24 septiembre 2008
Joven líder habla de su vida como musulmán en Estados Unidos

(Este artículo pertenece al periódico electrónico de junio de 2006 “Instantáneas de Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha).
Ensayo por Eboo Patel
Eboo Patel es director ejecutivo del Núcleo Juvenil Interreligioso de Chicago, Illinois. Es un líder en el movimiento interreligioso.
Adoro Estados Unidos y no porque crea erróneamente que sea el país perfecto, sino porque me permite a mí —un hijo de inmigrantes musulmanes de la India— participar en su progreso; esculpir un hueco en su promesa; desempeñar una función en su posibilidad.
John Winthrop, uno de los primeros colonos europeos que llegó a Estados Unidos, expresó esta sensación de posibilidad. Les dijo a sus compatriotas que su sociedad sería como una ciudad sobre una colina, un ejemplo para el mundo. La raíz de esa esperanza estaba en la fe cristiana de Winthrop y éste se imaginaba sin duda su ciudad sobre la colina con una iglesia en el centro. Con el paso de los siglos, Estados Unidos ha conservado su profunda religiosidad, al mismo tiempo que se ha convertido en un país extraordinariamente pluralista. Efectivamente, somos el país más devoto de Occidente y el más diverso del mundo en lo que atañe a religión. La iglesia que ocupa el centro de esa ciudad sobre la colina está ahora rodeada de los alminares de las mezquitas musulmanas, de la escritura hebrea de las sinagogas judías, del cántico de los sangas budistas y de las estatuas de los templos hindúes. De hecho, en la actualidad hay más musulmanes en Estados Unidos que episcopales, confesión que profesaban muchos de los padres fundadores de Estados Unidos.
Hace cien años el eminente intelectual afro estadounidense W.E.B. DuBois advirtió que el problema del siglo sería las diferencias raciales. El siglo XXI bien podría estar dominado por otra línea divisoria: la fe. De Irlanda del Norte a Asia meridional, del Oriente Medio al Medio Oeste estadounidense, la gente condena, coacciona y mata en nombre de Dios. Las problemáticas más urgentes que encara mi país (Estados Unidos), mi religión (el Islam) y todos los hijos de Dios bien podría ser las siguientes: ¿Cómo se relacionarán en la Tierra aquellas personas que tengan quizás un concepto diferente de lo que es Cielo? ¿Aprenderán la iglesia, el alminar, la sinagoga, el templo y el sanga a compartir el espacio de una nueva ciudad sobre la colina?
Yo creo que el espíritu estadounidense —una mezcla de tolerancia y reverencia— puede contribuir de manera significativa a esta cuestión.
Estados Unidos es un enorme encuentro de almas, la gran mayoría proveniente de otras tierras. El genio de Estados Unidos radica en permitir que estas almas contribuyan sus elementos a la tradición estadounidense, que agreguen nuevas notas al canto estadounidense.
Yo soy estadounidense y tengo un alma musulmana. Mi alma encierra en ella una larga historia de héroes, movimientos y civilizaciones que buscaban someterse a la voluntad de Dios. Mi alma escuchaba mientras el profeta Mahoma predicaba el mensaje fundamental del Islam: el tazaaqa y el tawhid (monoteísmo), es decir, la justicia compasiva y la unicidad de Dios. En la Edad Media, mi alma se desplazó a Oriente y a Occidente, y rezó en las mezquitas y estudió en las bibliotecas de las espléndidas ciudades musulmanas del medievo: El Cairo, Bagdad y Córdoba. Mi alma giraba con Rumi, estudiaba a Aristóteles y Averroes y viajaba por Asia Central con Nasir Khusrow. En la era colonial, mi alma musulmana fue incitada a la justicia. Caminó junto a Adbul Ghaffar Khan y el movimiento de los Khudai Khidmatgars en su satyagraha (resistencia pacífica) para liberar a la India. Se solidarizó con las figuras de Farid Esack, Ebrahim Moosa, Rahid Omar y el Movimiento Juvenil Musulmán en su lucha por una Sudáfrica multicultural.
En un ojo tengo esta antigua visión musulmana del pluralismo, y en el otro tengo la promesa de Estados Unidos. Y en mi corazón rezo para que hagamos realidad esta posibilidad: una ciudad sobre una colina donde distintas comunidades religiosas compartan respetuosamente el espacio y sirvan el bien común; un mundo donde países y personas diferentes se lleguen a conocer los unos a otros en aras de la hermandad y la rectitud; un siglo en el que logremos juntos una vida común.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.