02 marzo 2009

De Ruanda a Estados Unidos: Escribir como método de transformación

Immaculée Llibargiza

 
La autora Immaculée Llibargiza sobrevivió al genocidio de 1994 en Ruanda. (Foto Michael Collopy)
La autora Immaculée Llibargiza sobrevivió al genocidio de 1994 en Ruanda.

Este artículo pertenece al periódico electrónico de febrero de 2009 “Literatura pluricultural actual en Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.

Immaculée Llibargiza inmigró en Estados Unidos en 1998. Su primer libro Left to Tell (2006), es una crónica de sus experiencias durante el genocidio de Ruanda. Su libro más reciente es Led by Faith, de 2008. Llibargiza pronuncia conferencias de inspiración sobre paz, fe y perdón.

Siempre he querido escribir. En mi infancia, mi posesión más preciada era una libreta con dichos y proverbios que yo había recopilado a lo largo de los años. A pesar de mi amor por la redacción, nunca soñé con que alguien leería alguna vez los pensamientos privados que yo volcaba en las páginas de mi libreta de apuntes. Cada cual tiene una historia que es exclusivamente suya, pero no todos tienen la oportunidad de contársela al mundo.

En 1994 pasé por una experiencia que creó en mí un deseo insaciable de compartir mi historia con todo el mundo. Ese año estaba en casa para mis vacaciones de Pascua, que duraban una semana. Dos días antes de mi regreso a la escuela, me encontré en medio de uno de los genocidios más sangrientos y eficientemente perpetrados que registra la historia mundial. El 7 de abril por la mañana fue derribado el avión del presidente Habyarimana, y comenzó el genocidio.

Mis padres, que eran maestros, estuvieron de acuerdo con mi hermano cuando él sugirió que yo debería irme y esconderme. Yo era una niña entre tres muchachos, y cuando me resistí a esconderme mis dos hermanos y mis padres insistieron en que me fuera. Afortunadamente, mi hermano Aimable estudiaba en Senegal en ese momento, de modo que todos sabíamos que estaba a salvo.

Contra mi voluntad, y estrictamente movida por el respeto y la obediencia a mis padres, fui a esconderme en la casa de un pastor luterano, que vivía cerca y era miembro de la tribu hutu. Yo era tutsi, y era a mi tribu a la que se le daba caza. Luego de mi llegada a la casa del pastor, me hizo entrar a un cuarto de baño de un metro por metro y medio, con otras cinco mujeres. Luego se unirían a nosotras dos más.

El pastor nos indicó que nos quedáramos calladas y nos aseguró que ni siquiera les diría a sus hijos, que vivían en la casa, que nos había refugiado bajo sus mismas narices. Nos dijo que la guerra duraría probablemente unos pocos días y, con certeza, no más de una semana. Tres meses después seguíamos en ese cuarto de baño, sentadas en completo silencio por miedo de ser descubiertas. Durante ese tiempo tuvimos muy poco que comer y la casa fue registrada muchas veces por los que nos buscaban.

Salimos del cuarto de baño para encontrarnos a nuestro pequeño país cubierto por un millón de cadáveres. Esa noche descubrí que cada uno de los que habían quedado atrás había sido brutalmente asesinado. Pensé que todo era parte de una terrible pesadilla y que en algún  momento despertaría, pero, tristemente, estaba viviendo una nueva realidad. La realidad se parecía a lo que yo imaginaba que sería el fin del mundo.

Durante el  tiempo que pasé en el cuarto de baño atravesé por  una transformación física y espiritual. Mi cuerpo se había reducido hasta pesar menos de 30 kilos, pero mi fe y mi  voluntad eran sólidas como la roca. Puedo recordar el momento exacto en que le supliqué a Dios que hiciera posible que yo le contara al mundo mi historia y las lecciones que aprendí durante mi confinamiento.

El deseo de compartir lo que transpiraba de mi corazón y de mi país era algo que no podía pasar por alto. Sin embargo, culturalmente la gente de Ruanda no escribe libros ni relatos. A nuestro país se le llama en ocasiones “la tierra de las palabras”. Tradicionalmente, mi pueblo ha pasado nuestras noticias y nuestra historia, mediante la tradición oral, de generación en generación en reuniones familiares. Sin embargo, no habría nadie para transmitir esos relatos, ahora que mi familia y mis vecinos habían desaparecido.

Nunca pensé que pudiera escribir algo que otros leerían, pero ese pensamiento no me abandonaba. Ni siquiera podía empezar a pensar en cómo mi sueño de escribir mi historia se haría realidad. No sabía nada acerca de cómo escribir, y nunca me había reunido con un autor. Pero cuando puse mi fe en Dios supe que nada era imposible. Mi fe me permitió mantener viva mi esperanza.

Foto ampliada
Refugiados de Rwanda, cerca de Kigali, regresan de Tanzania, a donde huyeron para escapar del genocidio de 1994.
Refugiados de Rwanda, cerca de Kigali, regresan de Tanzania, a donde huyeron para escapar del genocidio de 1994.

Ansiaba compartir el relato de mis padres y las lecciones que me habían enseñado hasta el último día que los vi. Las palabras sabias que me habían moldeado en la mujer en que me había convertido. Me preguntaba cómo podría seguir sin poder hablar con ellos o buscar su consejo. Sabía que sus palabras y su recuerdo estarían siempre conmigo, pero quería contarle a la gente el modo en que había terminado mi bella familia.

Durante el tiempo en que estuve en el cuarto de baño, pasé de la ira y el odio hacia aquellos que nos daban caza, a una etapa de perdón. Experimenté el dolor de la ira mientras fantaseaba con matar a los que habían tratado de matarme a mí y a aquellos que yo amaba. MI ira era como veneno en mi alma. Simplemente, era demasiado pesado y demasiado doloroso llevar la carga de odiar a millones de personas. Parecía, simplemente, como si el mal y el odio me sofocaran, hasta que le supliqué a Dios que me enseñara cómo ver el bien en la gente, cómo amar, cómo sonreír.

Recuerdo claramente el momento en que mi corazón quedó libre de la ira. El perdón es la única palabra que me viene a la mente cuando trato de expresar lo que sentí en ese momento. Si no hubiéramos estado escondidas, les habría gritado con alegría a mis compañeras de cautiverio cuán hermosas eran, aun cuando, en realidad, parecíamos esqueletos vivientes y ninguna de nosotras se había duchado en meses. Comprendí que los asesinos estaban realmente ciegos de ira y odio. Vi que no podría cambiar lo que había en sus corazones, y que no cambiaría nada compitiendo en odio con ellos.

El perdón no significaba que yo me convirtiera a mi misma en víctima permitiendo que otro me lastimara. Tampoco significaba que yo debería desconocer la verdad o que debería ser ingenua. La justicia puede ser también una forma de perdón si se la imparte con la intención de cambiar a una persona y no con la intención de lastimar o vengarse. Mantuve estas lecciones en mi corazón, e intuitivamente sabía que no eran para mí sola, sino para compartirlas con los otros,  pero la pregunta seguía allí: ¿cómo compartir este relato?

A fines de 1998 los que perpetraron el genocidio me amenazaron de muerte, tal como habían asesinado a muchos otros sobrevivientes, porque aquellos que habían presenciado la matanza eran una amenaza para ellos. Me hubiera sentido orgullosa de prestar testimonio, pero la verdad es que no había informado sobre ninguno de los asesinos. No había presenciado directamente ningún asesinato, y sabía que los que me habían intentado apresar habían, sin duda, matado a muchos otros, y confiaba en que serían enjuiciados debidamente. Como muchos otros sobrevivientes, visité la prisión para ver a aquellos que habían asesinado a nuestra gente. Conocí a un hombre que había dado muerte a alguno de los miembros de mi familia y le ofrecí perdón. Sabía que yo no sería un buen testigo, pero, aún así, mi nombre apareció en el periódico poco después de mi visita. Me identificaron como un testigo y me acusaron de poner en prisión a personas inocentes.

Consciente de que estaba en peligro, y aconsejada por amigos estadounidenses, decidí dejar mi hogar en Ruanda y emigrar a Estados Unidos. En aquellos momentos trabajaba para las Naciones Unidas en Ruanda, tenía uno de los mejores empleos en el país, pero sabía que debía irme.

Creo firmemente que mi traslado a Estados Unidos lo inspiró Dios. Sin embargo, mis primeros meses no fueron fáciles. Me encontré viviendo en una cultura completamente extranjera y tuve dificultades para integrarme en mi nuevo entorno. Nunca había conocido el invierno, y llegué justamente cuando el invierno comenzaba. Para empeorar las cosas, estaba embarazada por primera vez en mi vida.

Fue la primera vez que viví días cortos, noches largas, y a la inversa. En Ruanda la temperatura es siempre de entre 18 y 21 grados centígrados, todo el año. Cada día el sol se pone a las 6 de la tarde y sale a las 5 de la mañana. Kigali y Nueva York eran como el día y la noche. Las dos ciudades no podían ser más diferentes.

Aunque tuve que ajustarme nuevamente, sentí vigorosamente que había nacido para vivir en Estados Unidos. Era un país donde cada raza y cada tribu se sentía en su casa. Cuando miraba a la gente en torno mío, la libertad era aparente en cada rostro que veía. Era casi como si pudiera oler la libertad en el aire. La gente vestía y hacía lo que quería y nadie parecía sorprenderse por nada. La cantidad de escuelas y oportunidades era abrumadora. Cada clase que quería tomar o cada empleo que quería probar lo tenía al alcance de la mano. Nueva York parecía ser el centro del mundo. Había más variedad de ropas, automóviles y personas que todo lo que yo había visto antes en mi vida.

El calor de la gente y su voluntad de ayudar era muy sorprendente. Nunca olvidaré el día que se me pinchó una llanta del automóvil. No me di cuenta de que tenía una goma baja hasta que pasó otro auto, me bloqueó y me forzó a detenerme. Dos muchachos vestidos con camisetas blancas aparecieron sonrientes y provistos de herramientas para arreglar mi auto. Lo arreglaron, me dieron un neumático y se despidieron con una amable sonrisa. Todavía me pregunto si esos muchachos eran ángeles del cielo o gente de verdad.

Al cabo de algún tiempo sentí un deseo abrumador de escribir mi historia. Me llevó tres semanas escribir mi primer borrador. Cuando, algún tiempo después, volví sobre lo que había escrito, me llevó otros tres meses repasar mi borrador inicial porque, para ese entonces, estaba empleada y trataba de entendérmelas con la edición de lo que había escrito y con mi empleo. Mis amigos estadounidenses, que conocían mi historia, me alentaron a escribir.

Tres días después de terminar de escribir, fui a un taller de redacción en Nueva York. No esperaba otra cosa que pasar algunos momentos con amigos. Al terminar el seminario, conocí a un escritor que me preguntó cómo estaba. Le respondí  “bien”, y después de oír esa palabra me preguntó de dónde era mi acento. Le dije que era de Ruanda. Abrió los ojos y me preguntó: “¿Sabe usted lo que pasó allí?” En unas pocas palabras, le dije lo que había pasado. Ambos teníamos prisa. El estaba firmando sus libros y yo no quería bloquear la fila. Entonces me dijo que cuando terminara mi libro me ayudaría a encontrar a alguien que lo publicara. Tal como lo había prometido, poco tiempo después de nuestro encuentro me presentó a la persona que le publicaba sus libros y a un editor. Ocho meses después de que nos encontráramos se publicó mi primer libro, Left to Tell. Para mi gran sorpresa, apenas dos semanas después de su aparición se convirtió en un superventas del diario The New York Times. Me siento muy agradecida al pueblo estadounidense que ha recibido mi historia con los brazos abiertos. Me pregunto cómo los estadounidenses pueden sentir algo por tal horror, sin embargo, lo hacen. Lloraron por mis padres, me acompañaron al reír y sintieron mi lucha con fe. Contar mi historia ha permitido a mi corazón curarse.

En Estados Unidos he encontrado mi hogar y he encontrado mi hombro para llorar sobre él. Mis hijos son estadounidenses y estoy orgullosa de que lo sean. Ya no me siento como una extraña. Aplaudo cada victoria y lloro por cualquier mala noticia de mi nuevo hogar. Lo que es más importante, contemplo el futuro de este país con esperanza y rezo por su bienestar. Cuando era una niña pequeña que crecía en la pequeña aldea de Mataba, en Ruanda, me enseñaron que Estados Unidos era la tierra de la oportunidad. Hoy creo que eso es más cierto que nunca. En Estados Unidos puedo contar mi historia.


Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o las políticas del gobierno estadounidense.

Marcar página con:    ¿Qué es esto?