09 marzo 2009

Este artículo pertenece al periódico electrónico de marzo de 2009 “Caminos no violentos para el cambio social”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha.
Geoffrey Canada es uno de los afortunados: un muchachito afronorteamericano que creció en un sombrío vecindario de Nueva York y escapó de la violencia, la pobreza y las escuelas abandonadas para obtener una licenciatura en educación en la Universidad de Harvard. Pero Canada no olvidó sus raíces; de inmediato fue a trabajar en el vecindario neoyorquiino de Harlem como educador y defensor de la causa de los niños.
Canada no sólo se formó a sí mismo, sino que ahora ayuda a centenares de niños pobres y en peligro que viven en los sectores céntricos y ruinosos de las grandes ciudades. Pero eso no era suficiente, decidió.
Un programa de la Radio Pública de Chicago, llamado “Esta Vida Norteamericana”, describe cómo, hacia el decenio de los 80, Canada comprendió que salvar solo a unos cuantos niños no iba a terminar con generaciones de pobreza, en Harlem o en cualquier otra parte; su organización necesitaba probar de salvar a todos.
“Para cambiar de verdad las cosas”, dijo, “íbamos a tener que pensar realmente en grande. Íbamos a tener que trabajar con miles de niños, que llegarían a ser decenas de miles. Y tendríamos que trabajar con esos niños desde que nacieran hasta que egresaran del colegio universitario”.
Su perspectiva era a la vez sin precedentes y costosa. Pero Canada, a los 58 años, un hombre intenso, carismático, la aplica con éxito en la Zona de los Niños de Harlem (HCZ), que ahora ofrece a más de 10.000 niños servicios educativos, médicos y sociales en la parte céntrica de Harlem, con un presupuesto estimado en 40 millones de dólares para el 2009.
Los logros de Canada atraen amplia atención de parte de algunos líderes, como modelo para aprender a romper el puño de hierro de la pobreza mediante una dedicación absoluta a los niños y a su bienestar, dedicación que queda resumida en el título de un nuevo libro sobre el trabajo de Canada: “Cualquier cosa que sea necesaria”, escrito por Paul Tough, uno de los editores de la revista de The New York Times. Entre los líderes a los que Canada les ha llamado la atención se cuenta el presidente Barack Obama, que durante la campaña presidencial del 2008 elogió la Zona de los Niños de Harlem llamándola “una iniciativa abarcadora contra la pobreza, que convoca a todo el mundo y que, literalmente, salva una generación de niños en un vecindario donde se suponía que nunca tendrían una oportunidad”.
A los observadores les impresiona no sólo la perspectiva de Canada, sino también sus resultados. El año pasado casi el 100 por ciento de todos los escolares de tercer grado aprobaron su examen a nivel de ese grado o por encima de él, conforme a normas estatales; un resultado sin precedentes en una escuela de los sectores céntricos de Nueva York.
Un elemento que recalca Canada es una exposición temprana al lenguaje, para lo cual se basa en investigaciones que demuestran que una diferencia clave entre familias pobres y profesionales no tiene nada que ver con la raza o el ingreso, sino, como dice Tough, “simplemente con la cantidad de palabras que los padres le dicen a uno cuando niño”.
Los investigadores encontraron que en las familias de clase media los niños de hasta tres años de edad – un periodo de desarrollo cerebral máximo – oían hasta 20 millones de palabras más (a menudo las mismas palabras repetidas), que los niños pobres. Dicho de otro modo, algo tan simple como leerle a un niño cada noche, que la HCZ urge a todos los padres que hagan, puede producir resultados positivos y enormes en la vida del niño.
Pero la lectura es solo una clave del revolucionario enfoque de Canada, que califica de “correa transportadora”, con lo que significa que la HCZ no sólo interviene con los niños en ciertos momentos, sino que ofrece una gama completa de servicios, todos gratuitos, “desde la cuna hasta el colegio universitario”. La correa transportadora empieza con el famoso colegio universitario de los bebés, de la HCZ, destinado a mujeres embarazadas o que han sido madres recientemente, seguido por el programa preescolar de los Harlem Gems y las escuelas Promise Academy, constituidas según una carta especial – todo ello con el suplemento del cuidado médico y odontológico gratuito, programas para después de clase y servicios especiales tales como programas de cultura física para combatir la obesidad y tratar el asma infantil que hace estragos. Y luego, a medida que crece la primera generación, la HCZ seguirá con ella a lo largo de la escuela secundaria y el colegio universitario.
“Reciben lo que reciben los niños de clase media y clase media alta”, dijo Canada en la revista noticiosa televisada 60 Minutos. “Obtienen seguridad. Obtienen estructura. Obtienen enriquecimiento académico. Obtienen actividad cultural. Obtienen adultos que los aman y están preparados a hacer cualquier cosa. Y quiero decir que estoy preparado a hacer cualquier cosa para mantener a esos muchachitos en el camino correcto”.