01 mayo 2009

¿El fin del capitalismo estadounidense? Mark Twain, el lago Wobegon y la crisis actual

 
El presidente Barack Obama habla ante la cumbre del G20 el 2 de abril de 2009 en Londres.
El presidente Barack Obama habla ante la cumbre del G20 el 2 de abril de 2009 en Londres.

Mark Blyth

Este artículo pertenece al periódico electrónico de mayo de 2009 El sistema financiero mundial. Para consultar los demás artículos de esta publicación haga clic a la derecha.

Aunque el tipo de crisis financiera que enfrentamos hoy no tiene precedentes, las crisis del capitalismo no lo son. Por el contrario, son algo que ocurre con frecuencia.

Mark Blyth es profesor de política económica internacional en la Universidad de Brown. Es autor de Great Transformations: Economic Ideas and Political Change in the Twentieth Century.

Si se traza lo que los estadísticos denominan una serie cronológica del rendimiento del sector bancario estadounidense de 1947 a 2008, es posible hablar, con alguna seguridad, del rendimiento medio de este sector a través de años, desde su clímax (de la década de 1990 hasta mediados de la década de 2000), de su sima (de 1947 a 1967), y del fuerte aumento del rendimiento de ese sector durante los últimos 10 años. Si luego se agregan los datos del período entre agosto de 2008 y abril de 2009, toda la serie, al igual que el sistema bancario que describe, simplemente se destruye. Los promedios, las medias, las variaciones y demás se disuelven, tal ha sido el extremo al que han llegado los sucesos recientes. De hecho, cuando el ex presidente del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos, Alan Greenspan, admite que su comprensión de los procesos del mercado era profundamente defectuosa y cuando el actual presidente, Ben Bernanke, dice que nos enfrentamos a la mayor crisis desde la Gran Depresión, probablemente debemos tomarlo en serio.

Que es serio no hay duda. Con un activo excesivamente disminuido de 1,3 billones de dólares y hasta 3,6 billones de pasivo, unidos a un mercado de valores reducido a la mitad, el sistema financiero estadounidense se encuentra en una situación precaria en extremo, es insolvente o, peor todavía según algunos, está en sus últimas. Muchas veces se ha hablado del fin del capitalismo, sin embargo, citando al escritor y humorista estadounidense, Mark Twain, las noticias sobre su muerte se han exagerado enormemente.

El capitalismo estadounidense que surgirá de esta crisis será diferente del sistema impulsado por un consumo altamente financiado y el desequilibrio de la balanza comercial que hemos creado en las últimas dos décadas. Ya ha cambio en cuanto a que Wall Street como tal ya no existe. No obstante, lo que la gente tiende a olvidar es que hemos estado en esta situación antes. Aunque el tipo de crisis financiera que enfrentamos hoy no tiene precedentes, las crisis del capitalismo si los tienen. Son lugares comunes. La diferencia simplemente es que ésta ha golpeado a Estados Unidos, en lugar de otras regiones del mundo. Ya hemos estado en esta situación y hemos sobrevivido, principalmente porque el presente no es una copia del pasado. Recordarlo modera la expectativa del fin del capitalismo estadounidense.

El problema del lago Wobegon (donde todos están por encima el promedio)

Aunque hay sin duda muchos candidatos posibles para culpar de la crisis, desde la tradición de los bonos en los bancos hasta los ahorros chinos y la parsimonia alemana, el hecho de fijar el enfoque en el presente inmediato puede enmascarar una serie más profunda de causas. Para poner esta crisis en la perspectiva apropiada es necesario que comencemos aproximadamente hace 30 años, con el matrimonio inesperado entre una liquidez ilimitada y una clase limitada de activos. A la situación en que estamos hoy nos llevó la unión seis procesos.

Primero, al comenzar la década de 1980 los principales centros financieros del mundo desregularon los mercados de crédito y abrieron sus cuentas financieras. Esta “globalización de las finanzas” resultó en un crecimiento espectacular en la liquidez disponible a medida que mercados antes separados se entrelazaron. Segundo, esta liquidez recibió un enorme impulso debido al aumento de nuevos vehículos financieros, particularmente de los métodos de conversión de activos financieros en valores y al empleo creciente de derivados de crédito. Tercero, como consecuencia del aumento de la liquidez mundial, las tasas del interés a corto y largo plazo comenzaron a bajar precipitadamente. En 1991 las tasas básicas y de los préstamos interbancarios en Estados Unidos (y por tanto las tasas de interés en el mundo) comenzaron su descenso prolongado de dos dígitos a bajos niveles antes no vistos.

Cuarto, dados estos cambios, los sectores bancarios comerciales de estas economías, ahora impulsadas por las finanzas, llegaron a estar cada vez más concentrados. El crédito bancario disponible alcanzó niveles estratosféricos al mismo tiempo que la privatización de responsabilidades que eran de los gobiernos, especialmente las pensiones, estimulaba el crecimiento de grandes inversionistas institucionales, no bancarios, todos en busca de rendimientos “por encima del promedio”, ya que sus empleos dependían de superar algún promedio de referencia, generalmente el rendimiento anual del grupo de 500 compañías en Standard & Poor o un índice del desempeño de su sector.

Quinto, el déficit en cuenta corriente en Estados Unidos se elevó a niveles sin precedentes en proporción al producto interno bruto. De hecho, Estados Unidos venía tomando en préstamo anualmente entre el 3 y el 6 por ciento del PIB durante más de 20 años y las tasas de interés tan bajas hacían que este dinero pareciera gratis, considerando las tasas de crecimiento a las que nos habíamos acostumbrado.

Sexto, y quizá lo que facilitó todo lo anterior fue el cambio ideológico, de origen profundo, que tuvo lugar en Estados Unidos entre 1970 y 2000. A saber, los políticos, los expertos y el público llegaron a mirar los mercados como maravillas autorreguladas capaces de producir sin riesgo rendimientos cada vez más elevados, si sólo la reglamentación desatinada e ineficaz del estado pudiera ser barrida, lo que ya estaba sucediendo gracias a los políticos complacientes de ambos partidos. La suma de todo esto da como resultado un sector financiero que depende de obtener continuamente rendimientos por encima del promedio mientras que, al mismo tiempo, se convierte en una parte cada vez más grande e importante del producto interno bruto estadounidense.

Contenedores de flete con importaciones de países asiáticos en un puerto de Nueva Jersey
Contenedores de flete con importaciones de países asiáticos en un puerto de Nueva Jersey

Los límites del lago Wobegon

La dificultad de perseguir un promedio móvil está en que constantemente se le exigen  niveles más elevados. Aquí se tropieza con el problema de clases de activos: el número limitado de categorías de activos de los cuales los inversionistas pueden buscar rendimientos por encima del promedio. Hay sólo unas pocas de esas clases: valores (acciones), efectivo (mercado monetario) e ingreso fijo (bonos), a lo cual se pueden agregar bienes raíces y productos básicos. Si los títulos de valores, bonos y mercados monetarios se consideran inversiones recíprocas dentro de una clase, entonces los mercados de valores, que tenían un precio relativamente inferior al corriente a principios de la década de 1990, llegan a ser el lugar obvio para obtener tales rendimientos. En busca de rendimientos por encima del promedio, la liquidez de volumen masivo inundó primero los mercados de capitales de Estados Unidos y de ahí en adelante, desde mediados de la década de 1990 hasta el final de ésta, golpeó rápidamente los mercados de valores del mundo.

Una vez que esa burbuja reventó (más espectacularmente en Asia Oriental), ni los bonos ni el ingreso fijo solos suministrarían los rendimientos por encima del promedio que esperaban los mercados y todos los que dependíamos de ellos. Por tanto, el próximo sitio escogido por los inversionistas fue la burbuja desafortunada del sector de Internet; luego pasaron a la clase más obvia, los bienes raíces. Así se origina el apogeo mundial de la vivienda, que comenzó cuando se reventó la burbuja de Internet a finales de la década de 1990. Para 2008 la burbuja de la vivienda había agotado el número de los prestatarios (buenos), en parte debido a que el presidente de la Reserva Federal, Greenspan, elevó las tasas de interés a mediados de la década de 2000. La búsqueda de un nuevo rendimiento resultó en que la clase de activos que quedaba, los productos básicos, se convirtió en la próxima burbuja, en la cual el precio del petróleo se cuadriplicó y los productos alimenticios básicos aumentaron entre el 40 y el 70 por ciento en poco más de un año. Sin embargo, a excepción del petróleo, éstos eran mercados pequeños, demasiado pequeños para sostener tal volumen de liquidez y esta burbuja se reventó rápidamente. El derrumbe del mercado de productos básicos, en combinación con las pérdidas en el sector de crédito de riesgo del mercado de derivativos hipotecarios provocaron la crisis actual.

Aunque se le llama la “crisis del crédito hipotecario de riesgo”, quizá se describa mejor como el detonador de una crisis sistemática que tuvo lugar cuando todos estos factores se unieron como consecuencia de las prácticas de su gestión de riesgo por parte de las entidades financieras. Aunque los bancos y otras firmas financieras tienen modelos refinados para la gestión de sus varios riesgos (crédito, liquidez y demás), esas mismas tecnologías pueden crear inestabilidad en los mercados, bien sea haciendo que sus usuarios no perciban los últimos riesgos que pueden ocurrir, (lo que ocasiona la transmisión de los riesgos a carteras comunes con inversiones en toda clase de activos, ya que todo el mundo se protege de la misma manera), o mediante la vinculación de activos para obtener liquidez, a medida que la distribución de los activos en cartera cambia cuando los bancos reducen sus obligaciones. Así que lo que es racional para un banco puede crear un riesgo sistemático para todos los bancos, puesto que la distribución de los activos se correlaciona en serie tanto cuando la burbuja se infla como cuando se desinfla.

Una vez que todo el sistema bancario se llenó de derivativos hipotecarios y de canjes de créditos en mora, era cuestión de esperar que la crisis sucediera. Esta llegó cuando las pérdidas en varios bancos estadounidenses importantes provocó la caída de Lehman Brothers, lo que a su vez causó pérdidas masivas en los mercados sistemáticamente vinculados, particularmente los mercados de canjes créditos en mora. La liquidez desapareció y la crisis había comenzado. Cuál será realmente el curso que tomará esta situación, nadie lo sabe, pero ¿marca esto el fin del capitalismo estadounidense? Hay varias razones para pensar que ése no es el caso y que la máxima de Mark Twain es todavía válida.

Mark Twain y tres razones para tener esperanza

Vale mencionar que aunque Bernake, el presidente de la Reserva Federal, dijo que nos encontramos ante la mayor crisis desde la Gran Depresión, no dijo que enfrentamos una crisis tan grande como la de la Gran Depresión. La realidad de la Gran Depresión en todo el mundo fue un desempleo del 20 al 40 por ciento, el desplome del mercado mundial del comercio, las ruinosas devaluaciones competitivas de la moneda, los absurdos aranceles y el derrumbe de la democracia. La crisis actual nos enfrenta a momentos difíciles y siempre existe la posibilidad de que las cosas empeoren mucho más, pero las cosas no alcanzan, ni con mucho, esa gravedad. Para mi eso es razón para tener optimismo en cuanto a la cita de Twain, especialmente porque hay una enorme diferencia entre el mundo de los años treinta y el mundo en el que vivimos. La flecha del tiempo siempre señala hacia un “vivir futuro”, de tal manera que las condiciones del presente nunca son las mismas del pasado. Tres de esas condiciones pertinentes actualmente, que difieren de las de los años treinta, nos ofrecen la oportunidad de evitar los errores del pasado.

La primera lección aprendida es que las lecciones pueden aprenderse. No estamos condenados a repetir los años treinta precisamente porque podemos reflexionar sobre cuán dura fue esa época y en qué forma las medidas tomadas entonces, para protegernos individualmente, nos pusieron colectivamente en peores condiciones. Esas lecciones aprendidas hicieron que los estados en todo el mundo crearan estabilizadores automáticos en sus economías para impedir el derrumbe del consumo, que llevaría a demandas proteccionistas y nacionalistas en el caso de una crisis externa, y que contaran con la cooperación multilateral para prevenir errores de política. Se puede argumentar legítimamente que países diferentes aprenden lecciones diferentes. Por tanto, los alemanes se preocupan por las consecuencias inflacionarias del volumen de gastos que los estadounidenses quiere que los europeos emprendan para impedir el desempleo que preocupa a los estadounidenses. Sin embargo, el objeto de las reuniones, como las del G20, es debatir esas diferencias y encontrar la posibilidad de acuerdos sobre las políticas. La cuestión es el equilibrio entre el estímulo y la reglamentación y en ambos lados del Atlántico se sabe que es necesario encontrar el punto de confluencia para seguir adelante.

Mi segunda razón para el optimismo se origina en la nueva DMA. Durante la Guerra Fría hablamos de la “destrucción mutuamente asegurada” (DMA), porque Estados Unidos y la Unión Soviética tenían tantas armas nucleares que un lado no podía destruir el otro sin destruirse a sí mismo. Si se sustituye “mutua” por “monetaria” se tiene DMA (“destrucción monetariamente asegurada”), que existe entre China y Estados Unidos. Un efecto de la economía financiada estadounidense fue el hecho de que nos arreglamos para lograr que China canjeara activos reales por papel y por una terrible tasa de rendimiento de la tenencia del papel, durante más de 20 años, en el curso de los cuales los chinos (y otras economías de Asia Oriental) acumularon excedentes de comercio y cuenta corriente sorprendentemente grandes. Básicamente, sin que nunca nadie hiciera tal apuesta formalmente, Estados Unidos apostó, consigo mismo, a que podía manejar nuestra economía a base de financiación, con una división mundial del trabajo según la cual China hacía los artículos, a cambio de dólares, que a su vez nos devolvería en préstamo para que pudiéramos consumir sus productos. Ese sistema también ha llegado su fin. China necesita consumir más y Estados Unidos necesita producir algo fuera de derivados hipotecarios, y ambas partes lo saben. Llegar a ese punto será doloroso, pero la alternativa, la destrucción monetariamente asegurada, en la que el dólar se rechaza y se derrumban las bolsas, es otra política individualmente racional y colectivamente desastrosa que, esta vez, todas las partes saben evitar.

Tercero, otra ideología que falla. La creencia de que los mercados son entidades excepcionalmente buenas y autorreguladas, mientras que los estados son siempre y en todas partes monstruosidades malas y super reguladoras, es una pesadilla recurrente en la historia del capitalismo. La década de 1930 nos enseñó que esa creencia en los mercados y en la autorregulación era delusoria y nos dieron la era keynesiana de finanzas reglamentadas y estados benefactores. La década de 1970, el otro período de crisis en el siglo XX, nos enseñó que Keynes estaba equivocado y que los mercados abiertos y las finanzas no reglamentadas eran el camino a seguir. Este sistema, que podría llamarse globalización neoliberal, es el que acaba de desintegrarse. ¿Entonces, cuál será la lección aprendida esta vez?

La lección de esta crisis, que todavía falta aprender plenamente, es que los mercados y los estados siempre, y en todas partes, se superponen, son constitutivos, antagónicos y fecundos. El capitalismo como sistema prospera mejor en un ámbito de reglamentación prudente provista por los estados y el capitalismo estadounidense no es diferente. Él equilibrio preciso entre el estado y el mercado es una cuestión de política que deciden los diferentes estados. El hecho de que hay necesidad de tal equilibrio ya lo reconoce la mayoría de los estados, incluso Estados Unidos.

Así que la máxima de Mark Twain sigue en pie. Los informes sobre la muerte del capitalismo estadounidense son exagerados y posiblemente seguirán siéndolo mientras estemos dispuestos a aprender que las lecciones del pasado pueden realmente aprenderse.

Las opiniones expresadas en el presente artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de los EE.UU.

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