09 junio 2010
Lo pronuncia en el Centro Cultural Metropolitano de Quito
A continuación una traducción del discurso pronunciado por la secretaria de Estado Hillary Clinton en el Centro Cultural Metropolitano de Quito (Ecuador):
(comienza la transcripción)
Departamento de Estado de Estados Unidos
Oficina del Portavoz
Para publicación inmediata
8 de junio de 2010
DISCURSO
Secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton
Oportunidad en las Américas
8 de junio de 2010
Centro Cultural Metropolitano
Quito (Ecuador)
SECRETARIA CLINTON: Muchas gracias, señor alcalde. Gracias por su presentación y por el gran honor que esta venerable ciudad me ha ofrecido hoy. Es un placer personal para mí estar aquí con todos ustedes en esta ciudad que ha sido designada por la UNESCO como una de las maravillas culturales del mundo, y en este bello país. El presidente Correa me ha dicho cuatro o cinco veces que este es el país más diverso de entre los países pequeños del mundo. Estoy deseando volver en el futuro para conocerlo más por mí misma. (Aplausos).
Estoy muy agradecida al alcalde, y a todos ustedes, por acompañarme hoy para examinar nuestra visión compartida de una alianza entre nuestros países y los pueblos de las Américas. El pasado abril, en la Cumbre de las Américas, el presidente Obama prometió que Estados Unidos deseaba establecer una colaboración en pie de igualdad y con participación que se base en el respeto mutuo, los intereses comunes y los valores compartidos. Desde entonces, hemos estado trabajando para fomentar una verdadera comunidad en las Américas, una comunidad que realmente reconozca que, independientemente de que uno viva en Quito o en Los Ángeles, en Ottawa o en Buenos Aires, en muchos aspectos deseamos el mismo futuro para nuestros hijos.
Ahora bien, hemos tenido en ocasiones, Estados Unidos y América Latina, una historia contenciosa. Nunca lo negaría. Ha habido problemas reales y percepciones que a veces han interferido con el trabajo que hacemos juntos. Pero estoy aquí para transmitirles un mensaje muy claro: Estados Unidos, la administración Obama, el presidente Obama y yo estamos personalmente comprometidos con una comunidad que se enfoque en mejorar las condiciones materiales de las vidas de la gente. Una comunidad que reconozca y eleve la diversidad de la que disfrutamos en las Américas y que la traduzca en una fuerza para el progreso, porque el potencial de nuestro hemisferio es enorme.
Hemos visto que los gobiernos democráticos se han convertido en la norma y que los ciudadanos han demostrado su compromiso con la democracia incluso cuando el proceso de su elaboración ha sido muy lento. Los pueblos y sociedades han adoptado los valores de la tolerancia y la apertura. Las economías de la región se han estabilizado y crecido, y la pobreza ha disminuido.
Si les hubiera dicho hace diez años que los líderes de Estados Unidos y Europa estarían recibiendo consejo que bien se merecen sobre gestión económica de algunas de nuestras contrapartes en América Latina, mucha gente no me creería. Pero hoy, muchos de los gobiernos de la región han navegado de manera estable y responsable por la crisis económica mundial y están en camino a la recuperación.
Por tanto, este es un momento, más que nunca, de oportunidad en las Américas. Pero depende de nosotros decidir si aprovecharemos el momento o permitiremos que se desvanezca. Tenemos este momento de oportunidad para consolidar la democracia y el crecimiento económico, para desempeñar un papel en la resolución conjunta de problemas regionales e incluso mundiales, para avanzar en nuestro progreso y mejorar nuestros valores, y para reconocer nuestra interdependencia y utilizarla para mejorar los futuros de nuestros pueblos. Deseamos elevar lo mejor del pasado que compartimos y superar nuestras asperezas que con demasiada frecuencia han interferido e incluso nos han impedido avanzar.
Por tanto, la promesa es evidente, pero está lejos de concretarse. Por eso aunque este es un momento de oportunidad, es también un momento paradójico. Las economías crecen, pero la prosperidad todavía alcanza a muy pocos. El comercio florece, pero la desigualdad extrema todavía persiste. La guerra, afortunadamente, es rara, pero algunos barrios son tan peligrosos como una zona de combate. La democracia se arraiga, pero todavía proporciona demasiado poco a demasiadas personas.
Ayer en la Asamblea General de la OEA en Lima, tuve la oportunidad de hablar sobre uno de los cuatro pilares de nuestra visión para las Américas: instituciones eficaces y responsables de la gobernabilidad democrática. En dos días, en Barbados, con nuestros vecinos del Caribe, hablaré de otro pilar: la seguridad física de nuestros ciudadanos. Hace dos meses, en una reunión de la Alianza de Energía y Clima de las Américas en Washington, hablé sobre cómo podemos colaborar para avanzar hacia ese futuro de energía limpia y renovable, para ser mejores custodios de la tierra mientras continuamos extrayendo los combustibles fósiles que aún necesitamos, y para afrontar el cambio climático y las amenazas ecológicas.
Hoy quiero hablar del cuarto pilar de nuestra visión, y es, como dijo Simón Bolívar que las bases fundamentales de nuestro sistema político se derivan directa y exclusivamente del establecimiento y la práctica de la igualdad. Al celebrar este año el bicentenario de los movimientos de independencia de nuestro hemisferio, el mensaje adquiere una resonancia especial porque la independencia puede que tenga 200 años de antigüedad, pero la profunda desigualdad social y económica persiste todavía demasiado.
Cuando pienso en que lo que espero para mi propia hija es lo mismo que espero para todos los niños: la oportunidad de alcanzar el potencial que Dios les ha otorgado. Eso sólo se puede producir cuando las sociedades apoyan los esfuerzos de la familia y las comunidades de fe para crear una estructura de oportunidad. Esa estructura de oportunidad debe estar en el centro de nuestra visión común por la que trabajamos para alcanzar logros juntos, porque todos compartimos la responsabilidad de hacer avanzar este ideal, porque no sólo es un imperativo moral, sino también estratégico. No podemos ser productivos ni tener economías competitivas si no aprovechamos el potencial de todos nuestros ciudadanos. No podemos erradicar la violencia si no construimos comunidades fuertes y que incluyan a todos. No podemos fortalecer ni sostener la democracia cuando tantas personas se encuentran con oportunidades limitadas para ellas y sus hijos.
En resumidas cuentas, las Américas hoy en día tienen una oportunidad histórica y sin precedentes de consolidar el progreso como nunca antes. Pero tenemos que asegurarnos de que sea un compromiso compartido, no sólo un discurso o un fundamento político de una campaña, sino en el trabajo diario en el que participan no sólo los gobiernos, sino también el sector privado, el sector sin fines de lucro, las universidades y la comunidad académica, y los grupos de creyentes de nuestras sociedades.
El presidente Obama y yo compartimos una visión estratégica de nuestra participación en el hemisferio. Trabajamos para crear una red de alianzas que amplíe las oportunidades y aumente la movilidad social. Ahora bien, podríamos debatir sin fin las causas primordiales de la falta de igualdad, pero la manera de avanzar no radica en litigar una y otra vez sobre el pasado, sino en reconocer lo que hoy funciona para reducir la desigualdad, para proporcionar un ejemplo de lo que podemos hacer para ofrecer a la gente no sólo esperanza, sino la realidad de una vida mejor.
Sabemos lo que funciona. La gestión económica racional es una parte importante de ello. El impacto positivo de la estabilidad macroeconómica y monetaria es evidente. Ampliar el tamaño de la economía y no solo cortarla en pedazos más pequeños debe ser nuestro objetivo. Si la hiperinflación arrastra los salarios o acaba con las reservas de seguridad social, nuestros esfuerzos son en vano. Al estudiar lo que Brasil hizo para dominar la hiperinflación en su país, recordé haber leído lo que había dicho uno de los líderes brasileños, y que es una gran verdad: “la inflación es una carga para los pobres, que siempre son los que terminan sufriendo más”. Por ese motivo, la gestión económica racional tiene que ser el punto de partida.
Hay también importantes modelos que muestran cómo atacar directamente la falta de oportunidades. Los programas de transferencias monetarias condicionadas en países de todo el hemisferio han utilizado los pagos de asistencia social para mejorar la salud, la educación y otras metas de desarrollo. México y Brasil han logrado ambos reducciones importantes de la pobreza a la vez que han aumentado las matrículas escolares y mejorado las prácticas sanitarias. Colombia ha aumentado las tasas de inmunización e incluso aumentado el tamaño promedio de los bebés de un año de edad en los hogares que reciben prestaciones. Estos programas están adaptándose para utilizarse en otros países, incluyendo el mío, que ha aprendido de las experiencias brasileña, mexicana, chilena y colombiana.
Algunos gobiernos han empezado también a mejorar sus prácticas fiscales y presupuestarias. En Chile, el dinero del fondo de cobre del país ha contribuido a financiar becas escolares para niños de la clase baja y media. En Perú se ha aumentado la recaudación de impuestos para invertir más en programas sociales y bienes públicos como carreteras y escuelas. Brasil tiene actualmente una de las relaciones entre impuestos y PIB más altas del mundo, pero los resultados hablan por sí mismos. Brasil es una economía y un país en movimiento.
Por supuesto que el progreso también depende de actuaciones más allá del gobierno. Las organizaciones de microfinanciación han ayudado a ampliar el acceso al crédito para las pequeñas empresas y los aspirantes a empresarios, en particular a mujeres y aquellos sin activos formales que puedan utilizar como garantías de préstamo. Aquí en Ecuador, la ONG Compañeros de las Américas envía a líderes estudiantiles de familias de bajos ingresos a visitas de intercambio en Estados Unidos, para que exploren las maneras de elaborar proyectos sociales en sus propias comunidades.
En el sector privado, la responsabilidad social de la empresa empieza a arraigarse, en muchos casos gracias a las innovadoras colaboraciones entre los sectores público y privado. Costa Rica ha fomentado la responsabilidad empresarial con su Certificado de Turismo Sostenible, que premia a las empresas que promueven el país de Costa Rica de manera que sea beneficioso para el medioambiente. Estos negocios exponen orgullosamente sus certificados para atraer a clientes y turistas con una conciencia social. Uruguay acaba de establecer un Consejo Nacional de Responsabilidad Social de la Empresas que coordinará las políticas y prácticas óptimas, y en mi última visita a Brasil, existe una alianza entre el gobierno de Estados Unidos y más de cien empresas estadounidenses que operan en Brasil que fomenta y apoya proyectos que sean merecedores como parte de la responsabilidad social de las empresas.
Estos esfuerzos públicos y privados merecen reconocimiento por algunos de los logros importantes que hemos visto en contra de la pobreza en los últimos años. Pero todos sabemos que persisten aún muchos obstáculos fundamentales a la oportunidad y la inclusión en todas partes. El primer paso para superar estos obstáculos empieza con facultar realmente a las personas para que sean responsables de sus propias vidas y darles las herramientas para hacerlo. El presidente Mujica de Uruguay dijo en fechas recientes en su discurso de investidura: “Permítame subrayar”, dijo, “educación, educación, educación. Y otra vez, educación”.
Los economistas apoyan este concepto. La base de nuestros esfuerzos dirigidos a cerrar la brecha de la prosperidad debe ser darle a cada niño el acceso a una educación de gran calidad que lo prepare para una vida llena de productividad y éxito. Ya que a fin de cuentas, la “educación, educación y educación” se trata de “empleos, empleos y empleos”. Hoy más que nunca, el acceso al empleo para mantener a una familia en la economía globalizada actual depende del acceso a la educación. Son demasiados los niños a los que todavía se les niega el acceso incluso a la enseñanza primaria. Tal vez en papel no se les niega, pero en realidad las escuelas son de poca calidad y los maestros son demasiado pocos, y no tienen materiales ni útiles. Según indica el Banco Mundial, al ritmo actual se tardará una generación entera –un cuarto de siglo– en alcanzar la educación básica universal. Eso es demasiado despacio. Coloca a nuestra región en desventaja competitiva a nivel mundial. En Asia, los grandes motores del crecimiento económico como China y Vietnam le han dado a la educación una prioridad muy alta. Tenemos que hacer lo mismo.
Segundo, sabemos también que a pesar del progreso en algunos lugares, los sistemas impositivos y presupuestarios son ineficaces e ineficientes en gran parte del hemisferio. Esto se debe en parte a cómo se estructura los impuestos, con el peso de la carga en las clases más bajas, lo que frecuentemente afecta la productividad. Pero en muchos lugares, inclusive en mi propio país, el simple hecho es que los ricos no pagan su porción justa. No podemos hablar a medias acerca de esto. Los niveles de evasión fiscal son inaceptablemente altos, tanto como de 50 por ciento o más en algunas de las economías de la región en lo que se refiere al impuesto sobre la renta.
Ahora bien, ¿por qué importa esto? En Estados Unidos tenemos una larga tradición de asegurarnos que uno no tenga que pagar ni un céntimo más en impuestos que lo necesario. Esto importa porque si no se tiene una base impositiva suficiente, el sector público sencillamente no tiene suficientes ingresos para ofrecer los servicios y la infraestructura que fomentan la movilidad social y apoyan las economías competitivas, a saber: carreteras, centrales eléctricas, aeropuertos, sistemas de salud y escuelas. Las economías que invierten hoy en esos servicios e infraestructura se preparan para el futuro. Y lo irónico es que esos tipos de inversión tradicionalmente contribuyen a hacer más ricos a los ricos, pero al mismo tiempo crean una clase media y sacan a más personas de la pobreza.
Hay que reconocer que esto no es una lucha de clases. Ni siquiera es la retórica de nosotros contra ellos. Se trata de reconocer que esto no puede ser un juego en el que uno gana y otro pierde. No podemos tener un enfoque miope y obsoleto de nuestro futuro económico en el que el ganador se lleva todo. El crecimiento más inclusivo hará a todas nuestras economías más fuertes y más competitivas a largo plazo, para beneficio de todos. Sencillamente no podemos apoyar las políticas que reducen la pobreza y amplían la prosperidad si los más ricos no ponen de su parte. Lo mismo es verdad si los gobiernos permiten que la corrupción prospere y no tratan de garantizar la eficacia de las instituciones, o si los líderes tratan al estado como un recurso privado para beneficio propio y de sus partidarios.
El tercer elemento clave es facultar a las mujeres y las niñas. Es lo correcto e inteligente que se debe hacer. Lo demuestran cantidades de proyectos de investigación en todo el mundo. José Martí lo reconoció adelantado a su época. Dijo: “Las campañas de los pueblos solo son débiles, cuando en ellas no se alista el corazón de la mujer”. Desafortunadamente, en demasiados lugares de nuestro hemisferio, a las mujeres se les niegan sus derechos y oportunidades. Ahora bien, quizás los tengan en los libros de leyes. Quizás tengan derechos pero en realidad no pueden ejercerlos. Una proporción creciente de los pobres la integran mujeres y niños. Si la mitad de la población se queda atrás, nuestro hemisferio también se quedará atrás.
Una de las mejores inversiones que un gobierno, una empresa o una organización sin fines lucrativos pueden hacer es a darles a mujeres acceso al crédito. Yo lo he visto en Nicaragua, lo he visto en Chile, lo he visto en todo el mundo. Porque cuando a una mujer se le da la oportunidad de ganar un poco más de dinero – quizás se le da acceso a ganado que no sólo ayuda a alimentar a sus hijos, sino que también puede vender lo que le sobre, o quizás se le permite comprar una máquina de coser para que pueda llevar al mercado sus talentos de costurera. Cuando a la mujer se le da una oportunidad, reinvierte en su familia. De repente, los niños no tienen que salir a trabajar y abandonar la escuela. De repente pueden invertir y pueden construir un hogar mejor para su familia. Es un relato que se repite una y otra vez. Y un relato que debemos amplificar aquí en esta región.
Cuarto, tenemos que asegurarnos de que más trabajadores y más negocios tengan acceso a empleos en la economía formal, revirtiendo el aumento constante de la informalidad, que en algunos lugares supera el 50 por ciento. La informalidad significa que los trabajadores quedan aislados del crédito y los servicios. A menudo no pagan impuestos y en promedio ganan menos. Los negocios quedan fuera de las estructuras normativas y el sistema tributario. La carga de corregir este problema recae tanto en el sector público como el privado. El sector privado no puede seguir manteniendo a sus empleados fuera de la fuerza laboral formal, pero los gobiernos también deben hacer que sea más fácil montar una pequeña empresa. Se deben eliminar las trabas burocráticas. Se debe reducir la burocracia. No podemos reprimir la energía empresarial independiente con controles burocráticos anticuados.
Muchos de ustedes han viajado por esta región y otras partes del mundo. Es asombroso el empeño que pone la gente en su trabajo. Pero muchas veces, ese trabajo los mantiene no dentro de la economía sino fuera de esta. Y la sociedad en su conjunto pierde los beneficios de esa productividad.
Quinto, el sector privado tiene que ayudarnos más a superar el legado de conflicto y desconfianza de nuestro hemisferio. La responsabilidad social de las empresas puede referirse a muchas cosas –prácticas laborales racionales, gestión ambiental, participación de la comunidad. Pero en el fondo, se trata de que el sector privado acepte la responsabilidad de ayudar a que aumenten los recursos para todos: más responsabilidad mutua que a larga beneficie a las empresas sostenibles. Porque, cuando vemos lo que se puede hacer en toda la economía realmente depende de una colaboración. Si se pone al gobierno en contra del sector privado, todos pierden.
Mi padre era un pequeño comerciante, sumamente independiente y muy conservador. Pero comprendía también que su negocio se beneficiaba de las carreteras por donde viajaba, de los servicios públicos a los que tenía acceso, de una fuerza laboral capacitada. Y nosotros tenemos que darnos cuenta de lo que socava nuestra perspectiva de que todos ganan para aumentar nuestras oportunidades económicas.
También debemos estar seguros de que protegemos los derechos fundamentales de los trabajadores. El desarrollo, la democracia, y los derechos humanos están ligados inextricablemente. Este hemisferio más que cualquier otra región del mundo excepto Europa, Estados Unidos y Canadá, ha hecho un compromiso histórico con la democracia. Ninguna otra región del mundo, que enfrente la clase de agenda social que encaramos, se ha comprometido tan plenamente con la democracia. Pero la democracia sin resultados llega a ser contraproducente. Tenemos que demostrar que el gobierno democrático da beneficios a las personas. Las economías que nos dirigen hacia ese futuro tienen que demostrar que el crecimiento y la reducción de la desigualdad se refuerzan mutuamente.
Ahora bien, no hay soluciones mágicas. No hay soluciones sencillas, o de otra forma sería algo muy fácil de hacer para todos nosotros. Pero en realidad, podemos sentar las bases de esa estructura sostenible de oportunidad, paso a paso. Y podemos emprender juntos este trayecto. Como dijo el presidente Correa recientemente en un discurso en su alma mater, la Universidad de Illinois: “Para resolver nuestros problemas, tenemos que reconocer que la responsabilidad principal, aunque no la única, recae en nosotros mismos”. Valoro el análisis de lo que el presidente Correa aprendió en nuestro país, cuán a menudo en Estados Unidos los estadounidenses estamos dispuestos a aceptar responsabilidad porque somos una sociedad tan orientada hacia el futuro. Y las personas a menudo se culpan a sí mismas por circunstancias más allá de su control cuando tratan de resolver qué tienen que hacer para mejorar sus vidas. Y el presidente Correa dijo: “¿Saben una cosa? Necesitamos tener la misma actitud en América Latina. No somos víctimas, somos supervivientes. Somos pueblos que tenemos dentro de nosotros el potencial para trazar nuestro propio destino”.
Los gobiernos tienen que colocar a la oportunidad en el primer lugar de su agenda. Y Estados Unidos hará su parte. Los programas tradicionales de ayuda siguen siendo parte de nuestro enfoque. Continuaremos proporcionando casi 2.000 millones de dólares en ayuda para algunos de los lugares más empobrecidos de nuestro hemisferio. Continuaremos con nuestro enfoque mediante los pactos del Desafío del Milenio con los países en desarrollo. Pero trabajaremos también para aumentar el comercio. El comercio entre Estados Unidos y nuestros socios alcanzó más de 600.000 millones de dólares al año. Tenemos que continuar reduciendo las barreras al comercio. La inversión anual de Estados Unidos ha alcanzado los 60.000 millones de dólares al año. Nuestras contribuciones a instituciones multilaterales como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo también invierten millones en la región. Y los que trabajan en Estados Unidos envían a la región más de 50.000 millones de dólares en remesas.
De manera que, ¿cómo podemos aprovechar estos hechos? Bien, estamos analizando maneras de aprovechar lo que aportan las remesas para ayudar a países como Ecuador a mejorar su infraestructura y servicios. Ahora bien, a nivel individual, las remesas significan hijos e hijas que ayudan a madres y padres, los padres que hacen un sacrificio por sus hijos. Pero en su conjunto, representan un enorme recurso para un país. Así que estamos analizando cómo podemos desarrollar nuevas formas de incrementar el valor del dinero que viene de regreso, con el objetivo de brindar a pequeñas empresas y comunidades una oportunidad de prosperar. Estamos desarrollando nuevas manera de aprovechar las remesas con la finalidad de ampliar el crédito para proyectos de desarrollo e infraestructura, sin quitar nada de los dólares que tan duramente se ha ganado y que se envía de regreso a las familias.
Queremos promover la inclusión financiera y por ese motivo recurrimos a la microfinanciación. Hemos visto que la microfinanciación no sólo se dirige hacia un individuo, sino que también proporciona servicios bancarios innovadores en vecindarios de escasos recursos en Perú y ofrece seguro de salud y préstamos para vivienda en América Central. El año pasado, el presidente Obama anunció un nuevo Fondo para el Crecimiento con Microfinanciación, a través del cual se han prometido más de 100 millones de dólares para proporcionar créditos a particulares y pequeñas empresas, en especial a mujeres. El gobierno de Estados Unidos ha colaborado estrechamente con instituciones multilaterales para ampliar la financiación a pequeñas y medianas empresas. Pero también hacemos un llamado a las instituciones financieras –los bancos y las cooperativas de crédito– a que hagan más para ampliar el acceso al crédito a las pequeñas y medianas empresas.
Asimismo, estamos trabajando en reformas con la OEA para actualizar la denominada “ley de operaciones garantizadas”. Dicho de modo sencillo, se trata de permitir que pequeñas empresas y empresarios utilicen activos como refrigeradores o máquinas de coser como garantía para préstamos. Muchos de estos negocios podrían crecer y dar empleo a más personas, pero no son dueños de la propiedad en la que trabajan o la casa en la que viven. Pero tienen un refrigerador o una máquina de coser, y queremos cambiar las leyes para que eso pueda utilizarse como garantía.
Las agencias de crédito pueden ser más eficaces y accesibles, por lo que estamos creando alianzas con el sector privado para perfeccionar las normas de la banca móvil, que permite a las personas aún en las zonas más remotas integrarse al sistema económico formal.
Nuestra iniciativa de Caminos hacia la Prosperidad ya ha brindado ayuda a personas en comunidades indígenas y afroestadounidenses históricamente marginadas. Intercambiamos información de manera que podamos aprender unos de otros. La Red Interamericana de Protección Social, que lanzamos el año pasado, reúne a líderes para que aprendan sobre innovadores programas de protección social. Estamos creando en Estados Unidos una entidad denominada Cuerpo de Asesoría Electrónica, de manera que las pequeñas empresas que necesiten asesoría puedan ingresar en Internet y obtenerla de negocios similares en Estados Unidos.
Hemos dedicado más financiación a la educación y la inversión, hecho que el presidente Obama considera una inversión en nuestro propio futuro. Estamos aumentando el apoyo para lo que denominamos Centros Binacionales de Estados Unidos, que brindan a niños y adultos los recursos para estudiar inglés. Estamos iniciando un programa que ofrecerá a científicos de todo el hemisferio la oportunidad de trabajar en laboratorios estadounidenses. Estamos desarrollando también nuevos centros científicos que ayuden a impulsar la educación científica y proporcionen un foro de intercambio entre innovadores.
Considero que el talento es universal, pero la oportunidad no lo es. Hay muchas personas en este país, como en cualquier otro, que son innovadoras y tienen iniciativa empresarial. Resuelven problemas todos los días. Queremos brindarles más apoyo para que piensen con aún más ambición. Hemos dedicado 25 millones de dólares para programas relacionados con el género que ayuden a mejorar las oportunidades para la mujer. Hemos iniciado un diálogo político de alto nivel entre los gobiernos del hemisferio sobre cómo alcanzar la participación económica plena de la mujer. No se me ocurre ninguna manera mejor de celebrar el Año Interamericano de la Mujer. Ahora bien, todo esto es parte de la responsabilidad compartida que consideramos es la base de nuestra nueva alianza. No se trata de clientelismo, sino de alianzas.
El próximo año celebraremos el 50º aniversario de la Alianza para el Progreso. En las últimas cinco décadas, hemos avanzado juntos en algunas formas que, a mi juicio, sorprenderían hasta al presidente Kennedy – la propagación de la democracia; el crecimiento de instituciones como la OEA y el Banco Interamericano de Desarrollo, el aumento del comercio, la industria, las remesas, y los lazos culturales y relaciones familiares. De modo que tenemos mucho de lo que sentirnos orgullos en los últimos 50 años, pero eso debería servir de acicate para hacer aun más, y no como excusa para descansar en nuestros laureles.
Hemos visto solo en este último año en Haití lo fuertes que somos cuando nos unimos. Todos los países de este hemisferio contribuyeron con algo a las operaciones humanitarias tras la devastación en Haití. Cuando visité Haití después del terremoto, vi que personas de todo nuestro hemisferio –de hecho, de todo el mundo, no sólo gobiernos, sino también grupos religiosos y ONG y tantas otras personas más– fueron a brindar ayuda a personas en necesidad. No hubo debates ideológicos ni divisiones. No hubo discusiones sobre la historia o el pasado. Había sólo pragmatismo y unidad en torno a un propósito común.
Una crisis como la de Haití infunde un sentido de urgencia en todos nosotros que quizás hace más fácil que superemos el legado del pasado. Pero necesitamos ese mismo sentido de urgencia para planear y aprovechar el futuro. Así que aprovechemos este momento para cumplir la promesa palpable que nos rodea. Derribemos barreras a la oportunidad para crear más inclusión, más justicia y más democracia que realmente produzcan resultados para la gente que históricamente se ha dejado al margen de la sociedad. Este concepto de responsabilidad compartida significa que Estados Unidos pondrá de su parte.
Soy muy consciente de que el presidente Obama y yo venimos con esta propuesta de colaboración en un entorno que se remonta en el pasado, década tras década tras década. Ni yo ni el presidente Obama podemos cambiar eso. A veces, se nos acusa a Estados Unidos de no prestar suficiente atención a nuestra historia. Pero lo opuesto también puede ser verdad. A veces las personas son cautivas de su historia.
De manera que decidamos encontrarnos en el presente, consideremos lo que podemos hacer para entendernos mejor, seamos más transparente unos con otros, tengamos intercambios sinceros y abiertos sobre distintos puntos de vista. Como dijo el presidente Correa en la conferencia de prensa que acabamos de tener, él considera que si el presidente Obama o yo hubiéramos heredado los asuntos que él heredó como presidente, estaríamos haciendo lo que él hizo.
No podemos responder esa pregunta, pero sí podemos proponer que trabajemos juntos, que tomemos la decisión de que podemos hacer de ese futuro mejor una realidad. Y miremos a cada niño que conozcamos y en especial a aquellos que amamos y pensemos en lo que será el mundo, porque en este planeta interconectado, todo niño tendrá que desempeñar una función para asegurar que la humanidad siga progresando. De otro modo, no sabemos lo que el futuro nos depara.
De manera que este es, en efecto, un momento de oportunidad y un momento de paradoja. Apuesto a que elegiremos el camino de la oportunidad. Estados Unidos está listo para colaborar con ustedes y dar pasos en ese camino hacia el tipo de futuro que haga justicia y sea digno para nuestros hijos. Muchas gracias a todos. (Aplausos).
(termina la transcripción)
(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://www.america.gov/esp )