16 septiembre 2008

Este artículo pertenece al periódico electrónico de agosto de 2008 “Libertad de Credo - Minorías Religiosas en Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.
Por Gustav Niebuhr
Durante más de un siglo, algunos grupos de estadounidenses han tratado de aproximarse a otros grupos religiosos con la esperanza de conseguir más comprensión y cooperación entre sus comunidades.
Gustav Niebuhr es autor de Beyond Tolerance: Searching for Interfaith Understanding in America (Más allá de la tolerancia: la búsqueda de la comprensión entre las religiones en Estados Unidos). También es profesor asociado de religión en la Universidad Syracuse, en Nueva York.
Un día en 1991, el rabino de una sinagoga suburbana de Nueva York en Long Island le planteó una pregunta inquisitiva a uno de sus líderes laicos. ¿Hay un grupo de musulmanes cercano al que los miembros de la sinagoga les gustaría conocer para adquirir algún conocimiento mutuo a través de las líneas religiosas? Para el rabino Jerome Davidson, líder espiritual del templo Beth-El, en el condado de Nassau, Nueva York, no se trataba de una idea completamente insólita. Durante años había estado a cargo de invitar a personas que no eran judías –protestantes, católicos, ocasionalmente musulmanes estadounidenses – a hablar en su organización rabínica nacional. Pero dijo que no se había intentado algo semejante en el ámbito local. “Sentí que era importante probar eso”.
Llevó tiempo, pero dentro del año algunos miembros importantes de Beth-El acordaron iniciar conversaciones con sus homólogos de la Sociedad Islámica de Long Island, una mezquita distante varios kilómetros. Comenzaron modestamente, compartiendo información sobre la manera en que sus religiones diferentes marcaron los grandes momentos de sus vidas (¿qué se hace cuando nace un bebé?¿cómo se celebra una boda?), y luego pasaron a discutir los principios teológicos de sus textos sagrados. Una vez que llegaron a conocerse unos a otros, los judíos y los musulmanes compararon sus diferencias respecto al Oriente medio: “las cuestiones sofisticadas”, como describió Davidson a esas discusiones. Cuando lo entrevisté durante la investigación para un libro sobre las religiones interreligiosas, el diálogo iba por su 15to año. “¿Hace alguna diferencia?”, le pregunté a Faroque Khan, el médico que actuaba como presidente de la mezquita. Respondió que no globalmente, pero agregó: “Si puedo ayudar a que dos comunidades se entiendan mejor, para mí eso es un logro”.
Si esta historia parece fuera de lo común, es porque esos encuentros rara vez llegan a los titulares de los diarios, que a menudo parecen reservados para informes de conflictos entre grupos religiosos y no de cooperación. Pero las reuniones de Long Island corresponden a una tendencia que está surgiendo en Estados Unidos. Incluso cuando las diferencias religiosas se asocian con frecuencia en las noticias con la tensión y la violencia, ha estado aumentando la colaboración entre estadounidenses de distintas tradiciones. La tendencia típicamente toma la forma de reuniones regulares entre miembros de las diferentes congregaciones, para conversaciones formales o trabajo compartido en proyectos sociales, como operar un servicio de comida para los pobres o un programa de alfabetización para los niños. Un informe del Instituto Hartford para el Estudio de la Religión en Connecticut informó que entre las congregaciones que analizó – cristianas, judías, musulmanas y otras – las actividades sociales y de colaboración aumentaron más de cuatro veces, al 38 por ciento de todas las congregaciones, entre los años 2000 y 2005.
Una nación de fe
Dos hechos ayudan a explicar la tendencia. Primero y principal, Estados Unidos es una nación religiosa, como lo han medido las encuestas nacionales. Los estadounidenses valoran las creencias y prácticas religiosas, lo cual es una característica de la vida de la nación, pasada y presente. En junio de 2008 la organización sin fines de lucro Foro Pew sobre Religión y Vida Pública dio a conocer una encuesta masiva de más de 35.000 personas, informando que el 92 por ciento de los estadounidenses dijo que creían en Dios; el 75 por ciento dijo que oraban por lo menos una vez a la semana, muchos de ellos diariamente. Esto es consistente con encuestas anteriores según las cuales hasta 7 de cada 10 estadounidenses declararon que la religión es “importante” o “muy importante” en sus vidas. La creencia extendida de que la religión es valiosa en sí misma se puede rastrear al pasado de Estados Unidos. El presidente George Washington declaró en su discurso de despedida en 1796 que los ciudadanos de una república no pueden gobernarse y ejercer sus libertades plenas a menos que sean virtuosos. Y la virtud cívica, dijo Washington, se sostiene en la religión y en la moral. (Notablemente, no especificó cuál religión).
Segundo, la tendencia hacia la cooperación interreligiosa está vinculada con el cambio demográfico operado en Estados Unidos en las últimas décadas del siglo 20. En octubre de 1965, después de semanas de debate en el Congreso, el presidente Lyndon B. Johnson firmó una ley poniendo en práctica una reforma amplia de las leyes de inmigración. La nueva ley abrió las puertas a inmigrantes de Asia, África y América Latina, un influjo que diversificó el panorama religioso de la nación. Los nuevos estadounidenses incluyeron no sólo cristianos y judíos, ambos presentes en el continente al menos desde el siglo 17, sino también comunidades de budistas, hindúes, jainistas, musulmanes, sikhs, zoroástricos y otros.
En la práctica, esta inmigración significó que en las ciudades grandes y sus suburbios los cristianos, judíos, musulmanes, hindúes y budistas se encontraron hombro a hombro en los mismos lugares de trabajo, recintos universitarios y vecindarios. Hay un creciente número de personas que desean juntar a estos grupos diversos aún más. Eboo Patel, un musulmán nacido en la India cuya familia emigró al medio oeste en la década de 1970, quiere ayudar a derribar los estereotipos con conversaciones y actividades en las cuales estos grupos puedan entremezclarse. Después de la universidad en Illinois y de seguir estudios de posgrado en Oxford, Patel fundó el Núcleo Juvenil Interreligioso con sede en Chicago. La organización trabaja primordialmente en los recintos universitarios, reclutando estudiantes para que se reúnan cruzando las líneas religiosas, hablen de sus creencias básicas y participen juntos como voluntarios en proyectos sociales como reparar hogares de personas pobres y limpiar los parques de la ciudad. Patel, ahora su director ejecutivo, dice que la idea no es convertir a nadie a otra religión, sino en cambio reforzar la identidad religiosa de los estudiantes al tiempo que les permite descubrir las tradiciones éticas que comparten sus respectivas religiones.
La historia del movimiento interreligioso
La idea esencial del dialogo considerado entre las minorías religiosas en Chicago se puede rastrear a un solo acontecimiento histórico el 11 de septiembre de 1893. Ese día se congregó una conferencia especial mientras Chicago era anfitriona de la Feria Mundial. Los protestantes locales convocaron a la conferencia bajo el nombre de Parlamento Mundial de Religiones para invitar a representantes de 10 iglesias de distintas partes del mundo a que acudieran a Chicago a hablar de sus creencias y prácticas religiosas específicas. La conferencia, que duró dos semanas, causó sensación nacional como un curso público de religiones comparativas. Asistieron miles de personas, así como periodistas que informaron de costa a costa sobre las sesiones. Lo que importó particularmente fue la atención brindada a los oradores que no eran cristianos, especialmente dos de ellos, un maestro hindú llamado Swami Vivekananda y el monje budista Anagarika Dharmapala. Cada uno de ellos representaba a una religión que los estadounidenses apenas conocían o entendían. Ambos impresionaron a las multitudes que los oían y a los lectores que leían los informes de los diarios. Cada una de estas dos figuras religiosas sudasiáticas hizo un llamado al diálogo y al respeto entre las religiones del mundo. Vivekananda, al hablar ante la conferencia el primer día, declaró que el sonido de la campana en la sesión inaugural había sido “el tañido de muerte de todos los fanatismo”. Sabemos, desde luego, que expresó una esperanza que un siglo después todavía no se ha hecho realidad, pero para algunos sus palabras retienen la capacidad de inspirar.
El parlamento terminó sin un sucesor para que llevase adelante sus ideas. No comenzó a desarrollarse realmente un interés amplio en el diálogo, ya sea en Estados Unidos como en Gran Bretaña, hasta mediados de la década de 1990. Una celebración del centenario del parlamento mismo atrajo miles de personas a Chicago en 1993, una multitud suficiente para alentar la creación de una organización permanente para continuar esos encuentros internacionales. El Consejo del Parlamento de las Religiones del Mundo (CPWR) ha organizado reuniones en Ciudad de Cabo, Sudáfrica, en 1999; en Barcelona, España, en 2004, y la próxima será en Australia en 2009.
Para muchos estadounidenses la labor importante en las relaciones interreligiosas ocurre en el ámbito local, como en el ejemplo de Long Island. Mucho ha ocurrido desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Aunque la destrucción desatada ese día aumentó las tensiones entre quienes no son musulmanes y los musulmanes en algunos lugares, esa respuesta está lejos de ser universal. En varias ciudades inmediatamente después de los ataques – Seattle, Denver, Washington, por ejemplo --, los cristianos y judíos se unieron para proteger a las mezquitas de actos de vandalismo y tranquilizar a sus vecinos y compañeros de trabajo musulmanes. A largo plazo, los ataques impulsaron a las congregaciones a entrar en un diálogo entre ellas. Muchos musulmanes estadounidenses, actuando por su cuenta, iniciaron una serie de reuniones hogareñas abiertas – “días de mezquitas abiertas” – para instruir a vecinos curiosos sobre un conocimiento básico del Islam.
La tendencia que se describe aquí, por cierto, no es universal. Muchos estadounidenses religiosos, de todas las persuasiones, no participan en esos eventos. Algunos son profundamente escépticos, incluso hostiles, acerca de este diálogo, creyendo que sólo sus religiones suscriben a la verdad absoluta. Abrir conversaciones religiosas con otras personas, en esta opinión, es una pérdida de tiempo o algo peor. Bajo la Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que garantiza la libertad religiosa a todos los ciudadanos, esas personas tienen derecho a la plena protección de sus creencias y actitudes.
Pero como ha descubierto el informe Pew citado anteriormente, la mayoría de los estadounidenses no son tan dogmáticos cuando se refiere a sus religiones. Y como yo he descubierto en mis investigaciones, son muchos los que desean conocer más de las creencias y prácticas de sus vecinos y están dispuestos a invertir el tiempo para hacerlo. Muchos encuentran inspiración en su propia curiosidad. Pero quizás la mejor base se encuentre en una declaración escrita hace 41 años por el reverendo Martin Luther King (h), el ministro bautista negro a quien quizás se recuerda mejor por haber encabezado el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos. Pero casi al final de su vida, se hizo amigo de un monje budista vietnamés exiliado, Thich Nhat Hanh, que había venido a Estados Unidos en una misión de paz. El ruego de Nhat Hanh de reconciliación y paz en Vietnam inspiró a King, quien después propuso al monje para el Premio Nobel de la Paz. En esa época, King escribió un ensayo en el que pedía a los lectores que imaginasen que la humanidad había heredado “una gran ‘casa mundial’ en la cual tenemos que vivir juntos”. King enumeró a sus habitantes como judíos y gentiles, católicos y protestantes, musulmanes e hindúes, llamándolos una familia de ideas y culturas diversas pero una que “debido que nunca podremos volver a vivir separados, debemos aprender de alguna manera a vivir juntos en paz”.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.