02 marzo 2009

El perro fantasma, o De cómo escribí mi primera novela

Randall Kenan

 
El autor Randall Kenan se inspira en las gentes y los lugares del sur rural de EE.UU.
El autor Randall Kenan se inspira en las gentes y los lugares del sur rural de EE.UU.

Este artículo pertenece al periódico electrónico de febrero de 2009 “Literatura pluricultural actual en Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.

Las obras de Randall Kenan, que han alcanzado gran éxito entre los críticos, incluyen A Visitation of Spirits (1989) y Let the Dead Bury the Dead (1992). Kenan viajó durante varios años por Estados Unidos para entrevistar a afroestadounidenses de todas condiciones y escribir Black American Lives at the Turn of the Twenty-First Century (2000). Su obra más reciente, The Fire This Time (2007), es un oportuno homenaje a James Baldwin. Kenan enseña redacción creativa en la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill.

I.

Nunca vi al perro fantasma, pero le puedo ver, de todas formas. Hay quien dice que era un lobo, gris, con ojos rojos chispeantes. Otros afirman que era un sooner (término utilizado en el sur de Estados Unidos para indicar que se trata de un perro sin raza, o mezclado, en el sentido de “tanto de una raza como de otra”). Pero en los informes de avistamientos de perros fantasmas, la gente decía que el perro era blanco, fantasmagórico, y la mayor parte de las veces, perro pastor, de los de hocico afilado y orejas puntiagudas. Noble. Decidido.

En todos los relatos que escuché de niño el perro siempre prestaba ayuda: mi tía bisabuela contaba cómo el perro la había conducido fuera del bosque una vez que se había perdido. Circulaba, incluso, una larga historia en la que figuraban mi propia tatarabuela, una tormenta, una mula, una carreta rota y el heroico perro fantasma. Una mujer contaba cómo había sido atacada por una jauría de caninos y cómo este hermoso perro blanco salió de no se sabe dónde, saltó a rescatarla, y la acompañó hasta dejarla a salvo en su casa. Cuando volvió la cabeza en la puerta, el perro había desaparecido.

Los avistamientos siempre ocurrían a lo largo de  un determinado tramo de carretera asfaltada— originalmente sendero de indígenas americanos, más tarde camino de tierra y, para cuando yo era un chiquillo, carretera principal a la playa. La carretera 50 atravesaba un maravilloso bosque de árboles añejos. Robles. Álamos. Pinos. Especialmente el majestuoso pino de alta copa, frondosas ramas y  largas agujas que recientemente se ha sumado a las especies en peligro de extinción. Para mí, de niño, éste era un bosque primigenio, lleno de misterios, peligros, brujas y duendes, y toda clase de maravillas que había leído en los cuentos de hadas de Grimm. Y ese prodigioso perro blanco. Al perro nunca le había visto, pero estaba vivo en mi imaginación. Todavía lo está.

Ahora me parece perfectamente lógico que un día fuera a escribir un libro sobre aquel perro fantasma y aquel mundo del sudeste de Carolina del Norte. El condado de Duplin. Chinquapin. Una población de tan sólo doscientas almas. En su mayoría agricultores, trabajadores del matadero de aves de corral, o de la base de la marina. Pero esa aparente inevitabilidad no me parecía tan obvia en aquel tiempo.

II.

Cuando por primera vez salí de mi pequeña ciudad poblada de fantasmas, de Carolina del Norte, me matriculé en la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill, la universidad pública más antigua del país, bastión del pensamiento clásico, ideas sociales progresistas, artes y letras y, lo más importante para mí entonces: pensamiento científico. Mi propósito en aquellos tiempos era ser físico. Mi interés en las ciencias había surgido como resultado de las horas que había pasado viendo óbras sobre el espacio, como la Fundación de Isaac Asimov y Dune de Frank, en Viajes a las estrellas/La conquista del espacio y  fantasías sobre culturas extraterrestres y viajes a velocidad superior a la de la luz, agujeros negros, agujeros helicoidales y pistolas de rayos fríos. (Nunca olvidaré el día en que mi asesor de física me dijo, cuando yo era estudiante del penúltimo año de universidad: “Yo creo que lo que tú realmente quieres ser es escritor de ciencia ficción, hijo”. Cuando, dolido, traté de justificar mi mala nota en cálculo diferencial, se apresuró a decirme, “No hay que avergonzarse de ser escritor. La mayoría de los científicos lo serían si pudieran. Así es que, deberías estar agradecido de que puedes serlo” me dijo).

En honor a la verdad, he de decir que mi interés en la ciencia ficción me llevó al estudio de la redacción creativa, y el estudio de la redacción creativa, al estudio de la literatura. Pero estamos hablando del tipo de literatura ortodoxa, solemne, Charles Dickens, F. Scott Fitzgerald y William Makepeace Thackeray. Pronto me di cuenta de que aquí había una ortodoxia. Tratándose del Sur de los Estados Unidos y, por añadidura, de una prestigiosa universidad sureña, la literatura de la zona sur reinaba suprema: Thomas Wolfe. William Faulkner. Flannery O’Connor. Richard Wright. Eudora Welty. La literatura sureña significaba realismo social. Estos eran los modelos que nos presentaban a los jóvenes aspirantes a escritores sureños. Cualquier inclinación a lo fantasmagórico era desalentada. Incluso ridiculizada. Los escritores auténticos, los buenos escritores, escribían sobre el mundo tal como es. “Escribid sobre lo que sabéis” era el lema de los cursos de redacción creativa defendido celosamente en el Departamento de inglés, y mi especialidad, en el último año de la carrera, ya no era la física. Era escribir sobre lo que sabía. Yo sabía algo de perros fantasmas.


III.

Diez cosas sobre Chinquapin:

1.   Campos de soja

2.   Dos iglesias baptistas afroestadounidenses

3.   Serpientes de cascabel

4.   Corrales de pavos

5.   Campos de pepinos

6.   Ciervos

7.   Reuniones familiares estivales

8.   Secaderos de tabaco

9.   Reuniones evangélicas en septiembre

10. Víboras mocasín

IV.

Cuando llegué a Chapel Hill en el otoño de 1981, el porcentaje de afroestadounidenses no llegaba a 10 — alrededor del 4 ó 5 por ciento. Sin embargo, esos centenares entre miles  dejaban sentir su presencia. Por la razón que fuera, la mayoría de mis más íntimos amigos eran afroestadounidenses. ¿Era por necesidad de familiaridad? ¿Lazos comunes? ¿La sensación de bienestar entre semejantes?  Sin duda, tenía muchos y excelentes amigos íntimos blancos — y japoneses, hispanos e indios americanos, con muchos de los cuales todavía mantengo una íntima amistad — pero la gravedad de la cultura afroestadounidense me atraía. Escribí en un periódico de estudiantes negros. Canté en el coro del movimiento espiritual de estudiantes negros.

Nunca me vi sometido a ningún tipo de presión para  “escribir literatura negra”. Tenía un gran respeto por eI evangelio del realismo social y su canon, y lo conocía bien. Pero por cada historia autobiográfica que redactaba, también escribía una historia de un brujo (practicante de artes de magia popular afroestadounidense), una estación espacial o un perro hablador. Además, para entonces, había conocido a tres escritores que me dieron lo que me gusta calificar de permiso.

La mejor formación que puede recibir un escritor es leer, leer y más leer. Aun más que escribir, que también es esencial. Y aunque me empapé de los antedichos escritores ortodoxos del sur con gran celeridad, y añadí a ellos una mezcla de los grandes libros afroestadounidenses de ficción — Ralph Ellison, James Baldwin, Gwendolyn Brooks — descubrí otros escritores fuera de los muros de esos huertos que tenían un enorme efecto en la forma en que empecé a mirar el mundo de la prosa de ficción. Issac Bashevis Singer. Yukio Mishima. Anthony Burgess. Escritores que, a primera vista, no eran los héroes obvios de un joven negro del sudeste rural de Carolina del Norte.

Fue Toni Morrison, entonces ya popular, pero años antes de Beloved y el Premio Pulitzer y el Nobel, quien me enseñó la importancia de una mente abierta. Con contadas excepciones, la literatura afroestadounidense caía bajo la categoría de literatura de “protesta”, que se remonta al siglo XIX, y la plétora de narraciones de esclavos famosos. Incluso hasta fecha tan reciente como 1970, el año en que se publicó la primera novela de Morrison, la mayor parte de las novelas afroestadounidenses trataban generalmente de derechos civiles y justicia social. Pero Morrison utilizó como tema principal de su obra a la misma gente negra, no el racismo ni la política. Optó, en cambio, por concentrarse en dinámicas personales y familiares, cuestiones del corazón y del alma. En su mundo, la perspectiva de la gente blanca puede no mencionarse en cientos de páginas. Para mi mente de joven de 18 años aquello fue una revelación.

Las obras del gran autor colombiano Gabriel García Márquez fueron mi primera introducción a lo que se ha dado en llamar realismo mágico. Ya nunca sería eI mismo. (En su conferencia con motivo de la concesión del Premio Nobel, García Márquez señaló que no hay nada fantástico en su obra, el mundo sobre el que escribe es absolutamente real. Yo comprendí inmediatamente lo que quería decir). Aquí teníamos a un escritor que escribía de aparecidos y de una ciudad que sufría de amnesia colectiva y tormentas de mariposas y mujeres que volaban al cielo con el mismo lenguaje prosaico del realismo social — de hecho, sus tres autores  favoritos son Faulkner, Ernest Hemingway y Virginia Woolf.

Zora Neale Hurston, cuyas obras, por largo tiempo relegadas al olvido, estaban empezando a ser descubiertas de nuevo cuando yo estaba en la universidad, me sacudió como una bomba de neutrones. Aquí estaba esta antropóloga, esta mujer de Florida, esta afroestadounidense, que había integrado sin esfuerzo el folklore con la vida popular, el realismo social con lo fantástico. Al igual que Morrison, que aprendió mucho de Hurston, no puso la política o la raza por encima de la esencia existencial de la cultura negra.

La Canción de Solomon. Cien años de soledad. Their Eyes Were Watching God. Era como si estuvieran diciendo juntos: ¡Adelante, escribe, chico! Haz tu propia obra.

En la tesis que presenté para obtener honores, escribí varios capítulos de una propuesta novela que se desarrollaba en una pequeña ciudad de Carolina del Norte muy semejante a Chinquapin, llamada Tims Creek. Su protagonista era un joven abogado, nacido en la ciudad, que había llegado a ser un famoso abogado de Washington, D.C. Pero un fatídico verano, cuando regresa a Tims Creek presa de una cierta desazón emotiva, se tropieza con un brujo que lo maldice (¿bendice?), y la noche siguiente, con la luna llena, ¡se convierte en lobizón! La titulé “Ashes Don’t Burn.”

¡Piedad! ¡piedad de mí!

V.

Imagínense lo que sería conseguir el primer empleo al salir de la universidad con el editor de dos de sus héroes literarios. Alfred A. Knopf. Nueva York. El editor desde tiempo atrás de Toni Morrison. El nuevo editor de Gabriel García Márquez. 1985. Pronto me convertí en ayudante del editor del autor de El amor en los tiempos del cólera. Para un aspirante a autor era como estudiar a los pies de Merlín.

Pero yo estaba recibiendo otra educación. Durante años viví en Queens y, más tarde, en Brooklyn. Me codeaba a diario, en el metro, en la calle, en las tiendas y, finalmente, en las casas, con negros procedentes de toda la diáspora africana. Conocí a negros de Ghana y Trinidad y Haití y Toronto y Houston, Texas. El trato continuo de estas gentes me hizo poner en tela de juicio todas las ideas, a las que me había aferrado durante largo tiempo, de lo que significa ser negro, y mirar atrás al mundo en el que había crecido con nuevos ojos. De repente, el pescado frito, los coros desafinados de la iglesia, las horas pasadas bajo el sol en los campos de tabaco, las clases de estudio de la Biblia durante las vacaciones, la matanza de los cerdos y las historias de perros fantasmas pasaron a ser vivencias importantes de algún modo, importantes para escribir sobre ellas.

“Ashes Don’t Burn” tenía un fallo fundamental, y ahora agradezco a mis profesores de la Universidad de Carolina del Norte saturada de realismo social el haberme ayudado a  darme cuenta de aquella barricada. El impedimento no tenía nada con ver con la licantropía. Sencillamente, yo no era un abogado de treinta y algún años que estaba atravesando una crisis al regresar a casa. No estaba escribiendo de lo que “conocía”. Pero había vivido de  muchacho en la misma casa y, con el tiempo,  la narración en la que había estado trabajando cambió. Conservé los personajes sobrenaturales que estoy seguro que habitaban aquellos sombríos bosques. El paisaje no cambió en absoluto, de hecho, es probable que se enriqueciera, en parte a causa de mi nostalgia y en respuesta a la ciudad de seis mil millones de pies, mientras soñaba con los bosques, los ciervos y los maizales.

La historia en la que trabajé con tesón en los atardeceres, en el metro, los fines de semana, acabaría publicándose el verano de 1989 con el título de A Visitation of Spirits. No hay en ella perros fantasmas, sorprendentemente, pero sí una buena cantidad de otros fantasmas y criaturas, espíritus del mundo y de la mente, mezclados con una saludable dosis de realismo social, como me habían enseñado escrupulosamente, y por el que siento una gran admiración.

Para mí, ahora, adoptar este criterio parece inevitable. Justo. La única forma de hacerlo. Sin embargo, el camino a esa visión de ficción no ha sido recto ni fácil, pero ha valido cada vuelta, curva y falsa salida.

Espero volver pronto a la licantropía. Hay algo en esa mitología que cuadra con Tims Creek, en Chinquapin. Y, por supuesto, pronto y muy pronto, espero que un perro fantasma aparezca en una de mis historias. Lanzándose al rescate sólo para desaparecer de nuevo en la imaginación.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o las políticas del gobierno estadounidense.

Marcar página con:    ¿Qué es esto?