08 julio 2008

Por Kellee S. Tsai
(Este artículo pertenece al periódico electrónico de junio de 2008 “Los mercados y la democracia”. Para consultar los demás artículos de este periódico haga clic a la derecha).
No esperen que la democracia aparezca pronto en China, dice Kellee S. Tsai. El auge económico y el aumento de ingresos podrían, de hecho, apuntalar al gobierno comunista, que tiene la capacidad de adaptarse con rapidez, agrega. Tsai es profesora de ciencias políticas de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore (Maryland).
En 1978 China ni siquiera llevaba estadísticas oficiales sobre la empresa privada, porque eran ilegales y en número despreciable. Apenas tres décadas después, el sector privado representa el principal motor de crecimiento de la economía china. En el 2008 hay más de 34 millones de empresas privadas, que emplean a más de 200 millones de personas y generan el 60 por ciento del producto interno bruto del país.
El ritmo espectacular del desarrollo del sector privado ha llevado a muchos observadores a especular en torno a que el país va desarrollando una clase capitalista que reclamará democracia. Esta expectativa se basa en la lógica de que una clase mercantil cada vez más próspera derrocará al gobierno autoritario siguiendo la consigna de “no hay impuestos sin representación”, con lo cual volverá a repetir la tendencia de desarrollo democrático que se produjo en Gran Bretaña y Estados Unidos.
Pero esta sabiduría convencional acerca de la relación causal entre los mercados libres y la libertad política no encaja con la situación de la China actual. Los empresarios no actúan como colectivo para presionar en pro de la democracia, y aquellos que han persistido en criticar al Partido Comunista Chino son objeto de censura, represión o exilio. En lugar de liberalización política, la propagación de las fuerzas del mercado ha apuntalado la resistencia y la durabilidad del régimen en China.
Capitalistas divididos
En China, los dueños de empresas privadas no constituyen una “clase capitalista” diferenciada que comparte una identidad y unos intereses comunes. Los vendedores ambulantes y los dueños de restaurantes tienen intereses diferentes de los que tienen los magnates de la inmobiliaria y los dueños de empresas que figuran en la lista de Fortune 500. Los millonarios y multimillonarios de nuevo cuño han acumulado su fortuna bajo el actual sistema político. Los que vocean sus mercancías en las calles y los dueños de talleres caseros están demasiado ocupados con su trabajo como para considerar cómo una transición democrática podría aliviar sus quejas cotidianas.
Pero incluso el tercio medio de los capitalistas –que podría parecer que comparte un interés económico en la participación política destinada a asegurar el estado de derecho y la protección de los derechos de la propiedad privada– carece de objetivos compartidos. Sus distintas identidades sociales y políticas inhiben la acción colectiva basada en la clase.
Dada la introducción relativamente reciente de las reformas de mercado, el sector privado chino comprende a personas de diversos antecedentes. Algunos empresarios son ex campesinos que abandonaron las granjas comunales para establecer empresas comerciales al principio de la era de reformas. Algunos son antiguos empleados del gobierno que entraron en el sector privado porque fueron despedidos de su empleo o porque no tenían suficiente empleo. Otros son intelectuales marginados o ex burócratas desilusionados que han renunciado a la política para obtener un ingreso que les permita vivir dignamente. Y una buena cantidad de empresarios son miembros del Partido Comunista que han utilizado sus conexiones políticas para obtener acceso preferencial al crédito bancario, la tierra y otros activos estatales.
Estas diferencias inhiben la formación de clases y la acción colectiva basada en una clase. De hecho, muy pocos empresarios se consideran a sí mismos “capitalistas”, prefiriendo, en lugar de eso, identificarse con sus antiguos oficios.
China fragmentada
Podría decirse que la dividida clase capitalista china es simplemente un fenómeno pasajero. Tal vez, la próxima generación de empresarios desarrollará mayor coherencia como clase y decidirá qué tipo de régimen democrático serviría mejor sus intereses. Tal vez, se unirían para iniciar una transición democrática. Aunque aceptable, esta perspectiva sigue sin convencer.

En primer lugar, en mis encuestas sobre empresarios, la mayoría indica que preferirían que sus hijos –o, de modo más típico, su único hijo– llegaran a ser profesionales que trabajan en oficinas o funcionarios del gobierno, antes que dueños de empresas que tienen que afrontar dificultades. En la mayoría de los casos, los capitalistas de hoy no aspiran a la continuidad generacional de sus actividades comerciales. En la medida en que los padres empresarios tienen éxito en abrirse camino, el beneficio privado es simplemente un medio transitorio de alcanzar un medio de vida más respetable. En la medida en que las empresas privadas de hoy pasan a la próxima generación –lo cual representaría una exigua minoría, dado el elevado movimiento del registro de empresas– es todavía poco probable que se unieran en una fuerza política a favor de la democracia.
Los capitalistas que operan en sectores similares y con similares volúmenes de negocios tienen diferentes quejas y opiniones políticas debido a las variaciones locales de los entornos políticos en relación con el sector privado. Así como las identidades de los empresarios chinos varían considerablemente según el extracto social del que provienen, sus experiencias operativas reales también varían de una región a otra.
A ciertas localidades se las conoce por ofrecerles a las empresas privadas condiciones particularmente acogedoras. Un ejemplo notable es Wenzhou, en la provincia de Zhejiang, en la costa sur. Mucho antes de que el gobierno central legalizara las empresas privadas, los funcionarios locales de Wenzhou ya les permitían a los campesinos sin recursos administrar comercios al por menor y pequeñas fábricas.
Por el contrario, otras localidades han discriminado sistemáticamente contra el capital privado a lo largo de la era de reformas. Los gobiernos locales en zonas que heredaron de la era de Mao (1949-1976) grandes sectores estatales o colectivos, han sido más renuentes a darles a los empresarios acceso a recursos claves (por ejemplo préstamos bancarios), necesarios para dirigir sus empresas. De modo similar, las localidades que han recibido aportes substanciales de inversión extranjera directa siguen tratando a los inversionistas extranjeros más favorablemente que a sus homólogos nacionales.
Por lo tanto, los capitalistas de China encaran diferentes tipos de retos, que dependen de la parte del país en que operan, y su capacidad de influir políticamente varía de acuerdo con eso. Las asociaciones comerciales organizadas de modo autónomo en Wenzhou trabajan activamente en representación de sus miembros, en tanto que las asociaciones empresariales de otras localidades están dominadas por el gobierno y son de menos ayuda para los dueños de empresas. En este sentido, la fragmentación demográfica interna de los capitalistas se ve reflejada en las variaciones de tipo espacial de las actividades económicas privadas. Si los empresarios consternados de una localidad se vuelven más afirmativos en el plano político, encararían dificultades para obtener apoyo nacional a sus demandas.
Disidencia reprimida
Los empresarios no son el único segmento de la sociedad china que encara limitaciones territoriales a la acción política organizada. Los agricultores, los trabajadores y los intelectuales que abrigan motivos de queja encuentran retos similares a la hora de movilizar el apoyo interregional.
En años recientes, ha aumentado significativamente la cantidad de protestas y manifestaciones masivas. Los datos oficiales indican que hubo 58.000 protestas en el 2003, 74.000 en el 2004 y 87.000 en el 2005. Aunque la mayor movilidad de la población y la proliferación de las nuevas tecnologías de comunicación han erosionado algunos de los obstáculos organizativos de la era anterior a la reforma, las protestas han seguido estando limitadas a localidades particulares.
El único movimiento que le planteo al régimen un reto serio fue el Partido de la Democracia de China (CPD), de corta duración. En 1998, los comités locales del CPD se establecieron en 24 provincias y ciudades. Pero las autoridades pronto detuvieron, arrestaron o exiliaron a los líderes del CPD, lo cual, en efecto, frustró esfuerzos posteriores por establecer un partido a nivel nacional.
La posterior represión de los adeptos del Falun Gong en 1999-2000, la puesta en cuarentena de ciudadanos durante el brote de SARS en el 2003 y la rápida represión de los manifestantes tibetanos en el 2008 ofrecen pruebas adicionales de que Pekín sigue siendo capaz de controlar su población en momentos de crisis.
La capacidad de adaptación de los comunistas
Los observadores que esperan una transición democrática en China ven que la difusión de las fuerzas del mercado se ha relacionado con una cantidad de efectos desestabilizadores, entre estos el visible aumento de la desigualdad de ingresos y las oportunidades de corrupción oficial. Si bien la frecuencia de protestas ha ido en aumento, los capitalistas –la clase que se espera que sea la portadora de la democracia – están, sin embargo, notablemente ausentes de estos estallidos de descontento. Más aun, pocas de las protestas han ido dirigidas a desafiar el monopolio del Partido Comunista chino en cuanto al poder político. Incluso el intento de establecer el CDP se produjo a través de los canales administrativos normales, es decir, dentro de las reglas del actual sistema político.
En última instancia, las reformas de mercado bajo un régimen autoritario en China han generado tasas inesperadamente altas de crecimiento económico, que han beneficiado a diversos sectores de la sociedad. Quienes se benefician de esta modalidad de desarrollo capitalista y autoritario no son propicios a pedir reformas políticas que podrían desestabilizar la sociedad y poner en peligro el crecimiento constante.
Más aún, en sus 87 años de existencia el Partido Comunista chino ha demostrado una sorprendente capacidad para redefenirse y revigorizarse, mediante espectaculares giros en su ideología, la composición de sus miembros y sus objetivos políticos. Hasta ahora, el giro de adaptación al mercado ha demostrado ser para el partido una fuente de legitimación más bien que de perdición. Por estas razones, la China contemporánea sigue eludiendo la popular relación entre libertad económica y libertad política.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.