22 septiembre 2008
Primeros colonos anticiparon derecho a la libertad de conciencia
Nueva York – El viejo y frágil documento descansa ahora protegido por una caja de crystal, apenas visible su prosa revolucionaria y elocuente, sus páginas chamuscadas. Pero el principio de la libertad religiosa promovido por un pequeño grupo de colonos ingleses en la Petición de Flushing ha sobrevivido a los siglos.
Flushing es un vecindario de Queens – uno de los cinco sectores que, entre todos, componen la ciudad de Nueva York, y está situada 16 kilómetros al este de Manhattan, Nueva York.
Fechada el 27 de diciembre de 1657, la Petición de Flushing es el documento más antiguo que se conozca en Norteamérica como argumento en defensa de la libertad religiosa. Un grupo de residentes de Flushing la usó para peticionar al gobierno colonial holandés que sostuviera la libertad de conciencia y permitiera el pluralismo religioso. Los historiadores la consideran un precursor de las garantías de libertad religiosa de la Constitución de Estados Unidos.
En ocasión de su 350mo. aniversario, la Petición estuvo, en una de sus raras exhibiciones públicas, en la Biblioteca Pública de Queens y luego en el Museo de Arte de Queens, desde diciembre del 2007 hasta junio del 2008. Los sucesivos gobiernos de Nueva York – holandés, británico y norteamericano – la habían mantenido en custodia, junto con 12.00 páginas de expedientes holandeses originales. El documento en exhibición es un duplicado del de 1657, copiado por un notario en las minutes del concejo colonial de Nueva Ámsterdam. En 1911 sus páginas quedaron chamuscadas en un incendio ocurrido en los archivos de Albany. El original de la petición no ha sido encontrado en ninguna parte.
UNA TRADICION DE LIBERTAD RELIGIOSA
En 1645, la carta de la Compañía de las Indias Occidentales Holandesas, que establecía la población de Flushing en la colonia de Nueva Ámsterdam, garantizaba libertad religiosa o “el derecho de tener y disfrutar de libertad de conciencia, de acuerdo con la costumbre y manera de Holanda, sin ser acosado o inquietado por cualquier magistrado u otro ministro eclesiástico”.
Sin embargo, luego de su llegada en 1647 el gobernador colonial Peter Stuyvesant proclamó que no toleraría ninguna religión excepto la de su Iglesia Holandesa Reformada. Aunque persiguió a otros grupos religiosos, tales como luteranos y judíos, Stuyvesant fue especialmente severo con la Sociedad de los Amigos, conocida también como los cuáqueros, y emitió un edicto que prohibía que cualquier persona de la colonia recibiera a un cuáquero o permitiera una reunión de cuáqueros en su casa. Los vecinos de Flushing se sintieron impulsados a defender su carta municipal en 1657, luego de que Stuyvesant desterró al respetado ciudadano Henry Townsend por permitir una reunión de cuáqueros en su casa.
Edward Hart, el erudito escribiente de la ciudad, escribió el documento, que firmaron Tobias Feake, el schout (jefe de policía) y otros 29 vecinos. Feale le entregó el petitorio a Stuyvesant.
La petición de Flushing fue notable por varias razones, escribió en The New York Times Kenneth T. Jackson, profesor de historia en la Universidad de Columbia, en ocasión del 350mo. aniversario del documento. Los firmantes se respaldaron recíprocamente; ninguno era cuáquero. Sostuvieron sus palabras con actos, enviándolas al funcionario más poderoso de la colonia.
Además, escribió Jackson, “como todos los grandes documentos, las palabras de la Petición son tan hermosas como los sentimientos que expresan”.
“Por nuestra parte no podemos condenarlos (a los cuáqueros) en este caso, ni podemos levantar nuestras manos contra ellos”, le dijeron a Stuyvesant los residentes de Flushing.
“Por lo tanto, deseamos en este caso no juzgar para no ser juzgados, ni condenar para que no seamos condenados, sino más bien dejar que cada hombre responda o le falle a su propio Señor”, dijeron.
Los colonos mencionaron a “judíos, turcos y egipcios… presbiterianos, independientes, bautistas o cuáqueros, y dijeron que ellos “deseaban proceder con todos los hombres como nosotros deseamos que todos los hombres procedan con nosotros, que es la verdadera ley de la Iglesia y el Estado”.
“Por lo tanto, si algunas de estas personas llegaran hasta nosotros con amor, no podemos, en conciencia, levantar manos violentas contra ellas, sino darles libre entrada y salida en nuestra ciudad y casas, tal como Dios persuadirá nuestras conciencias, porque estamos atados por la ley de Dios y el hombre de hacer el bien a todos los hombres y el mal a ninguno”, dijeron.
Un iracundo Stuyvesant rechazó la Petición, exigió que los firmantes se retractaran, impuso multas y encarceló a Hart y Feake. A pesar de los ruegos de su propia hermana y los indios locales, Stuyvesant hizo que toda la ciudad sufriera, reemplazando el gobierno municipal con sus propios designados.
En 1662 un joven granjero llamado John Bowne, que se había casado con una cuáquera, permitió que algunos Amigos se reunieran en su casa. Fue arrestado, multado, puesto en prisión y luego desterrado de la colonia. Bowne llegó a Holanda con la Petición y presentó su caso a la Compañía de las Indias Occidentales Holandesas. La compañía respaldó a Bowne y en 1663 le dijo a Stuyvesant que debía respetar la libertad religiosa. “Las conciencias de los hombres deben, por lo menos, seguir siendo libres y sin cadenas”, dijo la compañía.
UN LEGADO PERDURABLE
Según R. Scott Hanson, profesor adjunto de historia visitante en la Universidad del Estado de Nueva York en Binghhampton, la Petición se entiende mejor en términos de su contexto local, pero desempeñó un papel importante en la evolución de la libertad religiosa en Norteamérica. A menudo pasada por alto, es, con todo, “notable, y se levanta todavía como el documento más temprano a favor de estos principios en la Norteamérica colonial”.
“Era un grupo de ciudadanos comunes y corrientes que argumentaban a favor de esta idea”, agregó Hanson. “Los historiadores la consideran una petición pionera, tan elocuente y en toda su extensión”.
Rhode Island and Pennsylvania otorgaron libertad religiosa luego de la Petición. Y en 1683 la Carta de Libertades, que estableció un gobierno colonial en Nueva York, garantizó la libertad religiosa, tal como lo hizo la constitución de Nueva York en 1777.
No ha quedado aclarado si la Petición, por sí misma, afectó realmente a otros estados y a la Constitución de Estados Unidos, observa Hanson.
En tanto que algunos historiadores perciben un vínculo, no hay pruebas históricas de que tanto James Madison, autor de la Declaración de Derechos (las primeras diez enmiendas a la Constitución), o Thomas Jefferson, autor del Estatuto de Libertad Religiosa de Virginia, hubieran realmente leído u oído hablar de la Petición, dijo Hanson. Los escritos de Jefferson comentan sobre la libertad religiosa en los estados hermanos de Pennsylvania y Nueva York.
Los principios de la Petición siguieron viviendo y crecieron en el poblado colonial de Flushing y en todo el Condado de Queens, Nueva York. En la época colonial era una de las más diversas, en la que se hablaban más de 16 idiomas y se practicaban varias religiones, y la diversidad siguió prosperando a través de los siglos. Un sentimiento de orgullo local en la propia Petición volvió a la superficie en el decenio de 1900, señaló Hanson.
Los cuáqueros edificaron su propia casa de reuniones en 1694 y hasta hoy celebran reuniones allí. La casa de Browne, donde vivieron sus descendientes hasta que se convirtió en museo en 1945, fue declarada “santuario nacional de la libertad religiosa”. La casa de la granja hoy comparte Bowne Street con 10 diferentes lugares de culto.
Hoy, Queens es el condado de mayor diversidad étnica de Estados Unidos, según la Oficina del Censo de Estados Unidos. La propia Flushing es sede de más de 200 edificios dedicados a prácticas religiosas – iglesias, templos, gurdwaras sikhs, mezquitas, sinagogas, casas de reunión y otros – un legado apropiado de los 30 signatarios de la Petición de Flushing. (Véase “One New York City Neighborhood Is a World of Religious Diversity.”)
Puede encontrarse más información sobre la Petición de Flushing en at “350th Anniversary of the Flushing Remonstrance,” preparado por la oficina del presidente de Queens, y el sitio en la Web de la Bowne House Historical Society.
Para obtener más información sobre la diversidad religiosa en Estados Unidos,
ver “Diversity-At Worship”
A continuación la transcripción del documento La Petición de Flushing
En 1656 el gobernador Peter Stuyvesant aprobó una ordenanza que declaraba que cualquier persona que prestara su casa, siquiera tan sólo por una noche, para que fuera Casa de Reunión Cuáquera, sería multado, y que las naves que trajeran a cualquier cuáquero a la provincia serían confiscadas. En Flushing creció el sentimiento para oponerse a esta violación del derecho de disfrutar de la libertad de conciencia, tal como lo establecía la carta de la población. Se decidió enviar una petición al gobernador, en protesta contra su medida.
John Bowne no firmó la Petición, pero, con seguridad, debió de haber estado de acuerdo con sus vecinos de Flushing que lo hicieron. En 1662 fue arrestado por desafiar abiertamente la prohibición del gobernador al permitir que los cuáqueros celebraran cultos en su casa.
El manuscrito original de la Petición se guarda en la Sección de Manuscritos e Historia de la Biblioteca del Estado de Nueva York en Albany, donde quedó dañado en un incendio que ocurrió en 1911 en los archivos del Capitolio. A continuación una copia de la Petición hecha en el siglo XXI
PETICION
De los habitantes de la Ciudad de Flushing al gobernador Stuyvesant 27 de diciembre de 1657
Muy Honorable Señor
Usted se ha complacido en enviarnos una cierta prohibición u orden, de que no deberíamos recibir ni hospedar a ninguna de esas personas llamadas cuáqueros, porque algunos los suponen ser tentadores de la gente. Por nuestra parte, no podemos condenarlos en este caso, ni podemos levantar nuestras manos contra ellos para castigarlos, desterrarlos o perseguirlos, porque Cristo nuestro dios es un fuego que consume, y es cosa temible caer en manos del Dios vivo.
Deseamos, por lo tanto, que este caso no sea juzgado para que no seamos juzgados, ni condenado para que no seamos condenados, antes bien dejar que cada hombre se yerga y caiga ante su propio Señor. Estamos obligados por la Ley a hacer el bien a todos los hombres, especialmente a aquellos de la familia de la fe. Y aunque por ahora parezcamos insensatos ante la ley y el Legislador, cuando la muerte y la Ley nos ataquen, si tenemos nuestro abogado a quien buscar, el cual abogará por nosotros en este caso de conciencia entre dios y nuestras propias almas; el poder de este mundo no puede atacarnos ni excusarnos, porque si Dios justifica, ¿quién puede condenar?; y si Dios condena no hay nadie que pueda justificar.
Y en cuanto a esos celos y sospechas que algunos tienen de ellos, que son destructores de la Magistratura y los Ministerios, eso no puede ser porque el magistrado tiene la espada en la mano y el ministro tiene la espada en la mano, como lo atestiguan esos dos grandes ejemplos que todos los magistrados y ministros tienen que seguir, Moisés y Cristo, a quienes Dios alzó y mantuvo y defendió contra todos los enemigos, tanto de la carne como del espíritu; y, por lo tanto, lo que es de Dios permanecerá y lo que es del hombre se convertirá en nada. Y como el Señor les ha enseñado a Moisés o al poder civil darles una libertad material en el estado mediante la ley escrita en su corazón, concebida para bien de todos, y puede verdaderamente juzgar quién es bueno, quién es civil, quién es veraz y quién es falso, y puede dictar sentencia definitiva de vida o muerte contra ese hombre que se levanta contra la ley fundamental de los Estados Generales; de modo que ha dado a sus ministros una sazón de vida hacia la vida, y una sazón de muerte hacia la muerte.
La ley de amor, paz y libertad en los estados se extiende a los judíos, turcos y egipcios en tanto son considerados hijos de Adán, que es la gloria del estado material de Holanda, de modo que amor, paz y libertad se extienden a todos en Cristo Jesús, condena el odio, la guerra y el cautiverio. Y porque nuestro Salvador dijo que es imposible que vengan las ofensas, pero, ¡ay de quienes las cometan!, nuestro deseo es no ofender a ninguno de sus pequeñitos, en cualquier forma, nombre o título que él se presente, ya sea presbiteriano, independiente, bautista o cuáquero, sino que se alegrará de ver algo de Dios en cada uno de ellos, deseando tratar a todos los hombres como nosotros deseamos que todos los hombres nos traten a nosotros, lo cual es la verdadera ley de la Iglesia y el Estado; porque nuestro Salvador dijo que esta es la ley y los profetas.
Por tanto, si algunas de las dichas personas vienen a nosotros en amistad, no podemos, en conciencia, levantar manos violentas contra ellas, sino darles libre entrada y salida en nuestra Ciudad, y casas, tal como Dios persuadirá nuestras conciencias. Y en esto somos verdaderos súbditos tanto de la Iglesia como del Estado, porque estamos obligados por la ley de Dios y el hombre a hacer el bien a todos los hombres y el mal a ningún hombre. Y esto es conforme a la patente y carta de nuestra Ciudad, dada a nosotros en nombre de los Estados Generales, que no queremos quebrantar ni violar, sino que sustentaremos nuestra patente y nos mantendremos como sus humildes servidores, los habitantes de Vlishing.
Escrito por mí en este 27mo. día de diciembre del año 1657,
EDWARD HART, Escribiente
Tobias Feake, Nathaniel Tue, The Mark of William Noble, Nicholas Blackford, The Mark of Micah Tue, William Thorne, seignor, The Mark of William Thorne, junior,The Mark of Philipp Ud, Edward Tarne, Robert Field, senior, John Store, Robert Field, junior, Nathaniel Hefferd, Nick Colas Parsell, Benjamin Hubbard, Michael Milner, The Mark of Henry Townsend, William Pigion, George Wright, The Mark of John Foard, George Clere, Henry Semtell, Elias Doughtie, Edward Hart, Antonie Feild, John Mastine, Richard Stockton, John Townesend, Edward Griffine, Edward Farrington