16 septiembre 2008

Diversidad religiosa en los albores de Estados Unidos

 
El cuáquero William Penn, fundador de Pensilvania, con tribus de indios nativos.
El cuáquero William Penn, fundador de Pensilvania, con tribus de indios nativos.

Este artículo pertenece al periódico electrónico de agosto de 2008 “Libertad de Credo - Minorías Religiosas en Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.

Por Catherine L. Albanese

En la historia de Estados Unidos el periodo colonial se destaca por el pluralismo religioso, en la medida en que los aborígenes norteamericanos, los esclavos africanos y los colonizadores europeos practican sus propias y diversas formas de religión. En este artículo la autora se remonta a las raíces y el establecimiento de la tolerancia religiosa en la época colonial.

Catherine L. Albanese es autora de ”A Republic of Mind and Spirit: A Cultural History of American Metaphysical Religion” (República de la Mente y del Espíritu: Historia Cultural de la Religión Metafísica de Estados Unidos). Es también Profesora de Religión Comparada, en la Cátedra J.F. Rowny  y catedrática del Departamento de Estudios Religiosos en la Universidad de California en Santa Bárbara.

En la percepción común de la historia religiosa de Norteamérica, prevalecen tres mitos:

• Mito número uno: la historia religiosa se refiere sólo a los europeos.

• Mito número dos: el cristianismo protestante de los inmigrantes y colonizadores europeos, en los primeros decenios de la nación, era de naturaleza monolítica.

• Mito número tres: el pluralismo religioso es una evolución que ocurrió tardíamente en el siglo XX.

Este punto de vista de la historia religiosa de Norteamérica plantea varios problemas. En primer lugar, pasa por alto el sitio que ocupaban los pueblos indígenas – indios norteamericanos – que precedieron por siglos a los europeos en estas playas. Segundo, pasa por alto también el lugar que ocupaban los africanos, que comprendían una vasta minoría de la población colonial. Tercero, del lado europeo de la historia, es importante tomar nota de que si bien la población norteamericana de los primeros tiempos era predominantemente protestante, también hubo católicos y judíos entre los colonizadores. Finalmente, incluso entre los protestantes el pluralismo se había extendido en la Norteamérica colonial y era un rasgo importante del panorama religioso norteamericano. Los acontecimientos sectarios en Gran Bretaña, en el periodo que precedió inmediatamente a la colonización, garantizó una perspectiva pluralista, y así lo hizo también la inmigración sectaria procedente, de modo más notable, de Alemania. Entre tanto, los colonizadores de otras naciones, en su mayoría del norte de Europa, con sus particulares preferencias religiosas, también estuvieron representados en la Norteamérica colonial.

Incluso después de esta breve descripción de la verdadera diversidad religiosa en la Norteamérica colonial, podemos muy bien plantearnos preguntas acerca de cómo se inició, en primer lugar, el mito de la monolítica identidad protestante. Los primeros historiadores de la experiencia religiosa norteamericana eran representantes de las principales denominaciones protestantes. Encararon la historia no de un modo profesional, sino desde sus cargos de clérigos. Por lo tanto, el estudio de la historia religiosa norteamericana se volvió profesional de una manera gradual y – dado que, hasta hace muy poco tiempo, los protestantes eran mayoría evidente en la nación – no es sorprendente que se pasara por alto la diversidad real de la Norteamérica colonial.

Tradiciones de los pueblos indígenas y afronorteamericanos

Durante siglos, en naciones separadas, los pueblos indígenas habían desarrollado sus culturas distintivamente americanas. Cada nación indígena tenía sus propios sistemas de creencias, códigos de conducta y prácticas ceremoniales que eran, y siguen siendo hoy, diferentes entre sí. (El material expuesto aquí y mucho del que sigue es un resumen de America: Religions and Religion, de Catherine L. Albanese 4th ed., [Belmont, Calif.: Wadsworth Publishing, 2007].) En la Norteamérica del siglo XVII, la cultura indígena norteamericana, que comprendía unas 550 sociedades e idiomas diferentes, se destacaba por una diversidad mayor que la que la mayoría de nosotros puede sondear. Pero si observamos los rasgos comunes entre los grupos, los indígenas americanos demostraban un fuerte sentido de continuidad con el mundo sagrado, expresado en creencias, ceremonias y modos de vida que nos hablan de su afinidad con la naturaleza. Consideraban sagrado el mundo material que los rodeaba y no lo separaban de un reino sobrenatural, tal como lo hacían los europeos. También encontraban la realidad sagrada en los estados de ensoñación interior, y veían sus vidas internas y la realidad externa como algo fluido y abierto a la transformación. Los animales sagrados podían convertirse en seres humanos y la inversa. En este contexto, la ética de los indígenas podría describirse como algo que vivía en total armonía con el mundo natural. Más aún, los indígenas se sentían cómodos en situaciones que, más tarde, se calificarían de pluralidad religiosa. Entre los nativos norteamericanos, se tomaba nota de las diferencias religiosas, se las honraba y aceptaba. Las diferentes tribus tenían espíritus diferentes a los que invocar, ceremonias diferentes que realizar y prácticas diferentes que observar.

A su vez, entre los africanos la religión no desapareció cuando los convirtieron en esclavos. La mayoría provenía del África Occidental y de la región del Congo-Angola, y muchos eran mandingas, yorubas, ibos, bacongos, eues y fones. El Islam era la religión que algunos elegían, en tanto que otros seguían diversas y distintivas religiones tradicionales africanas. Tal como ocurría con los indígenas americanos, entre estas formas indígenas prevalecían ciertos temas. La comunidad era clave y el mundo sagrado nunca estaba muy lejos, poblado por espíritus y deidades que incluían a los antepasados venerables. Presidiendo la comunidad sagrada había un dios supremo, de cuyo poder se apropiaba la gente a través de deidades intermediarias. La adivinación, el sacrificio de animales, la música y la danza – con el ritmo insistente del tambor – todo actuaba para crear un significado espiritual expreso. En Norteamérica estas ideas religiosas tomaron nuevos giros en las comunidades de esclavos, en las que los negros adaptaron el cristianismo protestante e incorporaron también temas relacionados con la involuntaria condición de esclavitud. De ese modo, el cristianismo negro, a medida que evolucionó, nunca fue igual a la versión europea blanca. Junto con esto, también, las tradiciones de magia y curación, llamadas a menudo conjuros, crecieron y prosperaron, mezclándose con creencias y prácticas de los indígenas americanos y, en ocasiones, atrayendo a blancos que procuraban curarse o recibir ayuda material mediante prácticas mágicas.

Las tradiciones de los primeros europeos

Los primeros europeos en llegar a Norteamérica fueron los españoles que, bajo Juan Ponce de León, entraron en 1513 en la peninsula que hoy llamamos la Florida. Apenas ocho años después, llegaron sacerdotes católicos para hacer obra misionera entre los indígenas, y para 1564 los españoles habían fundado San Agustín. A centenares de kilómetros de allí, en las regiones occidentales del nuevo continente, tenía lugar una actividad religiosa similar. Antes de que terminara el siglo XVI, había misioneros franciscanos en lo que hoy es el estado de Nuevo México, y los jesuitas fundaron una misión en Arizona a comienzos del siglo XVIII. Entre los ingleses, los católicos no vinieron a convertir a los indígenas, sino a colonizar. De hecho, la carta con la que comenzó la colonia que llegó a ser Maryland le fue entregada a un católico romano. El rey inglés Carlos I le otorgó la carta al católico George Calvert, primer Lord Baltimore. En 1634 su hijo Leonard llegó como el primer gobernador de la colonia. La colonia de Maryland no se mantuvo mucho tiempo en manos católicas, pero su simple existencia fue testimonio del poder de las minorías religiosas en la era colonial. Entre tanto, la colonia cuáquera de Pennsylvania acogía a los católicos, y la colonia de Nueva York, por lo menos durante parte de su historia, también los toleraba. En Nueva York, de 1682 a 1689, hubo incluso un gobernador católico, Thomas Dongan.

Nueva York fue también el hogar de los primeros judíos de la Norteamérica colonial. Originalmente se establecieron allí en 1654, cuando era todavía Nueva Ámsterdam – la colonia pasó de manos holandesas a inglesas en 1664. Estos judíos, parte de una comunidad de refugiados hispano-portugueses, formada cuando los judíos fueron expulsados de esas tierras a fines del siglo XV, se había establecido inicialmente en la liberal Holanda. Luego pasaron al Brasil oriental, en una empresa colonial holandesa, hasta que, luego de la conquista portuguesa, los judíos huyeron al norte, hasta Nueva Ámsterdam. Allí formaron una pequeña comunidad de sefarditas, en su mayoría comerciantes que no contaban con rabinos. Los matrimonios con no judíos de la zona hizo que algunos de ellos se fundieran con la población local, pero para 1692 habían logrado establecer la primera sinagoga de Norteamérica. Algunos de los sefarditas se establecieron también en Rhode Island y otros – junto con judíos del norte de Europa que habían empezado a llegar – salpicaron las ciudades de la costa oriental con sus pequeñas comunidades y congregaciones religiosas, hasta sitios tan al sur como Charleston, en Carolina del Sur.

Dentro de este mundo de diversidad religiosa de la Norteamérica colonial, los protestantes, en conjunto, eran mayoría. A principios del siglo XVII dos pandemias diezmaron los pueblos indígenas del continente norteamericano – fueron vencidos por los microbios europeos, mucho más que por las armas de fuego europeas. Los otros grupos – africanos, católicos y judíos --, siempre estuvieron claramente en minoría, aun cuando las poblaciones africanas eran apreciables en algunos lugares. Pero pensar en los colonizadores protestantes en términos colectivos falsea la situación de diferencia religiosa que en verdad caracterizó a estos inmigrantes europeos. Muchos exhibían un cristianismo cultural protestante pero vivían también en contacto con una serie de creencias y comportamientos metafísicos afines con los de los indígenas y los negros – entregándose a la práctica mágica de gentes artificiosas, a las formas astrológicas de guiarse y a las formas elitistas del esoterismo (ver John Butler, Awash in a Sea of Faith: Christianizing the American People [Cambridge: Harvard University Press, 1990], and Catherine L. Albanese, A Republic of Mind and Spirit: A Cultural History of American Metaphysical Religion [New Haven: Yale University Press, 2007]).

Además, las dos primeras colonias que llegaron a ser actores importantes en acontecimientos políticos posteriores fueron pobladas por grupos religiosos diferentes. Los virginianos, con su primera colonia permanente en Jamestown en 1607, eran oficialmente miembros de la Iglesia de Inglaterra. Tan riguroso era su anglicanismo que en 1610 y posteriormente, durante cerca de un decenio, la ley de Virginia exigía la asistencia a los servicios del domingo so pena de muerte en caso de una tercera inasistencia (no hay constancia de que alguíen haya sido realmente ejecutado alguna vez). En contraste, en Nueva Inglaterra los colonizadores, tanto en la colonia de Plymouth (1620), como en la bahía de Massachusetts (1630) – que luego se unieron, eran puritanos, miembros de dos grupos diferentes de reformistas que rechazaban las prácticas de la Iglesia de Inglaterra. En Plymouth, los Peregrinos Separatistas – que, previamente, se habían establecido en Holanda – se consideraban totalmente aparte de la Iglesia de Inglaterra. En la colonia de la bahía de Massachusetts, de mayor extensión, los separatistas trabajaban para cambiar la Iglesia de Inglaterra desde adentro. Ambos grupos hacían hincapié en el papel que desempeñaba la conversión a un cristianismo verdadero y puro basado en la experiencia religiosa personal. Ambos estaban fuertemente influidos por la teología calvinista con su mensaje de la soberanía de Dios, la condición pecaminosa de la humanidad y la arbitrariedad de la elección divina a la gloria celestial o en fuego eterno. Pero ambos admiraban también la iglesia libre, o congregacional, que había surgido de la reforma (radical) anabaptista en la Europa del siglo XVI. Ambos grupos recalcaban también el papel de esta iglesia congregacional como guardiana del pacto entre el pueblo y el Todopoderoso.

Sin embargo, hasta los reformadores puritanos de la Bahía de Massachusetts no eran lo bastante puros para algunos de los nuevos colonos protestantes. Por ejemplo, Rhode Island se convirtió en el hogar de los creyentes bautistas luego que Roger Williams fundara la colonia en 1636. Williams fue exiliado de la Bahía de Massachusetts cuando se hizo cada vez más evidente que encontraba que sus compañeros puritanos eran defectuosos. En Rhode Island se le unieron otros disidentes religiosos, tales como la osadamente elocuente Anne Hutchison, que alegaba contar con la guía directa del Espíritu Santo. Más al sur, los protestantes de Nueva York incluían a los colonizadores reformados holandeses de sus primeros tiempos como la colonia de Nueva Ámsterdam. Además, otros grupos protestantes europeos – calvinistas franceses, luteranos alemanes, congregacionalistas de Nueva Inglaterra, cuáqueros y bautistas – establecieron sus hogares allí, aun cuando la colonia se identificaba a sí misma oficialmente como anglicana (ver Richard W. Pointer, Protestant Pluralism and the New York Experience: A Study of Eighteenth-Century Religious Diversity [Bloomington: Indiana University Press, 1988]). Los neoyorquinos llegaron a considerar su diversidad como algo positivo, en vista de sus beneficios religiosos y políticos.

En Nueva Jersey, por su parte, los inmigrantes holandeses y otros del  norte de Europa se unieron a los colonizadores de Nueva Inglaterra y los cuáqueros ingleses. Y especialmente en Pennsylvania los cuáqueros encontraron durante algún tiempo un refugio seguro y una posición dominante en la colonia. Luego de que William Penn estableció Pennsylvania como colonia cuáquera en 1681, prevaleció una ideología de tolerancia. Penn, hijo de un almirante y convertido a la secta cuáquera, obtuvo la propiedad de la colonia cuando recibió una vasta extensión de tierras en pago a una antigua deuda que el duque de York tenía con su padre. Los cuáqueros, con sus creencias místicas en la “luz divina” que está dentro de cada uno, tradujeron su mensaje religioso en un refugio social y político para todos. En Pennsylvania se podía practicar una religión libremente y se protegían los derechos de conciencia. La consideración que tenía Penn para con los pueblos indígenas en los tratados que acordaba con ellos y su rechazo a la guerra como iniciativa política son también notables.

En partes del sur norteamericano, los cuáqueros ingleses y los misioneros bautistas se abrieron camino, y la diversidad religiosa se convirtió en una característica normal del panorama religioso. También los presbiterianos fueron una parte importante de la mezcla, y también lo fue una serie de grupos más pequeños de disidentes. Entre tanto, miembros de sectas alemanas – menonitas, “dunkers” y pietistas moravos entre ellos – se esparcían por Pennsylvania y otras partes. Donde quiera que se asentaran alemanes y escandinavos, se desarrollaba una vigorosa presencia luterana, al igual que una representación reformada (calvinista) entre los alemanes. Los que hoy podríamos calificar de grupos marginales, como la comunidad de Mujeres en el Desierto, no lejos de Filadelfia – una hermandad esotérica que practicaba una versión mezcla de elementos paganos, cristianos y judíos en su propia forma de religión de la naturaleza.

La influencia de la renovación de la fe

Con una mezcla tal de identidades religiosas y opiniones religiosas que competían entre gentes que eran a menudo de orientación misionera, los movimientos de renovación de la fe – episodios de intensa evangelización masiva – se volvieron algo común en el siglo XVIII. En estas reuniones se suscitaban emociones y se atizaban las convicciones, de modo que gentes comunes se comprometerían con nuevos grupos religiosos o volverían a investirse en los antiguos. Los historiadores gustan de señalar el periodo de fines del decenio de 1730 y a lo largo de los de 1740 y 1750 como una época de atención especial a las alegaciones de renovación de la fe (ver William G. McLoughlin, Revivals, Awakenings, and Reform: An Essay on Religion and Social Change in America, 1607-1977 [Chicago: University of Chicago Press, 1978]). Llamada la Gran Renovación o, en ocasiones, la Primera Gran Renovación, esta era estuvo dominada por la prédica de dos figuras. La primera fue el predicador itinerante inglés George Whitefield, seguidor de John Wesley (fundador del metodismo), con inclinaciones calvinistas, que vino a las colonias norteamericanas y predicó a fin de recaudar dinero para un orfelinato en la colonia sureña de Georgia. El segundo fue un puritano, considerado como el principal teólogo de Norteamérica, Jonathan Edwards, quien, desde su púlpito en Northampton, Massachusetts, renovó un riguroso mensaje de fatalidad y condenación para aquellos que no han sido elegidos para salvarse. Estos predicadores de la renovación de la fe no estaban solos. Por ejemplo, en las colonias de la parte media de la franja atlántica – Pennsylvania y Nueva Jersey, especialmente – los presbiterianos también ofrecieron su propia versión de la renovación de la fe.

Aparentemente, el lenguaje de la renovación de la fe se convirtió en el lenguaje religioso de Estados Unidos. De hecho, los historiadores destacan el papel que desempeñó la renovación en la creación y promoción del disentimiento religioso, aun cuando toman nota de ese papel al unir a los colonizadores con un sentir común. En este aspecto, una tesis prominente que explica cómo la revolución norteamericana se hizo ideológicamente posible a fines del siglo XVIII, argumenta en favor del papel que tuvo la Gran Renovación en la creación del sentido de identidad común que sería necesario para, simplemente, hacer estallar la revolución. (Ver Alan Heimert, Religion and the American Mind: From the Great Awakening to the Revolution [Cambridge: Harvard University Press, 1966]). Como quiera que juzguemos este argumento, es evidente que para fines del siglo XVIII la diversidad religiosa norteamericana se veía a todas luces, y sigue siendo una característica prominente del panorama social de la nación actual.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.

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