02 marzo 2009

Un país con muchas voces

Marie Arana

 
Novelista, redactora y crítica literaria Marie Arana
La novelista, redactora y crítica literaria Marie Arana, nacida en Perú.

Este artículo pertenece al periódico electrónico de febrero de 2009 “Literatura pluricultural actual en Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.

Uno de cada cuatro estadounidenses está fuertemente vinculado a un pasado en el extranjero y de estas culturas diversas ha surgido una nueva y vibrante literatura estadounidense.

Marie Arana es autora de la biografía American Chica (Muchacha estadounidense), así como de dos novelas, Cellophane y Lima Nights. Como editora compiló también una colección de ensayos, The Writing Life.

“Nos enorgullecemos de ser un Estados Unidos diverso”, dijo una vez el vicepresidente estadounidense Hubert Humphrey (1965-1969), “un Estados Unidos tanto más enriquecido por las muchas hebras diferentes y distintas que forman su tejido”.

En ningún otro momento ha sido esto más cierto. Hoy día, uno de cada cuatro estadounidenses está fuertemente vinculado a un pasado en el extranjero. En más de uno de cada cinco casos se es nacido en otro país o uno de sus padres es inmigrante. Somos un país con muchas voces, múltiples historias, un semillero de posibilidades artísticas. No es de sorprender que de esta cultura vibrante y variada haya surgido una literatura estadounidense nueva.

El nacimiento de la literatura pluricultural estadounidense no fue fácil; muchos elementos podían haber atrofiado su desarrollo; pero tuvo la buena fortuna de crecer en una tierra que tenía un sentido fluido de la identidad. Incluso las novelas fundamentales de Mark Twain, William Faulkner y F. Scott Fitzgerald captan tres Estados Unidos completamente diferentes. Con todo, hacia la década de 1950 empezó a surgir un tipo de escritor diferente cuyas obras tenían la intención de reflejar no el país en general, sino una sensibilidad étnica única. Primero conocimos a Saul Bellow y a Bernard Malamud, con sus novelas de un profundo sentido judeoestadounidense; luego a Ralph Ellison, con su horripilante relato de racismo, Invisible Man.

La literatura de Estados Unidos en el contexto de la raza negra había comenzado casi cien años antes, con la narrativa sobre la esclavitud escrita por Frederick Douglas. Una vez proscrita la esclavitud, esta literatura pasó de la ardiente retórica de W.E.B. Du Bois a la impresionante descripción figurativa de Langston Hughes. Seguiría luego con las muchas grandes obras de James Baldwin, Richard Wright y Gwendolyn Brooks. Sin embargo, no fue hasta la década de 1970 que las voces negras comenzaron a fluir libremente por el linaje de la literatura de Estados Unidos: Con Toni Morrison, Alice Walker, Ishmael Reed, Maya Angelou y Jamaica Kincaid, esta literatura, singularmente estadounidense, llegó a ser parte de la corriente principal.

Cruzando la división cultural

Con todo, la literatura pluricultural tardó unos pocos años más en llegar y fue más allá de un Estados Unidos blanco o negro. Esa nueva oleada tuvo su presagio en el superventas de 1976 de Maxine Hong Kingston, The Woman Warrior (La mujer guerrera), memorias intensamente imaginativas en las que la autora se atrevió a hablar de una forma totalmente nueva. Esta obra, plagada de los fantasmas de unos antepasados chinos, rompió con todas la reglas, mezcló sueños y realidad, jugó libremente con las identidades y plantó un pie firme al cruzar la división cultural.

“Cuando era joven leí ese libro y pensé: ¡Vaya! ¿Se puede hacer eso?”, me comentó una vez la novelista Sandra Cisneros. “¿Se puede pensar en otro idioma con otra mitología, pero escribir en inglés?” Así nació una nueva era de la literatura estadounidense.

Para los hispanos esto no sucedió de la nada, ya que precisamente al mismo tiempo tenía lugar el auge latinoamericano. Las obras de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa se traducían frenéticamente al inglés y penetraban rápidamente en el conocimiento estadounidense. Cien años de soledad, de García Márquez, fue pronto seguida por La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes y El tiempo del héroe, de Vargas Llosa; cada libro es una marca del nivel alcanzado por la marea ascendente de nuestra toma de conciencia.

El primer hispano-estadounidense en irrumpir en las listas de superventas durante ese tiempo fue un escritor que no necesitaba ser traducido; las memorias elocuentes de Richard Rodríguez, Hunger of Memory, publicado en 1981. La obra impetuosa, elegíaca e impresionante que desafió los gastados estereotipos de la identidad del chicano. Tres años más tarde se le unió Cisneros con The House on Mango Street (La casa de la calle Mango) novela sobria y conmovedora que tiene como protagonista a una niña mexicana de siete años en un gueto pobre en Chicago. Para los lectores fue como una instantánea de un Estados Unidos que apenas conocían.

Para la década de 1990 el interés en las letras hispano-estadounidenses había producido  un comercio vigoroso. Después de que Oscar Hijuelos ganara el Premio Pulitzer por su trepidante novela sobre Cuba, Los reyes del Mambo tocan canciones de amor, las compañías editoriales compitieron por la publicación de libros de autores latinos de una variedad de antecedentes, entre ellos: De cómo las muchachas García perdieron el acento, de Julia Alvarez, una vívida narración sobre cuatro hermanas dominicanas en el barrio del Bronx en Nueva York; Soñar en cubano, de Cristina García, vivo recuento de la vida de su familia inmigrante en Miami; La larga noche de los pollos blancos, de Francisco Goldman, que tiene lugar durante el régimen militar en Guatemala; Cuando era puertorriqueña, de Esmeralda Santiago, una oda soñadora a su niñez; Drown, de Junot Díaz, historias espinosas de personajes callejeros dominicanos.

Nuestras nociones de la cultura estadounidense pasaban por una rápida metamorfosis. El libro de Amy Tan, The Joy Luck Club, publicado menos de una década después de The Woman Warrior, dio paso a una industria vigorosa de la literatura estadounidense con raíces asiáticas. Pronto hubo otros: Gus Lee, con China Boy, novela sobre un niño en las calles difíciles de San Francisco; Lisa See, con Snow Flower and the Secret Fan, novela histórica cuyo escenario es la China antigua; Gish Jen, con Typical American, novela centrada no en lo chino, sino en lo que significa ser ciudadano de Estados Unidos. Hoy esa literatura se ha ampliado para incluir obras de los hijos de inmigrantes de otros antecedentes asiáticos, como el estadounidense de origen japonés Wakako Yamauchi; Fae Myenne Ng de origen vietnamita y Chang-rae Lee de origen coreano.

Creación de nuevas historias estadounidenses

Vale decir que el romance de Estados Unidos con la diversidad todavía sigue su curso. Hoy, entre los escritores multiculturales se encuentran estadounidenses de origen sudasiático, como Jhumpa Lahiri (Interpreter of Maladies), Manil Suri (The Death of Vishnu), y Vikram Chandra (Love and Longing in Bombay). O afroestadounidenses con raíces en tierras extranjeras, como Edwidge Danticat, que escribe sobre Haití y Nalo Hopkinson, nacido en Jamaica. En los años recientes hemos visto también la obra de estadounidenses cuyo patrimonio cultural proviene de Oriente Medio, como Khaled Hosseini (The Kite Runner), Diana Abu-Jaber (Crescent) y Azar Nafisi (Reading Lolita in Tehran).

¿Qué tienen en común estos escritores? Un impulso a rendir homenaje a sus antecesores; un deseo de asirse firmemente sus raíces. A diferencia de los inmigrantes a Estados Unidos de una era anterior, equilibran la asimilación con un sólido orgullo étnico.

W.E.B. Du Bois llamó a esto “conciencia doble”, Richard Wright, una “doble visión”. Cualquiera que sea el nombre que escojamos darle, esta nueva literatura, nacida de la experiencia negra, forjada por la voluntad del inmigrante, ya no puede considerarse foránea. Ahora es estadounidense.

En mi caso, empecé a apreciar mis raíces algo tarde en mi vida y sólo cuando me hice escritora. Fui correctora de estilo durante muchos años en la industria del libro en Nueva York, no tenía mayor razón para contemplar el haber nacido en Perú y ser mitad peruana. Estaba demasiado ocupada tratando de ser completamente estadounidense, publicando libros escritos por escritores maravillosos, concentrándome en el lector “típico”: ¿Qué es lo que los estadounidenses querían?

Ya entrada en los cuarenta comencé a trabajar en el diario The Washington Post, primero como directora adjunta de las sección de reseñas literarias y luego como editora. La dirección del periódico, profundamente consciente de la floreciente cultura hispano estadounidense, me animó a que escribiera sobre el tema. Comencé con artículos de opinión sobre América Latina, luego pasé a artículos sobre la población inmigrante, la vida de los trabajadores inmigrantes, la intrincada mente latinoamericana. Con el tiempo comencé a recordar la niña observadora de 10 años que era cuando llegué a este país. Para finales de la década de 1990, cuando comencé a escribir las memorias de mi niñez, transcurrida en un ambiente bicultural, había una vasta población de gente como yo, una comunidad vigorosa y activa de estadounidenses cuya denominación de origen es compuesta.

Ya no es cuestión de volver atrás. Este es un país, como dijera tan acertadamente Humphrey, que se enorgullece de su diversidad. Por ello nuestra riqueza es mayor. La literatura del pluriculturalismo es tremendamente original, está versada en un mundo más amplio pero inconfundiblemente estadounidense. La Breve y maravillosa vida de Oscar Wao, de Junot Díaz, una novela completa e inconfundible sobre la identidad dominicana, no pudo haber sido escrita sin las calles de Nueva Jersey. Brother, I’m Dying, por Edwidge Danticat, es obra de conmovedoras memorias sobre Haití, que no existiría si su familia no se hubiera trasladado a Nueva York. Lo que hacen estos escritores pioneros es tomar de lo que queda atrás para moldear un nuevo Estados Unidos. Un pie demora en levantarse de una tierra distante, pero el otro está firmemente aquí.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de EE.UU.

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