16 septiembre 2008

Este artículo pertenece al periódico electrónico de agosto de 2008 “Libertad de Credo - Minorías Religiosas en Estados Unidos”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.
Por Diana L. Eck
Dos de los principios fundamentales de Estados Unidos son la libertad de culto y la separación de la iglesia y el Estado. Al fundarse la república hace más de dos siglos, la vasta mayoría de los estadounidenses era cristiana. Sin embargo, desde entonces, como la autora de este artículo lo documenta en su libro A New Religious America (Un nuevo Estados Unidos religioso), Estados Unidos se ha convertido en la sociedad de mayor diversidad religiosa en el mundo, especialmente durante las varias décadas pasadas.
Diana L. Eck es catedrática de Religión Comparada y Estudios Indios en la Facultad de Artes y Ciencias y miembro de la Facultad de Divinidades, en la Universidad Harvard en Cambridge, Massachusetts.
La enorme cúpula blanca de una mezquita, con sus minaretes, se alza entre los maizales en las afueras de Toledo, Ohio. Se le puede ver desde la carretera interestatal. Un gran templo hindú, con elefantes esculpidos en relieve en la puerta, se yergue en una colina en los suburbios al oeste de Nashville, Tennessee. Un templo y monasterio budista camboyano, con un toque del Asia sudoriental en la línea de su techado, están situados entre las tierras de labranza al sur de Minneapolis, Minnesota.
El panorama religioso de Estados Unidos ha cambiado radicalmente en los últimos cuarenta años, un cambio gradual y al mismo tiempo colosal. Comenzó con la “nueva inmigración” estimulada por la Ley de Inmigración y Naturalización de 1965, cuando gente de todas partes del mundo llegó a Estados Unidos y adquirió su ciudadanía. Con esta gente llegaron las tradiciones religiosas del mundo – las doctrinas islámica, hindú, budista, jainí, sikh, zoroástrica, africana y afrocaribeña. La gente de estas religiones se radicó en vecindarios estadounidenses, tímidamente al principio, instalando sus altares y oratorios en tiendas y edificios de oficinas, en sótanos y garajes, casi invisibles para el resto de nosotros. Pero a partir de la década de 1990, su presencia es visible. No todos los estadounidenses han visto la mezquita de Toledo o el templo de Nashville, pero ven lugares como estos en sus propias comunidades. Son las señales arquitectónicas de una nueva estructura religiosa en los Estados Unidos.
Los estadounidenses saben, por ejemplo, que muchos internos, cirujanos y enfermeras que trabajan en los hospitales son de origen indio, pero no se han detenido a considerar que esos profesionales médicos tienen una vida religiosa, que pueden hacer una pausa en la mañana para orar frente a un altar en sus hogares, que pueden traer frutas y flores al templo Shiva-Vishnu local, y formar parte de una diversa población hindú de más de un millón de personas. Somos muy conscientes de la inmigración latina desde México y Centroamérica y de la gran población de habla española en nuestras ciudades y sin embargo es posible que no reconozcamos el profundo impacto que esto tiene en el cristianismo estadounidense, tanto católico como protestante, desde el canto de los himnos hasta los festivales.
Un vasto pluralismo
Los historiadores dicen que Estados Unidos siempre ha sido un país de muchas religiones. Entre los pueblos nativos – aún antes de que los colonizadores europeos llegaran a estas costas – existía un pluralismo vasto y estructurado. La gran diversidad de las prácticas religiosas nativas continúa hoy, desde los Piscataway de Maryland hasta los Blackfeet de Montana. La gente que cruzó el Atlántico procedente de Europa tuvo también tradiciones religiosas diversas – católicos españoles y franceses, anglicanos y cuáqueros británicos, judíos y cristianos holandeses reformados – diversidad que continuó ampliándose en el correr de los siglos. Muchos de los africanos que fueron traídos a estas costas, con la trata de esclavos, eran musulmanes. Los chinos y los japoneses que vinieron para hacer sus fortunas en las minas y los campos del oeste trajeron una mezcla de tradiciones budistas, taoístas y confucianas. En el siglo XIX llegaron también en grandes números judíos de Europa Oriental y católicos irlandeses e italianos. Del Oriente Medio llegaron inmigrantes cristianos y musulmanes. En la primera década del siglo XX llegaron los punjabíes del noroeste de India. La mayoría de ellos sikhs que se asentaron en California, que construyeron los primeros gurdwaras (templos sikh) y que al casarse con mujeres mexicanas crearon una rica subcultura sikh-española. Los antecedentes de todas estas gentes son una parte importante de la historia inmigratoria de Estados Unidos.
Pero los inmigrantes de las décadas recientes han expandido de manera exponencial la diversidad de nuestra vida religiosa. Los budistas vinieron de Tailandia, Vietnam, Camboya, China y Corea; los hindúes vinieron de India, África Oriental y de Trinidad; los musulmanes vinieron de Indonesia, Bangladesh, Pakistán, el Oriente Medio y Nigeria; los sikhs y los jainíes vinieron de India y los zoroastros vinieron de India y de Irán. Los inmigrantes de Haití y de Cuba han traído tradiciones caribeñas, combinando símbolos e imágenes africanos y católicos. De Rusia y Ucrania llegaron nuevos inmigrantes judíos y la diversidad interna del judaísmo estadounidense es mayor que nunca. El rostro del cristianismo estadounidense ha cambiado también con las grandes comunidades de católicos latinos, filipinos y vietnameses; las comunidades de pentecostales chinos, haitianos y brasileños; los presbiterianos coreanos, los mar thomas indios y los coptos egipcios. En cada ciudad del país, los carteles de anuncios de las iglesias indican las fechas y las horas de las reuniones de las congregaciones coreanas o latinas alojadas dentro de los muros de antiguas iglesias urbanas protestantes y católicas.
En las décadas recientes, el gran movimiento de gente, como emigrantes o refugiados, ha dado nueva forma a la demografía mundial. En todo el mundo, los inmigrantes sumaron más de 190 millones en 2005, según la Organización Internacional de Migración, con unos 45 millones en América del Norte. La dinámica imagen mundial de nuestros tiempos no consiste en el llamado choque de civilizaciones, sino en el “marmolado” de las civilizaciones y los pueblos. Así como la terminación de la Guerra Fría trajo consigo una nueva situación geopolítica, el movimiento mundial de gente creó una nueva realidad georreligiosa. Hindúes, sikhs y musulmanes, son ahora parte del panorama religioso de Gran Bretaña; las mezquitas son elementos fijos en París y en Lyon, en Toronto lo son los templos budistas y en Vancouver los gurdwaras sikhs. Pero en ninguna parte, aun en el mundo actual de migraciones en masa, es la gama de las religiones tan amplia como en Estados Unidos. Esta es una realidad nueva y asombrosa. Nunca la hemos visto anteriormente.
Una cuestión de comunidad
La nueva era de inmigración es diferente de las eras anteriores en magnitud, complejidad y en su dinámica. Muchos inmigrantes que llegan hoy a Estados Unidos mantienen vínculos firmes con sus países de origen, unidos por los viajes, el correo electrónico, los teléfonos celulares y las noticias por la televisión por cable. Viven tanto aquí como allí. ¿En qué se convertirá la idea y la perspectiva de Estados Unidos cuando los ciudadanos, los recientes y antiguos, acepten esta diversidad? ¿A quién nos referimos cuando invocamos las primeras palabras de nuestra Constitución, “Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos de América”? ¿Quién es este “nosotros”? Por cierto, es una cuestión de ciudadanía, puesto que tiene que ver con la comunidad de la que nos imaginamos que formamos parte. Es también una cuestión de fe, dado que la gente de toda tradición religiosa convive hoy en comunidades con gente cuyas creencias difieren de las suyas, en el mundo entero y en el otro lado de la calle.
Cuando nuestros hijos tienen como mejores amigos a compañeros de clase que son musulmanes, cuando un hindú se presenta para integrar el comité escolar, todos nosotros tenemos un nuevo interés en nuestros vecinos, como ciudadanos y como personas de fe.
Al empezar el nuevo siglo, los estadounidenses nos vemos frente al desafío de cumplir la promesa de la libertad de culto, tan fundamental en lo que respecta a la idea y la imagen de Estados Unidos. La libertad de culto siempre ha dado lugar a la diversidad religiosa, y nuestra diversidad nunca ha sido más espectacular que hoy. Esto exigirá que reivindiquemos el significado más profundo de los principios que apreciamos y que forjemos una sociedad estadounidense verdaderamente pluralista, en la cual esta gran diversidad no solamente sea tolerada sino que se convierta en la fuente misma de nuestra fuerza. Para hacer esto, todos necesitaremos conocer más del otro y debemos escuchar para oír las formas en que los nuevos estadounidenses articulan el “nosotros” y contribuyen al sonido y el espíritu de los Estados Unidos.
Los autores de la Constitución y la Declaración de Derechos no pudieron prever el alcance que la diversidad religiosa tendría en los Estados Unidos a principios del siglo XXI. Pero los principios que articularon en esos documentos – el “no establecer” ninguna religión y el “libre ejercicio” de una religión – fueron un timón sólido en el curso de los dos siglos pasados al expandirse nuestra diversidad religiosa. Estados Unidos está empezando a reafirmar lo que los autores de la Constitución no imaginaron, si bien equiparon a la nación para que lo adoptara.
La religión nunca es un producto terminado, empacado, entregado y transmitido intacto de una generación a otra. En todas las tradiciones religiosas hay quienes piensan en su religión es completa, insistiendo en que todo está contenido en sus textos, doctrinas y rituales sagrados. Pero hasta el trayecto más breve por la historia prueba que están equivocados. Nuestras tradiciones religiosas son dinámicas, no estáticas, cambiantes, no fijas, más bien como ríos que como monumentos. Estados Unidos es hoy un lugar interesante donde estudiar la historia dinámica de las creencias vivas, al convertirse el budismo en una religión ostensiblemente estadounidense y al encontrarse los cristianos y los judíos con los budistas, expresando renovadamente su fe con ese encuentro, o tal vez comprendiéndose a sí mismos como parte de ambas tradiciones. Los humanistas, los seculares y hasta los ateos tienen que reconsiderar sus concepciones del mundo en el contexto de una realidad religiosa más compleja. Con la presencia de los politeístas hindúes y los budistas que prescinden de un dios, los ateos pudieran tener que ser más específicos en lo que respecta a la clase de “dios” en que no creen.
Tal como nuestras tradiciones religiosas son dinámicas, así misma es la idea de Estados Unidos. El lema de la república, E Pluribus Unum, o sea “De Muchos, Uno”, no es un hecho consumado sino un ideal que los estadounidenses tienen que reivindicar constantemente. La historia de los muchos pueblos de Estados Unidos y la creación de una nación es una historia inconclusa en la que los ideales son continuamente recreados. Nuestro pluribus es más impresionante que nunca – nuestras razas y nuestros rostros, nuestra música de jazz y de qawwali, nuestros tambores haitianos y nuestras tablas bengalíes, nuestros bailes hip-hop y nuestras danzas bhangra, nuestros mariachis y nuestros gamelans, nuestros minaretes islámicos y nuestras torres de los templos hindúes, nuestras agujas de los templos mormones y las cúpulas doradas de los gurdwara. En medio de esta pluralidad, la expresión de nuestro unum, de nuestra identidad, requerirá muchas voces nuevas, cada una contribuyendo a su propia manera.
Percibir el nuevo Estados Unidos en el siglo XXI requiere un salto de la imaginación. Significa ver el panorama religioso de Estados Unidos, de un mar radiante al otro, en toda su hermosa complejidad.
Adaptado del libro A New Religious America por Diana L. Eck, publicado por Harper San Francisco, división de Harper Collins Publishers, Inc. Copyright © 2001 de Diana L. Eck. Reservados todos los derechos.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.