08 julio 2008

Las raíces de la democracia moderna

 
Manifestación en Corea del Sur
En Corea del Sur, la libertad de expresión y las demás libertades son consecuencia del libre mercado.

Por Michael Mandelbaum

(Este artículo pertenece al periódico electrónico de junio de 2008 “Los mercados y la democracia”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha).

La libertad y el autogobierno son los dos componentes de la democracia, afirma el profesor Michael Mandelbaum. Según él, los mercados libres crean las condiciones propicias para la aparición de la democracia. Mandelbaum ocupa la cátedra Christian A. Herter de política exterior estadounidense en la facultad de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins en Washington D.C. Es autor de Democracy’s Good Name: The Rise and Risks of the World’s Most Popular Form of Government (PublicAffairs, 2007).

El auge de la democracia a lo largo de las últimas tres décadas ha sido extraordinario. En 1900, eran sólo diez los países que podían clasificarse como democracias. Hacia mediados de siglo, el número había aumentado hasta 30, si bien se mantuvo fijo durante los siguientes 25 años. Sin embargo, en 2005, de los 190 países del mundo, 119 eran democracias. ¿Cómo se explica este incremento? La respuesta a esta pregunta tiene que partir de una comprensión acertada de la democracia.

Para quienes utilizan esta palabra, es decir, casi todo el mundo, la democracia es un sistema político único, integrado y fácilmente reconocible. No obstante, tal como expongo en mi libro Democracy’s Good Name: The Rise and Risks of the World’s Most Popular Form of Government, la historia nos revela que la democracia surge de la fusión de dos tradiciones políticas que, hasta bien entrado el siglo XIX, eran generalmente consideradas no solo distintas, sino totalmente incompatibles.

Me refiero a las dos tradiciones de libertad y soberanía popular (o autogobierno). La libertad pertenece al individuo, mientras que la soberanía pertenece al colectivo de ciudadanos. La libertad afecta las acciones del gobierno, o dicho en términos más precisos, circunscribe lo que éste puede hacer a los ciudadanos: no puede coartar los derechos individuales. Ello se diferencia del autogobierno, que tiene que ver con la forma de elegir a los gobernantes, por sufragio universal. Por consiguiente, el autogobierno es la respuesta a la pregunta quién gobierna, mientras que la libertad establece las normas que limitan las acciones de los gobernantes.

La trayectoria de ambos componentes es diferente. De las dos, la libertad es la más antigua y su desarrollo pasó por tres etapas. En la tradición europea occidental, la libertad económica, expresada como propiedad privada, data de la antigua Roma. La libertad de religión como parte de esta tradición –libertad de credo– surgió en gran medida de la división de la Europa cristiana causada por la reforma protestante en los siglos XVI y XVII. La libertad política llegó después de las dos libertades anteriores, siendo en la Inglaterra del siglo XVIII el primer lugar donde se manifestó algo semejante a la libertad política moderna, que entraña la ausencia del control del gobierno sobre los derechos de expresión, reunión y participación política.

La soberanía popular irrumpió en la escena mundial en 1789 cuando la Revolución Francesa proclamó la idea de que el poder soberano debía radicar en el pueblo y no en los monarcas herederos. Ya que para todo un pueblo resulta poco práctico gobernarse a sí mismo todo el tiempo, se estableció un vehículo para la soberanía popular: el gobierno representativo, siendo el pueblo el que elige sus representantes en elecciones abiertas, libres y justas con sufragio universal para todos los adultos.

Hasta la segunda mitad del siglo XIX,  la opinión prevaleciente era que la soberanía popular sofocaría la libertad. Si el pueblo adquiría el poder supremo en la sociedad en la que vivía, se apoderaría de las propiedades de los más ricos e impondría la conformidad social y política a todos. En dos obras clásicas del pensamiento político decimonónico, una es el estudio en dos tomos del aristócrata francés Alexis de Tocqueville, La democracia en América, y la segunda es el ensayo del inglés John Stuart Mills “Sobre la libertad”, se aborda precisamente esta amenaza. Sin embargo, para el siglo XX era ya evidente la coexistencia pacífica de la libertad y la soberanía, tal como sucede hoy día en muchos países en todo el mundo.

Red de seguridad social

Día de la Bastilla en París, con el Arco del Triunfo en el fondo.
En el Día de la Bastilla, París conmemora los orígenes de la soberanía popular.

Una razón de peso para la feliz unión de ambos componentes de la democracia fue el desarrollo de los programas gubernamentales de protección social: pensiones para ancianos, seguro de desempleo, atención de la salud, que se desarrollaron a finales del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, y que en conjunto se conocen como red de seguridad social o estado benefactor. Debido al derecho implícito de cada ciudadano a estos beneficios, lo que realmente establecía el estado benefactor era la distribución universal de la propiedad, lo que a su vez hizo mucho más aceptable la institución de la propiedad privada.

La combinación de la asistencia social con la libertad y la soberanía popular hizo más atractiva a la democracia. Así también lo hizo el curso de la historia moderna, pues las democracias se convirtieron en los países más ricos y poderosos del mundo, como han sido Gran Bretaña en el siglo XIX y Estados Unidos en el siglo XX. Nada promueve mejor el éxito que el éxito mismo, y debido a que en la segunda mitad del siglo XX la mayoría de los países más aventajados del mundo eran democracias –Europa Occidental y Japón, y también Estados Unidos y Gran Bretaña– otros intentaron seguir su ejemplo.

Sin embargo, una cosa es aspirar a establecer un sistema de gobierno democrático y otra muy diferente es hacerlo en la práctica. Es aquí donde cobra relevancia la distinción entre los dos componentes de la democracia. La soberanía popular es un principio político relativamente fácil de llevar a la práctica. Se puede llevar a cabo elecciones libres, de manera rápida y económica, en casi cualquier parte del mundo.

La libertad, por el contrario, es mucho más difícil de establecer. Requiere instituciones y entre ellas, la más importante es un sistema jurídico plenamente desarrollado. Requiere personas calificadas y con experiencia que hagan funcionar estas instituciones. La libertad sólo puede florecer en sociedades en que los principios que sostienen a esas instituciones, como lo es el respeto por el estado de derecho, están plenamente arraigados. Estas instituciones, capacidades y principios no se producen en el momento, ni tampoco se pueden importar fácilmente del extranjero. En Gran Bretaña, para dar un ejemplo, han evolucionado a lo largo de muchos siglos. Lo que nos lleva a preguntar acerca de su origen. ¿Cómo pueden adquirir instituciones y prácticas democráticas aquellas sociedades que carecen de ellas?

La fuente principal de la democracia política, tal como expongo en Democracy’s Good Name, es la economía de libre mercado. Si bien es cierto que ha habido y continúa habiendo países que practican la economía de libre mercado pero no la democracia política, ningún país en el siglo XXI que se considere una democracia política carece de una economía de libre mercado. La mayoría de los países en los que surgió la democracia en el último trimestre del siglo XX, particularmente en Europa del Sur, América Latina y Asia Oriental y del Sur, se han beneficiado de la experiencia de una generación, como mínimo, en la realización de las operaciones de una economía de mercado.

Los mercados fomentan la democracia

El libre mercado fomenta la democracia de cuatro maneras diferentes. La primera responde al hecho que la institución de la propiedad privada es medular en las economías de libre mercado y ésta es de por sí una forma de libertad. Por consiguiente, un país con un libre mercado en funcionamiento ya posee un importante componente de la democracia política.

La segunda es que los libres mercados generan riqueza y muchos estudios revelan que cuanto más rico sea el país, mayor es la probabilidad de que tenga un gobierno democrático. Los ricos disponen del tiempo para la participación política que requiere la democracia y que no tiene la población pobre. La riqueza crea lo que tradicionalmente ha sido la piedra angular de la democracia: la clase media.

La tercera manera es que el libre mercado es el meollo de lo que los científicos sociales denominan sociedad civil, que consta de organizaciones y grupos que son ajenos al gobierno, como por ejemplo las asociaciones obreras, religiosas y profesionales. La sociedad civil media entre el gobierno y el ciudadano. Limita el poder del gobierno y proporciona el espacio social para actividades independientes del gobierno. Las organizaciones de la sociedad civil dependen de la economía de libre mercado para conseguir los fondos que las mantienen. No existe democracia sin sociedad civil y no puede haber sociedad civil sin una economía de libre mercado.

La cuarta manera es que los mercados libres cultivan dos hábitos que son esenciales para la política democrática. Uno es la confianza. Los ciudadanos de una democracia tienen que confiar en que el gobierno no coartará sus derechos y las minorías tienen que poner su fe en que la mayoría no los perseguirá o acosará. En una economía de libre mercado es imprescindible la confianza entre compradores y vendedores que asegure el cumplimiento de las condiciones de los convenios suscritos, pues de otra manera no puede haber comercio.

Otro hábito que el mercado fomenta y que es indispensable en una democracia es el del compromiso. De hecho, se puede definir la democracia como un sistema político en el que las soluciones conciliatorias, y no la violencia ni la coerción, zanjan las inevitables diferencias que surgen en cualquier sociedad. La gente aprende a hacer concesiones a través de las actividades diarias de la economía de libre mercado. El comprador y el vendedor siempre llegan a un compromiso al determinar el precio de su transacción comercial, pues el vendedor siempre querrá un pago superior al que recibe y el comprador siempre querrá pagar menos de lo que ofrece.

A principios de la tercera parte del siglo XX, el libre mercado era visto en casi todo el mundo como la forma óptima de organizarse económicamente para generar prosperidad. Todas las sociedades desean ser prósperas, de modo que casi todas han establecido o tratado de establecer una economía de libre mercado. Puesto que la tendencia ha sido que la primera promueva la segunda, la propagación del libre mercado ha hecho la mayor contribución al extraordinario auge de la democracia en todo el mundo.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.

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