02 marzo 2009
Tayari Jones
Este artículo pertenece al periódico electrónico de febrero de 2009 “Literatura pluricultural actual en Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.
Tayari Jones, nacida en Atlanta, Georgia, escribe sobre temas urbanos del sur de Estados Unidos. Su primera novela Leaving Atlanta (2002) obtuvo el premio Hurston/Wright para debutantes del género de ficción y fue considerada una de las mejores obras del año por el Atlanta Journal-Constitution y The Washington Post. Su segunda novela, The Untelling (2005), fue galardonada con el premio Lillian C. Smith a las Nuevas Voces. Ha recibido numerosas y prestigiosas becas como las de Yaddo, MacDowell Colony, y Bread Loaf de la Conferencia de autores, y es actualmente profesora adjunta del programa de bellas artes de la Universidad Rutgers en Newark, Nueva Jersey.
Si usted entra en una tienda de una de las grandes cadenas de librerías de los Estados Unidos verá mis libros en una estantería que dice “de interés afroestadounidense”. Cada cierto número de meses recibo un correo electrónico de una indignada lectora (generalmente blanca) desalentada por lo que considera la denigración de mi obra. “¡Su obra tenía que estar al frente de la librería con la de todos los escritores regulares!”. Con “regulares,” quiere decir blancos, pero no sabe ni siquiera eso. También recibo mensajes de escritores negros jóvenes que se preocupan por la condición de libros que ni siquiera han escrito todavía. “¿Cómo podré evitar que mi libro acabe en la estantería de Literatura negra?”, se preocupan anticipadamente. Después de unas cuantas semanas en mi clase, mis propios alumnos de redacción creativa se atreven a preguntarme cómo me siento al ver que mis novelas reciben el “trato Jim Crow” (en referencia a la discriminación de hecho existente antes de la Ley de derechos civiles). Y como otras muchas personas, no pueden comprender por qué no me siento especialmente molesta por el hecho de que mis obras se coloquen en una estantería a casi 3 metros de distancia de legendarios autores estadounidenses como el recientemente fallecido John Updike o Joyce Carol Oates. Algunos lectores se preguntan en voz alta cómo en esta época de Barack Obama, una librería se atreve a indicar la raza de un autor y organizar las estanterías en consecuencia. Una lectora bien intencionada incluso se ofreció a enviar una carta a los propietarios de la librería en mi nombre. Aunque me sentí conmovida, la insté a calmarse. No estoy segura de que quiero retirar la etiqueta de “escritora negra” a favor de la neutralidad de ser simplemente “escritora”, o incluso “escritora americana”, sin el guión que en inglés me distingue y hace interesante mi vida.
A diferencia de muchos de mis colegas, las etiquetas ejercen sobre mí una fascinación entretenida. Por lo que a mí respecta, cuantas más etiquetas, mejor. Tayari Jones es una mujer afroestadounidense, sureña, de clase media, que usa de preferencia la mano derecha. Es la primera escritora de su familia. Es la escritora que lleva un jersey verde y come crème brûlée en el desayuno. No me importa que me apliquen calificativos, siempre que sean ciertos y siempre que se me permita escoger tantos como quiera. Lo malo de las etiquetas no es la etiqueta en sí, sino la reacción que provocan en algunos lectores. Siempre se han utilizado etiquetas para designar una condición inferior. El simple hecho de evitar la etiqueta no hace nada por eliminar el régimen de castas que da lugar a las etiquetas en primer lugar. Al contrario, evitar la etiqueta “autor afroestadounidense” puede reafirmar supuestos nocivos. Hay un motivo que la gente aduce algunas veces: “¡Su obra es demasiado buena para estar en la sección de literatura ‘negra’ de la librería!”, como si el mérito fuera lo que separa a los negros del resto. La amable lectora trata de rescatarme del racismo, en vez de atacar a la fiera misma.
Incluso al escribir estas líneas, la cuestión misma parece un poco intrascendente, aunque para mí es muy importante lo que he escrito. Parece imposible responder a cualquier pregunta sobre lo que significa ser una escritora afroestadounidense sin entrar en la cuestión de lo que significa ser leída como escritora afroestadounidense o, más aun, ser comercializada como escritora afroestadounidense. La artista en mí se siente molesta por la pregunta, como si realmente no tuviera nada que ver con lo que yo hago con mi papel y pluma.
El acto de escribir en sí es una labor espiritual de la imaginación. Sola frente a una página, no pienso en las prácticas de las grandes cadenas de librerías en cuanto a disposición de las estanterías, no me preocupo por el lenguaje que escogerán los críticos. Cuando escribí mi primera novela, Leaving Atlanta, lo hice impulsada por el deseo de relatar la historia de los niños afroestadounidenses que vivieron — y murieron — durante los asesinatos de niños de 1979 a 1981. La novela documenta la emotiva historia de una generación en un momento y lugar dados — y gran parte de su valor se debe a esta función. Aunque los acontecimientos de aquella terrible época ahora se consideran históricos, para mí son más recuerdo que historia. En 1979, yo era una niña de 10 años con grandes dientes y no demasiados amigos. Para cuando cumplí 12 años, dos niños de mi clase de quinto grado habían muerto y los cadáveres de docenas más yacían esparcidos en el paisaje de mi ciudad, la “ciudad demasiado ocupada para odiar”. Crecer en este trasfondo de horror es lo que me hizo comprender el costo de la negritud. Cuando me senté a escribir mi primera novela — mi bebé, como yo la llamo — el proyecto era, más bien, una necesidad urgente de decir la verdad que la labor académica de “llenar las lagunas de la historia”, que es como se suele ver el “trabajo” del escritor afroestadounidense.
Aunque aplaudo a los escritores que han usado su imaginación para llevar a la ficción las voces perdidas de generaciones anteriores, creo que los escritores afroestadounidenses también deben cultivar la narrativa contemporánea. Aunque los escritores afroestadounidenses han reconstruido maravillosamente el pasado — la espléndida Beloved de Toni Morrison me viene a la mente — no debemos estar tan obsesionados con llenar las páginas que un registro incompleto que la historia ha dejado en blanco como para que no dejemos rastro de nuestras propias vidas llenas de significado. No me quiero imaginar a mi propia nieta obligada a depender de los archivos de las bibliotecas para reconstruir mi vida porque yo haya agotado mis recursos y mi talento en la consideración del pasado. En algún momento, los escritores serios tenemos que comprometernos con el mismo fervor a transformar nuestras propias experiencias en obras de arte.
* * * *
La transformación de la experiencia en arte, la observación en arte, la emoción en arte, o incluso la idea de arte en arte es la alquimia del escritor. Esta magia se produce entre el cerebro y el corazón. Tal vez el lugar encantado es la garganta, donde nace la voz.
Todas mis novelas tienen por escenario Atlanta, Georgia, mi ciudad natal. El escenario favorito de mi obra son los centros urbanos del sur de Estados Unidos. Me encantan porque son los lugares donde el viejo mundo se encuentra con la nueva tecnología, donde las referencias de raza, clase, sexo y política con frecuencia cambian de noche, de manera que cuando mis personajes se levantan por la mañana no tienen idea de dónde están y tienen que pasarse el resto de la novela buscando. En esto somos iguales mis personajes y yo. Siempre estamos buscando la verdad. Y la verdad, como todos sabemos es universal.
Es posible que parezca que me estoy contradiciendo en este ensayo. Empiezo por hablar de lo específico de mi experiencia como afroestadounidense. Incluso he aceptado la sección aparte en las librerías de Estados Unidos. Pero luego, unos cuantos párrafos después, estoy divagando sobre la universalidad y trascendencia del arte.
Para mí, estos pensamientos son difícilmente contradictorios. Se entrecruzan. En muchas tradiciones de la diáspora africana, la encrucijada es un lugar sagrado donde se superponen el mundo de los mortales y el de los espíritus. Yo veo la literatura afroestadounidense como un arte que tiene su hogar en el lugar donde confluyen dos caminos. Conectados con el mundo físico, los escritores afroestadounidenses hablan de la realidad de nuestra brillante y diversa gente. Las formas en que interpretamos esta realidad tangible son tan diversas como nuestros rostros. No existe una realidad auténtica que caracterice la literatura afroestadounidense, pero sí existe una auténtica prestación de testimonio, que está determinada por el escritor y su conciencia. Sin embargo en ese camino del espíritu está lo que nos une a todos como seres humanos, lo que es más importante que nuestras realidades construidas.
Para terminar esta historia donde la he empezado, volvamos a la librería con sus secciones separadas. A mis amigos y lectores que se sienten desolados por encontrar mis libros en una sección que consideran “irregular,” les pido que sean un poco más circunspectos. El cartel colocado sobre la estantería para designar mis novelas, mis historias humanas sobre el amor, la familia y el hogar, no las declara “irregulares”. El cartel sólo recuerda al comprador que soy afroestadounidense, que mi obra se basa en una rica tradición histórica. Es una invitación a experimentar la humanidad de las vidas diversas y, sin embargo, entretejidas, que se describen en esas obras de arte. No creo que la verdad sea, en ningún caso, enemiga del arte, y el cartel que cuelga allí declara una verdad complicada, pero inequívoca. Cuando usted se encuentra frente a esa estantería, está en esa encrucijada mágica, mítica. ¿Se atreve a experimentar ambos sentimientos a la vez? Cualquiera que sea la emoción que sienta frente a la franca descripción racial del autor representa el adentrarse en ese sólido y terrenal camino, pero ¿se atreve a experimentar la otra sensación, la sensación extrahumana? La literatura afroestadounidense, como toda la literatura, es alimento para el alma de todos los pueblos. ¿Puede usted aceptar la etiqueta y seguir adelante, con sus simultáneas relevancia e irrelevancia? Es difícil caminar por los dos senderos, pero se puede hacer, y creo que usted lo hará. Todo lo que tiene que hacer es admitir el hambre de su alma y el hambre es una expresión de la más acuciante de las necesidades humanas.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o las políticas del gobierno estadounidense.