02 marzo 2009
Susan Power

Este artículo pertenece al periódico electrónico de febrero de 2009 “Literatura pluricultural actual en Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.
La abogada Susan Power, licenciada de Harvard y descendiente de indígenas estadounidenses y de escoceses-irlandeses/ingleses que colonizaron Estados Unidos, escribe sobre su herencia dakota sioux. Su primera novela, The Grass Dancer, ganó el premio PEN/Hemingway de 1995 como mejor primera obra narrativa. Sus libros incluyen Strong Heart Society (1998) y Roofwalker (2002), y su trabajo se ha publicado en las revistas The Atlantic Monthly, Paris Review, Ploughshares, y Story. Power enseña redacción creativa en la Universidad Hamline en St. Paul, Minnesota.
Mi madre nació en 1925 en Fort Yates, Dakota del Norte, un pueblo polvoriento en la Reserva India Sioux de Standing Rock. Su nombre dakota es Mahpeyabogawin, que en nuestra lengua tribal significa “mujer de las nubes tormentosas que se acercan”, de manera que su llegada al mundo fue como una premonición de todas las tormentas oscuras que pronto iban a llegar, mientras el suelo labrado en exceso de las grandes planicies se secaba y se desprendía en un polvo mortífero. Creció en una pequeña cabaña de madera justo al otro lado de la carretera que pasa por la tumba original de nuestro famoso jefe Toro Sentado.
“Era nuestro protector. Si nos metíamos en problemas, o nos asustaba algo, corríamos a su pila de piedras y entonábamos ‘La La, La La, ayúdanos”’. Mi madre tiene una gran memoria sioux, “como la de un elefante”, dice. He oído este relato muchas veces.
“Desde luego. Es abreviatura de tunkashila. Abuelo”.
“Así es”.
Yo no me crié hablando dakota, pero aprendí suficientes palabras, suficientes frases, para apreciar lo que es un lenguaje visual: cada palabra una imagen incrustada en un enredo de relatos que he llevado a mi vida y a mi arte. Yo no nací en una reserva sino en la creciente ciudad de Chicago, y los recuerdos de mi madre son sólo la mitad de mí, puesto que mi padre nació en el estado de Nueva York, descendiente de ingleses y escoceses-irlandeses que dejaron Europa en la década de 1600 en busca de la aventura de América. Él era 10 años mayor que mi madre, con educación universitaria, una crianza privilegiada, y cuando yo era pequeña me gustaba imaginar lo extraño e impresionante que habría sido para ellos si se hubieran conocido cuando mi madre tenía 10 años y mi padre 20. ¿Él le habría tenido lástima entonces? ¿Viéndola cubierta de polvo, descalza, con el cabello cortado como una melena de muchacho y vestida con un pantalón de peto? ¿Pensaría ella que él había bajado de otro mundo, al ver sus prendas pulcras y elegante pipa, el rostro bien afeitado que siempre olía a Old Spice? De alguna manera, en sus travesías separadas mis padres se unieron, amantes de libros que trabajaban en el mundo de las editoriales. Y es en esto donde siempre convergimos, no importa cuan diferentes éramos, y somos, unos de otros , nos unimos en este amor por las palabras.
Mi madre formó parte del grupo original que fundó el Centro Indígena Americano en Chicago, y yo crecí abrazada por la comunidad íntertribal, aprendiendo a bailar a saltos como las mujeres winnebago de más edad, oyendo cuentos de fantasmas verdaderos y relatos con moraleja de no utilizar mal la magia. Aprendí cómo rendían culto las diferentes tribus, muchas de ellas entremezclando sus creencias tradicionales con el cristianismo. Esta era mi vida los fines de semana, las noches, los veranos, pero esta no era mi única vida. Mis padres también me exponían a la cultura general estadounidense, me llevaban a ver ballet y al teatro, bibliotecas y museos. “Descubrí” a Shakespeare cuando tenía 12 años, buscando en la extensa colección de discos en la biblioteca pública principal en el centro de la ciudad, pesados álbumes que llevaba a casa y que escuchaba durante horas. Memoricé largos pasajes dramáticos, con preferencia por las escenas de muerte, y andaba por la casa exclamando “Muero, Egipto, me muero”, en un discurso que nunca parecía tener fin. Pensaba que Shakespeare se habría sentido cómodo con los indígenas, siendo el narrador maestro que era, y me parecía completamente natural tomarlo como un pariente, como un familiar, e inspirarme en él tan fácilmente como lo hacía en Stella Johnson, quien me contaba cuentos winnebago de los hermanos Zapato de Nieve.

En la escuela siempre fui la única estudiante indígena, desde el jardín de infancia hasta el grado 12, y vi como cambiaba la sociedad de año en año, de manera que mi diferencia evolucionó de un obstáculo que desafiaba a los maestros a algo que ellos apreciaban y estimulaban. En mis primeros años una de las maestras podía darme una nota perfecta por un deber bien escrito e investigado cuidadosamente, pero yo no estaba completamente segura de si quería que yo leyera el texto en voz alta (como invitaba a hacer a todos los demás) porque mi visión de la historia no concordaba con el modelo comúnmente aceptado. Pero en la escuela secundaria, mis maestros me pedían a propósito que hablara en clase cuando deseaban que se expresara otro punto de vista o que se desafiara una opinión predominante. Los amigos que primero habían sido recelosos de una compañera de clase que no parecía bien adaptada, con el tiempo llegaron a decir que yo tenía una vida secreta que envidiaban, con fines de semana en Nueva York para asistir a una boda tradicional mohawk en una casa larga de madera y las vacaciones del Día de Acción de Gracias de las que regresé con una corona bordada con cuentas y el título de Miss Indígena de Chicago. Me alegra ver que los lectores, al igual que los maestros, se interesan cada vez más en todas las historias de Estados Unidos, en todas las voces, de manera que como escritora he abierto las puertas de mi vida secreta e invito a todos a que entren.
Después que murió mi padre y me mudé con mi madre a un edificio de apartamentos, ella quiso que me sintiera conectada tanto con su lado de la familia así como con el de ella. Arregló nuestro largo pasillo de entrada como una especie de galería ancestral, un lugar donde el Este y el Oeste, indio y blanco, pudieran unirse en un recuerdo visual de historias y esperanzas diferentes, todas fusionándose en mí. En la pared oriental colgó títulos de concesión de tierras y ferrotipos de la gente de mi padre, en el centro de ellos la imagen de un hombre mayor con barba blanca tupida y ojos traviesos: mi tatarabuelo Joseph Henry Gilmore, ministro bautista, profesor universitario, poeta que escribió la letra del himno “Él me guía” y cuyo padre había sido gobernador de Nueva Hampshire durante la guerra civil (1861-1865). En la pared occidental colocó dos palillos de tambor con cuentas, cuadros al óleo de jefes sioux, trenzas aromáticas de hierbas dulces y, en el centro de esta colección, una foto de mi tatarabuelo Mahto Nuhpa (Dos Osos), jefe hereditario de los dakota yanktonnai, orador respetado y defensor de su banda durante la batalla de White Stone Hill en 1863. Los dos hombres se miran a través del abismo de nuestro piso oscuro de mosaicos, su divisoria cultural, contemporáneos que nunca se reunieron en vida ahora reunidos en este lugar improbable. La imaginación de mi madre debe haber encontrado irresistible este arreglo, y comenzó a relatarme historias de cómo ellos discutían algunas veces durante la noche.
“Todos ellos son gente buena pero simplemente no se entienden, así que pelean. Incluso Dos Osos, que era un jefe respetado del consejo, no puede mantener la paz. Ha estallado la guerra entre ellos de manera que tienes que tener cuidado de no caminar por el pasillo durante la noche. Los dos lados te quieren, desde luego, pero están enojados, se tiran balas y flechas y no siempre ven lo que están haciendo. ¡Podrías quedar en medio del fuego cruzado!”.
Cuando yo era chica creía todo lo que me decía mi madre. No iba al pasillo de noche, después que nos habíamos acostado, pero por la mañana iba a ver si encontraba indicios de la batalla: agujeros de balas en las paredes de yeso, charcos de sangre en el piso. No importa que el pasillo siempre estuviera ordenado; simplemente imaginaba que mis ancestros limpiaban todo después de sus guerras porque les preocupaba que pudieran asustarme con su violencia, con sus errores.
Años después de haberme ido de este apartamento y del pasillo, mi madre me recordó sus relatos sobre la división ancestral contándome cómo todo había llegado a su fin.
“¡Así es!”, le reproché. “Me tenías completamente atemorizada de pasar por el pasillo de noche pensando que estallaban todo tipo de tumultos”.
“Lo sé, lo sé, eso fue terrible”, se rió. “Pero hubo un final feliz”.
“¿De verdad?”.
“Sí. Desde que salió tu libro, The Grass Dancer, me he dado cuenta de que hay paz y todo está tranquilo de noche en el pasillo. No más peleas ni malos entendidos, no más ira. Los dos lados están tan orgullosos de ti, de lo que has escrito, que los dos sienten como que tienen una parte importante en tu éxito. Nadie se queda afuera. Eso les da mucho de qué hablar y mucho para estar de acuerdo. Probablemente se están dando cuenta de que tienen mucho más en común de lo que pensaban”.
Cuando comencé a escribir ficción nunca me habría imaginado que mis relatos y palabras, mi amor por la literatura reproducida en el papel y las narraciones mágicas pasadas por una cadena de voces uniría mi sangre: los fantasmas fascinados de quienes vinieron antes que yo. En mi opinión, este es el mejor resultado: mi obra es un puente sobre la línea divisoria, donde todos pueden sentirse honrados e incluidos, consultados, donde cada uno tiene una voz en la mesa, cada uno tiene un interés en lo que vendrá después.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o las políticas del gobierno estadounidense.