gangas ofrecidas con tasas de interés subpreferenciales – los consumidores compraron inmuebles, lo que hizo que subieran los precios. El “efecto de abundancia” creado por estas compras de inmuebles sostuvo aún más la demanda de los consumidores y resultó en una burbuja inmobiliaria. Cuando los precios de los inmuebles empezaron a caer, la burbuja reventó y la demanda de los consumidores y las inversiones empresariales se detuvieron en seco. El pánico financiero se propagó rápidamente no sólo pasando de los valores de respaldo hipotecario a otros tipos de derivados, sino pasando también de Estados Unidos a otros países, principalmente en Europa, que habían comprado estos productos financieros estadounidenses.
Y esto no es todo. Al dejar de crecer la demanda de exportaciones chinas en los Estados Unidos, la economía de China ha empezado a sufrir. China experimentaría el equivalente de una recesión, con repercusiones en toda Asia. De mayor importancia para Estados Unidos, China no tendrá ya los superávit de dólares para sostener el mercado de los pagarés del tesoro de Estados Unidos.
Ajustes necesarios
Las consecuencias podrían ser hasta más terribles. En el pasado, los países en recesión podían contar con los países con economías en crecimiento para ofrecerles mercados para sus exportaciones y sus inversiones. Esta vez existe la esperanza de que el crecimiento económico en Asia, y particularmente en China, pueda detener una recesión en Estados Unidos y en Europa. China depende de las exportaciones hacia Estados Unidos, y Estados Unidos depende del capital de China. De romperse esta relación económica especial, como parece que está ocurriendo, ello podría resultar en una recesión mundial que podría metamorfosearse en la primera depresión después de la década de 1930.
Los responsables de diseñar las políticas deben reconocer que aunque Bretton Woods II no es el producto de un acuerdo internacional, tampoco es un sistema de “libre mercado” que dependa de monedas flotantes. Más bien, es un sistema sostenido por políticas nacionales específicas. Estados Unidos ha consentido a grandes déficits comerciales – y su efecto en la fuerza laboral estadounidense – a cambio de una financiación extranjera de nuestros déficits presupuestarios. Y Asia ha aceptado un nivel de vida más bajo a cambio de un crecimiento impulsado por las exportaciones y un riesgo menor de sufrir crisis monetarias.
China, Japón, y otros países asiáticos – por su propia cuenta o empujados por la administración Obama – también deberán actuar. China puede que haya empezado a hacerlo ya al anunciar en el otoño pasado un plan de estímulo de 586.000 millones de dólares para inversiones públicas en viviendas, transporte e infraestructura. Si China reinvierte su superávit comercial en la economía interna, aumentará la demanda de importaciones y aplicará presión ascendente sobre el yuan, lo que reducirá el superávit comercial chino con el Oeste.
Este tipo de ajuste – en el que Estados Unidos se compromete a reducir su déficit comercial y China, Japón y otros países asiáticos se alejan de su estrategia de crecimiento impulsado por las exportaciones – es lo que muchos de los responsables de las políticas estadounidenses favorecen ahora. Pero existe también el creciente sentimiento, particularmente en Europa, de que aparte de estas medidas, las principales economías del mundo tienen que convenir en un nuevo sistema monetario internacional – o por lo menos reformar drásticamente el sistema existente. El primer ministro británico Gordon Brown ha pedido explícitamente un “nuevo Bretton Woods – la creación de una nueva arquitectura financiera internacional para los años venideros”. Brown desea fortalecer el Fondo Monetario Internacional para que funcione como “un sistema de alerta anticipada y un mecanismo de prevención de crisis para todo el mundo”. Brown haría también que éste o una nueva organización observe las transacciones financieras internacionales.
Pero ciertamente es necesario hacer ajustes en la función que desempeña el dólar. La era del dólar puede no haber terminado, pero las condiciones especiales en que éste reinó durante las décadas pasadas se están estrellando contra las rocas de la actual recesión y crisis financiera. El sistema Bretton Woods original fue producto de un acuerdo deliberado y colocó las bases para un crecimiento estable. Un nuevo acuerdo Bretton Woods dependerá grandemente de lo que elija la comunidad internacional.
El presente artículo fue extractado de un artículo con el mismo título aparecido en The New Republic, el 3 de diciembre de 2008. Copyright © 2008 The New Republic, LLC.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.